The Project Gutenberg eBook, La Isabelina, by Po Baroja


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Title: La Isabelina
       Memorias de un hombre de accin, tomo 10


Author: Po Baroja



Release Date: February 6, 2017  [eBook #54120]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ISABELINA***


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Nota del Transcriptor:

      Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

      Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a
      las minsculas) han sido sustituidas por letras
      maysculas de tamao normal.




PO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN


_El aprendiz de conspirador._

_El escuadrn del Brigante._

_Los caminos del mundo._

_Con la pluma y con el sable._

_Los recursos de la astucia._

_La ruta del aventurero._

_Los contrastes de la vida._

_La veleta de Gastizar._

_Los caudillos de 1830._

_La Isabelina._

_El sabor de la venganza._



MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

LA ISABELINA


ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PASES

COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1921

Establecimiento tipogrfico
de Rafael Caro Raggio



PO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

LA ISABELINA

[Ilustracin]






RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZBAL, 34
MADRID




LIBRO PRIMERO

DOS HISTORIAS PARALELAS




                                  I.

                           UN EX CLAUSTRADO


EL ao 1845--dice Legua--estaba yo en Burdeos terminando una misin
diplomtica que me haban encargado los moderados, cuando conoc
al padre Venancio Chamizo. Chamizo era un fraile ex claustrado que
trabajaba por las maanas en un escritorio y por la tarde daba
lecciones de latn y de retrica a algunos muchachos, hijos de
espaoles y de franceses legitimistas.

Chamizo era hombre de cuarenta y cinco a cincuenta aos, de mediana
estatura, de cuerpo pesado y de mucho abdomen. Tena la cabeza grande,
calva, los ojos grises, la nariz gruesa y el mentn pronunciado. Se
trasluca en su tipo al mismo tiempo el labriego, el fraile y el hombre
de cultura.

En la conversacin con Chamizo se habl de Aviraneta, y el ex
claustrado me dijo:

--He tenido relaciones con ese rprobo.

--Creo haberle odo hablar de usted.

--Quiz mal?

--No, no; me parece que no.

--Es amigo de usted?

--S.

--Lo siento por usted. Tambin es amigo mo.

--Yo le conozco mucho, y no slo no me ha hecho dao, sino que me ha
protegido--dijo Legua.

--Lo creo, lo creo. El seor Aviraneta sabe proteger. Quiz sea usted
tambin de su cuerda.

--Lo soy. Soy liberal, completamente liberal; pero eso es lo de menos.
Usted puede hablar de l con completa confianza.

--Le interesa a usted el seor Aviraneta?

--S. Mucho. Usted ha tenido algunas relaciones con l?

--S.

--Me gustara que me contara usted eso.

--Pues yo le contar a usted lo que s de l, con una condicin.

--Vemosla.

--Que me convide usted a una cena en una buena fonda de Burdeos.

--Muy bien. Acepto. Usted elegir en qu sitio.

El padre Venancio vacil; no saba si sera mejor ir a la Fonda de la
Paz, de la Cour de Chapeau Rouge, o a la de los Americanos, de la calle
del Espritu de las Leyes.

Por fin se decidi por esta ltima, y dijo que vendra a buscarme al
Hotel de Ruan, donde yo paraba.

Marchamos a la Fonda de los Americanos, y encargu la cena en un
gabinete reservado.

El padre Chamizo comi y bebi como un templario. Despus de tomar caf
y unas copas de licor, me dijo:

--Ahora, para aligerar la lengua, mi querido seor Legua, pida usted
una botella de vino ms. Es una mala costumbre antigua que me queda.

--Del convento?

--No, no. Parece mentira que diga usted eso, seor Legua. Es que
usted tambin es enemigo nuestro? Ser usted un volteriano?

--Un tanto.

--Qu error, amigo mo! Qu error!

--Y qu quiere usted, otra botella de Burdeos, padre Chamizo?

--No; ahora, Jerez...; s, Jerez...; la beber por patriotismo. Lejos
de la patria, estas cosas se estiman ms. La ltima la beb en compaa
del seor Usoz y Ro, el cuquero. No s si le conocer usted.

--S. Y l beba?

--No, l, no. Adnde vamos a ir a parar? Un cuquero espaol! Qu
absurdo! Me estuvo hablando mal de los frailes y de Espaa. Hablar mal
de un pas que produce este vino!--exclam, llenando la copa de Jerez,
mirndola al trasluz y vacindola de un trago.

--Realmente es no tener sentido.

--Ninguno, seor Legua, ninguno.

--Comience usted, padre Chamizo, su relato; le oigo con atencin.

--Mi relato se refiere a los aos de 1833 y 1834. No s si le
interesar a usted.

--Me interesa, s, me interesa.

--Bueno, pues voy all.




                                  II.

                   EN QUE EL PADRE CHAMIZO COMIENZA
                  SU HISTORIA Y NO LA PUEDE TERMINAR


EL padre Chamizo sac un cuaderno del bolsillo, lo ley aqu y all, y,
dejndolo entreabierto, dijo:

--Bien; comenzar. Primeramente permtame usted que le diga dos
palabras acerca de mi vida. Soy de la provincia de Palencia, de un
pueblo prximo al del abate don Sebastin de Miano y Bedoya, clebre
autor de las _Cartas del pobrecito holgazn_, que tanto ruido hicieron
y tanta influencia tuvieron contra nosotros los pobres eclesisticos.

Mi padre muri joven, dejando a mi madre viuda, con varios hijos, de
los cuales era yo el menor. Me crean listillo, yo no tena aficin
al trabajo manual, y por amistad de un fraile que sola venir a mi
casa, a llevarse el pobrecito lo que poda, me metieron en un convento
de Palencia. Estuve algn tiempo de fmulo, sufriendo mil perreras,
lavando ropa sucia, llevando recados y haciendo de pinche en la
cocina, hasta que vino de superior un buen hombre que me hizo estudiar,
ordenarme y profesar. Tena yo aficin a las letras y creo que alguna
disposicin. Crea ya resuelta mi vida tranquila, dedicado al griego,
al latn y a la historia; me haban enviado a un convento de Lerma,
cuando en 1822 aparece por all una columna del infernal Empecinado, se
apodera del convento, y sus soldados me arrastran a m a ir con ellos.
En esa columna iba el malvado Aviraneta, ese aborto del infierno...; no
sigo porque es amigo de usted. Me incorporan a las fuerzas liberales,
me llevan de la derecha a la izquierda, me hacen perder las tranquilas
costumbres del convento, y, en 1823, cuando la entrada del duque de
Angulema, me cogen prisionero en Valladolid y me traen a Francia.

--Y usted tratara en seguida de volver al convento de Lerma, padre
Chamizo?

--No; no trat de volver, seor Legua, y ste fu mi error. Iba ya
por el mal camino. Al quedar libre march a Bayona, donde me acog a
la proteccin de Miano. Llevaba trabajando tres aos con l, y, mi
querido seor Legua, nuestra fe comenz a vacilar. Nos dedicamos a
las malas lecturas, lemos las inmundas obras de Voltaire, de Diderot
y de otros rprobos; comentamos las innobles chacotas del _Diccionario
crtico-burlesco_, de Gallardo, contra los frailes, en donde se nos
llama peste de la Repblica y animales inmundos encenagados en el
vicio...

--Y bebimos un poco de ms, quiz, padre Chamizo.

--Tiene usted razn; bebimos un poco de ms y cometimos otros actos
poco morales. S, s..., es cierto. Yo! Sacerdote aunque indigno!
_Quantum mutatus ab illo!_ Por entonces don Sebastin Miano me propuso
entrar de preceptor en casa de una seora viuda de Saint-Palais.
Yo acepto, y paso durante unos meses una vida cmoda y agradable.
Buena comida, buenos vinos... En esto empiezan a decir que si yo me
entiendo con la viuda..., la eterna maledicencia... Yo no digo que no
me gustara, no; la carne es flaca, y aunque uno haya vestido, bien
indignamente por cierto, el glorioso sayal, uno es un hombre... No;
puedo afirmar que nadie me vi a m cortejar a la viuda; pero un primo
suyo y pretendiente recogi estas calumnias y me desafi... Yo qu iba
a hacer? Yo, un sacerdote! Naturalmente, no fu al terreno, porque
aunque uno es un msero pecador, ama uno la vida..., y la seora, al
saber que no haba acudido al desafo, me despreci y me despidi de su
casa... Sexo frvolo! Vuelvo de Saint-Palais a Bayona, donde conozco
al malvado Aviraneta, y voy con l a Madrid. Cuntos errores comete
uno en la vida!

Y aqu nos tiene usted ahora dominando el latn, el griego, el ingls,
la literatura, la teologa, la historia eclesistica y los cnones,
y ganando treinta duros al mes en un almacn de cuerda del muelle y
algunas otras menudencias por dos o tres lecciones que damos. Y Espaa,
qu hace entretanto por uno? Nada. Ingrata patria, no poseers mis
huesos! No haga usted caso. Es hablar por hablar. Qu quiere usted,
seor Legua? Soy una vctima del destino... No es que yo sea, ni
mucho menos, partidario de la predestinacin. Lejos de m semejantes
errores, que defendan algunos discpulos extraviados de San Agustn en
el monasterio de Adrumet, en Africa, Lucidus, sacerdote de las Galias,
Jansenius y Primacio, el autor de _Proedestinatus_. No, no. En sta,
como en otras muchas cosas, conocemos el buen camino, aunque no siempre
vayamos por l.

--Padre Chamizo!

--Qu?

--Dejemos a Primacio y vamos, si le parece a usted, con Aviraneta.

--Bueno, vamos con ese rprobo, con ese hijo de Satn. Djeme usted
consultar mis notas.

El padre Chamizo volvi a leer el cuadernito, concentr un momento la
atencin y dej de desvariar.

Mientras iba leyendo se le cerraban involuntariamente los ojos, y se
vea que estaba deseando echarse a dormir.

--Usted no puede conocer por su edad, seor Legua--dijo el padre
Chamizo--, la transformacin verificada en Francia despus de los
sucesos de 1830. Los realistas espaoles, que vivan en las ciudades
del Medioda como el pez en el agua, tuvieron que desaparecer de
la superficie y hundirse en los lquidos abismos. A la emigracin
absolutista sucedi la emigracin liberal.

En 1832 estaba yo en Bayona dando lecciones de latn y de espaol en un
colegio, viviendo en una mala casa de huspedes, cuando ca gravemente
enfermo.

Mi protector Miano se hallaba fuera, mis amigos realistas se haban
marchado y mis ahorros eran nulos. Con todo esto no necesito decirle
a usted que me encontraba lo ms miserablemente que puede encontrarse
un hombre, solo, abandonado, enfermo, y sin ms asistencia que la de
un matrimonio francs, avaro, que me robaba los libros raros que yo
tena para venderlos. En esto, una tarde, ya pensando en la ventura de
morir, entra en mi cuarto su amigo de usted, el seor Aviraneta. Yo le
conoc en seguida. Era el ayudante del infernal Empecinado, causante
de mis desdichas. El no se acordaba de m. Le haban hablado de un
cura espaol liberal, enfermo, y vena a verme. Su amigo de usted, ese
rprobo, me atendi y me cuid cuando me encontraba yo tan dbil y tan
miserable, que no hubiera dado un ochavo partido por la mitad por mi
vida. Cuando me cur nos reconocimos como habiendo peleado juntos con
el Empecinado.

--Yo le crea a usted liberal--me dijo.

--No, no--y aad--: enemigo de sus ideas siempre. Agradecido a su
bondad siempre, tambin.

Yo, seor de Legua, soy un hombre que ha practicado el culto de
la amistad. Amigo de mis amigos. Esa ha sido mi divisa. No soy un
fantico. Usted es turco, protestante, jansenista, revolucionario...;
yo abomino de las ideas de usted; pero usted es un amigo mo y yo le
favorezco si puedo. No me hable usted de sacrificarme por la Repblica
o por la Monarqua; no me diga usted que haga sucumbir a mis amigos
por el Estado o por la patria. Esta severidad catoniana no est en mi
alma. Dir usted que es una debilidad. Lo reconozco. Voy a beber un
poco ms de vino.

Con la enfermedad--sigui diciendo el padre Chamizo--perd la plaza
que tena en el colegio y me qued en la calle. No tena ms recurso
que Aviraneta y me un a l. Naturalmente, si me peda algn servicio,
escribir una carta o redactar un escrito, lo haca. Conoc tambin
a algunos amigos suyos liberales, al auditor don Canuto Aguado, al
coronel Campillo, a don Juan Olavarra, y a otros partidarios del
tristemente clebre Mina. Yo no descubra entre ellos mis ideas, no me
pareca oportuno. Me daba como moderado.

Despus de una temporada que estuve sin trabajar encontr una plaza de
corrector de pruebas en la imprenta de Lamaignere, y comenc de nuevo a
ganarme la vida.

Los das de fiesta, aunque me esforzaba por quedarme en casa, no tena
bastante voluntad, y me iba a buscar a Aviraneta. Ese rprobo amigo
de usted, como saba mi flaco, me llevaba a una fonda de un navarro,
un tal Iturri, de la calle de los Vascos, y me convidaba a una cena
suculenta. Qu bien se guisaba en aquella casa! Qu merluzas, qu
angulas, qu perdices rellenas he comido all! Ante unas comidas como
aqullas, qu quiere usted, amigo mo?, yo era un hombre al agua.

Hay perfecciones daosas, perjudiciales. Una persona de olfato muy
fino, poco a poco, sin quererlo, se hace antisocial y enemigo de la
plebe; un gastrnomo, un hombre de paladar refinado, pierde, a veces,
la dignidad y los principios por una buena comida... Pero divago, y no
quiero divagar.

En esto se supo en Bayona la noticia de la enfermedad grave de Fernando
VII, el otorgamiento de poderes a favor de la reina masona, y el
decreto de la amnista general.

A principios de 1833, todos los liberales se prepararon para entrar
en Espaa. Como yo tena en Bayona mis relaciones entre ellos, vi con
tristeza que se marchaban.

A mediados de febrero encontr a Aviraneta en la calle y me pregunt:

--Usted, qu va a hacer?

--Me voy a quedar aqu. Aqu solamente cuento con medios de vida. No
tengo dinero para ir a Espaa.

--Por eso no se preocupe usted--me dijo--. Si quiere usted entrar en
Espaa, venga usted. Yo tengo algn dinero y voy en compaa de mi
primo Joaqun Errazu, que es un millonario mejicano. Este, si usted
quiere, le pagar su viaje a Madrid. Para l es una bicoca.

Aviraneta me present a Errazu. Errazu me tom por liberal y dijo
que un hombre tan ilustrado y de ideas tan progresivas como yo era
necesario en la patria, y que l, por su parte, con verdadero placer
sufragara mis gastos hasta que encontrara una colocacin en Espaa.

Pas por liberal a la fuerza.

Se decidi que yo fuera a Madrid con Errazu y con Aviraneta. Por aquel
tiempo haba estallado con un mpetu atroz el clera morbo asitico y
hecho estragos en Pars, Burdeos y en toda Francia. Si usted ha ledo
esa novela de Eugenio Su titulada los _Misterios de Pars_, novela
absurda, cnica, inmoral y de psima literatura, habr usted visto all
una descripcin de los horrores del clera.

Por entonces, en la frontera de Espaa se hallaba establecido el cordn
sanitario, y a los viajeros que intentaban entrar en la Pennsula se
les obligaba a una cuarentena rigurosa en el lazareto establecido en el
puente del Bidasoa.

Salimos de Bayona en compaa de Errazu y de su criado, y, al llegar
a San Juan de Luz, Aviraneta dispuso que nos embarcramos en una
escampava, en el puerto de Socoa, y nos dirigiramos a San Sebastin.
Fuimos en la barca nosotros cuatro y un seor enfermo que viajaba con
su mujer y su sobrino. Este seor, don Narciso Ruiz de Herrera, haba
sido embajador en Roma. Le acompaaba su mujer, doa Celia, que por
la edad poda ser su hija, y el sobrino de don Narciso, un capitn de
caballera, Francisco Ruiz de Gamboa, a quien luego llamamos siempre
Paquito Gamboa.

Llegamos a San Sebastin, ingresamos en el lazareto, fuera de la
muralla, en el cual no haba nadie, pasamos unos das muy divertidos,
y, concluda la cuarentena, entramos en la ciudad.

El seor Errazu fu llamado a Irn por sus parientes, y como Aviraneta
tena prisa para ir a Madrid, tomamos los dos la diligencia.

Aviraneta aseguraba que su propsito en la corte era hacer gestiones
para reingresar en el ejrcito; yo me figuraba si tendra otros planes
revolucionarios.

Llegamos a la corte; don Eugenio fu a vivir a casa de su hermana, a la
calle del Lobo, y yo, a una de huspedes de la calle de Cervantes.

Al llegar a Madrid fu a visitar a don Sebastin Miano, que me
proporcion varias cartas de recomendacin para personas influyentes, y
no encontr ms que un trabajo mezquino de traducciones de noveluchas
francesas del vizconde de Arlincourt y de otros autores por el estilo.

Mientrastanto, Aviraneta subvena a mis necesidades, y yo, la verdad,
me encontraba a mis anchas. Madrid, pueblo que no conoca, era un
lugarn destartalado y feo, pero muy pintoresco y divertido. Iba a los
cafs, recorra los puestos de libros viejos, hablaba en los corrillos
de la Puerta del Sol y de San Felipe, me enteraba de una porcin de
cosas que ignoraba. Toda aquella gente, la que ms bulla tena su
misterio en la poltica y algo que ocultar. Quin haba servido al
rey Jos, quin haba estado en Amrica de traidor contra Espaa;
otros podan dividir su vida en un perodo absolutista y otro liberal.
Aquello era un Carnaval. En ningn sitio poda aplicarse mejor la
frase de Goya, un pintor sordo que conoc aqu en Burdeos, que hizo
una estampa de gente con careta, y puso al pie la leyenda: Nadie se
conoce.

Haba por entonces una gran inseguridad en el origen de la mayora de
las personas conocidas; daba la impresin de que no se poda rascar
mucho en la vida de la gente sin encontrar algo feo.

Todo el mundo era pretendiente a un destino, a un estanco, a una
pensin, y por cada destino haba cientos que lo solicitaban; se
llamaba en broma a algunos aspirantes a pretendientes.

Yo tambin era aspirante, pues aunque don Eugenio segua costendome
los gastos, quera independizarme lo ms pronto posible.

       *       *       *       *       *

En esto el padre Chamizo sinti que la nube de sueo que le vena
encima era cada vez mayor, y balbuce:

--Mi querido... seor Legua... Creo la verdad, que he bebido
demasiado...; tome usted el cuadernito ste, donde estn mis notas...
y haga usted lo que quiera con l... Me lo devuelve... o no me lo
devuelve... Ahora me voy a dormir... porque no puedo ms.

Legua llam al camarero y le mostr a Chamizo, que dorma.

--Qu se puede hacer con l?--le pregunt.

--Se le puede subir al hotel y echarle en la cama.

--Eso es. Muy bien.

Entre dos mozos cogieron a Chamizo como si fuera un saco y se lo
llevaron. Legua pag la cuenta y se march a su casa. Las notas del ex
fraile le sirvieron de base para escribir este libro.




                                 III.

                          LA CASA DEL JARDN


EL ao 1833, el cuartel de la Montaa del Prncipe Po, de Madrid, no
estaba edificado an, y el cerro que ocupa en la actualidad, con sus
alrededores, formaba parte del Real Sitio de la Florida.

Esta posesin era muy extensa; se hallaba rodeada de una tapia de doce
pies de altura, construda de cal y canto, con machones intercalados
de ladrillo, y tena para su comunicacin con la villa cuatro puertas:
una, la principal, que daba frente a las Caballerizas; otra, al cuartel
de San Gil; la tercera, a la cuesta de San Vicente, y la ms lejana,
que comunicaba con el descampado de San Antonio de la Florida.

Dentro de los tapiales haba varias huertas con sus pozos y sus
fuentes, una granja de labor, un picadero y una cuadra para los
caballos del infante don Francisco. Haba tambin un edificio bastante
grande, que se llamaba la Casa del Jardn. La Casa del Jardn,
construda en el siglo XVIII, ofreca el carcter de las posesiones
reales rsticas de aquel tiempo. Era de ladrillo amarillento, con los
balcones muy espaciados, pintados de verde, y un tejado con lucernas.
Rodeaban esta granja arriates abandonados, en los cuales las plantas
parsitas haban sustitudo a las cultivadas.

Por dentro, la casa tena grandes salones de paredes pintadas con
paisajes y guirnaldas, y los techos, llenos de amorcillos, y una
galera de madera con los barrotes carcomidos por el sol y la lluvia.

La Casa del Jardn se hallaba desde haca mucho tiempo abandonada, y
sus grandes salas servan de guardamuebles y de graneros. Unicamente
en un pabelln, adosado a una de las esquinas, viva un domador de
caballos con su mujer y dos chicos.

En la primavera de 1833, dos mozos hortelanos entraron una maana en
la Casa del Jardn, desocuparon una sala y un gabinete que daban a la
galera, llevando los muebles amontonados all al desvn, y limpiaron
los suelos; pocos das despus un inquilino fu a vivir a la casa
rstica. Era un joven demacrado, con aire de convaleciente de una
enfermedad, flaco hasta vrsele los huesos, con las orejas que se le
transparentaban a la luz. Este joven plido tena los ojos azules,
el pelo rubio y el tipo elegante. El joven deba tener influencia
sobre el mayordomo de Palacio, pues hizo que le dejaran entrar en las
habitaciones cerradas y eligi varios muebles, que mand llevar a la
sala y al gabinete de que se haba apoderado.

Eran estos dos salones hermosos; uno de ellos con una gran ventana que
daba hacia el Campo del Moro; el otro, con una galera, desde donde
se divisaba la Casa de Campo y el Pardo, con el fondo de las montaas
azules del Guadarrama.

El joven de aire macilento mejor pronto en la Casa del Jardn.

Al principio se pasaba all todo el da contemplando el paisaje: el
Manzanares, con su escasa corriente y las ropas blancas puestas a
secar, que resplandecan al sol; la vega verde de los Carabancheles y
de Getafe, el Palacio Real, que pareca de mrmol al anochecer, y las
notas de violeta que tomaba el Guadarrama al acercarse el crepsculo.
El enfermo, cuando se puso bueno, comenz a pasear y a montar a caballo.

Al principio iba nicamente a verle un cura joven y tenan los dos
largas conversaciones.

Poco despus comenz a visitar al joven otro seor que apareca muy de
tarde en tarde. Cuando llegaba ste, el joven y el cura esperaban, se
encerraban los tres y charlaban largo rato.




                                  IV.

                    LA PROTECCIN DEL CURA MANSILLA


DON Francisco Mansilla era un cura vallisoletano emigrado en Pars
desde 1827. Este cura, hombre emprendedor, violento y mujeriego, haba
dado varios escndalos en Valladolid, falsificando unas firmas, y
vindose en posicin difcil se escap a Pars.

Mansilla era inteligente y de una actividad inagotable.

Saba el latn a la perfeccin y se haba especializado en la
casustica. El estudio de la moral le haba desmoralizado y conducido a
mirar los hechos con un criterio semejante al de los jesutas del siglo
XVI y XVII.

Mansilla detuvo sus anlisis y sus crticas ante los dogmas de
la religin, comprendiendo que si interiormente los deshaca, se
encontrara sin ningn punto de apoyo en la vida prctica y en la vida
del pensamiento, lo cual para un hombre de voluntad no poda convenir.

Mansilla, al llegar a Pars, frecuent los centros absolutistas y
entr poco despus de capelln en una casa del Faubourg Saint-Germain y
altern con lo ms rancio y lo ms decorativo de la nobleza francesa.
El trato frecuente con la aristocracia realista hizo a Mansilla por
dentro liberal exaltado.

El abate Mansilla, que ganaba muy poco sueldo y no tena apenas
medios, se pasaba la vida leyendo en su cuarto. Alguna vez que otra
iba a visitar a los conocidos espaoles para hablar con ellos y tener
noticias de Espaa.

En 1832, un da de Nochebuena, el abate supo que agonizaba un joven
espaol, enfermo y abandonado en un hotel miserable de la calle del
Dragn. Este joven era un tal Jorge Tilly, que en medio de una vida
borrascosa haba cado enfermo de una fiebre tifoidea. Mansilla no era
hombre de sentimientos dulces, y, sin embargo, experiment por el joven
casi agonizante un impulso de simpata, y decidi atenderle hasta su
muerte o hasta su curacin.

En la casa aristocrtica donde estaba habl de su proyecto, que se tom
como una manifestacin de la piedad cristiana del abate, y se permiti
que se ausentara das y noches para cuidar del joven espaol. Jorge
Tilly sali de la fiebre tifoidea; pero qued despus de la enfermedad
sin fuerzas, en los huesos, presa de una laxitud terrible.

Cuando Tilly comenz a levantarse, el abate y l hablaron largo tiempo,
se contaron uno a otro sus respectivas vidas, se confesaron sus faltas,
y despus de una serie de explicaciones, se juraron simultneamente un
pacto de amistad y de ayuda recproca. Ambos se hallaban cansados de la
vida del extranjero y convencidos de que nicamente en el propio pas
se puede prosperar.

Decidieron con este pensamiento trasladarse a Espaa. La dificultad era
la falta de dinero.

Resolvieron reunir sus medios en una alianza ofensiva y defensiva y
estudiaron varios proyectos. El punto de mira fu Madrid. Tilly tena
las notas de dos mujeres que haban servido a la polica y se las
prest a Mansilla.

Mansilla las estudi, las extract y crey que eran aprovechables.

Era indispensable ir a Madrid. Vendieron los dos todo lo que tenan
y Mansilla se present en la corte. El abate trat a los miembros de
la sociedad de _Los Apostlicos_, visit a Calomarde, intrig a todas
horas, y al poco tiempo consegua ser nombrado capelln del convento de
la Encarnacin y bibliotecario en el palacio de la condesa de Benavente
de la Puerta de la Vega.

Mansilla visit a los parientes de Tilly y les asegur que ste no
era un calavera, sino un joven estudioso que en aquel momento estaba
enfermo en un zaquizam.

Mansilla consigui que la familia de Tilly le diera algn dinero para
Jorge, pero ninguno de sus parientes quera tenerlo en su casa.

Mansilla envi el dinero a Pars, en una letra, y escribi a Tilly lo
que pasaba. Como el abate era un hombre de actividad, quiso encontrar
para su amigo un rincn bueno en donde pudiera restablecerse.

Mansilla conoci a un guarda de la plaza de Oriente, con quien sola
pasear al salir de la iglesia de la Encarnacin, y por este guarda,
a un domador de caballos de las caballerizas que tena el infante don
Francisco en la Montaa del Prncipe Po.

Fu a ver este sitio, y como le pareci excelente para Tilly, propuso
al domador aceptara como husped a un sobrino suyo, delicado de salud.
El domador de caballos dijo que no poda hacerlo mientras el mayordomo
del infante don Francisco no le diera su autorizacin. Mansilla vi a
uno y a otro, movi sus amistades y consigui el permiso.

Cuando lleg Tilly pudo instalarse en seguida en la Casa del Jardn. La
mujer del domador le preparaba la comida, y l mismo, en un hornillo,
se haca el desayuno y la cena.

--Ha hecho usted una admirable adquisicin--dijo Tilly--, est uno
fuera del pueblo y cerca. Este observatorio es magnfico. Aqu yo me
curar y despus entre los dos haremos grandes cosas.

Tilly mejor en seguida; paseaba, montaba a caballo, tomaba el sol.
Casi todos los das iba Mansilla a ver a su amigo y tenan los dos
largas conversaciones. Mansilla saba todo cuanto pasaba; Tilly, como
viva en la soledad, poda hacer la crtica de los sucesos mejor que el
cura.




                                  V.

                            TRES AMBICIOSOS


UN poco antes de la muerte del rey, Tilly supo que Aviraneta se
encontraba en Madrid, y le escribi una carta. Aviraneta se present
en la Casa del Jardn, y hablaron. Tilly cont a don Eugenio su vida
desde que haban dejado de verse; le habl de su enfermedad y de la
proteccin del cura Mansilla, con quien estaba unido por agradecimiento
y por inters.

--Qu clase de pjaro es ese Mansilla?--pregunt Aviraneta.

--Es un hombre inteligente, enrgico y liberal; todo lo liberal que
puede ser un cura.

--Usted puede contar con l?

--S, en absoluto. Usted le ver dentro de un rato y charlar usted con
l.

Tilly le di a Aviraneta toda clase de detalles respecto a Mansilla.

Aviraneta explic despus a Tilly la empresa poltica en que se vea
metido.

--Yo tengo organizada la Sociedad Isabelina, que ahora marcha viento
en popa--le dijo--. Est formada, principalmente, por militares y por
empleados; pero he pensado que al mismo tiempo podramos organizar una
serie de tringulos para ayudarnos.

--Me parece muy bien.

--Usted es un hombre que me conviene, decidido, ambicioso y enrgico.
Nos ayudaremos mutuamente y escalaremos las ms altas posiciones.

--Nada; cuente usted conmigo.

--Este cura Mansilla, querra formar parte de nuestro primer tringulo?

--Ya lo creo.

--Nos vendra muy bien un auxiliar en el Clero. Hay que tener todas las
puertas abiertas. Si no se puede la llave, emplearemos la palanqueta.

--Estamos de acuerdo.

--As que usted cree que podemos constitur el tringulo?

--Nada, est constitudo.

--Muy bien; entonces lo formaremos usted, l y yo. Usted el nmero uno,
Mansilla el dos, yo el tres.

--Muy bien, acepto. Dentro de poco vendr Mansilla, a quien tengo
citado.

Tilly puso en relacin a Aviraneta con el abate Mansilla, y los tres se
prometieron ayudarse y favorecerse. Desde aquel da se form el primer
tringulo del Centro. Tenan algn dogma? Tenan alguna doctrina?
Al parecer, ni dogma, ni doctrina; su nico objeto era ayudarse y
prosperar.




                             LIBRO SEGUNDO

                               EL TRUENO




                                  I.

                      EL PADRE CHAMIZO EN MADRID


EL padre Chamizo fu a vivir a un tercer piso de la calle de Cervantes.
Encontr un cuarto, gabinete con alcoba, bastante espacioso. Este
gabinete haba sido amueblado, con pretensiones, sin duda haca ya
mucho tiempo. Tena un papel verdoso, desgarrado en muchas partes,
una consola, un espejo sin brillo, un sof de caoba y seis sillas. La
alcoba estaba oculta con cortinas verdes, con los pliegues desteidos,
y la cama era de madera y pareca un barco. Chamizo, para arreglar el
cuarto a su gusto, compr en el Rastro una mesa, una estantera para
libros y un silln cmodo.

La casa aqulla, cuya duea era una seora pensionista, doa
Purificacin Snchez del Real, no era una casa de huspedes, sino
algo muy indefinido y madrileo. Doa Puri alquilaba dos cuartos a
caballeros estables y les daba de comer si stos le anticipaban de
antemano el dinero para la compra. Naturalmente, daba de comer mal,
cosa terrible para Chamizo, y, adems de esto, serva la comida a los
caballeros estables en una encrucijada a la que llamaba el comedor,
que era un sitio obscuro, entre pasillos, con una ventana de cristales
empaados que daba a la cocina, que a su vez daba al patio. Slo de
noche se vea algo en aquel comedor, que segn doa Puri estaba bien
por su decoracin. Doa Puri llamaba la decoracin a unos armarios
simulados que tena el cuarto en las paredes. Doa Puri era una vieja
encorvada con una mirada suspicaz y una voz de caracterstica de
teatro. Tena esta seora la nariz corva, la boca sumida y unos lunares
como cerdas en el labio. Era muy redicha y muy sentenciosa.

Su hijo Doroteo, muchacho de unos veinte aos, pareca por su aspecto
una de esas aves estpidas y perplejas de la orden de las zancudas. A
fuerza de creerse sabio lo equivocaba todo y no haca cosa a derechas.

Muchas veces don Venancio le di encargos, que el joven Doroteo los
equivoc completamente.

--Perdone usted, yo haba entendido que usted quera decir...

--Pero, por qu no entiende usted lo que se le dice simplemente?--le
preguntaba Chamizo.

Tena Doroteo una novia en la guardilla de enfrente; la pobre muchacha
se pasaba el tiempo en la ventana bordando y Doroteo la escriba versos.

Doa Puri hablaba mucho al padre Chamizo de su hijo.

--Porque como usted, don Venancio, es como si fuera de la
familia...--le deca, y le abrumaba con historias sin inters.

El otro husped de la casa era un tal don Crisanto Prez de Barradas,
un seor de barba negra, alto, con melenas y anteojos ahumados. Don
Crisanto tena una voz hueca y campanuda de pedante. Chamizo, al verle
por primera vez, asegur que deba ser masn, y, efectivamente, result
que lo era.

Don Venancio, los primeros das de su estancia en Madrid, se dedic a
andar por las calles, a recorrer los cafs y a visitar las libreras
de viejo. Casi siempre volva a casa con unos cuantos volmenes
empolvados, que colocaba con placer en los estantes.

--Mi marido--deca doa Puri--era tambin aficionadsimo a los libros.
No sabe usted qu hombre ms culto era.

Don Venancio lea mucho y lea de todo: libros religiosos y profanos,
documentos histricos; tena sus obras predilectas, que relea con
frecuencia. Sus autores favoritos entre los profanos eran Horacio
y Lucrecio, y entre los msticos, Malon de Chaide y fray Luis de
Granada. La _Gua de pecadores_ y el _Smbolo de la fe_, de fray Luis
de Granada, le entusiasmaban por su lenguaje, y el libro de Malon
de Chaide, _La conversin de la Magdalena_, por sus alusiones y sus
chistes.

Chamizo era, como catlico, poco practicante; se le olvidaba muchas
veces la misa del domingo y no daba gran importancia a los rezos.

Para l esto era pura mecnica; probablemente, entre los rezos
maquinales de los catlicos, los molinos de oracin de los tibetanos
y de los chinos y las calabazas llenas de oraciones que los calmucos
hacen girar con el viento, el ex fraile no encontraba mucha diferencia.

El padre Chamizo recorra Madrid de un extremo a otro, y le gustaba.

Madrid era entonces un pueblo curioso, ms interesante que muchas
ciudades de importancia y que muchos pueblos exteriormente tpicos,
por tener un carcter especial, el carcter del pueblo alto, seco,
duro. Era difcil que por aquel tiempo hubiera en Europa una capital
tan poco mezclada, tan poco cosmopolita como Madrid; no tena esa vida
arcaica de las ciudades viejas, como Venecia o Nuremberg; en Espaa,
como Toledo o Salamanca, ciudades todo fachada, ciudades que engaan y
parecen existir para entusiasmar al extranjero vido de lo pintoresco;
no tena grandes aspectos.

Madrid moral estaba en consonancia con el Madrid material: pobre,
destartalado, incmodo, con casuchas mseras, con un empedrado
malsimo, y, sin embargo, con rincones admirables, no tan suntuosos
como los de Roma, pero con una gracia ms ligera. Jorge Borrow
comprendi en parte el carcter de Madrid como ningn otro escritor
nacional y extranjero y not su absurdo atractivo. Borrow sinti la
extraeza de Madrid mejor que Larra, que hizo la crtica un poco
mezquina del seorito que se cree superior porque ha estado en Pars;
sinti Madrid muchsimo mejor que Mesonero Romanos, que pint el
cuadrito de costumbres vulgar y rampln, imitando a los costumbristas
franceses del tipo anodino de Jouy.

Pueblo de poca tradicin, no tena Madrid, como las ciudades antiguas,
el barrio tpico, monumental, que interesa al arquelogo; su carcter
estaba en la vida de las gentes; no haba all la casa gtica, ni el
alero con grgolas y canecillos, ni la gran fachada del Renacimiento,
pero dentro de la pobreza en la construccin, qu tipo ms acusado
tena todo, lo inanimado y lo vivo, las casas y las calles, como el
alma de los hombres!

Chamizo se diverta en buscar los contrastes, en ver a los elegantes
de la calle de la Montera y a los majos de Puerta de Moros, en or a
los polticos de la Puerta del Sol y a los paletos de la plaza de la
Cebada, y se entretena en mirar las tiendas, las paeras de la calle
de Postas, los comercios de cuchillos de las calles prximas a la Plaza
Mayor. Quera apresurarse a sorber el espritu castellano, que era el
suyo; identificarse con su pueblo y hartarse de or su idioma. Aunque
comprenda que era absurdo, le gustaban, ms que las plazas anchas y
suntuosas de las capitales de Francia, aquellas plazoletas de Madrid
como la de las Descalzas o la de la Paja, que no le parecan de ciudad,
sino de aldea manchega.




                                  II.

                         UNA LIBRERA DE VIEJO


EL ex claustrado lo pasaba muy bien, muy entretenido en aquel medio
ambiente madrileo, nuevo y extrao para l. La vida se le deslizaba
de discusin en discusin. Discuta de poltica con los amigos de
Aviraneta, que eran todos liberales; discuta de Filosofa y de
Religin, y discuta, quiz con ms entusiasmo que de otra cosa, de la
gran cuestin literaria de la poca, que divida a la gente en clsicos
y romnticos. Naturalmente, Chamizo era de los clsicos y opona a los
nombres de lord Byron, de Walter Scott y de Vctor Hugo las figuras
ilustres de los poetas de la antigedad.

Muchas de estas discusiones se desarrollaban en un baratillo de libros,
en el que Chamizo se hizo contertulio habitual. Estaba la tiendecita al
comienzo de la calle de la Paz, y era su dueo un viejo ayacucho, el
seor Martn. El seor Martn era un hombre de unos sesenta aos, de
cara dura y torva. Haba sido sargento en Amrica y estaba enfermo de
reumatismo crnico; al andar arrastraba una pierna.

El seor Martn sola estar con su mujer y un chico en el mostrador
pegando hojas y pastas con engrudo; los das muy fros se embozaba en
su capa y encenda un brasero con astillas.

El seor Martn, que haba empezado su comercio en un portal vendiendo
unos cuantos papeles viejos, tena muchos libros e iba mejorando sus
gneros. En su tienda haba desde incunables hasta romances de ciego.

Su mujer, la seora Balbina, saba tambin bastante del oficio; pero
el que se preparaba a abrir las alas y a volar como un guila de la
bibliografa era el aprendiz Bartolillo.

Bartolillo tena una gran aficin por los libros, y se enteraba de todo
y coga al vuelo lo que oa.

El seor Martn iba y vena de su puesto a las casas donde vendan
libros, siempre cojeando, y traa carros de infolios y de papeles
llenos de polvo, que iba depositando en un stano prximo y luego
llevndolos a la tienda y examinndolos.

El seor Martn venda papel timbrado antiguo, documentos, pergaminos,
libros de coro, aleluyas y colecciones de sellos. En esto Bartolo era
el especialista.

A la tiendecilla sola ir mucha gente: criadas que compraban la
historia del guapo Francisco Esteban, de Jos Mara el Tempranillo y
de Miguelito Caparrota; estudiantes que vendan los libros de texto;
soldados que pedan una novela de amor, y biblifilos que iban a
buscar la edicin de Salamanca de la _Celestina_, o la _Lex romana
Visigothorum_.

Tambin haba en la tienda sus tertulias. A primera hora de la tarde
solan ir gentes de la vecindad: un zapatero remendn y un viejo
memorialista que escriba las cartas a los aguadores y a las criadas,
hombre muy seco, que tena la cazurrera clsica del espaol, el
seor Isidro; luego, al anochecer, comenzaban a llegar literatos,
biblifilos, periodistas, y sola haber largas discusiones.

Alguna que otra vez entraron Lista, Reinoso, Mesonero Romanos y otros
varios escritores. El ms asiduo era don Bartolom Jos Gallardo.
Gallardo hablaba pestes de todo el mundo. Era un hombre iracundo y
violento, lleno de saa y de clera contra los dems literatos. Su
acento, extremeo recortado, daba ms dureza a sus palabras. Tena
mucho odio a los abates afrancesados, y haba escrito por esta poca un
folleto titulado _Cuatro palmetazos bien plantados por el Dmine Lucas
a los gaceteros de Bayona_, contra Lista y Reinoso, y pensaba escribir
otro, _Las letras de cambio o los mercachifles literarios_, para atacar
violentamente a Hermosilla, Miano, Lista y Burgos.

Gallardo aseguraba que aquella poca era la ms baja de la historia de
la literatura espaola, y que nadie saba nada, cosa que se asegura en
todas las pocas con el mismo grado de certidumbre. Gallardo era amable
con la gente que no poda ser rival suyo. Haba visto la sagacidad y la
curiosidad de Bartolillo, el chico de la librera, y le desafiaba y le
mareaba a preguntas y luego le daba explicaciones, que Bartolillo las
coga al vuelo. Un da el padre Chamizo se encontr en la librera del
seor Martn con un militar, Mac-Crohon, recin venido del extranjero.
Este Mac-Crohon haba sido muy amigo del abate Marchena, y quera
recuperar algunos libros de historia del abate que no saba adnde
haban ido a parar despus de su muerte.

Hablaba don Venancio con Mac-Crohon, cuando se acerc Aviraneta con dos
seores: uno era don Bartolom Jos Gallardo; el otro, el abogado de
Burgos don Jos de la Fuente Herrero. Venan los tres discutiendo de
poltica; decan que los liberales corran un gran peligro por lo mucho
que trabajaba el partido apostlico dirigido por la Sociedad secreta El
Angel Exterminador.

--La masonera escocesa, a la que pertenecemos todos--deca Gallardo--,
est desorganizada y sin trabajar, con sus columnas abatidas.

--Esta es la fraseologa de los masones--pens Chamizo, y no hizo mucho
caso de ello.

Salud a Mac-Crohon, que unos das despus le regal un tomo de
Lucrecio, que haba pertenecido a Marchena, y se dedic a ver
las estampas de Brambilla y Glvez, del Sitio de Zaragoza, y las
litografas que haban hecho haca unos aos de los Sitios Reales y de
los cuadros del Museo, bajo la direccin de Madrazo, algunos dibujantes
y litgrafos extranjeros como Brambilla, Asselineau y Pic de Leopold.

Cuando Aviraneta y sus amigos concluyeron su conversacin salieron de
la librera, y Chamizo comenz a hablar con Gallardo de bibliografa
y de historia eclesistica. Dieron un paseo por la calle de Alcal,
volvieron a la Puerta del Sol y all se despidieron todos.

Al marchar hacia casa juntos Aviraneta y Chamizo, por la calle del
Prncipe, un seor viejo se abalanz a Aviraneta y le estrech entre
los brazos...

--Adis, don Venancio!--dijo Aviraneta al ex fraile--. Me voy con este
seor.

--Quin es?--le pregunt Chamizo, por curiosidad.

--Es don Lorenzo Calvo de Rozas, un hombre que se distingui en el
Sitio de Zaragoza y que fu ministro en 1823.

Los das siguientes sigui Chamizo acudiendo a la librera de viejo del
seor Martn, donde compraba algunas menudencias. Se hizo muy amigo de
la casa.

El hijo del seor Martn era un joven de unos veintitrs aos, llamado
Romn, a quien llamaban el Terrible. Romn estaba casado con la hija de
un encuadernador. Era hombre vicioso, impulsivo, violento, que no le
gustaba trabajar y saqueaba a su padre. Muchas veces Chamizo presenci
tremendas disputas entre el padre y el hijo, que acababan con insultos
y con amenazas.




                                 III.

                              UN JESUTA


UN da acababa Chamizo de levantarse de la cama y estaba leyendo la
_Historia secreta de Procopio_, en una edicin antigua, cuando llamaron
a su puerta y entr en su cuarto un cura joven. Salud ste al ex
fraile y le di una tarjeta donde pona:

                           JACINTO JIMNEZ,
                                 S. J.

--Usted dir que desea--le pregunt Chamizo.

--Vengo a tomar informes de su vida y de su conducta.

--De mi vida?

--S, seor; de parte de los padres de la Compaa de Jess.

--Seor mo--replic don Venancio--, la Comunidad en la que yo profes
ha sido extinguida, y yo me considero con libertad de accin para
vivir independientemente y sin tener que dar cuentas a ninguna otra
Orden.

--Pero usted se considera dentro de la Iglesia?--pregunt el curita.

--S.

--Pues entonces debe usted obedecer.

--Segn a quin--contest Chamizo; y a las observaciones del jesuta
replic con citas de San Agustn, San Juan Crisstomo, San Jernimo,
Orgenes, etc. El padre Jacinto no andaba muy bien en cuestiones de
disciplina eclesistica, y dijo:

--Dejemos, si usted quiere, esas cuestiones tericas, y vamos a la
realidad. Se ha sabido que usted tiene relaciones con masones y
revolucionarios. Se le ha visto a usted con frecuencia en una librera
de viejo en compaa de don Bartolom Jos Gallardo, que es uno de los
enemigos ms acrrimos de la religin.

--Hablo con l porque es un escritor erudito; pero yo no participo de
sus ideas. A esa librera de viejo van tambin algunos eclesisticos.

--Bueno. Aqu deseamos saber, padre Chamizo--pregunt el padre Jacinto
echndoselas de hombre franco y campechano--, si usted est con
nosotros o con ellos.

--Yo no estoy con nadie. Yo no intento mas que encontrar un medio de
ganarme la vida honradamente, y nada ms.

--Nosotros se lo proporcionaremos.

--Ustedes?

--S! Con una condicin.

--Y es?

--Que usted nos comunique los trabajos que hagan sus amigos liberales.

--Pero si no hacen trabajo alguno!

--S, s; los hacen.

--Bien; aunque los hagan, yo no los conozco, y si los conociera porque
me los hubieran comunicado en confianza, yo no iba a dar parte de ello
al primer recinvenido.

--Es que yo no soy el primer recinvenido--dijo irguindose el padre
Jacinto--; soy la Iglesia.

Qued el ex fraile anonadado al or el tono que emple el jesuta al
decir esto.

--De todas maneras--concluy diciendo Chamizo--, yo para espiar no
sirvo. Que me den un trabajo cualquiera, y lo har; pero espiar, no.

--Est usted muy embudo en las ideas del siglo, padre Chamizo--replic
el jesuta--. Todo lo que se hace para mayor gloria de Dios est bien
hecho. Volver otro da, y creo que le convencer a usted.

Diciendo esto, el jesuta sonri y se retir del cuarto.




                                  IV.

                       SILUETAS DE CONSPIRADORES


AL da siguiente, por la tarde, don Venancio se encontr a Paquito
Gamboa, el militar con quien haba estado en el lazareto de San
Sebastin, en la calle de Atocha; dieron un paseo, y, a la vuelta,
entraron en el Caf de Venecia, de la calle del Prado. Se sentaron
cerca de la ventana. Era aquel local un sitio obscuro, ahumado, con
un olor especial en que se mezclaban el aroma del caf tostado, con
el humo del tabaco, y un tufo como de polilla que echaban los divanes
ajados de terciopelo.

--Y la mayora de esta gente son militares?--pregunt Chamizo.

--No--contest Gamboa--. Muchos de estos son vagos, que esperan que
llegue el buen momento charlando en un rincn, fumando y jugando al
billar. Algunos, que se dan por militares indefinidos y de la reserva,
son aventureros, perdidos, cuando no estafadores.

Gamboa le habl despus a Chamizo de que se conspiraba activamente.
Supona que Aviraneta andaba en el ajo y que deban estar complicados
Calvo de Rozas, Romero Alpuente, Flrez Estrada, Gallardo y otros
constitucionales.

Gamboa pensaba hablar a Aviraneta y ofrecerse a l. Le invit a ir a
Chamizo a casa de doa Celia, y se fu porque tena que acudir a la
guardia.

Acababa de salir el joven militar, cuando entraron en el caf Calvo
de Rozas, con un seor grueso, de patillas, y despus, formando otro
grupo, dos viejos carcamales, en compaa de Aviraneta y de un hombre
con aire frailuno.

Se sentaron todos en una mesa: los dos carcamales, Flrez Estrada
y Romero Alpuente, se sentaron en el divn, y los dems, en sillas
alrededor. La conversacin se refiri a motivos generales de poltica.

Calvo de Rozas, hombre de mal talante, de aspecto ceudo y sombro,
hablaba con una sequedad antiptica. Se deca que en el Sitio de
Zaragoza haba mandado despticamente como un baj. Se le tena por
aragons, pero haba nacido en Vizcaya. En Francia, en tiempo de la
Revolucin, hubiera figurado entre los jacobinos.

Romero Alpuente, un viejo repulsivo, amarillo, con un aspecto de
cadver y con los ojos vidriosos, hablaba despacio, de una manera
petulante, y mezclaba en su conversacin frases chocarreras, que l era
el primero en rer con un gesto tan fro y tan triste, que daba horror.

Respecto a Flrez Estrada, pareca una sombra, un anciano decrpito,
con un pie en la sepultura.

El seor grueso de las patillas era don Juan Olavarra, hombre que
se tena por sesudo y por serio y que viva en una continua fiebre
proyectista. Los canales, los puertos, las fbricas, el convertir los
montes en llanuras y las llanuras en montes, era su obsesin.

El otro personaje era el masn Beraza. Beraza tena un aire frailuno.
Iba afeitado, tena una calva hasta el cogote, la frente abultada y la
nariz respingona. Su cuerpo era gordo y fofo, y sus ademanes, un tanto
femeninos. Deba de ser un hablador frentico, porque constantemente se
le vea perorando con un dedo en el aire y sonriendo con una sonrisa
plcida y estlida.

Al cabo de algn tiempo salieron del caf, en fila, los contertulios
liberales, todos de capa y de sombrero redondo. Estos conspiradores de
capa y copa iban muy serios y ceudos.

Al salir, Aviraneta le vi a Chamizo y se acerc a l.

--Hombre! Le voy a presentar a usted a estos seores.

--No, no.

--Por qu no?

--Usted anda ah en su fregado revolucionario, que a m no me conviene.

--Bah! Usted es de los nuestros, padre Chamizo.

--No; no soy de los de ustedes. Yo soy catlico, apostlico, romano
y monrquico, y ustedes son unos impos, unos anarquistas, unos
conspiradores...

--Ca, hombre! No haga usted caso. Quin le ha metido a usted esas
bolas?

El ex fraile dijo primero lo que le haba contado Gamboa, y despus le
habl de la visita del jesuta que haba tenido el da anterior.

Aviraneta se qued serio.

--Y usted, qu va a hacer?--pregunt.

--Yo, nada. Yo no le voy a espiar a usted, que es amigo mo.

--Gracias, don Venancio. Lo que vamos a hacer es una cosa. Yo le dar
a usted de cuando en cuando alguna noticia que sepa, y usted se la
comunicar al curita se.

--No me gusta el procedimiento. No s qu traman ellos y qu traman
ustedes.

--Nosotros? Muy poca cosa. Sabe usted cul es nuestro objeto? Pues es
hacer una partida del trueno para asustar a los realistas y decidir al
Gobierno a que nos acepten a todos en el ejrcito y en los ministerios.

--Mal camino han elegido ustedes.

--Qu quiere usted! Gente joven. Cabezas locas. Y hablando de otra
cosa, quiere usted que le diga a don Bartolom Jos Gallardo que le
enve algunos libros raros? Se los enviar, porque yo responder por
usted.

--Usted ser responsable, seor Aviraneta, si mi alma se pierde--dijo
con energa Chamizo.

--S, es verdad.

Salieron los dos del caf. Llegaron a la calle del Lobo, donde viva
don Eugenio.

--Le ha dicho a usted Paquito Gamboa qu da tenemos que ir a cenar a
casa de Celia?--pregunt Aviraneta.

--No; ha dicho que nos avisar.

Se despidi Chamizo de don Eugenio, y se fueron cada uno a su casa.

Al da siguiente, en la librera del seor Martn, Gallardo dijo al ex
fraile que Aviraneta le haba hablado de l, y aadi que le pidiera
los libros que quisiera, que l se los dara con mucho gusto.

--Si yo encuentro algo que le convenga a usted...--dijo Chamizo.

--No, no. Eso es demasiado para un fraile--contest con sorna
Gallardo--. A un fraile no se le puede pedir que d nada; ustedes estn
hechos para tomar lo que les den. Ya sabe usted lo que deca el padre
Barletta, el predicador de Npoles, en su latn macarrnico: _Vos
quoeritis  me, fratres carissimi qumodo itur ad paradisum? Hoc dicut
vobis campanae monasteri, dando, dando, dando_.

--Bah, invenciones!

--No, hombre, no. El padre Barletta es el mismo que, contando la
entrevista de Cristo con la Samaritana, dijo que sta conoci en
seguida que Cristo era judo porque vi que estaba circuncidado.




                                  V.

                         LA CANCIN DEL TRUENO


A los tres das de esta conversacin fu el padre Jacinto a casa
del ex claustrado. Don Venancio se mostr con l bastante ambiguo,
dndole a entender que hara lo posible para sonsacar a sus amigos los
liberales, sin comprometerse formalmente a nada. El jesuta proporcion
algunos trabajos, traducciones de documentos latinos; pero viendo
despus que las confidencias de Chamizo no le servan para gran cosa,
dej de visitarle. Sola ir Chamizo con frecuencia a ver a Aviraneta;
le redactaba cartas y le traduca otras que le llegaban escritas en
francs y en ingls.

Don Eugenio manejaba sumas respetables, tena medios, aunque no los
gastaba en s mismo. A Chamizo le daba lo que le peda, dinero que el
ex fraile inverta en comprar libros y en comer bien, huyendo como de
la peste del comedor de doa Puri para los caballeros estables.

Alguna vez le enviaron cartas a su nombre para entregrselas a
Aviraneta, cosa que le hizo poca gracia, porque comprenda que all se
encerraba algo sospechoso.

Aviraneta le asegur un da que no haba nada oculto.

--Bueno; pues para convencerme--le dijo Chamizo--, enseme usted una
carta de stas y djemela leer.

Le ense Aviraneta la carta; no se poda leer nada, lo que hizo pensar
a Chamizo que estaba escrita con alguna clave.

--Bueno, don Eugenio--dijo el ex fraile--. Haga usted el favor de decir
que no me enven cartas as.

Aviraneta lo prometi, y, efectivamente, no se las volvieron a enviar.

Siempre le quedaba a don Venancio la curiosidad de saber qu haca
Aviraneta, con qu gente trataba y a qu casas iba.

Un da que estaba el ex fraile traduciendo unos trozos de una obra de
Jeremas Bentham, en casa de Aviraneta, para Flrez Estrada, vi a don
Eugenio sentado a la mesa ante un papel lleno de tachaduras.

--Qu diantre hace usted?--le dijo--. No estar usted haciendo versos?

--Haciendo versos estoy.

--Usted!

--S. Parece que me cree usted absolutamente incapaz de hacer una copla.

--La verdad... As es. Le tengo a usted por un hombre negado para eso.
Pero, quin sabe! Quiz sea usted un lord Byron o un Quintana. Vamos
a ver esos versos!

--Ya s que le parecern a usted mal--dijo don Eugenio--. Son versos de
circunstancias hechos para cantar con la msica del _Al tun, tun_, y
para uso exclusivo de la gente del Trueno.

--No conozco ni ese _Al tun, tun_, ni ese trueno.

--El _Al tun, tun_ es una musiquilla popular que no tiene nada que ver
con Mozart, ni con Rossini. Respecto a la partida del Trueno, el otro
da le hablaba a usted de ella...

--No recuerdo. He odo hablar del Trueno, de estudiantes nocherniegos y
calaveras...; pero no cre que eso tuviera ninguna organizacin.

--No la tiene, pero a m se me ha ocurrido darle un aire de
organizacin, y de cuando en cuando uno de estos oficiales ilimitados,
con quince o veinte amigos, van de ronda por los Barrios Bajos y se
les renen algunos menestrales de nuestras ideas, y dan, de Pascuas
a Ramos, un estacazo a un carlista enemigo y gritan por las calles:
Mueran los carlistas! Viva la Constitucin! Cuando hacen alguna
cosa de stas se dice: Es la partida del Trueno! Al mismo tiempo,
cuando se renen en los cafs poetas, periodistas, ex guardias de
Corps, liberales y militares indefinidos, y hablan a gritos, y rien,
y salen embozados en sus capas hasta los ojos, se dice: Es la partida
del Trueno. Y esta partida del Trueno hace mucho ruido y no es nada.
Se asegura que son jvenes liberales exaltados de la aristocracia y
de la clase media; se ha hablado de que con ellos anda Candelas, el
ladrn... Con esto los realistas se asustan y creen que tienen un
enemigo mayor.

--Es usted un farsante, amigo Aviraneta.

--No se puede aspirar a ser poltico sin ser un poco granuja, padre
Chamizo. Todo poltico empieza por ser un pillastre. Yo acepto la
pillastrera necesaria, ntegra; tomo un bao de picarda y sigo
adelante.

--Oh! Usted no necesita eso. Tiene usted bastante bilis y bastante
mala intencin para desafiar el veneno de los escorpiones y de las
vboras.

--Cmo se conoce que ha sido usted fraile!--dijo Aviraneta--. Tiene
usted la manera de hablar rencorosa de todos ellos.

--Gracias! Vamos a ver sus poesas.

--Poesas, no; son versos deplorables, variaciones sobre la consigna de
la partida del Trueno.

--No s cul es esa consigna.

--La consigna es sta: Garrotazo y decir que nos pegan.

--Muy bien, muy cristiano!

--Ahora ver usted el sublime himno. No me elogie usted demasiado,
padre Chamizo; me voy a ruborizar. All va:

      Al tun tun, paliza, paliza;
    al tun tun, sablazo, sablazo;
    al tun tun, mueran los realistas!;
    al tun tun, que defienden a Carlos.
              En la callejuela,
            en el callejn,
            darles buenas tundas,
            sin vacilacin.
              Reinar Don Carlos
            con la Inquisicin,
            cuando la naranja
            se vuelva limn.

--Esta es la primera copla?

--S.

--Muy tica, muy culta.

--S; ya me figuraba yo que le conmovera a usted. Ahora va la segunda:

      Al tun tun, garrote, garrote;
    al tun tun, trancazo, trancazo;
    al tun tun, abajo los frailes!;
    al tun tun, que se llevan los cuartos.
              Por la portezuela
            y por el portn,
            duro y tente tieso!
            lea a discrecin!
              Reinar Don Carlos
            con la Inquisicin,
            cuando la naranja
            se vuelva limn.

--Qu le ha parecido a usted la coplilla, padre?

--Una necedad y una salvajada.

--Ve usted? Eso me demuestra que la copla est bien: el que le indigne
a usted. No puede usted negar que ese ritornelo:

      Reinar Don Carlos
    con la Inquisicin...

es muy artstico.

--S; es arte para un cuerpo de guardia o para el patio de un presidio.
El otro da me aseguraba usted que no era verdad que se cantase en
Madrid la copla que pona el papel carlista:

      Muera Cristo!
    Viva Luzbel!
    Muera Don Carlos!
    Viva Isabel!

--Y es cierto que no se ha cantado nunca eso.

--Lo que no es obstculo para que usted escriba una copla por el estilo.

--No, hombre. Decir: Abajo los frailes!, no es lo mismo que decir:
Muera Cristo!. Hay su diferencia. Ustedes son, como ha dicho muy
bien Gallardete, animales inmundos encenagados en el vicio. Ustedes no
tienen nada que ver con Jesucristo; qu van a tener que ver!

--Bueno, bueno. Est bien. No diga usted ms disparates. En fin, ya que
usted acepta como programa el del Al tun tun..., yo aceptar este
otro, de una cancin del ao 23:

      Brrese de la memoria
    la infernal Constitucin,
    y slo sirva en la historia
    para eterna execracin.




                             LIBRO TERCERO

                        EL TRINGULO DEL CENTRO




                                  I.

                             EXPLICACIONES


SE haban citado para las dos de la tarde Aviraneta y Tilly delante
del cuartel de San Gil, y juntos entraron en la Montaa del Prncipe
Po, y fueron marchando por el campo hasta llegar a la Casa del Jardn.
Pasaron a la salita que ocupaba Tilly y se sentaron en unos sillones de
mimbre.

--Si no ha tomado usted caf le traer una taza--indic Tilly.

--Lo he tomado; pero no tengo inconveniente en tomar ms--contest don
Eugenio.

Sali Tilly. Aviraneta se puso a contemplar la sala y las pinturas de
las paredes. La sala era rectangular, las paredes tenan mediascaas
doradas y el suelo era de mrmol. El techo estaba lleno de pinturas con
guirnaldas, angelitos y frutos, y en medio, una ninfa suba por el aire
entre nubes, con un ademn elegante y amanerado. Haba pocos muebles
para el tamao del saln: una consola y un sof, los dos rococos, muy
llenos de conchas y agrietados por todas partes; varias sillas doradas
y unos sillones.

En las dos paredes largas haba pintadas: en una, la vista de Npoles,
con el Vesubio en el fondo; en la otra, la villa de Amalfi, tomada
desde el fondo de una gruta. En los testeros se vean: en uno, la
ciudad de Capri, con las ruinas del palacio de Tiberio, destacndose
sobre grandes montes pedregosos, y en el otro, la abada de
Vallombrosa, con su torre antigua, al pie de unas montaas llenas de
pinos. Estas pinturas al temple, rpidas, abocetadas, descascarilladas
por el tiempo, tenan su gracia amanerada.

Tilly, al traer una cafetera y una taza, que coloc en un velador, dijo:

--Mira usted las pinturas de mi saln?

--S.

--No valen gran cosa, segn dicen.

--No, como pintura, no; pero como literatura, s.

--Celebro que me lo diga usted.

--Por qu?

--Porque yo me suelo entretener muchsimo mirando estas figuras.
Querr usted creer que a veces me enternezco pensando en esta
pastorcita que hay aqu en Capri, y voy a pescar con estos marineros
de Npoles, y paseo con los frailes en la terraza de este convento de
Amalfi?

--No me choca; ese sentimentalismo de cabeza es muy propio del hombre
terne.

Don Eugenio llen la taza de caf y encendi un cigarro.

--Ahora, maestro y compaero nmero tres--dijo Tilly--, dejmonos de
sentimentalismos y de pinturas, y cunteme usted los comienzos de su
Sociedad, para que pueda estar en todos los detalles.

--No le habl a usted en Ustriz--pregunt Aviraneta--de un plan que
tena, al llegar a Espaa, de constitur una Sociedad secreta en que se
fundieran masones, comuneros y carbonarios para defender la libertad?

--Me habl usted algo, pero muy vagamente--contest Tilly.

--Este proyecto, que entonces yo llamaba la Sociedad del Triple Sello,
se lo expuse a Mina en Bayona, y Mina qued de acuerdo.

--Tena usted un programa poltico definido?

--No. Eso lo dejaba para los hombre notables que entraran en la
Sociedad--replic Aviraneta--. Mi proyecto era sencillamente fundar una
Sociedad secreta sin simbolismos; nada de mojigangas, ni de columnas,
ni de templos, ni de majaderas por el estilo: una organizacin fuerte,
una vigilancia grande entre los afiliados y un programa mnimo.

--Es dar a la Sociedad secreta el carcter del tiempo--murmur Tilly.

--Eso es--y Aviraneta llen otra taza de caf--. Respecto a mi
orientacin general era llegar al mximo de liberalismo compatible
con el orden, exterminio del carlismo por todos los medios posibles
y Constitucin del ao 12, modificable en parte si se consideraba
necesario.

--Bueno. Ahora, maestro, explqueme las gestiones que fu usted
haciendo al llegar a Madrid.

--Al primero que habl fu a don Bartolom Jos Gallardo.

--Al escritor?

--Al mismo. Gallardo me dijo que haba tenido una idea parecida a la
ma; pero que le enfriaba el ver que aun quedaban odios y rivalidades
entre los masones y los comuneros de 1821 a 23, y ms an, el recuerdo
de esta Sociedad comunera, cuya base l haba establecido, y que
gracias a los manejos de Regato haba servido a los absolutistas. Yo
trat de convencerle de que hay que repetir las experiencias, y l me
dijo que lo intentara yo.

--Una pregunta: Tena usted dinero?

--S; traje algo de Mjico.

--Qu hizo usted despus?--pregunt Tilly.

--Me vi con varios masones y comuneros, y unos me recomendaron que
consultara con Calvo de Rozas, y otros, con Flrez Estrada. Visit a
Calvo de Rozas, y ste me recibi con entusiasmo. Me asegur que la
juventud madrilea era liberal ardiente, que se poda contar con la
oficialidad joven del ejrcito, y que no faltaba mas que organizacin,
y que era necesario comenzar la obra. Bien--le dije yo--, pero no tengo
elementos. Yo se los proporcionar a usted--me contest l.

--Y se los ha proporcionado?

--En parte, s.

--Y constituyeron ustedes la Sociedad en seguida?

--No; yo haba pensando en fundar la Junta del Triple Sello con dos
delegados de cada sociedad antigua y un presidente, en total siete;
pero no tenamos al empezar mas que un ex comunero, Calvo de Rozas; un
masn, Beraza, y yo, que ingres en una Venta Carbonaria en Pars.

--Hay carbonarios aqu?

--Algunos, entre los militares.

--Qu hicieron ustedes primeramente?

--Yo le dije a Calvo de Rozas que se encargara l de constitur la
Junta y que me dejara a m organizar la oficialidad y la juventud
liberal. Necesitaba dinero, carta blanca para hacer y deshacer a mi
antojo y un hombre de confianza a quien se le pudiera encargar una
misin difcil. Estas fueron mis condiciones.

--Y las acept?

--S.

--De dnde sacaron ustedes el dinero?

--Se hizo un pequeo emprstito dirigido por Calvo y Mateo, antiguo
agente de la Compaa de Filipinas y despus banquero en Pars, que
prest sumas crecidas a Mina y a Torrijos.

--Y encontr usted en seguida el hombre de confianza?

--S.

--Quin era?

--Un capitn indefinido, Antonio Nogueras, hombre que conoce la
sociedad de Madrid.

--Es hombre que vale?

--Es un tanto farragoso, amigo de hacer frases campanudas. A este
capitn le encargu que me proporcionase diez comandantes o capitanes
de la clase de ilimitados o indefinidos, a quienes se pudiera confiar
la organizacin militar de los liberales de Madrid.

--Qu organizacin ha empleado usted?

--La de los carbonarios. El ncleo primero es de diez hombres, con
un jefe, y se llama decuria, y al jefe, decurin; cada diez decurias
forman un centuria, con un centurin; cada diez centurias, una legin,
con su jefe o pretor.

--Los nombres no me gustan--murmur Tilly--, tienen un aire arcaico.

--A m, tampoco; pero hay que dejar un poco de pintoresco para la gente
y habra que reemplazarlos por otros, lo que no es fcil.

---Ha encontrado usted pronto sus hombres?

--Muy pronto. Hay entusiasmo. En una semana Nogueras me ha trado a
casa una porcin de oficiales jvenes, un poco ruidosos y fanfarrones,
que se han encargado de la obra. Han reclutado dependientes de
comercio, estudiantes, mdicos, abogados...

--Y es una gente fcilmente dirigible?

--De todo hay. Al lado de estos militares alegres y fanfarrones, de los
dependientes de comercio y estudiantes llenos de entusiasmo, hay los
abogados, los que se sienten con aptitudes polticas, y esa gente es
gente hambrienta y rapaz que busca la carrera, que quiere medrar...

--Tipos como yo--dijo Tilly.

--Pero que no tienen las condiciones de usted.

--Y cunta gente ha reunido usted ya?

--En el tiempo que llevamos se han completado las diez centurias y se
ha distribudo a cada hombre su nmero en la centuria a que pertenece.

--As que tienen ustedes mil hombres, maestro?

--S. Yo digo por ah que somos ms.

--Y el jefe militar? El pretor, quin va a ser?

--Por ahora yo. Para ms tarde tenemos un jefe de prestigio.

--Quin?

--Palafox.

--Aceptar?

--S.

--Pero esos hombres tendrn que estar armados. Y las armas?

--En eso estamos. Por el informe de los jefes de las centurias sabemos
que hay muchos voluntarios que estn dispuestos a comprar su fusil y
sus municiones. Para los indigentes habr que regalrselos, y se har
una suscripcin.

--Muy bien: contriburemos a ella con la modestia de nuestros
recursos--asegur Tilly.

--No hay necesidad. Ustedes pueden dar algo ms que unas pesetas.

--Veamos cul va a ser nuestra especialidad--indic Tilly.

--El padre Mansilla que se dedique a buscar relaciones entre palaciegos
y el clero realista; que se presente ante ellos como un partidario del
absolutismo ilustrado..., un poco de tradicin..., un poco de siglo.

--Est bien. Comprendido. Lo har perfectamente. Va por ese camino.

--Aconsjele usted que se ponga a confesar para que pueda ir
enterndose de todo.

--La cosa es delicada, pero lo conseguiremos.

--Respecto a usted, Tilly, si est usted ya en disposicin de
trabajar...

--S, s.

--Convendra que entrara usted en el partido de los cristinos.

--Ha pensado usted el procedimiento?

--S; poda usted hacer un folleto pequeo acerca de las reformas de
Espaa. Poda usted defender a la Reina Cristina con entusiasmo; una
carta por el estilo de la de Luis XVIII, y otras reformas. Unas cuantas
citas sabias, Montesquieu, Bentham, etc.

--Nada; lo har. Mansilla me ayudar. Y despus?

--Despus imprime usted su folleto sin nombre, slo con iniciales, y se
lo enva usted a una serie de personas del partido cristino.

--Bueno. Se har todo ello.

--Naturalmente, usted es noble. Usted se firmar de Tilly y tendr
usted un sello con las armas de los Tillys.

--Le parece a usted indispensable?

--S, me parece conveniente. Adems, usted en Madrid ser un joven
serio y religioso. Ir usted a la iglesia de moda y har usted que le
vean.

--Eso lo encuentro un poco aburrido.

--Serio, aristcrata, liberal, religioso, un poco melanclico, porque
ha tenido usted amores desgraciados, antiguo calavera, est usted en
condiciones admirables para hacer su camino.

--Me quiere usted convertir en un joven Werther retirado--dijo riendo
Tilly.

--No, aparentemente nada ms. Haga usted de palomita, y luego, si puede
usted, ya sacar usted el pico y las garras de buitre.

--Bueno.

--Mientrastanto, se dedica usted a estudiar un poco de poltica y hace
usted todo lo posible para conocer el mximo de gente.

--Muy bien.

--Cada uno de nosotros puede crear, si encuentra ocasin, un nuevo
Tringulo, y tenerlo en secreto.

--Yo, por ahora, ser difcil--dijo Tilly.

--Ah, claro! Pero cuando salga usted ms, ser otra cosa. De todas
maneras dgaselo usted a Mansilla.

--Se le dir.

--Bien; me voy. Dentro de un mes vendr de nuevo por aqu.

--Un mes! No ser mucho tiempo?

--No. Si tienen ustedes necesidad de comunicarme algo importante me
avisan a mi casa, calle del Lobo, trece, y yo vendr. A poder ser,
escribir poco, nicamente en caso de necesidad. Para ello usaremos una
clave.

--Muy bien.

--Despus de comer estar los lunes, mircoles y viernes en el caf de
Venecia; los martes, jueves y sbados, en el Caf Nuevo; los domingos,
en la fonda de Genies. Ahora, querido Uno, buenas tardes.

--Espere usted, amigo Tres. Mansilla vendr a las cinco en punto, es
muy puntual.

--Quiere usted que le hable yo?

--No; nicamente quiero explicarle su misin en un momento, por si
acaso se le ofrece alguna duda, para que consulte con usted.

Efectivamente: a las cinco en punto se present Mansilla. Era un hombre
bajo, grueso, la cara ancha y la mirada enrgica. Tena una actitud de
mando y unos movimientos bruscos.

Tilly habl con l a solas, y despus charlaron los tres de poltica
de actualidad. Aviraneta se despidi, y, acompaado de Tilly, baj la
escalera de la terraza y sali por la puerta de la tapia.

Unos das despus, Aviraneta recibi aviso de Tilly dicindole que el
cura y l haban principiado su campaa, y que el Tringulo del Centro
comenzaba sus trabajos con buenos auspicios.




                                  II.

                          TRABAJOS DEL PRIMER
                         TRINGULO DEL CENTRO


UN mes despus de esta conversacin, Aviraneta, embozado en su capa,
entraba por la tapia de la Montaa del Prncipe Po, por la puerta de
enfrente a Caballerizas, y avanzaba hasta la Casa del Jardn.

Don Eugenio atraves el zagun, subi la escalera y entr en la sala,
en donde se encontraban Mansilla y Tilly.

--Santas y buenas tardes--exclam Aviraneta al entrar--. Qu tal
vamos, seores?

--Muy bien; y usted, don Eugenio?--dijo Tilly.

--Perfectamente. Y el reverendo padre Mansilla, el nmero Dos de
nuestro Tringulo, cmo va?

--El reverendo padre marcha tan bien como el nmero Dos--murmur el
interesado.

--Damos por comenzada la sesin del Tringulo del Centro?--pregunt
Aviraneta.

--La damos--contest Mansilla.

--Hay cosas que contar?

--Las hay--repuso Tilly.

--Empiece usted, nmero Uno.

--Como habr usted podido observar--indic Tilly--, el folleto mo
se ha publicado y se ha repartido. He recibido varias cartas de
contestacin, que tiene usted aqu, y he sido invitado a una reunin,
que se celebr hace dos das en casa de don Rufino Garca Carrasco.

--Hombre, muy bien! No cre que marchara usted tan de prisa. Qu pas
en la reunin?

--A la reunin acudieron don Juan y don Rufino Carrasco, el duque de
San Carlos, el oficial de la Secretara del Ministerio de Gracia y
Justicia, don Juan Donoso Corts; el conde de Parcent, con el capitn
Ros, y algunos otros aristcratas y palaciegos. Se puso a discusin
la fundacin del nuevo partido, que tendr como principios la defensa
de los derechos de la Reina Isabel, la regencia de su madre y un vago
liberalismo.

--Llegan a esto?--pregunt Aviraneta.

--Hum! En este ltimo punto hay sus ms y sus menos; algunos creen
que debe establecerse una Constitucin moderna; otros son partidarios
de la Carta y de las dos Cmaras, y otros, por ltimo, prefieren el
absolutismo ilustrado.

--Hay partidarios de Zea Bermdez?

--Partidarios de Zea, no; ms bien de sus doctrinas.

Como la discusin del problema constitucional llevaba camino de
eternizarse, el presidente don Rufino Carrasco resolvi dejarla para
ms adelante, y se pas a discutir el punto de si los cristinos deban
armarse, o no, para defenderse de los carlistas.

--Es cuestin importante. Y qu se ha resuelto?--pregunt Aviraneta.

--Se ha resuelto comenzar en seguida el armamento. Los Carrascos sern
los encargados de hacerlo, y con sus influencias en Palacio creen que
no les pondrn obstculos. Probablemente, en seguida va a empezar la
compra de armas.

--La cosa es importantsima--murmur Aviraneta--; nosotros haremos lo
mismo. Y usted, amigo Mansilla, ha adquirido nuevos datos?

--Los datos que tengo--contest el cura--son que se prepara un
movimiento absolutista terrible. En Palacio la mayora son carlistas.
La Milicia realista hierve; de los pueblos vienen constantemente
emisarios preguntando cundo se echan al campo; Merino, don Santos
Ladrn, el conde de Espaa, Maroto, Gonzlez Moreno se est preparando.

--Aqu, quin es el jefe? El duque de Infantado?

--S; l y su hijo. El hijo es el que se dice que se pondr a la cabeza
de los realistas de Madrid.

--Pero, en fin, padre e hijo son un par de imbciles--dijo Aviraneta.

--Eso qu importa?--contest Tilly--. Pueden ser la bandera.

--Quin va con ellos?--pregunt Aviraneta.

--Va el rector del convento de jesutas de San Isidro, padre Puyal; el
colector Zorrilla, el archivero del duque del Infantado...

--Esta no es gente de armas tomar.

--No, claro es, pero de mucha influencia.

--Y de militares, hay muchos?

--No muchos: los jefes de los voluntarios realistas, el coronel Rodea,
el teniente Paulez, el capitn Portas, que es el cuado de Bessieres...
Casi todos estos piensan unirse a Merino, si la cosa va mal, porque
algunos tienen la esperanza de que si entre cristinos y liberales
exaltados echan a Zea Bermdez de la presidencia, apoderarse ellos del
Poder.

--No est mal pensado. Es lgico. Nosotros defenderemos a Zea--murmur
Aviraneta--, y, mientrastanto, nos armaremos. Al menos, siquiera
que podamos contar con Madrid. Aconsejar a la gente que no haga la
menor manifestacin contra Zea. Que dure lo ms posible es lo que nos
conviene.

--Y usted qu ha hecho?--pregunt Tilly.

--Nosotros hemos organizado nuestra Junta Isabelina, que ha quedado
compuesta por Flrez Estrada, Calvo de Rozas, Romero Alpuente, Beraza,
Olavarra y yo. Como jefe militar, con voto en el Directorio, ha
quedado Palafox.

--Es gente que vale?--pregunt Tilly.

--Nada; viejos cansados, hombres serios y honrados, pero intiles para
una conspiracin. Gente que tiene un hermoso epitafio nada ms. Yo
preferira pillos, ambiciosos, crapulosos... indocumentados, pero con
ms mpetu.

--Pero, en fin, ya que no se encuentran pillos hay que echar mano de
gente honrada--dijo Tilly seriamente.

--S.

--Qu miseria!

--Y en la organizacin de la Junta han pasado ustedes todo ese
tiempo?--pregunt Mansilla.

--No slo en esto--replic Aviraneta--. Hace unos das me encontr en
la calle con un tal Francisco Maestre, ex administrador de Rentas de
Avila. A este seor le conozco porque, en 1823, se reuni a la columna
del Empecinado con los pocos fondos de las existencias de aquella
administracin. Maestre me cont sus vicisitudes y los trabajos pasados
en diez aos de cesanta, atenido a las mseras ganancias que iba
obteniendo en el escritorio de un procurador. A pesar de su penuria
y de sus dificultades, ha conspirado estos aos pasados contra el
Gobierno absolutista en compaa de Marcoart, Miyar, Torrecilla, etc.,
estando l encargado de la correspondencia en provincias hasta que la
conspiracin fu descubierta.

--Y le ha dado a usted sus notas?--pregunt Tilly.

--S; me ha dado las listas de los comprometidos en Catalua, Valencia,
Valladolid y Zamora.

--Y cmo no se ha llevado usted al mismo Maestre?

--Porque no quiere. Dice que est cansado, enfermo y con una familia
numerosa que mantener.

--Y los datos tienen valor?

--Grande.

--As que la Sociedad Isabelina marcha bien?--pregunt Tilly.

--Viento en popa.

--Y qu consigna tenemos de aqu en adelante?--pregunt Tilly.

--Por ahora esperar; decir a todo el mundo que Zea es indispensable
e insustituble. Nosotros secundaremos lo que hagan los cristinos por
debajo de cuerda, y, mientrastanto, nos prepararemos y compraremos
armas. Usted, amigo Uno, visite a todo el que pueda.

--Y yo?--pregunt Mansilla.

--Usted, amigo Dos, busque el modo de averiguar lo que traman los
realistas. Nosotros no estamos preparados; pero ellos, tampoco.
Probablemente los carlistas se harn dueos de media Espaa; pero con
que nosotros tengamos las capitales, triunfaremos.

Lo mismo pensaban Mansilla y Tilly. Estas consideraciones les
arrastraron a discutir principios polticos, en lo cual no estaban muy
conformes.

--No podramos hablar un poco del objeto de nuestra
Sociedad?--pregunt Mansilla--. Hasta dnde queremos llegar?

A m me parece intil la discusin, pero discutiremos lo que a usted le
parezca. Yo creo que por mucho esfuerzo que hagamos, en Espaa siempre
nos quedaremos cortos--contest Aviraneta.

--Yo creo lo mismo--dijo Tilly.

--Son ustedes unos malos liberales--repuso Mansilla--. No les gusta
razonar.

--Es que yo creo que necesitamos una cierta cantidad de libertad para
poder movernos desembarazadamente, y eso, a mi entender, hay que
conquistarlo a todo trance--replic Aviraneta.

--Es indudable--dijo Tilly.

--Pero es que ustedes creen que nosotros en Espaa no hemos tenido
libertad?--pregunt Mansilla--. Qu error! La hemos tenido a nuestro
modo. Es que ustedes suponen que fray Luis de Granada y Santa Teresa
no escriban con libertad y sin trabas? Ustedes piensan que Mariana,
Surez, Molina Soto, no eran pensadores atrevidos?

--No s--dijo Aviraneta--. No s si tiene usted razn, o no. Cada poca
plantea su problema de una manera especial. Hablar de que el problema
que se plante antes es igual al de hoy, no tiene valor. Nosotros nos
referimos a la libertad actual moderna en sus dos aspectos: libertad de
pensar y libertad de hacer.

--Naturalmente--exclam Tilly--, lo dems son tiquis miquis teolgicos
que no nos interesan!

--Veo que ustedes quieren la libertad del pensar, para no
pensar--repuso Mansilla con irona--. Pasemos a otra cuestin, ya que
no gustan ustedes de las doctinales. Vamos a trabajar por la libertad
de los dems, sin premio?

--Hombre, no! Usted encontrar el puesto que merece rpidamente a
consecuencia de la poltica. Con los datos nuestros se apoya usted en
los realistas, y con los de los realistas, en nosotros, y como nosotros
sabemos que est usted en nuestro bando, ya basta.

--Y usted, Aviraneta, va usted a trabajar sin esperanzas de alcanzar
algo?--pregunt Mansilla.

--Por lo menos por ahora no tengo un plan de ambicin concreta.

--Entonces es que quiere usted quedar en la historia? Tiene usted
aspiracin a la inmortalidad?

--Yo, no; ninguna. Y usted, Tilly?

--Tampoco. Todos mis planes estn includos en la vida.

--Es ms--afirm Aviraneta--, a m eso de la inmortalidad me parece una
aspiracin mezquina.

El cura torci el gesto.

--Usted no opina lo mismo?

--Yo, no. A m me parece un sentimiento natural el de la aspiracin
hacia la eternidad.

--Es que usted es cura--dijo framente Tilly.

--Ustedes mismos, que no creen en la inmortalidad del alma, pretenden
la de la historia.

--No, no. Yo, no--repuso Tilly.

--Yo tampoco--replic Aviraneta--. No me ocupo, no me importa el pensar
que dentro de cien aos haya un buen seor que descubra mi nombre y se
ponga a estudiar mis andanzas. No me preocupa eso absolutamente nada.

--No le creo a usted.

--Como usted quiera. Ahora mismo mi preocupacin es lo que tengo que
hacer al salir de aqu, lo que har esta noche, maana, pasado. El ao
que viene ya tiene perspectivas muy lejanas, casi no existe para m.

Despus de discutir este punto, que, naturalmente, no se esclareci,
Tilly propuso el empleo de un vocabulario especial para el Tringulo,
con cincuenta o sesenta palabras convenidas, que les permitiera hablar
entre gente sin que nadie se enterara.

Se acept la idea, y como Tilly haba hecho ya la lista de palabras y
sus formas de sustitucin, se examin esta clave, se rechazaron algunas
palabras y se aceptaron las dems.

Se decidi que cuando uno quisiera pasar de la conversacin corriente a
la conversacin con clave preguntara:

--Y el cnclave, qu tal va?

El otro deba contestar:

--Bien, muy bien. Vamos trampeando.

Hicieron algunas pruebas del nuevo mtodo y quedaron contentos.

Poco despus Aviraneta dejaba la Casa del Jardn y sala de la Montaa
del Prncipe Po por la puerta de San Gil, mientras el padre Mansilla
sala por la de San Vicente.




                                 III.

                         LA AGITACIN POPULAR


MIENTRASTANTO, la conmocin popular iba en aumento, los cristinos y
los carlistas se venan a las manos en los Barrios Bajos, y todas las
noches haba jarana y tiros, y vivas a Carlos V y a la Constitucin.

Los cafs estaban convertidos en centros polticos; cada cual tena
su matiz: la Fontana de Oro, Lorencini y la Cruz de Malta eran casi
en bloque liberales doceaistas; el de los Dos Amigos, el de la
Estrella y el Caf Nuevo eran liberales exaltados; el de San Sebastin
tena una tertulia republicana; el de San Vicente, de la calle de
Barrionuevo, y el de la Aduana, eran realistas; el de Sols, en la
calle de Alcal, era moderado. Los literatos iban al caf del Prncipe
y al de Solito; los militares indefinidos, al caf de Venecia; los
viejos aficionados al ajedrez y al domin se metan en el de Levante,
y los lechuguinos, en el de Santa Catalina. En general, el centro de
Madrid era partidario de un liberalismo manso; los Barrios Bajos eran
absolutistas.

Las dos fracciones liberales de cristinos e isabelinos maniobraban a
la par. Los isabelinos colaboraban con los cristinos, sin que stos
notasen que otros elementos a su sombra formaban rancho aparte. Cuanto
se ejecutaba por los cristinos parta del grupo de los Carrascos, sin
que Aviraneta y los suyos tuviesen contacto con aquellos jefes.

Aviraneta desconfiaba de la fraccin cristina amiga de Zea Bermdez;
los cristinos saban que por debajo de ellos se agitaban los exaltados
y teman su tendencia demaggica; pero no los consideraban peligrosos,
porque los crean sin organizacin.

Lo mismo unos que otros, y con ellos los carlistas, afirmaban que el
ministerio de Zea era insustituble. Naturalmente, todos necesitaban
tiempo para prepararse.

Aviraneta y Tilly, para entenderse y ponerse de acuerdo, buscaron
intermediarios. Aviraneta hizo que un antiguo amigo suyo, Fidalgo,
empleado en Palacio, fuera uno de stos. Cuando Tilly tena que decir
algo a Aviraneta se lo comunicaba a Fidalgo, y ste mandaba aviso a
don Eugenio, a la sombrerera de Aspiroz, de la calle de la Montera,
esquina a la Puerta del Sol.

Respecto al padre Mansilla, no era sospechoso de liberalismo y se
le poda escribir sin miedo. Mansilla sola contestar con clave,
dirigiendo las cartas algunas veces al padre Chamizo.

A pesar de la forma discreta con que se hizo el armamento de los
cristinos y de los isabelinos, el ministro debi darse cuenta de sus
manejos y sospech si por debajo de la gente de los Carrascos habra
otros elementos ms peligrosos para la paz.

Un da, en un parte del superintendente de polica, se dijo que en
la plazuela de San Ildefonso, encima de una botica, se verificaban
alistamientos de cristinos, que estaban formando la sexta y sptima
compaa del segundo batalln. Se aada que varios de los alistados,
entre ellos un fabricante de naipes de la calle de Toledo, frente a San
Isidro, y dos oficiales indefinidos, haban celebrado una conferencia
con otros individuos sospechosos en el caf de la Estrella.

Con estos indicios, Zea distribuy su polica por todo Madrid y cogi
de madrugada a un paisano armado con fusil, bayoneta, canana y diez
cartuchos de bala. Era de la Isabelina, pero se lo call. Interrogado,
dijo que era cristino y que se haba alistado en casa de un carpintero
de la calle del Postigo de San Martn, esquina a la de la Sartn;
aadi que se deca que en la plaza de San Ildefonso distribuan las
armas un oficial del regimiento de Farnesio llamado Garca Ampudia,
y un tal Arroyo, y que a otros puntos iba Domingo Gallego, criado de
don Rufino Garca Carrasco, y un capitn de la clase de indefinidos
apellidado Tominaiza.

El paisano encontrado con armas fu puesto en libertad.

As, por debajo de los cristinos, iban laborando los isabelinos.

Lleg el 30 de junio de 1833, fecha fijada para la jura de la princesa.
Con este motivo se temi que hubiera alborotos aquel da y los
siguientes. Aviraneta y Tilly se comunicaron los acuerdos de sus
partidos, y la Junta cristina y la isabelina se mantuvieron en sesin
permanente.

Palafox trat de hacer una movilizacin de los isabelinos por va de
ensayo, y fu enviando centurias con sus comandantes a distintos puntos
estratgicos, y all donde haba festejos, para que los realistas no
intentaran deslucirlos y hacerlos fracasar.

Al volver los grupos a la Puerta del Sol y al entrar en los cafs, hubo
gritos y vivas.

--Viva la reina!--gritaban los cristinos y los isabelinos.

--Viva!

Y despus, cuando no haba polica cerca, los isabelinos vociferaban:

--Viva la Constitucin! Mueran los frailes! Mueran los carlistas!!




                             LIBRO CUARTO

                           LA MUERTE DEL REY




                                  I.

                         LAS PRIMERAS NOTICIAS


A medida que pasaba el tiempo, la situacin poltica se iba haciendo
ms obscura. Los amigos de Aviraneta afirmaban que las revueltas no se
haran esperar. Por otra parte, los realistas daban como seguro que
el da de San Jos sera el del trueno gordo para la degollacin de
liberales, masones y cristinos. En las Vistillas y Puerta de Moros y en
el barrio de Lavapis los paisanos aclamaban a Carlos V.

Todos los das aparecan pasquines, la mayora mal escritos, que
acababan con vivas a Don Carlos o a Isabel, y con un Mueran los
masones!, o un Abajo los _flaires_!

Los voluntarios realistas estaban ya como licenciados, y no se les
permita salir a la calle de uniforme. Zea Bermdez, el jefe del
Gobierno, quera dominar la situacin, y pens en quitar las armas a
los cristinos, de quienes se deca que se preparaban militarmente, y en
desarmar a los voluntarios realistas.

El proyecto era excelente, pero de difcil realizacin. Todos los
das haba palos en las calles. Los realistas, cuando atacaban a los
cristinos, decan que haban gritado: Viva la Constitucin!, y los
liberales, cuando zurraban a los realistas, que haban prorrumpido en
vivas a Carlos V.

Se dijo que iba a haber una gran conmocin popular, y que la seal
la dara la ascensin de un globo. Estas seales con globos se
relacionaban, no se sabe por qu, con el carbonarismo.

Unos das despus de la jura de la princesa, al pasar por la Puerta
del Sol el padre Chamizo, se encontr con Aviraneta, que marchaba en
compaa de algunos amigos.

Haba en la plaza gente mal encarada, armados con garrotes y bastones.

--Viva la reina!--gritaban los cristinos.

--Viva!--vociferaban todos.

--Mueran los carlistas! Mueran los frailes!

--Nos estn ustedes dando un trgala--le dijo Chamizo a Aviraneta.

--Esto va de broma.

Lo cierto fu que no pas nada de particular.

El mes de septiembre se agrav la enfermedad del rey y se temi por
instantes por su vida. El 29 del mismo mes declararon los mdicos de
cmara que su estado era muy grave.

Tena Aviraneta en Palacio un amigo que le daba noticias del curso de
la enfermedad del monarca. Era ste Fidalgo, hermano de dos camaristas
de la reina, llamadas Blanca y Estrella, que tenan relaciones con dos
oficiales, el capitn Messina y el teniente Pierrard.

Aviraneta recibi una maana el aviso de Fidalgo, dicindole que el rey
estaba en la agona.

--Voy a casa de los amigos a darles la noticia--le dijo a Chamizo, y le
pregunt despus--: Usted conoce al capitn Nogueras?

--S.

--Pues vaya usted a su casa, a la calle de Toledo, esquina a la de las
Maldonadas, y dgale lo que ocurre. A l le interesa mucho, por estar
esperando el destino...

El padre Venancio fu a la calle de Toledo, y entr en casa de
Nogueras. Le recibi su patrona, la seora Nieves, una pobre mujer,
que le dijo que el capitn, su pupilo, llevaba una vida muy mala.
Estaba enredado con una prendera de la calle de los Estudios, a la que
llamaban Concha la Lagarta, una mujer ms mala que un dolor, segn ella.

Cuando don Venancio dijo a la seora Nieves que despertara al capitn
para darle una noticia, ella se opuso; aleg que su pupilo se haba
acostado por la maana; pero cuando le asegur que era noticia
importante, de la que dependa su destino, entr en la alcoba a llamar
a Nogueras.

Sali Nogueras en mangas de camisa y en chanclas. Era el capitn un
hombrecito flaco y cetrino, con la nariz picuda y unos anteojos muy
gruesos. Aviraneta lo haba definido diciendo: Nogueras es un cnife,
una chinche, un piojo, sabio y burocrtico.

El ex claustrado cont al capitn lo que pasaba, y se fu despus a
casa a trabajar en sus traducciones.

Por la tarde, estaba Chamizo en el balcn tomando el fresco, cuando
apareci Aviraneta en la calle.

--Mientras usted est aqu tranquilamente--le dijo--, el pueblo arde de
un extremo a otro. Baje usted.

Baj Chamizo a la calle y pregunt:

--Qu ha pasado?

--El rey ha muerto a las cinco de la tarde. A las cinco y diez minutos
tena yo la noticia en la sombrerera de Aspiroz. Los amigos andan
de observacin. Por ahora los realistas estn achicados y encogidos.
Quiere usted que vayamos por ah a tomar el pulso al pueblo?

--Vamos.

A las seis, la noticia de la muerte del rey era general. La gente
andaba por las calles sorprendida y perpleja, reunindose en grupos,
hablando y haciendo cbalas; todo el mundo crea que iba a ocurrir
algo, aunque no se figuraban qu.

Pasaron el ex fraile y el conspirador por Lorenzini y la Fontana, y
despus por los cafs de la calle de Alcal, el de la Estrella, el de
Los Dos Amigos y el Caf Nuevo. En ste se hablaba a gritos contra el
rey muerto.




                                  II.

                       LA TABERNA DE LA BIBIANA


AVIRANETA y Chamizo fueron a cenar a una casa de comidas de la calle de
las Tres Cruces, la casa de la Bibiana. Estaban all reunidos Nogueras,
del Bro, Gamundi y algunos otros jvenes de la Isabelina, casi todos
militares indefinidos y bullangueros.

Entre ellos se destacaba un hombre de ms de cuarenta aos, que
pareca hecho de alambre, seco como la yesca, negro, amojamado, con
los ojos brillantes y los movimientos violentos. Era uno de los pocos
carbonarios de la Sociedad Isabelina. A su lado estaba un periodista
hambrn, melenudo, barbudo, vestido con una vieja levita de miliciano.

Toda la caterva liberal entr en un cuarto grande que comunicaba con
la cocina. Dos quinqus de petrleo iluminaban este comedor, que tena
una mesa larga de pino y un armario con botellas. Gamundi y del Bro
se fueron, y volvieron al poco rato con dos muchachas, la _Pinta_ y
la _Cascarrabias_, con las que estaban amancebados y a las que haban
llevado a comer.

Eran dos manolas, las dos a cul ms desvergonzadas en el hablar.
Vestan mantilla con cenefa de terciopelo, peineta grande, pauelo
de color al pecho, y guardapis. La _Pinta_ era rubia, y la
_Cascarrabias_, morena, medio gitana.

Del Bro haca buena pareja con su manola, porque era un jaque andaluz,
presumido y fanfarrn; pero Gamundi ya no estaba tan bien en este
ambiente.

Gamundi era el hijo de un guerrillero de Mina y haba vivido, en su
juventud, en Inglaterra. Era de pequea estatura, rubio y un poco
zambo, con un gran bigote dorado y patillas cortas. Aviraneta le
llamaba el Zambete.

--Hola, Zambete!--le deca.

--Hola, Vinagrete!--le contestaba l en broma.

Tena Gamundi los ojos azules, llorosos, con el blanco con rayas rojas;
la nariz, grande, llena de venas moradas, y la cara, inyectada. Era un
borracho inveterado, hombre bueno, valiente y atrevido.

Con las mujeres tena una galantera inofensiva y aparatosa. El culto
de Baco le haba hecho olvidar otros cultos paganos. La _Cascarrabias_,
su querida, le insultaba constantemente.

--Desaboro! Arrastrao! Escarrao!--le deca.

Gamundi oa esto como quien oye llover.

Se habl en la cena de mujeres y de juego y se brome con las manolas.

--Como habr usted notado--le dijo de pronto Gamundi,
confidencialmente, al padre Chamizo--, yo soy hombre sin ningn talento.

--No, no.

--S, no tengo ningn talento. Corazn, s; aqu hay un corazn firme,
capaz de sacrificarme por un amigo. No me pida usted ms. No pretenda
usted que haga cuentas o que sepa declinar: _Musa musae_. Eso, no. Est
en contra de mis aptitudes.

Al conclur la cena, Gamundi se levant, y, tomando una actitud
gallarda, dijo, con un arranque sentimental y oratorio, que para l no
haba mas que dos religiones: la de la patria y la de la mujer.

--Olvidas la botella--le dijo uno.

--No la olvido--grit Gamundi, agarrando una por el cuello y llenando
el vaso--. Escuadrones! Adelante! Viva Espaa! Quin ha dicho
retroceder? Que lo fusilen por la espalda. No... No hay cuartel para
los realistas. Sangre y exterminio. No debe quedar una botella, no debe
quedar un realista.

--Has hablado bien--dijo Nogueras, el piojo sabio--, pero ests
borracho.

--Por eso he hablado bien. Bueno, cantemos el _Himno de Riego_. Me
rebosa el liberalismo.

      Soldados, la patria
    nos llama a la lid!

--Gamundi, a callar!--grit Aviraneta.

Aviraneta tena sobre aquellos militares gran ascendiente. Gamundi
hizo un gesto de resignacin cmica, apretando con los dedos un labio
contra otro, como si quisiera impedir que se le despegaran.

Aviraneta y Nogueras dijeron lo que haba que hacer al da siguiente.
Chamizo se levant para marcharse.

Aquellos endiablados calaveras siguieron bebiendo y haciendo ruido. El
periodista trajo una guitarra y se puso a cantar. Los dems llevaban el
comps dando palmadas y golpeando con el puo en la mesa.

--Arza ah... Ol!

Del Bro se levant e invit a bailar el fandango a la _Cascarrabias_.
Lo hicieron los dos muy bien, y como del Bro era, sin duda, maestro
se subi a la mesa y bail un zapateado al comps de las palmadas y de
los golpes con el puo. Mientrastanto, Gamundi dorma un momento con la
barba apoyada en una botella y con los ojos abiertos.

Salieron de la casa de la Bibiana a eso de las ocho de la noche y
fueron hacia la Puerta del Sol.

--Quiere usted venir, don Venancio?--dijo Aviraneta.

--Adnde?

--A una reunin liberal que vamos a tener aqu en una casa de la calle
del Arenal.

--Yo tengo que ir a trabajar.

--Bah!, por un da.

--Ira si yo fuera liberal, pero no lo soy.

--Bueno; como usted quiera.

En esto se les acerc un sujeto de unos cincuenta aos, que Aviraneta
present al ex claustrado. Era don Martn Puigdulls, coronel de
carabineros, llegado de la emigracin, una mala cabeza, que el Gobierno
persegua para llevarlo a un presidio de Africa.

El seor Puigdulls iba con una mujer de mantn bastante zarrapastrosa.

--Qu hay de nuevo, Aviraneta?--pregunt Puigdulls.

--Ya sabe usted: la muerte del rey.

--Va usted a la reunin?

--S. Cmo sabe usted que hay reunin?

--La idea ha partido de nuestro grupo del caf de la Fontana. Estbamos
Gallardo, Fuente Herrero y yo con otros patriotas, cuando a Gallardo
se le ha ocurrido el proyecto. Se le ha avisado a todo el mundo; se
ha enviada recado a los Carrascos, y stos han contestado que estn
conformes, y que la reunin se verificar en una casa de la calle del
Arenal, cerca del palacio de Oate.

--Usted va ir, Puigdulls?

--No, porque me prenderan en seguida. Hay que sujetar a los cristinos.
Tenga usted mucho cuidado con ellos, Aviraneta. Adis, seores!

--Adis!

Entraron Aviraneta y su acompaante en la sombrerera de Aspiroz. La
noche pareca presentarse tranquila. Seguan los grupos estacionados en
la Puerta del Sol.

En esto pas Gallardo con un amigo y se detuvo. Dijo que los
absolutistas se hallaban tan inquietos como los liberales con la muerte
del rey, y que se vea que nadie tena nada preparado.

Salieron de la sombrerera en direccin a la calle del Arenal y se
cruzaron con Calvo de Rozas, y luego, con Donoso Corts y sus amigos,
que iban a la reunin.

--Decididamente, usted no viene?--dijo Aviraneta al ex fraile.

--Decididamente, no voy.




                                 III.

                          LA REUNIN LIBERAL


MANSILLA y Tilly estaban citados a las ocho y media de la noche en la
Puerta del Sol, delante de la sombrerera de Aspiroz.

Aviraneta se despidi de Chamizo y se uni con sus compaeros del
Tringulo, y los tres juntos tomaron la direccin de la calle del
Arenal.

Entraron en la casa inmediata a la del conde de Oate; subieron una
escalera no muy ancha hasta el piso principal, y pasaron a una sala
donde haba reunidas de cuarenta a cincuenta personas en varios grupos.
Era un saln grande y vaco con balcones, y unos ventanales cuadrados
encima de ellos.

Iba entrando poco a poco ms gente. Llegaron a congregarse hasta unos
cien individuos de todas castas y pelajes; los haba elegantsimos,
currutacos con aire de figurn, y tipos mal vestidos, abandonados y
sucios.

Tilly y Mansilla conocieron a Donoso Corts, a los dos Carrascos,
a Cambronero, al mdico Torrecilla, a Valero y Arteta, a Martnez
Montaos. Por su parte, Aviraneta encontr all a media Isabelina;
estaban Gallardo, Calvo de Rozas, Fuente Herrero, Calvo Mateo, Beraza,
y una porcin de militares de graduacin, oficiales de la Guardia Real
y jvenes lechuguinos de bigote y perilla.

Aviraneta se acerc disimuladamente a Tilly.

--Amigo Uno. El cnclave, qu tal va?

--Bien, muy bien. Vamos trampeando.

--Y los cucos (cristinos), por qu no empiezan?

--Parece que hay cierta decepcin entre ellos.

--Pues, por qu?

--Hay aqu ms jvenes ilusos (isabelinos) que cucos (cristinos).

--Y eso les asusta?

--Dicen que est aqu Romero Alpuente, hombre peligroso, y que lo va a
echar todo a perder.

--Romero Alpuente! Si es un mastuerzo.

--Pues los nuestros lo tienen por un hombre terrible.

--En cambio, entre los jvenes ilusos (isabelinos) se dice que esta
reunin se hace por iniciativa del Pastor (Zea Bermdez).

--No lo creo.

--Eso aseguraba Calvo de Rozas.

--Me parece una fantasa, amigo Tres.

Pues los nuestros estn alarmados. Me han dicho que Flrez Estrada,
Palafox y Olavarra van a pasar la noche en claro, y que el peligro
para los ilusos (liberales) es inminente.

--Bah!

--Sin embargo. Conviene decir que estamos en peligro.

--Eso es otra cosa. Se dir--murmur Tilly.

--Sabe usted que me estn invitando para que hable en nombre de los
jvenes ilusos (isabelinos).

--Y usted, qu va a hacer?

--No s. A usted, qu le parece?

--Hombre!, eso tiene que depender de la fuerza de que disponga. Tiene
usted fuerza y gente alrededor y puede hablar de una manera clara y
terminante? Hable usted. No tiene usted confianza? No diga usted nada.

A las diez, los cristinos iniciadores de la reunin, despus de muchos
cabildeos, dieron como comenzado el acto. Se trajo un velador con
dos candelabros al medio de la sala, y se sentaron, presidiendo la
mesa Cambronero y Donoso Corts, los dos muy guapos, muy currutacos y
peripuestos, y don Rufino Garca Carrasco, que era un tipo ms vulgar,
grueso, pesado, de barba negra, uno de esos extremeos, como dice
Quevedo, cerrados de barba y de mollera.

La gente del pblico, los que pudieron cogieron sillas para sentarse, y
quedaron de pie unas treinta o cuarenta personas.

Entonces el abogado Cambronero tom la palabra y explic el objeto de
aquella reunin. Vino a decir de una manera florida que era necesario
apoyar al Gobierno, a la Reina gobernadora y a la inocente Isabel, y
que todos los reunidos all deban colaborar a tan santo fin. Hablaron
despus dos abogados diciendo, poco ms o menos, lo mismo; habl
Gallardo, con su acento extremeo y su intencin mordaz; luego, los
Carrascos, y, por ltimo, Donoso Corts, de una manera pomposa.

Aviraneta estaba muy inquieto.

--Qu le pasa a usted?--le dijo Mansilla.

--Esto es estpido--exclam--. Estn divagando de una manera ridcula
sin aclarar la cuestin principal.

--Hable usted--le dijo Calvo de Rozas.

--Creo que no debe usted hablar--le advirti Mansilla--; est usted
exaltado y se va a comprometer.

Otros individuos de la gente de mal pelaje invitaron a Aviraneta a que
hablase. El se levant y grit:

--Pido la palabra!

--Tiene la palabra el seor... el seor Aviraneta--dijo Carrasco.

Hubo un movimiento de extraeza en el pblico. Quin es? Qu apellido
ha dicho?--se preguntaron unos a otros.

Aviraneta avanz hasta el centro del saln con un rictus amargo en la
boca, y comenz a hablar de una manera seca, spera y cortante.

Aquella voz agria, aquella mirada siniestra, aquel tipo de pajarraco
produjeron cierta expectacin.

Era un Robespierre, pero un Robespierre ya viejo, sin xito, sin
dogmatismo, sin la fofa utopa de Rousseau en la cabeza. Era un
Robespierre sin sostn social, sin partidarios, amargado, cido,
despus de haber recorrido el mundo y haber conocido la miseria y la
inquietud en todas sus formas. Era un Robespierre de Espaa, de un
pas pobre, spero, desabrido, fro y sin efusin social. El furor
lgico del sombro Maximiliano lo reemplazaba Aviraneta con la rabia,
con el despecho, con la clera y, sobre todo, con el desprecio por los
hombres.

--La situacin ha cambiado en veinticuatro horas, desde la muerte
del rey--dijo Aviraneta con voz sorda--. Liberales y realistas hemos
venido defendiendo durante largo tiempo al presidente Zea Bermdez.
La razn era clara; ni ellos ni nosotros estbamos preparados para la
lucha, y la vida del rey supona para todos principalmente una tregua.
Ha muerto Fernando VII; la tregua ya no existe, y maana los carlistas
se lanzarn al campo. Para nosotros la presidencia de Zea Bermdez
no tiene objeto hoy, no nos defiende de los avances del carlismo,
que se organiza precipitadamente; no sirve de garanta para nuestras
aspiraciones liberales. Todo lo que sean dilaciones, todo lo que no sea
idear un plan y realizarlo, no slo es perder tiempo, es retroceder. En
este instante nuestros enemigos no cuentan con fuerzas preparadas, pero
contarn maana con ellas y sern grandes, terribles, las suficientes
para tener en jaque al Gobierno. Creo, seores, que hoy lo prudente y
lo prctico es asaltar el Poder, dominar la situacin incierta en que
nos encontramos, proclamar una Constitucin liberal y apoderarse de las
trincheras, para defenderse del carlismo, que es un enemigo formidable.
Este es mi plan: cambio de gobierno inmediato y dictadura liberal.
Enfrente de nosotros hoy no hay nadie. Si nos decidimos y vamos todos,
la empresa me parece fcil. Si se acepta este plan, expondr mi
proyecto en detalles, que se podrn discutir; si no se acepta, como
considero que la inaccin en estos momentos es una torpeza y un crimen
de lesa patria, si no se acepta, me retirar. He dicho.

Al terminar Aviraneta su discurso hubo algunos aplausos y algunos
silbidos.

--Quin es este hombre?--se preguntaban unos a otros--. Qu modo de
hablar es ese? Cmo se atreve? Es un anarquista! Es un carbonario!

Para tranquilizar el cotarro se levant don Rufino Carrasco, y dijo
atropelladamente y sin arte:

--Seores: No me parecen estos momentos los ms propios ni los ms
favorables para tratar de una cuestin tan peligrosa como la que ha
suscitado el orador que me ha precedido en el uso de la palabra.
Imponer a una reina viuda resoluciones violentas cuando aun no se ha
enfriado el cadver de su regio consorte, es cruel e inhumano, y ms
cuando se trata de una reina todo bondad como la excelsa Cristina, que,
postrada como se halla en el lecho del dolor, desde l ha manifestado
al marqus de Miraflores que su mayor anhelo es procurar la felicidad
de Espaa. La tregua se impone, seores, ante el cadver del rey.

Aviraneta se levant como movido por un resorte, y avanzando en el
saln dijo con voz agria y cortante:

--Si el rey que acaba de morir no hubiera sido uno de los personajes
ms abominables de la historia contempornea, si hubiera tenido algo
siquiera de hombre, todos los espaoles estaramos ahora en un momento
de dolor; pero el rey que ha muerto era sencillamente un miserable,
un hombre cruel y sanguinario que llen de horcas Espaa, donde mand
colgar a los que le defendieron con su sangre. No hablemos de tregua
producida por el dolor. Sera una farsa. Interiormente todos estamos
satisfechos pensando que el enemigo comn ha muerto y que su cadver
hiede. No hablemos de sentimiento; lo ms que se nos puede pedir es
olvido, y que nos perdonen las sombras augustas de Lacy, de Riego,
del Empecinado y de otros mrtires. No hablemos de ayer, pensemos en
maana.

La contestacin de Aviraneta produjo una terrible marejada de gritos,
protestas y aplausos en la sala.

En vista de ello, Cambronero volvi a levantarse y ech un discurso
habilsimo para poner a todos de acuerdo.

El participaba de los mismos sentimientos que su querido, que su
particular amigo el seor Aviraneta, a quien tena por un patriota
ferviente y un liberal de corazn; pero crea que no todas las
ocasiones eran propicias para un movimiento radical; l admiraba la
adhesin del seor Garca Carrasco por la excelsa Cristina...

As, con una serie de equilibrios y de sin embargo..., si bien es
cierto..., continu su discurso Cambronero. No se habl ms de la
cuestin. Se acord escribir y publicar una hoja apcrifa, simulando
ser una Gaceta de una junta carlista, en la que se daba como efectuado
el levantamiento del partido, enumerando hechos falsos en apoyo de la
invencin.

Gallardo, Oliver y otros dos la redactaron, la consultaron y se aprob.
Se termin la sesin a las doce y media y todo el mundo fu saliendo
del saln de una manera tumultuosa, discutiendo y gritando.




                                  IV.

                             LOS MILITARES


AL salir a la calle formaron un grupo Calvo de Rozas, Aviraneta, Tilly,
Mansilla, el capitn Del Bro, Gamboa, Gamundi, que haba dormido sus
libaciones de casa de la Bibiana, y otros oficiales vestidos de paisano.

--Aviraneta--dijo Gamboa--, quiere usted venir al caf de Levante, de
la Puerta del Sol? Unos cuantos amigos tenemos que hablarle.

--Vamos todos.

--Pero no as; en grupo llamaremos la atencin.

Calvo de Rozas se despidi de Aviraneta dicindole:

--No se comprometa usted a nada.

--No tenga usted cuidado.

Tilly, Aviraneta y Gamundi entraron en el caf de Levante, ya vaco
y sin pblico; llegaron Gamboa, Del Bro y otros jvenes oficiales
vestidos de paisano. Hubo apretones de manos y signos masnicos
de reconocimiento. Se sentaron todos y Gamboa dijo a uno de estos
oficiales:

--Habla t.

El indicado era un muchacho apellidado Urbina, hijo del marqus de
Aravaca, teniente de Artillera.

--Seor Aviraneta--dijo Urbina--. Nos ha parecido muy bien el discurso
de usted en la reunin y estamos identificados con sus ideas. Contamos
con muchos oficiales de los mismos sentimientos que nosotros; tenemos
de nuestra parte a los sargentos y soldados del regimiento de la
Guardia Real. Denos usted su plan revolucionario y lo realizamos
maana mismo. Prendemos a Zea Bermdez y a todo el Ministerio; si es
indispensable los fusilamos y damos un cambio completo a Espaa.

--Qu garantas necesitaran ustedes?--pregunt Aviraneta.

--Por de pronto la lista completa del nuevo Gobierno que asuma la
responsabilidad del movimiento.

--Eso tengo que consultarlo.

--Consltelo usted con sus amigos cuanto antes.

--Lo har as.

--Cundo nos dar usted la contestacin--pregunt Urbina.

--Maana al medioda.

--En dnde?

--En el caf de Venecia.

--Est bien.

Se habl poco, porque iban a cerrar el caf. Salieron todos a la
acera de la Puerta del Sol, donde siguieron charlando. Dos o tres se
despidieron y se fueron. El grupo segua en la acera cuando Gamundi y
otro joven volvieron corriendo hacia el caf.

--Qu pasa?--les pregunt Aviraneta.

--Que hemos encontrado a Nebot, el agente de polica de la Isabelina,
a la entrada de la calle del Arenal. Nos ha dicho que hace una hora
ha pasado Zea Bermdez a Palacio en coche y que debe volver dentro
de poco. No le parece a usted una magnfica ocasin para echarle el
guante?

--S. Magnfica.

Se le dijo a Urbina y a los dems lo que pasaba, y les pareci la
ocasin de perlas.

--Hala!--exclam Aviraneta--. Cuntos somos, nueve? Vamos cuatro por
aquella acera y cuatro por sta; nos pondremos enfrente de la casa
donde hemos estado. Uno que vaya ahora mismo y que se ponga delante de
la plaza de Celenque. Vaya usted, Gamundi. En el momento que pase el
coche grita usted: Sereno!

--Muy bien.

Y Gamundi desapareci embozado en la capa.

--Los que tengan bastn que se planten en medio y peguen a los caballos
hasta parar el coche--exclam Aviraneta--. Hay algo que decir?

--Nada.

--Entonces, en marcha.

Fueron los dos grupos hacia la calle del Arenal.

Al llegar a la esquina oyeron el ruido de un coche que vena de prisa
por la calle Mayor. Aviraneta y Tilly volvieron hacia l corriendo. El
cochero, al ver que se acercaban dos hombres, azot los caballos y el
coche pas como una exhalacin.

--Ha cambiado de camino.

Zea Bermdez se les escapaba.

Se avis a los dos grupos y la gente se march cada cual a su casa.




                                  V.

                            EN LA BUOLERA


ESTABA lloviznando; Aviraneta y Tilly fueron por la calle de Esparteros
a cobijarse a los portales de Provincia, y de aqu, a los arcos de la
Plaza Mayor.

Aviraneta hablaba a gusto con Tilly.

Se entendan los dos perfectamente. Dieron una vuelta por la plaza, que
estaba a obscuras. En un extremo de la plaza, en la esquina de la calle
de Ciudad Rodrigo, haba una buolera abierta.

--Quiere usted que entremos aqu?--pregunt Aviraneta.

Entraron. Era el local un sitio negro, lleno de una muchedumbre mal
encarada y andrajosa. En un rincn haba una cocina ahumada con un
zcalo de azulejos blancos, y dentro de la chimenea, dos grandes
calderos, donde el buolero, un hombre rubio, gordo, con una elstica
que deba ser blanca, pero que era negra, apareca sudoroso entre
resplandores de llamas friendo churros y buuelos. Un olor acre de
aceite frito irritaba la garganta.

Aviraneta y Tilly se sentaron a una mesa y pidieron chocolate con
buuelos.

--Qu le ha parecido a usted todo esto?--pregunt Aviraneta.

--Todava no tengo opinin. Lo mismo puede ser el exabrupto de usted
un acierto que un desacierto. Si usted consigue que su gente acepte la
colaboracin de estos jvenes oficiales...

--No lo conseguir.

--Entonces se ha comprometido usted intilmente.

--Es lo que yo supongo tambin. Y qu efecto ha hecho mi discurso?

--Un efecto tremendo de sorpresa. Todo el mundo preguntaba: Quin
es ese hombre? Y algunos palaciegos dijeron que deba usted ser un
carbonario y que a gente as no se deba permitir la entrada en sitios
donde se renen personas discretas.

--As que he pasado por un insensato?

--Por un completo insensato.

--Y para usted?

--Hombre, yo ya sabe usted que creo que la fortuna es _donna_ y que hay
que violentarla. Muchas veces un loco o un iluso van mucho ms lejos
que el primero de los maquiavlicos.

Era esta cuestin suscitada por Tilly, la nica que en aquel momento
poda distraer a Aviraneta de sus preocupaciones, y se enzarzaron los
dos en una larga discusin.

Tilly haba llegado a pensar que el maquiavelismo era ilusorio.

--El maquiavelismo falla, porque tampoco es lo prctico--dijo--. Es lo
prctico en teora, y nada ms.

--No, no, amigo Uno.

--Maquiavelo engaa, parece un genio de la prctica y es ms bien un
terico de la prctica. Yo creo que el arte de conspirar, el arte de
crear pueblos y de sublevarlos no tiene reglas, como no las tiene el
arte de esculpir, ni el de escribir, ni el de pintar.

--Sin embargo...

--No lo creo. Sobre el impulso, sobre la intuicin, no se pueden dar
reglas como sobre la manera de hacer relojes. En poltica se necesita
el genio, la ocasin, el momento, y una porcin de condiciones ms que
no estn en la mano del hombre.

Aviraneta no estaba conforme y presentaba argumentos.

Esta mecnica de la poltica les apasionaba a los dos, y discutieron a
Csar, a Catilina, a Carlos V, a Catalina de Mdicis, a Robespierre, a
Napolen y a Talleyrand.

Estaban enfrascados en su conversacin cuando se les acerc un
desharrapado completamente borracho.

--Salud, seores!--les dijo con una voz aguardentosa--. Veo que son
ustedes gente de labia que no se avergenzan de reunirse con los pobres.

--Ni con los ricos tampoco--le contest burlonamente Aviraneta.

--As me gusta a m la gente. Terne!--exclam el borracho--. Porque
aqu lo que hace falta, sabe usted, es que mismamente _haiga_
hombres... eso... y no andarse con andrminas ni con tiquis miquis...
Es verdad o no es verdad, t, Manco?

--S, es verdad! Como la Biblia--exclam un ciudadano tan astroso como
el primero, a quien le faltaba una mano.

--Vamos, que aqu hace falta resolucin... para que usted me
comprenda..., y yo lo digo esto aqu, en este cafetn, o buolera,
o cfila, o como se le quiera llamar..., y lo dir en las Cortes...,
y en Francia tambin si se tercia..., y a este respectiva me tendrn
siempre a su lado los buenos... que si no no le encontrarn al hijo de
la seora Petra en su tienda de la calle del Bastero..., pero si hay
resolucin...

--Que no la habr...--dijo el Manco con sorna.

--T cllate, Manco, que estoy hablando yo, y porque me hayas
_convidao_ a un _soldao_ de Pava en la taberna de aqu al _lao_ no
tienes derecho a interrumpirme... porque yo digo y sostengo que si hay
resolucin... pues lo hay _to_... Constitucin... y Cmaras... y viva
la anglica! Porque, qu se necesita en Espaa?

--Muchas cosas creo que se necesitan--dijo Tilly indiferente.

El hijo de la seora Petra movi la cabeza con violencia de un lado a
otro, como si hubiera odo la mayor estupidez del mundo.

--No, seor..., no, seor--dijo--. Veo que usted no comprende
mismamente el sentido, o la alegora, que voy exponiendo...; aqu lo
que se necesita me entiende usted?, es que _haiga_ resolucin... que
_haiga_ resolucin.

--Bien, hombre, bien. Ya se lo hemos odo a usted muchas veces--dijo
Tilly--. Resolucin, para qu?

--Toma, para qu! Resolucin para _to_.

Tilly volvi al borracho la espalda y el hombre se fu vacilando a
sentarse a su banco.

--Qu extraa pedantera la de esta gente!--exclam Tilly.

--S, quieren ser sabios; pero hay que reconocer que el consejo del
hijo de la seora Petra de la calle del Bastero parece una indicacin
del Destino--exclam Aviraneta--. Resolucin! Resolucin! No estara
mal que la hubiera.

Tilly sac el reloj. Eran las cuatro de la maana.

--Voy a ver a mi gente--dijo Aviraneta--. Usted qu va a hacer?

--Yo me voy a dormir. Si su gente aprueba el movimiento, avseme usted.

--Si se acepta le avisar a usted; pero no tengo esperanza.

Aviraneta y Tilly se estrecharon la mano, y el uno march hacia la
Montaa del Prncipe Po y el otro hacia casa de Calvo de Rozas.




                                  VI.

                             VACILACIONES


AVIRANETA, al salir de la buolera, fu a casa de Calvo de Rozas y le
explic lo que le haban propuesto Urbina y los oficiales jvenes. No
dijo nada de la intentona de la noche.

--Eso es muy grave--exclam Calvo de Rozas alarmado--. Eso es muy
serio. Hay que celebrar junta en seguida.

Calvo de Rozas y Aviraneta examinaron y discutieron la proposicin.
Aviraneta quera convencer a su compaero. Calvo estaba indeciso.
Aviraneta expuso varios proyectos para apoderarse de Madrid; se
consult el plano de la villa, la lista de los legionarios afiliados a
la Isabelina, el anuario militar, para ver qu jefes podran ser amigos
y cules enemigos declarados.

Podan contar con mil quinientos hombres armados, a ms de los
militares que siguiesen a Urbina y a los otros oficiales.

Aviraneta trabajaba en tener de su parte a Calvo de Rozas, porque con
Romero Alpuente, Flrez Estrada y Olavarra no contaba gran cosa;
tampoco esperaba nada de Palafox.

Calvo de Rozas no se convenci, y no quiso salir de su estribillo de
que haba que reunir la Junta.

--Vamos a perder mucho tiempo--dijo Aviraneta.

--No; Romero Alpuente, Flrez Estrada y Olavarra hoy duermen aqu en
mi casa. A las ocho se les llamar.

--Bueno. Entonces voy a dormir un rato en este sof--dijo Aviraneta.

--S; duerma usted si puede.

Aviraneta dej el sombrero de copa en el suelo, se quit las botas,
se envolvi en la capa, y a los cinco minutos estaba profundamente
dormido. El len o el gato que haba en l escondi las garras, y la
vulpeja so nuevas aventuras.

Calvo de Rozas se pas las horas de la madrugada paseando delante de
Aviraneta y contemplndole asombrado.

--Qu hombre!--murmuraba--. Qu tranquilidad!

A las ocho se llam a Romero Alpuente, a Flrez Estrada y a Olavarra.
Romero y Flrez se presentaron de bata con sus gorros blancos de
dormir, los dos tosiendo, con la nariz hmeda.

Se le despert a Aviraneta, que se encontr con los dos viejos y se
ech a rer.

--Cre que estaba soando--dijo, y aadi para adentro--: con gente as
no se puede hacer nada.

Se habl de la reunin de la noche anterior, y se puso a discusin el
ofrecimiento de los militares.

--Yo creo que la cosa es muy factible--dijo Aviraneta--y que tiene
todas las garantas de xito que puede ofrecer un plan de esta clase.
La Guardia Real quiere tomar la iniciativa. Nosotros, con nuestros
mil quinientos hombres de las centurias dominamos Madrid. Entre los
cristinos hay gente que nos secunda.

Expuesto el proyecto por Aviraneta, Olavarra lo apoy. El haba
presenciado la revolucin de Bruselas en 1830, y, segn dijo, all se
contaba con menos elementos que en Madrid en aquel momento. Calvo de
Rozas afirm que consideraba viable el plan; Flrez Estrada y Romero
Alpuente se alarmaron.

--La cosa es gravsima--deca ste con su aire de buitre viejo,
pasendose por el cuarto con su bata y su gorro de dormir--; gravsima.

--Eso no se puede intentar sin consultar con Palafox!--exclam varias
veces Flrez Estrada.

Despus de una larga discusin, se acord que Calvo de Rozas y Flrez
Estrada fueran a consultar con Palafox.

Almorzaron todos all en la casa, y, despus de almorzar, Calvo y
Flrez Estrada tomaron una berlina, puesta a disposicin de los
conspiradores por un rico bilbano muy liberal que se llamaba tambin
Olavarra y que era pariente lejano del que figuraba en la Isabelina.

--Yo estar aqu hasta la una--dijo Aviraneta a los comisionados--. A
la una ir al caf de Venecia para no hacer esperar a Urbina y a sus
amigos. All me envan ustedes la contestacin, si no la pueden traer
antes aqu.

--Bueno. Est bien.

Se metieron en el coche Calvo de Rozas y Flrez Estrada, y a la media
hora volvieron con Palafox y con Beraza, el masn.

Palafox, que era hombre sin ningn talento, a quien gustaba darse aires
de gran poltico, ech un pequeo discurso.

--Seores--dijo--: Mis dignos colegas los seores Calvo de Rozas y
Flrez Estrada me han comunicado la proposicin que hicieron ayer
algunos militares a un miembro de nuestra Sociedad. Entiendo, seores,
que el dar odos a esa proposicin constituye una gran imprudencia
y una gran torpeza. Primeramente, al alterar el orden, se creera
que trabajbamos por los carlistas y nuestras cabezas rodaran en
el patbulo; despus produciramos una reaccin en el Gobierno,
precisamente en este momento en que se intenta hacer avanzar las
instituciones polticas espaolas. En resumen, seores, yo no me presto
de ninguna manera y por ningn concepto a tomar parte en esta sedicin,
y si se acuerda en el Directorio el hacerla, el intentarla, que no se
cuente conmigo para nada.

Flrez Estrada y Romero Alpuente se adhirieron en seguida al parecer
del duque de Zaragoza, y los dems se callaron sin hacer observaciones.

El duque, triunfante, se volvi de nuevo a su casa.

Olavarra y Aviraneta fueron juntos a la Puerta del Sol.

--Qu le han parecido a usted las razones de Palafox?--pregunt
Olavarra.

--Fatales--contest Aviraneta--. Es un tonto complicado con un
palaciego. Pensar de antemano en las consecuencias de un movimiento,
como si ya hubiera fracasado, es una majadera.

--Con esta gente no vamos a ningn lado.

--Revoluciones con generales de saln y con seores con gorro de
dormir, imposible--contest Aviraneta--. Bueno, me voy a ver a esos
militares.

--Adis, Aviraneta!

--Adis!

Aviraneta entr en el caf de Venecia, que se encontraba lleno de gente
y de humo; haba dos mesas ocupadas por militares jvenes, y en un
rincn estaba Tilly. La cuestin de Aviraneta no era la nica que se
debata, pues haba otra que apasionaba ms a un grupo de oficiales
jvenes, y era un desafo concertado entre Gamundi y el teniente
Pierrard con un sargento y un alfrez de los voluntarios realistas.

El desafo se iba a verificar al medioda en los altos del
Observatorio, en el antiguo Cerrillo de San Blas.

En otras mesas se jugaba al domin con un gran estrpito, y de la sala
de billar llegaba el ruido del choque de las bolas.

Aviraneta se sent en el grupo en que se encontraban Urbina y sus
amigos, y cont rpidamente lo que haba ocurrido en casa de Calvo de
Rozas y lo que haba dicho Palafox.

--Es un disparate--salt Urbina--. Pierden la mejor ocasin.

--Es verdad--replic el teniente Pierrard, que se levant con sus
padrinos para ir a batirse--. Ahora era el momento de dar el golpe
revolucionario y de restablecer la libertad para siempre.

--Yo lo creo tambin as--asegur Aviraneta--. Pero no tengo medios.

--Sea usted el jefe--exclam Urbina--. Le seguiremos.

--Hasta la muerte--grit Gamundi.

Otros militares se agruparon alrededor de la mesa para ofrecerse.

--Muchas gracias, seores--replic Aviraneta--, pero yo no tengo
prestigio para eso. Nuestras fuerzas organizadas estn a las rdenes
del general Palafox. Me seguiran a m, si yo intentara suplantar al
general? Es muy dudoso.

--De todas maneras, usted cuenta con nosotros. Hable usted, vea usted.
Si hay alguna posibilidad, haremos lo que sea de nuestra parte.

--S: cuente usted con nosotros, con todos.

Los militares estrecharon la mano de Aviraneta y se fueron. Don Eugenio
se sent en la misma mesa de Tilly y le explic lo que haba ocurrido.

--Qu ocasin ms admirable se pierde!--exclam Tilly--. No se deba
dejar escapar.

--Qu quiere usted! La negativa de Palafox nos imposibilita para todo.

--Por qu no habla usted a los comandantes de las centurias?

--Si no s dnde estn! No ve usted que hemos dado la direccin
militar a Palafox? Hoy Palafox ha pensado en una movilizacin cuyo plan
slo l lo tiene.

--Qu lstima!--volvi a murmurar Tilly.

--Amigo, qu quiere usted? Este culto por el prestigio, por la
tradicin, nos mata. Yo he organizado las fuerzas de la Isabelina y
cuando he terminado la organizacin he tenido que entregar esta fuerza
en manos de Palafox, que no har mas que tonteras o algo prctico para
su inters personal. Vamos a almorzar. Le convido a usted a la fonda de
Genies... Luego haremos todas las gestiones que se puedan.

Almorzaron Tilly y Aviraneta y tomaron un coche. Fueron a ver a
Nogueras, pero no estaba. No encontraron a ninguno de los comandantes
de las centurias. Unicamente vieron a unos cuantos isabelinos en el
Caf Nuevo.

--Dnde est la gente nuestra?--les pregunt Aviraneta.

--Unos estn en los cafs. A otros los ha mandado el general Palafox
a los claustros de la Soledad, del Buen Suceso, de la Victoria y a la
Aduana. Estn a la expectativa por si estalla un movimiento realista
para que se preparen inmediatamente. Los dems se encuentran en las
casas con las armas en la mano dispuestos a echarse a la calle.

--En qu caso?

--En el caso de que los carlistas se pronuncien por Don Carlos.

--Ve usted?--dijo Aviraneta a Tilly--. No hay manera de disponer de la
gente. Si yo llego a ser el dueo de las centurias en el da de hoy!

--Y sus carbonarios?--pregunt Tilly.

--Son tan pocos! Y estarn probablemente en la calle. Vamos a casa de
un amigo, chispero del barrio de Maravillas. Quiz haya alguno all.

Fueron al taller del _Majo_. Estaban de tertulia Cobianchi, el
joyero; Antonio Farigola, un antiguo oficial; Ramn Adn, y Romn,
el _Terrible_, el hijo del seor Martn el librero. Todos estos eran
republicanos exaltados y consideraban como jefe al abogado Gonzlez
Brabo, a quien tenan por un Dantn. Uno de ellos haba propuesto el
deshacerse de Zea Bermdez y de los absolutistas envindoles cartas
explosivas, como la que se le envi aos antes al general Egua y le
dej manco.

Aviraneta explic la situacin y los carbonarios parecieron no darle
gran importancia. Ya una revolucin liberal no les interesaba; queran
la Repblica, por lo menos.

--Ve usted?--dijo Aviraneta a Tilly al salir del taller del _Majo_--.
Con estos no se puede hacer nada.

Volvieron a la Puerta del Sol, se acercaron a la sombrerera de Aspiroz
y se encontraron a Olavarra y al masn Beraza, el del aire frailuno.

--De la torpeza de hoy nos hemos de arrepentir--exclam Olavarra--. La
gente est decidida. Ese Palafox es un imbcil.

Pasaron varios grupos por la calle. Aviraneta no conoca a ninguno de
los que iban en ellos.

--Quines son?--pregunt al sombrerero.

--Son los cristinos, que deben tener una organizacin militar, porque
de cuando en cuando aparecen coroneles y militares de uniforme que
hablan con ellos. Estos cristinos--aadi--estn muy levantiscos y
dicen que si Zea no ata a los carlistas corto, derribarn a Zea.

Pareca que Madrid entero se decida por la Reina Cristina. Aviraneta
y Tilly se metieron entre la gente y oyeron sus conversaciones.

--Qu tontera han hecho sus amigos!--exclam Tilly--. Con esta
agitacin de la masa, un regimiento y los mil quinientos isabelinos, la
cosa estaba hecha.

Aviraneta hizo un ademn resignado. En esto, en la Puerta del Sol, se
encontraron a Gamundi.

--Qu han hecho ustedes?--le pregunt Aviraneta.

--Gran da--dijo el militar--. Pierrard y yo hemos dado dos hermosas
estocadas en el Cerrillo de San Blas. Gran da. Primero, duelo; ahora,
gresca, y a la noche, orga. Esa es la vida. Ahora viene nuestra gente
hacia aqu despus de dejar las armas en casa.

Efectivamente, comenzaron a llegar por la calle de Alcal, la de
la Montera, la de Carretas y la Carrera de San Jernimo, grupos de
jvenes, la mayora bien vestidos, muchos, de levita y sombrero de copa.

Viva la Reina! Viva Isabel II!, se oa a cada paso, y alguno que
otro grito de: Abajo el Ministerio! Entre la gente se sealaba con
el dedo a Espronceda, a Larra, a Patricio de la Escosura y algunos
otros escritores que se lucan en medio de la multitud.

Tilly y Aviraneta iban a despedirse, cuando un chico se les acerc
corriendo. Era el de la librera de la calle de la Paz.

--Don Eugenio!

--Hola, Bartolillo!--exclam Aviraneta--. Qu ocurre?

--De parte del capitn Nogueras que se escape usted y no vaya usted a
su casa.

--Pues?

--Porque la polica le anda buscando.

--Bueno. Toma este sombrero de copa--dijo Aviraneta, quitndoselo de la
cabeza y dndoselo al chico--. Gurdalo en la tienda.

Al mismo tiempo sac una gorrita pequea y se la encasquet.

--Quiere usted venir a mi rincn?--pregunt Tilly.

--No, no; gracias. Tengo otro sitio ms prximo. Vaya, adis, amigo
Uno! Dentro de poco pasar por all.

--Adis, compaero Tres!

Y los amigos se separaron.




                                 VII.

                       LA CENA EN CASA DE CELIA


UNA semana despus de la muerte del rey, Chamizo se encontr a Paquito
Gamboa, que le convid a cenar a casa de su to.

Le cit en el caf del Prncipe, a las ocho de la noche. Estaba
esperando el ex fraile, cuando se presentaron Gamboa y Aviraneta.

--Qu hace usted?--le pregunt Chamizo a don Eugenio, porque haca
das que no le vea.

--Ya no vivo con mi hermana.

--No? Por qu?

--He tenido que largarme de all, porque la polica de Zea Bermdez ha
empezado a molestarme.

--Y dnde vive usted ahora?

--Estoy con una familia amiga. Ya le dir el sistema que tengo para
comunicarme con la gente, porque apenas salgo a la calle.

Estuvieron un rato en el caf, y fueron despus a una casa grande de
la calle de Trujillos, en el barrio de las Descalzas, donde viva doa
Celia.

Don Narciso y Celia se haban instalado en Madrid con verdadero lujo.
De su estancia en el extranjero haban trado hbitos de confort,
apenas conocidos en la corte mas que por gente muy rica.

En la casa haba varios salones alfombrados, con tapices, con muebles
muy suntuosos y con algunas obras de arte.

Pasaron Chamizo, Aviraneta y Gamboa a un saloncito, donde estaba Celia
con sus invitados, y tras de un rato de charla entraron en el comedor.

Eran quince o veinte los reunidos.

El anfitrin, don Narciso Ruiz de Herrera; su mujer, doa Celia;
Paquito Gamboa, la marquesa de Albalate, Aviraneta, Fidalgo, con
su hermana Estrella; el coronel Rivero, Nogueras, un napolitano
llamado Ronchi, director de Loteras; el secretario del embajador de
Inglaterra, lord Williers; Tilly, el cura Mansilla, el padre Chamizo,
el capitn Messina, el capitn Del Bro y el teniente Gamundi.

El comedor presentaba un hermoso aspecto. Se hallaba iluminado con
una gran araa de cristal y por dos candelabros, llenos de bujas,
colocados sobre la mesa. Celia estaba elegantsima, con un traje verde
plido, que haca destacarse su cabeza fina, adornada con una cabellera
de un rubio obscuro; la marquesa de Albalate iba de blanco, y Estrella
Fidalgo, que era una mujercita redondita y muy viva, en _jeune fille en
rose_. Los hombres vestan de frac, excepto los militares, que iban de
uniforme, y Mansilla, que llevaba sotana.

El anfitrin, plido, demacrado, con el pelo entrecano, los ojos
negros, vivos, el bigote lleno de cosmtico, pareca una rata. Gamboa
miraba disimuladamente a Celia, y sta hablaba con el coronel Rivero y
con Tilly; el capitn Messina pirope a Estrella; Aviraneta y Ronchi
obsequiaron a la marquesa de Albalate; el padre Chamizo charl con
Gamundi, y Mansilla, con el secretario de lord Williers y con dos
militares.

Todos eran del bando cristino. La cena fu esplndida y muy bien
servida. Felicitaron a la duea de la casa y se habl por los codos.
De sobremesa, don Narciso cont una historia melodramtica de los
carbonarios de Roma, en la que haba intervenido, con muchos detalles;
Aviraneta estuvo amensimo y chispeante; Messina explic su evasin de
la Ciudadela de Barcelona, y el napolitano Ronchi habl de su vida y de
sus aventuras en Argel y Marruecos, en su lengua chapurrada, con mucha
gracia.

Ronchi era un hombre grueso, moreno, con la cara redonda y unos pelos
negros de punta sobre la frente. Tena algo de polichinela, y una
gesticulacin tan cmica, que haca rer aunque hablara en serio.

El caballero Ronchi dijo que no crea en la Medicina, a la que
consideraba como un empirismo sin base; pero en cambio consideraba la
craneoscopia del doctor Gall como una ciencia.

--El viejo refrn de Dime con quin andas y te dir quin eres, yo lo
sustituyo de esta manera craneoscpica: Ensame tu cabeza y te dir
quin eres.

El padre Chamizo y el cura Mansilla negaron la certeza de esta mxima,
y Ronchi grit:

--Pruebas, pruebas. Quin de ustedes quiere que le examine la cabeza?
A las damas no les hago el ofrecimiento. Sera un poco duro para mi
encontrarles la prominencia del amor fsico o de la infidelidad, y
denunciarlo ante el pblico.

--Vamos a ver--dijo Gamboa--. Ah va mi cabeza.

Ronchi palp la cabeza del oficial y dijo:

--Prominencia del cerebelo, grande...; hay sentido del amor y de la
reproduccin; el rgano del afecto y de la amistad, bien desarrollado;
el del valor y el orgullo, tambin... Esta no es una cabeza
filosfica..., pero hay sentido artstico.

--Est bien--dijeron todos.

Gamboa se ri, porque Ronchi le conoca y obraba sobre seguro.

--A ver Aviraneta. Aviraneta debe tener una cabeza curiosa para un
frenlogo--indic Gamboa.

--Aviraneta! Aviraneta!--dijeron todos.

--Vaya, seores, no hay que impacientarse--repuso don Eugenio, y se
acerc a Ronchi.

Ronchi le salud y le cogi la cabeza entre las dos manos.

--Seores--dijo el napolitano--. Esta es una cabeza.

Todo el mundo se ech a rer.

--No hay que rerse--replic l con un ademn de charlatn que habla
en la plaza pblica--. Yo ruego al respetable pblico que la examine
con detencin. Qu vemos en este crneo, seores? Primero, mirad este
abombamiento de las sienes. Qu significa este signo? Este signo
significa, seores, el valor, el valor personal, que est acusadsimo
en este crneo. Ahora, reparad en esta prominencia que hay encima de
la oreja. Este signo es el signo de la crueldad y de la inclinacin
sanguinaria. Este caballero que posee este crneo es un hombre cruel
y sanguinario. Ahora ved el abultamiento que hay delante del odo: es
la seal de la astucia y de la malicia; observad lo alta que es la
cabeza: indicio de firmeza de carcter, y lo sealada que est la lnea
del orgullo. En lo dems, vulgar, completamente vulgar; el sentido del
amor, de la amistad y del afecto, sin relieve; el sentido potico y
religioso, nulo. Esta no es una cabeza filosfica, no es una cabeza
artstica, este es un _condottiere_... En fin, caballero--concluy
diciendo el napolitano inclinndose de una manera ceremoniosa y
bufonesca ante Aviraneta--, craneoscpicamente es usted un hombre
peligroso.

Aviraneta correspondi a la reverencia y dijo:

--Eso dice tambin Zea Bermdez, pero yo no lo creo.

Se miraron unos a otros riendo de la alusin poltica de Aviraneta, que
se saba que estaba perseguido.

Se abandon la craneoscopia, que a algunos no haca gracia, sin duda
porque la encontraban derivaciones antirreligiosas, y se habl de
cuestiones del momento.

--Saben ustedes el epitafio que se ha hecho a Fernando VII?--pregunt
el cura Mansilla.

--No.

--Pues oganlo ustedes. Es breve y compendioso:

      Muri el rey, y lo enterraron.
    --De qu mal? De apopleja.
    --Resucitar algn da
    diciendo que le engaaron?
      --Eso no; que le sacaron
    las tripas y el corazn.
      Si esa bella operacin
    la hubieran ejecutado
    antes de ser coronado,
    ms valiera a la nacin!

Este epitafio, recitado por un eclesistico, se aplaudi
estrepitosamente y escandaliz a Chamizo. Das antes, una cosa as
hubiera hecho temblar a todo el mundo.

Acababan de recitar estos versos, cuando entraron en el comedor de casa
de doa Celia dos oficiales jvenes, Ramn Narvez, vestido de paisano,
y Fernandito Muoz, con uniforme de guardia de Corps.

La seora de la casa estuvo muy amable con los dos, sobre todo con el
segundo. Pasaron todos a un saloncito a fumar y a charlar, y a la una
de la noche se fueron los invitados a la calle.

Haca una noche soberbia y fueron juntos hablando Aviraneta, Gamboa,
Tilly, el capitn Del Bro y Chamizo.

--Saben ustedes lo de Fernandito Muoz?--pregunt Gamboa.

--No. Qu pasa?

--Que la reina est loca por l.

Del Bro solt una blasfemia.

--Qu _zuerte_!--exclam con su acento andaluz--. _Eze_ llega a
general.

--Si no llega a rey--repuso Tilly.

--Y aqu, en confianza. Qu clase de mujer es Mara Cristina? Ustedes
la conocen de cerca?--pregunt Aviraneta.

--Yo he hablado una vez con ella--dijo Tilly.

--Y qu le ha parecido a usted?

--Pues es una mujer guapetona; pero no tiene ninguna majestad. Habla
de una manera afectada, pensando mucho lo que dice, y parece que est
representando un papel.

--A m me ha parecido una mujer basta, ordinaria--asegur Gamboa con
cierta saa--, una ta de estas a las que les gustan los hombres guapos.

--Una mujer caliente de corazn--agreg Tilly.

--S, es el tipo de la italiana gorda, fondona, un poco abandonada, que
se pasara la mayor parte de la vida en la mesa y en la cama.

--Pero al menos es inteligente?--pregunt Aviraneta.

--Poca cosa.

--Y liberal?

--Nada, absolutamente nada. Es liberal por fuerza.

--Pues s que es un encanto nuestra excelsa Cristina--dijo Aviraneta.

--A nosotros los liberales nos conviene pintarla como una mujer
ideal--dijo Tilly--; si no lo es, peor para ella.

--Y su hermana Luisa Carlota?

--Yo creo que es por el estilo--contest Tilly--, quiz ms enrgica,
ms ambiciosa.

--Y el infante don Francisco?

--_Eze ez_ un _calsonasos_--dijo Del Bro.

--No lo creo yo as--replic Gamboa--; a m me parece que no es tan
tonto como dicen, y creo, adems, que es un liberal de verdad.

Se pas revista a los comensales de la cena.

--_Zer sierto_ que el coronel Rivero tiene un _proseso_ por
_azezinato_?--pregunt Del Bro.

--No estoy enterado--contest Gamboa--. Ya s que ha tenido una causa,
pero cre que era algo militar.

--No conocen ustedes la historia?--pregunt Aviraneta--. No? Pues la
cosa pas en Cdiz, en mil ochocientos treinta y uno. Rivero estaba
all de comandante y tena todo el regimiento comprometido para
sublevarse con Torrijos. Los conspiradores se reunan en la logia. El
da sealado, al anochecer, va Rivero a la logia y se encuentra con
varios oficiales comprometidos, que le dicen que se ha presentado all
el brigadier don Antonio del Hierro y Oliver, con su ayudante, y que
va a volver por la noche. Rivero y sus amigos parlamentan y preparan
una emboscada, y a la maana siguiente aparece en la calle el brigadier
muerto de cuatro tiros, y a pocos pasos de l, un zapatero de la
vecindad tambin muerto. La justicia toma el asunto con frialdad y la
mujer de Hierro, que era una mujer de pelo en pecho, jura denunciar
a los conspiradores enemigos de su marido, arma un zafarrancho en el
cuartel, hace que prendan a cinco o seis, y, mientrastanto, un sargento
comprometido se escapa con la doncella del brigadier, con la caja del
regimiento y con una maleta de documentos comprometedores.

--Y no lo pescaron?--pregunt uno.

--Ca! Ahora est en Pars hecho un personaje, de empresario de
teatros, camino de tener millones.

--Qu _zuerte_!--volvi a decir Del Bro.

--Y de Narvez?Qu se sabe?--pregunt Aviraneta--. Estaba pendiente
de purificacin.

--Lo han nombrado capitn del regimiento de la Princesa, del cuarto de
lnea--dijo Gamboa.

--Es un hombre de porvenir--exclam Aviraneta--, tiene mucha fibra y es
un liberal entusiasta.

--No quiero nada con l--repuso Del Bro.

--Pues?

--_Ez_ un brbaro _zin formaz_ de ninguna _claze_. _Eztaba_ yo de
_guarnisin_ en Granada y _zolamos_ ir a jugar a un casino muchos
_oficialez_ y _algunoz paizanos_, entre _elloz_ uno de los jefes de
los _realiztaz_. Una noche llevaba yo la banca y _eztaba_ Narvez a
mi lado. Yo perda ciento veinte _duroz_, y Narvez, aproximadamente,
_otroz_ tantos. En _ezto_ entra el jefe de los _realiztaz_ de la
_siudad_, se acerca, _zaca_ una bolsa verde llena y la pone en la
_meza_. Narvez coge la bolsa verde, la tira al aire y dice: Donde
_eztoy_ yo no apuntan los _realistas_. _Zalimoz_ de ella a palos.
Ya ven ustedes. Qu tendr que ver el juego con la poltica! _Eze_
Narvez _ez_ un salvaje.

Pasando revista a los dems comensales se habl del napolitano Ronchi.

Tilly conoca su historia.

--La vida de ese tipo es una novela--dijo--. Es un _lazzaroni_ de
Npoles, hijo de un prendero, creo que judo. Sali de su tierra y fu
a Argel de quincallero. Aqu se transform en charlatn y lleg a ser
el mdico de Cmara y del harn de Su Majestad Argelina. El bey parece
que una vez le quiso empalar porque rompi un diente a su sultana
favorita. De Argel march a Tnger, siempre de mdico, y vino a Madrid,
hace ocho o nueve aos, donde puso una tienda de cambio. Quin le meti
en Palacio no se sabe; el caso es que Ronchi acompa a la princesa de
Npoles, novia del infante don Sebastin, a Madrid, y desde esta poca
tiene una influencia cada vez mayor con la Reina Cristina. Dicen que ha
conseguido suplantar en su confianza al barn Antonini, encargado de
Negocios del Reino de Npoles. Ronchi protege a una modista, Teresita
Valcrcel, fina como los corales, que entra todos los das en Palacio.
Entre ellos y Muoz estn mandando en la Reina Cristina en el momento
actual.

Aviraneta, a quien interesaba, sin duda, muchsimo todo esto, hizo ms
preguntas a Tilly. Gamboa escuchaba la relacin con marcado disgusto.

Llegaron a la Puerta del Sol. Para Chamizo era tarde, y se fu a casa
pensando en la sociedad abigarrada y extraa que apareca en Madrid.




                             LIBRO QUINTO

                        INTRIGAS Y OBSCURIDADES




                                  I.

                          EL COMADRN TESOFO


SOLA pasar Chamizo largas temporadas sin ver a Aviraneta. No andaba
con l, porque no quera comprometerse. Don Eugenio le enviaba alguna
que otra vez un libro, una botella de vino, o algo de comer, con una
carta burlona. Tambin intent darle dos o tres bromas pesadas.

Una tarde, despus de comer, estaba el ex fraile leyendo en su cuarto,
cuando entr la patrona, doa Puri, y le dijo:

--Don Venancio.

--Qu pasa?

--Que aqu est el seor Bordoncillo, con su secretario.

--No le conozco a ese seor; dgale usted que no estoy.

--Dice que trae una carta de un amigo de usted y que le tiene que
hablar de cosas importantes.

--Bueno; pues que pase.

El seor Bordoncillo era un hombre bajito, de unos cincuenta aos,
melenudo, de bigote y perilla grises, con los ojos un poco bizcos y muy
brillantes, el crneo estrecho y piriforme, la boca sin dientes. Vesta
perfectamente andrajoso, unos pantalones llenos de flecos, un chaleco
lleno de grasa y un gabn negro lleno de caspa; usaba cuello de camisa
grande y mugriento, corbata roja, unas botas destrozadas y un sombrero
de copa como un tubo. El secretario era por el estilo de l, pero an
ms rado y un tanto jorobado.

El seor Bordoncillo entr en el cuarto de Chamizo, seguido de su
secretario. Se sent en el nico silln con la mayor familiaridad, y se
desemboz la bufanda, dejando en el ambiente un olor fuerte a tabaco.

--Lea usted--dijo al ex fraile, y le alarg una carta.

Era sta de Aviraneta, y deca as:

  Mi querido amigo don Venancio: El dador de la adjunta es el seor
  Bordoncillo, profesor de obstetricia y de ciencias ocultas. El
  seor Bordoncillo es hombre eximio, de gran profundidad de ideas,
  y con el cual yo, por mi incultura, no puedo alternar debidamente.
  Usted, con sus conocimientos filosficos e histricos, sabr
  comprender a este hombre ilustre, hoy perseguido por enemigos
  poderosos, y elevarse a la altura de sus lucubraciones. Muy suyo,

                                                   AVIRANETA.

Al principio no comprendi el ex fraile que la cosa era broma; pero al
poco tiempo de hablar con el seor Bordoncillo vi que se trataba de un
iluso, de un chiflado.

--Ha ledo usted la carta?--le pregunt el hombre mirndole
atentamente.

--S.

--Y qu me contesta usted?

--Nada. Qu quiere usted que le conteste? Por qu dice el seor
Aviraneta que es usted profesor de obstetricia?

--Porque lo soy.

--Ah! Usted se dedica a asistir a partos.

--S, seor; tengo esa noble profesin, que algunos intentan
ridiculizar llamndonos comadrones, parteros y otras palabras
igualmente absurdas. Mi secretario Gonzlez es herbolario.

--Y trabaja usted?

--Poco, muy poco; pero dejemos esa cuestin. No es como profesor de
obstetricia que vengo a visitarle a usted, ni a ofrecerle mis servicios.

--Oh! Lo supongo, lo supongo--dijo Chamizo.

El seor Bordoncillo le advirti que saba que el ex fraile haba
abandonado los antros de la supersticin, por lo cual le felicitaba;
despus se acerc a l y le dijo con gran misterio:

--Soy un perseguido. Vea usted cmo me tienen--y abri el chaleco y le
mostr que no llevaba camisa.

--Qu le pasa a usted?

--Es muy largo de contar; otro da en que est en mejor situacin de
nimo se lo contar. Hay poderes, seor mo, que quieren arrebatarme
la libertad, arrebatarme el albedro para hacerme contra mi voluntad
consejero de la Corona. Que lo diga mi secretario.

--Es cierto, es cierto--murmur el secretario.

--Pero hombre, eso no es tan malo!--le dijo Chamizo.

--No me entiende usted--dijo Bordoncillo--. Y mi obra? Cmo yo acabo
mi obra, si me secuestran, si me monopolizan?

--Y qu obra quiere usted hacer? Algn trabajo de obstetricia?

--Un tratado de obstetricia del mundo.

--Y cree usted que no tendra usted algn poco de tiempo...?

--Necesito toda la vida, caballero, y aun no basta. Quieren distraerme.
Quieren impedirme trabajar. Vivo mal, seor mo. Vivo mal. Estoy a la
merced de un Tubal Can.

--Quin es Tubal Can?--pregunt Chamizo asombrado.

--Es un herrero de la Ronda de Atocha, que es masn y que me desprecia.
A m! Un Tubal Can! Qu vergenza para el mundo! Su mujer, a la
que yo llamo la ciudadana Minerva, me hace el puchero, un puchero
miserable; lo que usted oye; y su criado, a quien yo llamo Ierfilo,
me saca la lengua cuando me ve... As vivo yo. Qu irona! Me estn
asesinando. Gonzlez, mi secretario, lo sabe.

El secretario movi la cabeza gravemente, y cerr los ojos en seal de
asentimiento.

--Me han hecho quemar ms de diez libras de papel--sigui diciendo el
comadrn tesofo.

--Diez libras de papel!

--S; diez libras de papel escrito por m. Por m! Una gnosis, una
mstica y mi gran obra sobre los Adelfos y los Filadelfos.

--Y por qu ha quemado usted eso?

--Para no producir ms vctimas. Ya ha habido bastantes. Ms de una
docena de hombres han muerto por esa cuestin.

El seor Gonzlez volvi a cerrar los ojos gravemente y a hacer un
signo de afirmacin.

--Tan importante es?--pregunt Chamizo.

--Importante! Es la sntesis de toda la filosofa espiritualista.
Los descubrimientos de los templarios, de los alumbrados, de
los filaletas, de los masones, de los martinistas, de los
teofilntropos, de los Rosa-Cruz, de los caballeros Kadosch, todas
estas ramas de las ciencias ocultas se condensan en mi sistema
filosfico-religioso-social-antropolgico-obsttrico. Y qu necesito
para desarrollarlo? Papel y un poco de comida y una persona segura
que rechace los ofrecimientos de los monarcas que quieran captarme.
Nada ms. Usted puede ser esta persona. Usted puede asociarse a mi
gloria. El seor Aviraneta me ha dicho que usted me cedera su casa.
Este cuarto est bien. Gonzlez podra vivir ah. Parece que tiene
usted algunos libros. Uf!--dijo con desdn--. Literatura latina!
Paganismo, paganismo!

Chamizo le dijo que el seor Aviraneta se haba equivocado al referirse
a l, que no era capaz de rechazar los ofrecimientos del monarca porque
estaba comprometido con la reina.

--No me diga usted ms, todo lo comprendo--dijo el seor Bordoncillo
con una risa sardnica--. Est usted tambin vendido al Becerro de Oro.
No me diga usted ms, todo lo comprendo; pero para que vea usted quin
soy, vea usted y tiemble.

Y el seor Bordoncillo sac un cartel de cartn de debajo del abrigo,
con unas letras que decan

                              V G M C K,

y se lo colg en el cuello. Luego sac una cinta de tres colores, azul,
amarillo y verde, y se la puso en el pecho.

--Ya me comprende usted--dijo tocando la cinta con el ndice, adornado
por una ua con ribete perfectamente negro--; azul el cielo, amarillo
el sol, verde la tierra--luego el comadrn tesofo se llev la mano a
la garganta e hizo--: Aj..., aj...!--como si se le hubiera metido una
espina y no pudiera sacarla.

--S, s; supongo que le comprendo a usted, pero yo nada puedo hacer
por usted--repiti Chamizo.

--Nada?

--Nada.

--Oh Jacobo Boeme! Oh Cagliostro! Oh Swedenborg! Oh Martnez
Pascualis! Oh Saint-Martin, el filsofo desconocido! Ved cmo tratan
al filsofo mayor de todos los tiempos! Gonzlez, usted ser testigo de
esta ofensa.

--Hombre! Yo no creo que le he ofendido a usted en nada--exclam
Chamizo.

--No me ha ofendido este falso hermano. Cmo me va a ofender l a m?
El a m! Imposible. A m, iniciado en los misterios de Eleusis, en
los misterios de Isis! No, Gonzlez, no me puede ofender un Chamizo.
No, Gonzlez. Un Chamizo no me puede ofender. Yo soy caballero de la
Orden de la Apocalipsis, gran maestre de la del Diamante, venerable de
los Invisibles, caballero del Len y de la Serpiente. Yo pertenezco
al rito de los Perfectos iniciados de Egipto, a la Sociedad Alpha y
Omega, a la Orden de la Medusa y de Melusina, a los caballeros de la
Pura Verdad y de la Manzana Verde. Yo soy del rito sofisiano, del
Escorpin Azul, del Cocodrilo Rosa, de la Serpiente Blanca; soy de los
adoradores de Mitra, de los caballeros de Astart, de los Magos de
la torre astronmica de Babilonia, de los elegidos de Hiram y de la
desembocadura del Nilo. Y me pregunta si me ha ofendido, Gonzlez? No.
Gonzlez, no. La gente vulgar no me puede ofender.

--Est bien. Me est usted molestando con sus tonteras. Vyase usted!

--Me echa?

--S: vyase usted.

--Yo soy un sublime perfecto--exclam el comadrn, irguindose sobre
las puntas de los pies.

--A m me parece usted un perfecto majadero. A la calle!

--A la calle? Me dice a m a la calle, Gonzlez!

--S; le digo a usted, a la calle.

--Me vengar, Gonzlez. Me vengar--grit el seor Bordoncillo--.
Blandir la gleba y la palanca. Yo tomar el comps y administrar
justicia. Tiemble usted, seor Chamizo! Tiemble usted! Tengo en mis
manos las fuerzas ocultas de la Naturaleza...

Mientras el seor Bordoncillo segua diciendo fantasas, Chamizo les
fu llevando a l y a su secretario por el corredor de la casa de doa
Puri hasta la puerta de la escalera; abri y les ech fuera.

Cuando Chamizo le vi por primera vez a Aviraneta, le dijo que no le
mandara gente como el comadrn-tesofo, porque alborotaba toda la casa
y le desacreditaba.

--Pero, hombre, un personaje tan pintoresco! Yo cre que le divertira
a usted.

Aviraneta se ri mucho cuando le cont lo ocurrido y prometi no
enviarle ningn otro personaje por el estilo.




                                  II.

                         LAS PASIONES HIERVEN


EL verano de 1833 fu de grandes agitaciones y jaleos populares.
Aviraneta, segn dijo, estuvo perseguido por la polica; don Bartolom
Jos Gallardo y sus amigos anduvieron tambin escondidos; se grit
muchas veces Abajo el Ministerio!; se repartieron palos entre
carlistas y cristinos y comenzaron las noticias de las sublevaciones a
favor de Don Carlos, dirigidas por el Cura Merino, el Locho, don Santos
Ladrn y otros mil. Toda Espaa arda de un costado a otro.

En otoo del mismo ao los madrileos presenciaron el desarme de los
voluntarios realistas en la plaza de la Lea, en donde se lucieron el
coronel Bassa y el capitn Narvez. El que, segn la voz popular, tom
parte en el desarme de los voluntarios fu Luis Candelas, el ladrn,
poco antes escapado de la crcel de Segovia. Candelas iba sustituyendo
a Jos Mara, el Tempranillo, en la curiosidad y en la admiracin de
la gente del pueblo desde que el bandido andaluz se haba acogido a
indulto.

Aviraneta conoca a Candelas y un da se lo mostr a Chamizo en la
calle.

Don Eugenio debi de hacer por entonces alguna maniobra con la polica
de Zea, porque comenz de nuevo a mostrarse en pblico. Haba vuelto a
su casa de la calle del Lobo y nadie se meta con l. Chamizo segua
con sus traducciones y otros trabajos.

A mediados de noviembre la marejada poltica aument; todos los das
haba tiros, palos, gritos de Viva la Constitucin! Muera Zea!
Mueran los frailes!

Los carlistas decan que el triunfo lo consideraban como seguro, que
todos los aristcratas, los empleados de Palacio y los alabarderos eran
suyos; que Luis Felipe iba a reconocer a Don Carlos; en fin, cantaban
victoria. Los liberales aseguraban que de un da a otro se proclamara
la Constitucin de 1812; que lord Villiers, el nuevo embajador de
Inglaterra, partidario acrrimo de los liberales, sostena al Gobierno,
y que, en breve, podran entrar en Espaa Mina, Mndez Vigo, don
Francisco Valds, Mendizbal...

Haba detalles cmicos. En las tabernas de los Barrios Bajos se hablaba
de que el fantasma de Fernando VII apareca en El Escorial en paos
menores, y todo el mundo tomaba la noticia a chacota y serva la farsa
para denigrar al difunto rey.

El Caf Nuevo, de la calle de Alcal, era un hervidero; sola estar
aquello al rojo blanco.

Un da de a mediados de noviembre, Gallardo convid a Chamizo a comer
a la fonda de Perona, en agradecimiento de haberle encontrado el ex
fraile un volumen raro que haca tiempo andaba buscando el biblifilo.
Al entrar en la fonda se encontraron all a Paquito Gamboa, al capitn
Nogueras y a Aviraneta, que coman en compaa de un joven desconocido.

--Hola, Viborilla; no, Aviranetilla!--le dijo Gallardo.

--Hola, Gallardete!--le contest Aviraneta--, qu tal va esa bilis de
biblifilo?

--Bien. Y ese veneno de intrigante, cmo marcha?

--As, as.

Aviraneta y Gallardo se dedicaban con frecuencia a insultarse y a
morderse. Gallardo recurra en sus stiras a la erudicin; pero era
un recurso que no siempre daba resultado, porque con frecuencia sus
alusiones no se entendan.

Despus de comer se acercaron Gallardo y Chamizo a la mesa de
Aviraneta y tomaron caf juntos. Gallardo habl prodigando los fuegos
artificiales de su conversacin.

El joven desconocido que estaba con ellos era un hombre de unos
veinticinco aos, chato, de barba negra y con un aire extrao y
decidido.

Desde que se acercaron Gallardo y Chamizo el joven no habl, y poco
despus se levant y se march, dando la mano a los militares y a
Aviraneta y haciendo a Gallardo y a Chamizo una ligera inclinacin de
cabeza.

--Quin es?--pregunt Gallardo.

--Es un fraile.

--Bah!

--Como lo oye usted. Es un fraile liberal que ha venido a vernos de
parte de nuestros amigos isabelinos de Barcelona.

--Y, cmo se fa usted de los frailes?--pregunt el biblifilo.

--Amigo don Bartolo. Esto me demuestra que no ha sido usted mas que un
conspirador de camama--dijo Aviraneta.

--Aviranetilla! Aviranetilla! Qu malo es este condenado! Por qu
dice usted eso?

--Porque si hubiera usted conspirado de verdad, sabra usted que no hay
elementos mejores para la conspiracin que los frailes. En la guerra de
la Independencia casi todos los movimientos los prepararon los frailes;
antes de la revolucin de Cabezas de San Juan, uno de los agentes
liberales ms activos fu un fraile carmelita, el padre Mata, que haba
estado en Londres con Mina y recorri todas las ciudades de Espaa
donde haba logias montado en un caballo normando; la restauracin
de mil ochocientos veintitrs la hicieron los frailes; en Mjico he
conspirado con su ayuda y aqu sigo viendo que todava es la gente de
ms arrestos.

--Bien, yo no me fiara de ellos. Este mismo tiene un aire solapado y
una mirada falsa.

--El fraile, como todo, tiene su especialidad--replic Aviraneta con
sorna--; yo no le confiara a ste una mujer guapa, ni una viuda, no;
pero para una conspiracin esta gente es irremplazable.

--S, s; fese usted.

El biblifilo hablaba as, principalmente, por despecho, por ver que el
fraile no haba prestado odos a su charla.

En esto entraron en la fonda unos cuantos jvenes escritores que iban
capitaneados por Espronceda y por Larra. Llegaron hablando alto. Un
periodista calvo, barbudo, que malgastaba su ingenio acre en charlar en
los cafs, salud a Aviraneta y a Gallardo.

--Hay cuchipanda romntica?--le dijo con sorna Gallardo.

--S; pensamos comer, en vez de cabeza de cerdo, cabeza de clsico.




                                 III.

                   UNA PROPOSICIN DE PAQUITO GAMBOA


SALIERON de la fonda y Paquito Gamboa acompa a Chamizo hasta su casa.

Al llegar al portal le dijo:

--Le puedo considerar a usted como aliado, amigo don Venancio?

--Aliado? Segn para qu.

--Para una empresa poltica.

--Hombre, ya sabe usted que yo no soy poltico.

--No importa. Yo le explicar a usted el asunto. Si acepta, entra en la
combinacin, y si no, me da usted palabra de guardar el secreto por lo
menos durante un mes.

--Est dada, y si quiere usted, durante un ao. Subamos a mi cuarto y
hablaremos con libertad.

Subieron a la habitacin del ex claustrado, que estaba llena de libros
viejos, de estampas y de papeles.

--Cmo se nota aqu al sabio don Venancio--dijo Gamboa.

--Bah! Rase usted. El sabio no necesita de tanto papel. Esto es un
vicio.

Chamizo desocup el silln, lleno de libros, para que se sentara
Gamboa, y l se sent en la cama.

--Usted no ha odo hablar de una intriga palaciega, de la cual es el
centro el infante don Francisco?--pregunt Gamboa.

--No.

--Pues varios caballeros y damas de Palacio han tenido la idea de
asociar a la infanta Luisa Carlota y a su marido don Francisco a la
regencia de Espaa.

--Y para qu? Con qu objeto?--pregunt Chamizo.

--El motivo principal es que la reina est enamorada de Muoz.

--Eso se dice.

--Se dice y es verdad. Para este caso se ha pensado en una regencia
triple. La cosa no tiene nada de absurda.

--No, no.

--La infanta Luisa Carlota y su marido, que saben por Celia y por m la
influencia que va teniendo Aviraneta entre la juventud, van a llamarlo
un da de estos para hablar con l.

--Pero Aviraneta tiene verdadera influencia?--pregunt Chamizo.

--S; s la tiene. Ahora est proyectando una sociedad de partidarios
de Isabel II, no s en qu forma. Yo quisiera que usted intentase
convencer a don Eugenio de que la solucin de la triple regencia, la
reina con los dos infantes, no es tan ilgica como a primera vista
parece.

--Bueno, probar.

--Lo tendremos en cuenta. Vaya usted maana a comer con nosotros a
casa de Celia. Puede usted ir all cuando quiera. Es necesario que nos
unamos las personas discretas. Yo hablar al infante don Francisco a
ver si puede darle a usted un empleo.

Dejndole halagado por esta dulce esperanza, se march Gamboa. Al da
siguiente, Chamizo fu a comer a casa de Celia, y ella le conquist
y le hizo prometer que seguira sus consejos, con lo cual no le ira
mal.




                                  IV.

                         EL CONDE DE TORENO EN
                         EL CALLEJN DEL GATO


UNOS das despus de la muerte del rey, el padre Mansilla apareci en
la Casa del Jardn a visitar a su amigo Tilly.

--Se ha presentado en mi casa un mdico, el doctor Torrecilla, con una
pretensin bastante rara--le dijo.

--Cul es?

--Este seor es conocido de doa Celia y quiere saber dnde vive
Aviraneta, para hablar con l.

--Y cmo se ha dirigido a usted?

--Por doa Celia. Este Torrecilla me ha dicho que hay una persona
importante, que ha venido del extranjero, que quiere conferenciar con
Aviraneta. Usted sabe dnde vive don Eugenio?

--No; pero lo averiguar en seguida.

--Usted se encarga entonces de la gestin?

--S; yo me encargar, sin ningn inconveniente.

Tilly fu a buscar al capitn Nogueras y averigu que Aviraneta
estaba viviendo en una casa de huspedes de la calle de Segovia.
Inmediatamente fu a ver al doctor Torrecilla a su casa.

--Me han avisado que usted quiere ver a Aviraneta--le dijo--. Como
Aviraneta est hoy perseguido, si usted quiere decirme de qu se
trata...

--Se va a perder tiempo--interrumpi el doctor Torrecilla--. Soy amigo
de Eugenio, estoy al tanto de sus trabajos y tengo un encargo urgente
para l.

--No quiere usted que le diga concretamente de qu se trata?

--S; vale ms que se lo diga usted, porque si no vamos a tardar mucho
tiempo en idas y venidas. Se trata de que el conde de Toreno est en
Madrid. Yo le he visitado porque est enfermo de tercianas. El conde
quiere ver a Aviraneta y hablar con l.

--Bueno, yo se lo dir. Adnde le tengo que traer la contestacin;
aqu, a su casa?

--Mire usted, yo, por mi profesin, no tengo tiempo disponible. El
conde est en una humilde casa de huspedes del callejn del Gato,
nmero 6, piso segundo; s hace llamar por su nombre y su primer
apellido, Jos Queipo. Si Aviraneta quiere ir a verle, que vaya; si
pone algn inconveniente, usted se presenta al conde y le dice: Vengo
de parte del doctor Torrecilla con este recado de Aviraneta. Estamos?

--Muy bien.

Fu Tilly a la calle de Segovia y se lo encontr a Aviraneta en un
quinto piso haciendo listas de afiliados a la Isabelina, de Madrid y de
provincias. Le cont lo que haba pasado y cmo Toreno quera tener una
entrevista con l.

--Usted va a ser el encargado de la negociacin, querido Uno?

--S.

--Pues dgale usted al conde que yo, particularmente, no puedo pactar
con l, porque estoy ligado con otras seis personas que forman el
Directorio Isabelino. Pregntele a Toreno si me autoriza para que cite
su nombre a nuestra Junta, y mndeme usted en seguida la contestacin.
En caso afirmativo, vaya usted a la librera de viejo de la calle de la
Paz, y al chiquillo de la librera le dice usted: Vete a casa de don
Eugenio y dile que s. En caso negativo, nada.

--Est bien, amigo Tres.

Fu Tilly al callejn del Gato y entr en un portal obscuro y hmedo.
Subi por una escalera sombra y llam en el piso segundo. Pregunt
por el seor Queipo y le pasaron a un gabinete pequeo, que tena en
el fondo una alcoba con puertas con cortinillas. Tilly pens que desde
all le estaban observando. Efectivamente, se abrieron aquellas puertas
y aparecieron el conde de Toreno, el doctor Torrecilla y un amigo de
los dos, don Mariano Valero Arteta.

El conde era un hombre ms bien feo que guapo, abotagado, rojizo. Tena
una mirada brillante y audaz; vesta con mucho atildamiento, como un
completo _dandy_, y hablaba un castellano en el que se trasluca el
asturiano y al acostumbrado a vivir en Francia.

--Este seor--dijo el doctor Torrecilla al conde--es el que ha quedado
encargado de avistarse con Aviraneta.

--Qu le ha dicho a usted?--pregunt el conde con viveza.

--Me ha indicado--dijo Tilly--que l no puede hacer nada solo y
que quiere saber si usted le da autorizacin para comunicar sus
ofrecimientos al Directorio Isabelino.

--Bien; no tengo inconveniente en que exponga mis ofrecimientos a
los dems miembros de su Sociedad, pero sin compromiso para ellos de
ninguna clase; hubiera deseado tener una conferencia con alguno de los
jefes isabelinos.

--Se lo dir a Aviraneta--indic Tilly.

--Mi objeto en esta conferencia se reduca a ofrecer mis servicios a la
asociacin, al paso que podra ilustrarles con los antecedentes que he
adquirido en Pars relativos a la marcha absolutista que piensa seguir
el Ministerio Zea.

Don Mariano Valero inst a Tilly para que dijese a Aviraneta que el
conde de Toreno estaba animado de los mejores sentimientos y resuelto a
arrostrar toda clase de peligros, a fin de lograr que se dotase al pas
de una Constitucin lo ms liberal posible.

Al marcharse Tilly, el conde de Toreno pregunt con gran inters a
Valero por l.

--Quin es este joven?--le dijo.

--No le conozco apenas--contest Valero.

--Qu tipo ms distinguido! Este hombre har carrera.

Tilly sali del callejn del Gato, fu a la calle de la Paz, a la
librera de viejo del seor Martn, y le dijo a Bartolillo:

--Vete a casa de don Eugenio y dile que s.

Unos das despus Aviraneta cont a Tilly el resultado de la
negociacin, que fu negativo.

Aviraneta congreg a sus consejeros, y, al parecer, todos estuvieron
contentos en rechazar a Toreno.

Olavarra asegur que el conde vena de Pars arruinado por negocios
burstiles y que no traa otro plan que el de buscar un asidero
cualquiera.

--Si fuera hombre de fiar--parece que dijo--, l con los elementos con
que contamos hara la revolucin; pero corremos el peligro de servirle
de escabel para alcanzar el ministerio, y que cuando no nos necesite
nos pegue un puntapi. Toreno es hombre astuto y nos dominar.

Romero Alpuente afirm que si se aceptaban los ofrecimientos del
conde, l se retirara de la Junta. Segn l, Toreno vena a Espaa,
como enviado de Luis Felipe, a embrollar la poltica espaola, pues el
monarca francs haba perdido con Fernando VII el mejor aliado con que
contaba, y tema que se realizase en Espaa una revolucin radical que
hiciese renacer el fuego de las cenizas del republicanismo francs, que
acababa por entonces de sofocar en su pas.

Flrez Estrada se expres de idntica manera. Aviraneta fu el nico
que dijo que crea que no era prudente rechazar los ofrecimientos de un
hombre de tanta importancia. Aviraneta escribi a Torrecilla dndole
la negativa. Toreno no la ech en saco roto, y guard gran rencor a
Aviraneta.

El mismo da Toreno sala desterrado para Asturias por orden de Zea
Bermdez.




                                  V.

                   LAS RAZONES DE LA TRIPLE REGENCIA


EL padre Mansilla suba en sus relaciones e iba escalando la alta
sociedad. El confesonario le serva de mucho. No descuidaba tampoco
la oratoria. Haba adoptado en sus sermones una manera insinuante,
casustica, que le daba gran xito.

Casi todos los das Mansilla tena largas conferencias con Tilly, y
presentaba a su amigo en las casas ms importantes, sobre todo en
aquellas que tomaban un matiz liberal.

Una maana les mand aviso Aviraneta de que por la tarde ira a
visitarles a la Casa del Jardn.

Mansilla y Tilly le recibieron amablemente, y constituyeron en broma el
primer Tringulo del Centro.

--Qu hay, Tres?--dijo Tilly.

--Vengo a ver si me sacan ustedes de una duda, ustedes que frecuentan
la alta sociedad.

--Vamos a ver...

--Creo que les dije hace tiempo que un tal Maestre nos trajo para la
Isabelina unas listas de los comprometidos en un movimiento liberal
anterior.

--S.

--Pues bien; por estas listas venimos a ponernos en relacin en
Catalua con un fraile, el padre Puch o Puig, a quien le conocen por
el nombre del Dominico de Vich. El tal dominico, segn parece, goza de
gran prestigio, y ha organizado un Directorio Isabelino rapidsimamente
en Barcelona. Tiene ya cinco o seis mil hombres afiliados.

--Tantos?

--S; eso dice. El Directorio barcelons se muestra lleno de
impaciencia, y quiere que se apresure el levantamiento liberal. Ha
escrito ya varias comunicaciones, y ayer se recibi una carta cifrada
del Directorio, en la que se nos dice que tardamos mucho en Madrid
en organizar nuestros trabajos, y que ellos se han puesto al habla
con un miembro de la familia real, con un Borbn que se compromete
a marchar al frente de los revolucionarios y acabar con los manejos
carlistas. Aade el escrito que en el primer correo sale un comisionado
del Directorio de Barcelona a ponerse al habla con nosotros. Yo me he
quedado asombrado pensando qu persona real puede ser... He ledo la
carta a los dems y se han quedado en ayunas, como yo.

--Nadie ha sospechado nada?--pregunt Tilly sonriendo.

--Nadie. Es que usted sabe algo?

--S; creo que Dos tambin lo sabe. Verdad?

---S, tambin--dijo Mansilla.

--Y quin es ese personaje que va a aliarse con los revolucionarios?

--El infante don Francisco.

--Est usted seguro?

--Segursimo.

--Pero no es un hombre negado?

--Hombre, eso qu importa? Carlos III fu un buen rey, y era un tonto.

-Y qu pretende don Francisco?

--Ser el regente. Muchos cristinos lo saben ya, comenzando por Zea
Bermdez, que sospecha la intencin.

--Me deja usted asombrado. Qu malos informes tenemos! Es la desdicha
de Espaa, de que no se puede hacer nada mas que con carcamales. Si
yo hubiera podido hacer solo la Isabelina hubiese hecho otra cosa con
gente joven...

--Hemos hecho el Tringulo del Centro--dijo Tilly--, y esto marchar.

--El nmero Uno y Dos van a dejar pronto atrs al nmero Tres--replic
Aviraneta.

--Pero no le abandonaremos--replic Mansilla.

--Y a ustedes qu les parece que deba hacer la Isabelina con relacin
al infante don Francisco?

--Yo, como usted, me pondra de acuerdo con el infante--dijo Tilly.

--Creo lo mismo--agreg Mansilla.

--No va a ser posible--replic Aviraneta--. Mis gentes no aceptan.
Les parecer un contubernio, y desde el momento que encuentren una
palabreja de estas no saldrn de ah. No discurren. Romero Alpuente
dir unas cuantas frases a estilo de Robespierre, y se acab...

--Yo intentara convencerles. Si no se puede, entablara relaciones
subterrneas.

--Lo averiguarn.

--No; usted es bastante inteligente para dorarles la pldora.

--Hum! Qu s yo!

--Ya sabe usted lo que deca madame Pompadour.

--No s lo que deca.

--Que todo el secreto de la poltica consiste en mentir a tiempo.

--Es que el ambiente es tan pequeo...

--Pues yo me inclino hacia ese lado--dijo Tilly--. El conde de Parcent,
que hace de cabeza de ese partido, trata de atraerme a su bando, y
yo me dejo conquistar. Creo que no vulnero con eso mi pacto con el
Tringulo del Centro.

--De ningn modo--repuso Aviraneta--; est usted en su derecho. Y
usted, Mansilla?

--Mi poltica es ser amigo personal de esos seores y no ser partidario
de ninguno.

--Muy bien--murmur Aviraneta--. Si se enteran ustedes de algo me lo
dirn en seguida?

--S. No tenga usted cuidado.

--Yo les comunicar lo que acuerden los mos.

Dos das despus volvi Aviraneta a la Casa del Jardn y se encontr
solo con Tilly.

--Sabe usted algo?--pregunt Aviraneta.

--Que son ellos. Parcent tiene relaciones con los isabelinos de
Barcelona. Su secretario, un capitn, De los Ros, anda reclutando
gente.

--Qu pretenden?

--La pretensin es muy sencilla, y hasta lgica. Quieren constitur
una Regencia Triple con Mara Cristina, la infanta Luisa Carlota y don
Francisco.

--Pero, con qu objeto? Por qu motivo?

--Hombre, motivos hay muchos; pero el principal es que la Reina
Cristina est enamorada hasta las cachas de Muoz. Ya no es una reina
ni una seora distinguida, es una mujer desatada, una hembra en celo.

--Yo cre que era un devaneo propio de esta familia de Borbn, que es
un tanto rijosa.

--Ca! Es una cosa seria... Es el amor de una mujer de treinta aos,
napolitana y ardiente, que ha estado casada con un hombre viejo,
impotente y gotoso.

--Como subraya usted, amigo Uno.

--Si la cosa va como parece, todo hace creer que el descrdito de Mara
Cristina va a ser enorme. El hijo del estanquero de Tarancn y de la
ta Eusebia en la alcoba de la reina! La cosa es fuerte. Para impedir
el descrdito se ha pensado en esta solucin de la Regencia Triple, y
si Cristina se enmuozase de tal manera que perdiera todo el prestigio
personal, entonces se intentara sustiturla completamente en la
Regencia por la infanta Luisa Carlota.

--Todo esto que me dice usted es nuevo para m--dijo Aviraneta--.
Usted cree de verdad en los amores de Cristina?

--S, s; es un hecho. Pregnteselo usted a Fidalgo. Todas las
camaristas lo saben. El otro da le vieron a Muoz con un brillante
gordo en la pechera; era de los que usaba Fernando VII.

--Y esto empez antes o despus de la muerte del marido?

--Yo creo que antes. Ah han andado en el lo la modista Teresita
Valcrcel, la querida de Ronchi, y otra muchacha camarista, Mari-Juana,
que est enredada con Colasito Franco, que es un guardia de Corps,
amigo de Muoz. La reina ha andado rondndole a Muoz.

--Hemos vuelto a los tiempos de Mara Luisa.

--S; nos gobernarn, como entonces, una reina italiana y un guardia de
Corps. Veremos a ver qu sale de eso.

--Usted, Tilly, no suelte el hilo de la intriga. Estamos en un momento
muy interesante.

--No tenga usted cuidado.




                                  VI.

                             LOS INFANTES


SEIS o siete das despus estaba el padre Chamizo en casa de doa
Celia, cuando se present un palaciego amigo de don Narciso Ruiz de
Herrera, un tal Garca Alonso, y dijo:

--Ahora acabo de dejar a Eugenio Aviraneta, despus de llevarle a
Palacio a presencia de los infantes.

--Qu ha pasado?

--Pues siguiendo las instrucciones de Sus Altezas me avist con el
capitn Nogueras y le dije que necesitaba verme con Aviraneta. Puso
el capitn algunos obstculos, pero, por ltimo, me dijo que le
encontrara en su misma casa, a las tres de la tarde. Volv a esta
hora, le expliqu de qu se trataba; me pidi un plazo de veinticuatro
horas para consultarlo con sus amigos, y hoy he estado de nuevo en casa
de Nogueras y en una berlina particular he llevado a don Eugenio a
Palacio.

--Y qu ha ocurrido all?

--Nada de extraordinario. Aviraneta y yo hemos sido introducidos en
el saloncito pequeo dorado. Doa Carlota y don Francisco estaban
arrimados a la chimenea, en donde arda una hermosa llama. Despus de
la correspondiente presentacin y frases de rbrica, el infante, con su
aire sencillo y franco, le pregunt:

--Conque t eres Aviraneta?

---Para servir a Su Alteza.

---Tienes una fama de conspirador terrible.

--Son habladuras de por ah.

--Ya s que trabajas mucho en favor de mi sobrina Isabel.

--Hago lo que puedo, como sbdito que soy de Su Majestad.

--Tienes muchos compaeros que te ayuden?

--Bastantes.

--Son gentes decididas, segn me han dicho.

--S. Es gente de corazn.

Aqu se mezcl la infanta con su aire enrgico y decidido.

--Cuntos sois en Madrid? Ms de mil?

--Ms de mil... Pronto llegaremos a cinco mil.

--Trabajis tambin en Barcelona?

--En Barcelona y en otras ciudades de Espaa.

--Por qu trabajis y para quin?

--Trabajamos para asegurar la libertad en Espaa y a favor de la Reina
Isabel.

--Y de nadie ms?

--De nadie ms. De la Reina abajo, por nadie.

--Me haban informado mal. Estis satisfechos de Zea Bermdez?

--No, seora; lo tenemos por un absolutista.

--Sabrs--dijo la infanta--que en Catalua se est formando un partido
numeroso contra Zea para derribarlo del Poder y establecer una Regencia
que gobierne la monarqua durante la menor edad de mi sobrina Isabel.
Tus amigos de Barcelona piensan secundar este plan?

--Seora: mis amigos de Barcelona se han organizado y preparado para
desbaratar las intrigas carlistas. No creo que entre ellos haya nadie
que intente trabajar en favor de una Regencia.

--Pues, no lo dudes--replic la infanta con viveza--; tus amigos sern
acaso los primeros en proclamarla.

Despus hablaron en voz baja y no lleg hasta m su conversacin. Luego
o de nuevo que deca la infanta:

--Nosotros desearamos que pasases a Barcelona y con tu influencia
activaras los planes y deseos de aquellas gentes, y que la cosa se
hiciese sin mucho ruido ni efusin de sangre.

--Doy a Vuestra Alteza las gracias--contest Aviraneta--por la
confianza que tiene en m; pero debo manifestarle que estoy unido con
otras personas y que tengo que consultar con ellas.

--Nos despedimos de los infantes--concluy diciendo Garca Alonso--,
bajamos a la plaza de Oriente, tomamos la berlina y le dej a Aviraneta
en la Puerta del Sol.

--Y eso ha sido todo?

--Eso ha sido todo.

Esta relacin di a Chamizo, a doa Celia y a Gamboa una porcin de
datos desconocidos. Aviraneta haba formado una Sociedad con ms de
cinco mil asociados en Madrid y con ramificaciones en provincias. Haba
varios directores y l.

Se hicieron comentarios acerca de la actitud de Aviraneta, temiendo que
ste y sus amigos intentasen acercarse a Mara Cristina para instrurla
del insidioso plan de Regencia preconizado por los infantes, plan que a
la Reina, probablemente, no podra hacer mucha gracia.

A los tres o cuatro das, Paquito Gamboa dijo a Chamizo que ya se
haba aclarado el misterio de la Sociedad de Aviraneta. Se llamaba la
Confederacin de los Isabelinos o Isabelina, y tena un Directorio
formado por Calvo de Rozas, Palafox, Flrez Estrada, Romero Alpuente,
Beraza, Juan Olavarra y Aviraneta. Cada uno era jefe de una seccin
especial. La organizacin militar no se conoca bien. Se saba que la
fuerza estaba dirigida por el general Palafox y tena sus legiones y
sus centurias. A juzgar por la forma de estar constituda, la Isabelina
era una Sociedad carbonaria.

--La cosa es ms seria de lo que parece--dijo Gamboa--. El Gobierno
sabe la existencia de la Sociedad y la teme. Dos individuos de la
Isabelina han ido esta maana a visitar al ministro don Javier de
Burgos, a pactar con l, pero no se han podido poner de acuerdo.

Unos das despus, el mismo Gamboa dijo al ex claustrado que le haban
dicho que la Isabelina tena un Comit de accin misterioso que se
llamaba la Junta del Triple Sello, formado por un masn, un comunero y
un carbonario. Esta Junta era la encargada de las obras secretas, de
los asesinatos y de las ejecuciones.




                                 VII.

                        LOS HILOS DE LA INTRIGA


UNAS semanas despus estaba Aviraneta en su piso alto de la calle
de Segovia, en compaa del capitn Nogueras, cuando se present un
caballero de unos treinta aos, muy bien portado.

Llam y pregunt a la patrona:

--Don Eugenio de Aviraneta?

--No s si estar. A quin tengo que anunciarle?

--Diga usted al seor Aviraneta que hay aqu una persona que quiere
hablarle de parte de un dominico de Vich.

--De un fraile?

--S.

--Don Eugenio no es muy amigo de frailes--murmur la patrona para sus
adentros--, ni yo tampoco.

Di el recado a Aviraneta y ste exclam:

--Que pase en seguida ese caballero.

Recorri un largo pasillo el enviado de Barcelona y entr en un
cuarto en donde estaban Aviraneta y Nogueras. Era un cuarto grande,
blanqueado, con una estufa de hierro al rojo. Tena las puertas y las
contraventanas de cuarterones, y un balcn tan alto sobre la calle de
Segovia, que el asomarse a l daba el vrtigo.

El recinvenido salud a Aviraneta y a Nogueras con una inclinacin de
cabeza.

--Vengo de Barcelona--dijo--con una contrasea del Dominico de Vich.

--Sintese usted--le indic Aviraneta.

El hombre vi la puerta que haba quedado abierta, la cerr l mismo y
se sent en seguida.

--Supongo que estamos en una casa de confianza?--pregunt.

--De entera confianza. Este caballero es el capitn Nogueras, amigo mo
y afiliado a la Isabelina.

--Yo me llamo Salvador, y traigo esta contrasea del padre Puig, que
debe corresponder con la otra mitad que ha debido remitirle y que
componen las dos una tarjeta.

Nogueras fu al fichero y sac de all un trozo de cartulina cortado
de una manera caprichosa, que se confront con el que traa Salvador.
Venan bien.

Era el enviado de Barcelona un hombre plido, de bigote negro, fino,
vestido de obscuro, con unas maneras fras, humildes e insinuantes, y
un aire reservado y misterioso. Se le hubiera tomado a primera vista
por un enfermo; pero observndolo mejor se vea que no lo estaba. Tena
una palidez de hombre que no ve el sol; era un tipo de obscuridad, de
covachuela, de iglesia o de convento. Su sonrisa le desenmascaraba;
era una sonrisa cnica, de un hombre dbil, servil y bajo.

--Puede usted hablar, seor Salvador--indic Aviraneta al enviado.

--El Dominico de Vich--dijo ste--, es hombre que, como ustedes, ha
organizado los elementos avanzados de Catalua. El Dominico se puso en
relacin con nosotros, los Europeos Reformados, que constitumos una
Venta carbonaria en Barcelona, e hizo que nos asociramos con l.

--Tiene mucho prestigio, al parecer?

--S, mucho; tiene el prestigio del hbito y el de haber sido un
guerrillero de la guerra de la Independencia.

--Ha sido guerrillero?

--S.

--Y son ustedes muchos afiliados en la Isabelina de Barcelona?

--Muchos. De gente influyente, casi todos los liberales, empezando por
el general Llauder. Tenemos tres o cuatro mil hombres en la capital
preparados, armados, y otros tantos o ms en la provincia.

--Han ido ustedes pronto.

--E iremos lejos, porque nosotros los carbonarios no tenemos el
propsito de contentarnos con esta idea oa del Gobierno de Isabel II.
Iremos a la Repblica.

--Si les sigue alguien. Es querer marchar muy de prisa--replic
Aviraneta.

--All se hacen las cosas ms de prisa que aqu. Ahora ocurre que el
Directorio que preside el Dominico, y que se ha puesto en relacin con
ustedes, ha tenido ofertas de otro grupo liberal de Madrid.

--De otro grupo liberal de Madrid? No es posible--exclam Aviraneta.

--No hay otro grupo Isabelino mas que el nuestro--afirm Nogueras.

--Hay otro--replic Salvador--, y est dirigido por el conde de Parcent.

--Bah! Eso no es nada--repuso Aviraneta.

--No, no, no tan de prisa, caballero. Ese grupo cuenta ya con
mucha fuerza; tiene en sus filas una porcin de militares jvenes
de la Guardia Real y Guardias de Corps, tiene muchos palaciegos y
aristcratas, y est, adems, patrocinado por la infanta Luisa Carlota
y por el infante don Francisco.

--Y qu objeto tiene ese grupo? Qu se propone?--dijo Aviraneta
fingiendo ignorarlo.

--Este grupo aspira a derribar del Poder a Zea Bermdez y a instaurar
una Regencia Triple formada por Mara Cristina, la infanta Luisa
Carlota y el infante don Francisco de Paula. El Dominico de Vich ha
odo las proposiciones de este nuevo grupo, y por ahora no ha decidido
nada. El Dominico quiere tener una entrevista con usted para que le
oriente en la poltica de Madrid, y, sobre todo, quiere ponerse de
acuerdo con ustedes en esta cuestin grave de la Regencia.

--Yo, la verdad--dijo Aviraneta--, no veo la utilidad de modificar la
Regencia. Esta nueva idea me parece perturbadora.

--A m me parece lo mismo--asegur Nogueras.

--Pero, aun as, la consultaremos con el Directorio--aadi Aviraneta.

--Es posible que la idea no sea oportuna--replic Salvador--; como
tenamos la duda, por eso me han enviado a m aqu. El Dominico lo que
quiere saber es si el ofrecimiento de esta gente palaciega que sigue al
infante don Francisco y al conde de Parcent es aprovechable, o no.

--Es muy lgica la actitud de ustedes--exclam Aviraneta--. Yo no la
reprocho. Espero que nos pondremos en todo de acuerdo.

--Yo lo dudo--repuso Salvador.

--Por qu?--pregunt Aviraneta.

--Aqu la cuestin principal--dijo Salvador--es que ustedes parece que
estn dispuestos a esperar, y en Barcelona no se puede esperar. Los
patriotas de all acosan al Directorio y estn dispuestos a elegir
nuevos jefes y a abandonar a los antiguos si stos no dan la voz de
marcha y derriban al momento a Zea Bermdez.

--Eso tambin quisiramos hacerlo nosotros lo ms rpidamente
posible--replic Aviraneta--. La cuestin es poder.

--Naturalmente--dijo Nogueras.

--Bien; pero all hay una inquietud cada vez mayor. El Dominico quiere
calmar a la gente dndole la esperanza de que, aguardando lo necesario,
el movimiento ser secundado en las dems capitales; pero la gente se
cansa de esta espera.

--Esa es una cuestin irresoluble--murmur Aviraneta--, en estos
asuntos, el impaciente no tiene ms remedio que dejarlo.

--Yo creo, seor Aviraneta--dijo Salvador--, que lo mejor sera que
usted mismo fuera a Barcelona para ver si puede tranquilizar aquella
agitacin y aconsejar calma a los impacientes explicndoles lo que pasa
aqu.

--Yo consultar con el Directorio y ver qu resuelven.

--Tambin quisiramos que se viera usted con el general Llauder, en
Barcelona, y, a cambio de la proteccin de aqu de Madrid, le arrancara
la promesa de tener dominados a los carlistas. Llauder, como sabe
usted, es voluble; all le llaman el Meteoro.

--Consultar eso tambin con el Directorio.

Hablaron despus de cosas indiferentes, y Salvador se march de casa.

--Qu le ha parecido a usted este ciudadano?--pregunt Nogueras.

--No me gusta este tipo. Esa palidez, esos labios delgados.

--Eso qu importa!

--A m me parece un hombre vil, serpentino, que sera peligroso si
fuera inteligente y valiente; pero creo que no es ni una cosa ni otra.

A Aviraneta le qued la impresin de que Salvador era un hombre
enigmtico, lleno de duplicidad y de misterio.

Aviraneta no haba estado en Barcelona, no conoca a los polticos
catalanes, no poda contrastar la manera de ser y la actitud del
enviado con otras conocidas.

La proposicin de Salvador y el asunto de la Regencia Triple alborot
al Directorio Isabelino. Nadie quera la colaboracin de la infanta
Luisa Carlota, ni la de su marido. A ella se la tena por una italiana
ambiciosa e intrigante; a l, por un tonto. Respecto a la cuestin de
enviar un delegado a Barcelona, se acept la proposicin y se dispuso
que fuera Aviraneta.




                              LIBRO SEXTO

                          UN VIAJE FRACASADO




                             PREPARATIVOS


AL da siguiente iba don Venancio camino del Rastro cuando se encontr
con Aviraneta.

--Hola, padre! Qu hay?--le pregunt.

--Ahora no se le ve a usted--le dijo Chamizo--. Claro, como frecuenta
usted los palacios!...

--Cmo lo sabe usted?

--Amigo, aqu todo se sabe. Se sabe adnde ha ido usted, con quin ha
hablado usted...

Aviraneta quiso enterarse de dnde le haba llegado la noticia al ex
claustrado, y pronto supuso que de casa de Celia.

Despus cont a su modo la entrevista que haba tenido con los
infantes, y dijo que stos y los amigos de la Isabelina queran que
fuera a todo trance a Barcelona, viaje que no le haca mayormente mucha
gracia.

--Por qu no encarga usted la comisin a otro?--le pregunt Chamizo.

--Es imposible; no tengo ms remedio que decir como Maquiavelo cuando
su Repblica quiso enviarle de comisionado a Roma: Si yo voy, quin
se queda? Si yo me quedo, quin va?

--Es usted un vanidoso, seor don Eugenio.

--Tiene uno motivos para ello.

--S; ya s que anda usted maquinando; pero el mejor da esto se le
pone muy mal. Se est usted metiendo en muchos fregados. Adems, usted
con su soberbia es capaz de cualquier cosa cuando le excitan por
vanidad, por fanfarronera.

--Quiere usted venir conmigo, don Venancio?

--Adnde?

--A Barcelona.

--A qu voy a ir a Barcelona?

--Puede usted encontrar all libros viejos.

--No, no quiero ir, y eso que hay una persona que se alegrara mucho
que fuera con usted.

--Quin?

--Doa Celia, la seora casada con el to de Gamboa.

--Es algo ms que la mujer del to de Paquito.

--Lengua viperina.

--Y por qu se alegrara esta seora que viniera usted conmigo?

--No ve usted que es amiga de los infantes? Pues quiere que yo le haga
a usted observaciones, que le persuada... Yo le he dicho: Aviraneta es
impersuadible, tiene demasiada vanidad para eso.

--As que usted tambin est intrigando... Ay!, ay!

--Yo, no. Yo todo lo que hago est a la luz del sol.

--S; pero ya tiene usted su partido, el partido celista o celitico.
Celia le dar buenas comidas...

--Excelentes.

--Oh santo varn idealista que se vende por un buen asado o por una
salsa en su punto!...

--Yo no me vendo. Eso se queda para ustedes los polticos. Yo soy amigo
de mis amigos...

--Ya lo s. Es una broma. Quiero que pueda usted tener una ocasin de
triunfo con Celia. Venga usted conmigo a Barcelona. Yo le convido.
Cuando le diga a ella que ha venido conmigo para vigilar mis pasos, le
da a usted el festn de Baltasar.

--Habla usted en serio?

--S, seor.

--El viaje no me costara nada?

--Nada.

--Bueno; si yo voy, ir sin solidaridad alguna. Si a usted le llevan a
la crcel y le quieren agarrotar por masn o por conspirador, yo dir
que no tengo nada que ver.

--Ah!, claro. No somos amigos; a lo ms, conocidos.

--As, acepto.

--De acuerdo. Con que si quiere prepararse, ande usted. Es posible que
en Barcelona encuentre usted ediciones raras para dar dentera a don
Bartolo Gallardete.

--Bueno. Y cul es su objeto al llevarme a m?

--Ninguno utilitario. Tener un compaero de viaje en la diligencia y
en Barcelona para charlar con l. Usted es un hombre ameno.

--Bien; pero yo no estoy ms de una semana en Barcelona.

--No llegaremos a tanto.

Dijo Aviraneta que se marchaba al caf del Prncipe, donde estaba
citado con un palaciego para volver a Palacio a verse de nuevo con don
Francisco de Paula.

--Ya se nota que est usted orgulloso--le dijo Chamizo--; as son los
revolucionarios de vanos y de majaderos.

--Pues figrese usted cmo estara si fuera fraile--contest Aviraneta.

Se dirigieron ambos al caf del Prncipe y se sentaron delante del
cristal.

Al poco tiempo apareci el seor Garca Alonso. Tomaron caf y el
palaciego y Aviraneta se levantaron.

--Espreme usted aqu una hora, don Venancio--dijo don Eugenio.

Salieron los dos a la calle y entraron en una elegante berlina.

Chamizo le esper leyendo un ejemplar en griego de _El sueo de
Luciano_. A la hora u hora y cuarto apareci Aviraneta. Salieron
Chamizo y l del caf y fueron marchando por la calle del Prncipe, la
Puerta del Sol y la calle Mayor.

Aviraneta tena que dejar un recado en una casa grande prxima a la
Almudena.

Pasaron el postigo, viejo y roto, que era lo nico que quedaba de la
primitiva Puerta de la Vega del Madrid antiguo, y se sentaron en unas
piedras. Estuvieron contemplando los cerros de la Casa de Campo, las
casuchas prximas al Manzanares, las ropas puestas a secar y la gran
vega, que comenzaba a ponerse verde. El cielo brillaba muy azul, con
algunas nubes blancas.

--Qu ha habido con los infantes?--pregunt el ex fraile.

--Hemos tenido una conferencia. Hay un detalle que me ha escamado. Al
entrar en la habitacin de los infantes, en la antecmara haba dos
seores que parecan aguardar audiencia; uno viejo, muy elegante; el
otro, ms joven; pero me han dado la impresin de que me observaban
mucho. Al terminar mi visita y al salir a la antecmara, los dos
caballeros ya no estaban, cosa que me choc, pues si esperaban
audiencia no es lgico que se marcharan tan pronto.

--S, es raro. Quiz iban a ver alguna camarista.

--Tambin es posible; pero all no hubieran hecho antesala.

--Y qu ha habido con los infantes?

--Los infantes me han recibido como la primera vez, de pie, delante
de la chimenea. La cosa ha pasado as. Don Francisco, con su aire de
bobalicn me ha dicho:

--Hola, Aviraneta! Supongo que tendrs todo dispuesto para el viaje
a Barcelona?

--Alteza, todava, no. Espero sus rdenes.

--Pues es necesario que te apresures, porque urge tu presencia all.

--Mis preparativos estn hechos en veinticuatro horas. Lo nico que
tardar un poco es el pasaporte.

La infanta me pregunt entonces con una entonacin dura y con acento
extranjero:

--Conoces al conde de _Pagcent_?

--No tengo el honor de conocerle mas que de nombre.

--_Quisiega_ que _tuviegas_ con l una _entgevista_. _Podga dagte
instgucciones._

--Mis amigos quiz no vieran con buenos ojos que yo me entienda
directamente con l. En los partidos polticos hay celos y es necesario
andar con mucho cuidado para no excitar la envidia.

--Tienes _gazn_, tienes _gazn_. Los datos del conde te los
_comunicagemos nosotgos_. Veo que _eges pgudente_. _Cgeo_ que
_llevags_ a buen _gesultado nuestga empgesa_.

--Si no hay fuerza mayor, espero, seora, realizar mis propsitos.

El infante me pregunt si conoca al coronel Obregn.

--S; tengo un amigo militar que se llama as y vive en la misma calle
donde vive mi hermana, enfrente de su casa.

--En qu calle vive tu hermana?

--En la calle del Lobo.

--Pues es ese. Ese Obregn es mi secretario y mi apoderado. Maana, por
la maana, ir a verte, le entregas esta tarjeta y l te dar el dinero
que necesites para el viaje. Yo le hablar esta noche, cuando venga a
tomar la orden. En seguida que llegues a Barcelona, escrbeme. Salud a
los infantes y sal.

--As que maana va usted a recibir el dinero para el
viaje?--pregunt el ex claustrado a Aviraneta.

--S.

--Y en seguida se va usted?

--Nos vamos, amigo Chamizo. Nos vamos.

--Bueno; entonces har mis preparativos.




                                  II.

                            LAS INTENCIONES


CHAMIZO estuvo un momento en silencio. Luego dijo:

--Ahora, quiere usted explicarme, amigo Aviraneta, qu es lo que
quiere cada una de las personas que entran en este lo; por lo menos,
qu pretenden los infantes, qu desea Celia y qu desea usted?

--Amigo Chamizo, es usted muy poco poltico... Usted cree que las
gentes tienen un plan tan claro? No. Los infantes andan a ver si pescan
la Regencia, y si pudieran, el Trono... Celia quisiera ser dama de la
reina y elevar a Gamboa, como Mara Cristina eleva a Muoz. Yo quisiera
hacer la Revolucin y ser presidente del Consejo de Ministros.

--Bah! No tiene usted talla para eso. No tiene usted cultura.

Se ri don Eugenio y sigui fantaseando. Volvieron al centro y se
detuvieron delante de la sombrerera de Aspiroz.

--Bueno--dijo Aviraneta a Chamizo--, encrguese usted de los
pasaportes, billetes, equipajes, etctera. Maana, a las doce del da,
ir a su casa.

--Est bien; ahora mismo voy.

Mientrastanto, Aviraneta march a verse con Tilly y le cont la
conferencia que haba tenido con el infante don Francisco.

--Detalle ms o menos, estaba enterado de lo ocurrido--dijo Tilly.

--De verdad?

--S. Lo malo es que me parece que Zea est tambin enterado.

--Usted cree?

--Creo que s. Por si acaso no lleve usted ningn papel comprometedor
en su viaje a Barcelona.

--No pienso llevar nada.

--Y a qu va usted all? A trabajar en favor, o en contra?

--Yo, en contra. Los de la Isabelina no aceptan por nada del mundo la
solucin de la Regencia Triple.

--Bueno. Estaremos, aparentemente, en campos enemigos; yo trabajar a
favor.

--Por eso no reiremos.

Se despidieron y Aviraneta volvi a casa.

Como su memoria no era completamente segura hizo una combinacin
mnemotcnica con los nombres de las personas que tena que ver y sus
seas, y se invent un sistema de rayas y de puntos que encarg a su
patrona le bordara en un pauelo con hilo rojo, como una greca de
adorno.

En tanto, Chamizo termin los preparativos de viaje, y al anochecer
march a casa de Celia a contarle lo que ocurra y cmo iba a ir a
Barcelona. Ella felicit por su supuesta habilidad a don Venancio e
insisti para que influyera en Aviraneta y le quitara de la cabeza
toda idea de abandonar a los infantes. Celia pint al ex claustrado un
porvenir muy risueo.

Al da siguiente, por la maana, antes de la hora convenida, se
present Aviraneta en casa de Chamizo.

Vena de hablar con el coronel Obregn, el agente del infante don
Francisco, y con un tal Ros que le acompaaba, capitn de Urbanos, que
era preceptor de los hijos del conde de Parcent.

Este Ros afirm delante de don Eugenio que la Reina Mara Cristina era
en el fondo carlista, que crea que su cuado Carlos era el que tena
la razn y el derecho en la cuestin dinstica, y que estaba dispuesta
a entenderse con l. De aqu que la infanta Luisa Carlota y el infante
don Francisco quisieran compartir con ella la Regencia para impedirla
que hiciera traicin a los liberales.

Aviraneta cont esta versin a Chamizo.

--Qu le parece a usted?

--Qu s yo lo que habr de cierto en eso!

Aviraneta traa cinco mil pesetas: cuatro mil que le haba dado el
coronel Obregn de parte de los infantes, y mil Calvo de Rozas.

Guardaron tres mil pesetas en un rincn del armario de libros de don
Venancio y fueron a almorzar a la fonda de Genies, en compaa del
capitn Nogueras y de Salvador.

Salvador le explic a don Eugenio lo que deba hacer en Barcelona y a
qu personas deba ver.

Al medioda marcharon a la casa de postas de la calle de Carretas y
esperaron la diligencia.

Estaban all Olavarra y Calvo de Rozas. Aviraneta habl con ellos.
Luego se reuni con Chamizo.

--Sabe usted?--le dijo--. Esa invencin de la Regencia trina dicen que
ha nacido en Pars, entre los ntimos de Luis Felipe.

--As que usted va a trabajar en contra de ella?--le pregunt el ex
fraile.

--Ah! Claro. Los amigos me han dicho que debo ir a Barcelona cuanto
antes, no a secundar el movimiento, sino a impedirlo.

--Y ayer que nosotros hicimos el cuento de la lechera doa Celia y yo!

--Bah! Si una cosa no sale bien, otra saldr.

Se prepar la diligencia y don Eugenio y Chamizo montaron en ella.
Entraron despus en el coche un cannigo, una seora gorda con una nia
muy delgada, un matrimonio que iba a Zaragoza, un lechuguino de levitn
y unos tratantes en granos. Aviraneta se envolvi en la capa y cerr
los ojos. Chamizo sac un libro y se puso a leer. Era el da 10 de
enero de 1834.




                                 III.

                          AVIRANETA, DETENIDO


AL caer la tarde llegaron a Guadalajara, se detuvo la diligencia en el
parador de las Animas, fuera del pueblo; baj Chamizo, y al hacer lo
mismo don Eugenio, un seor de sombrero de copa y gabn esclavina, alto
y de bigote negro, levantando el bastn, grit:

--Seor Aviraneta. De orden de la reina queda usted preso.

Era el comisario de polica don Nicols de Luna.

Al lado de ste haba dos agentes y cuatro soldados de caballera.

Chamizo tembl pensando si a la detencin de Aviraneta seguira la
suya; pero no se ocuparon de l para nada. Mandaron subir a Aviraneta
a la habitacin del cuarto principal de la posada, una sala con una
alcoba; all le registraron la maleta y los bolsillos, le quitaron los
papeles, contaron el dinero que llevaba y se lo devolvi el jefe de
polica.

Este propuso a don Eugenio que se echase en la cama un par de horas,
si quera descansar, tiempo que tardaran en salir para otro punto.

Aviraneta entr en la alcoba y se tendi en la cama, mientras el
comisario de polica sac un tintero de cuerno y se puso a escribir un
oficio sobre un velador de la sala. Dobl los papeles de don Eugenio,
lacr el oficio, y llamando a uno de los agentes se lo entreg dndole
instrucciones verbales. El agente avis a los dos ordenanzas de
caballera y les dijo:

--Para el superintendente de polica de Madrid.

Chamizo, tranquilizado, viendo que no se ocupaban de l pens si podra
hacer algn servicio a Aviraneta sin comprometerse, y pas a la sala
dispuesto a decir al comisario que quera despedirse del preso.

Cuando entr vi que don Eugenio y el comisario se cambiaban seas y se
daban la mano. El ex claustrado pens que seran signos masnicos.

--Hola, padre Chamizo!--dijo al verle don Eugenio--. Qu piensa usted
hacer? Va usted a seguir a Barcelona o va a volverse a Madrid?

--Volver a Madrid.

--A no ser que quiera usted venir conmigo?

--Preso voluntariamente? No, no; no tengo nada que ver con sus enredos.

El comisario se ech a rer.

--Puede usted venir si quiere acompaando a don Eugenio--dijo--y
marcharse cuando le plazca. Por ahora no hay nada serio en contra del
seor Aviraneta.

--Nada, don Venancio--dijo don Eugenio--, seguir usted mi suerte de
testigo presencial.

Se encarg que buscara un coche a uno de los agentes, y poco despus se
detena una tartana delante del parador.

Entraron en el coche el comisario, Aviraneta y Chamizo; metieron sus
maletas y fueron escoltados durante una hora por tres individuos
armados.

El comisario don Nicols de Luna haba hecho, como sospech Chamizo,
signos masnicos de reconocimiento a Aviraneta, y al momento se
entendieron los dos.

Luna dijo que era un teniente coronel indefinido, sin paga, que haba
aceptado el cargo de polica para alimentar una familia numerosa. Se
notaba que el ser polica le pareca una cosa fea. El comisario tena
diez y seis hijos, y como su mujer no poda criarlos a todos, este
hombre terrible, que prenda a conspiradores y a ladrones, se levantaba
a media noche para dar un bibern a un chiquillo o una taza de leche a
otro.

--Y cmo me ha conocido usted tan pronto?--le pregunt Aviraneta, a
quien los detalles familiares no interesaban gran cosa--. No he hecho
mas que bajar delante del parador de Guadalajara y se ha venido usted a
m.

--Es que le conoca a usted de antes--contest Luna.

--A m?

--S.

--En dnde me ha visto usted? Yo apenas salgo de casa.

--En la antecmara del infante don Francisco, en compaa del seor
Garca Alonso.

--Ahora caigo. Usted es uno de los dos seores que estaban en la
antecmara.

--El mismo.

--Y el otro, quin era? El seor viejo, atildado, de pelo blanco?

--El otro era el ministro don Javier de Burgos.

--Y qu hacan ustedes all?

--Pues habamos ido, sencillamente, a conocerle a usted.

--No comprendo con qu objeto.

--Con el objeto de prenderle ahora--dijo Chamizo.

Luna se ech a rer.

--Tiene razn este seor--repuso.

--No veo la utilidad de prenderme a m--replic Aviraneta.

--La cosa, amigo Aviraneta, est muy turbia--dijo Luna--. Ustedes
parece que tienen una asociacin, que supongo que tendr relaciones con
la masonera. No es cierto?

--S, es cierto; pero ser una asociacin legal, y dentro de poco se
publicarn los Estatutos.

--Bien; esa asociacin ha mandado dos delegados a celebrar una
entrevista con don Javier de Burgos.

--Creo que se engaa usted, Luna.

--No me engao, porque yo mismo les he visto a esos seores.

--Quines eran?

--Don Lorenzo Calvo de Rozas y Romero Alpuente.

--Debe ser verdad, pero le juro que no lo saba. Y qu objeto tenan
estos seores al visitar a Burgos?

--Pues el objeto era pactar con Burgos para derribar a Zea Bermdez.
No se han puesto de acuerdo; le han amenazado a Burgos, y ste ha
comunicado las noticias a Zea, y los dos ministros han establecido, por
el momento, una alianza y me han llamado a m. En esto han sabido que
un delegado de la asociacin liberal iba a visitar a los infantes...

--Y por dnde lo han sabido?

--No s; pero ya comprender usted que en Palacio las paredes oyen. Al
saber esta noticia, hemos ido a la antecmara del infante y le hemos
conocido a usted, y por eso le he prendido en seguida.

Aviraneta call, entregado, sin duda, a sus reflexiones; call el
comisario y call tambin Chamizo. Marcharon as, en medio de la noche,
hasta llegar a Perales de Tajua.

Aqu se apearon en un mesn, y el comisario mand disponer un buen
almuerzo, comieron, charlaron y, poco despus, montaron de nuevo en el
carricoche.

--Adnde me lleva usted?--pregunt Aviraneta.

--Por ahora, a Aranjuez. All me darn nuevas rdenes.

Llegaron a Aranjuez, al medioda, y el comisario Luna condujo al preso
y a don Venancio a una fonda.

El ex fraile opin que se coma muy bien all. En la mesa estuvieron
los tres discutiendo de poltica, y fueron a pasear hasta el lago de
Ontgola.

A la vuelta, entraron en un caf, jugaron Aviraneta y el comisario al
billar, y despus de un rato de charla se acostaron. Al da siguiente,
por la maana, un soldado de caballera trajo un pliego para el
comisario. Luna lo abri y lo ley, y se lo di a Aviraneta para que lo
leyera.

El superintendente deca que, examinados los papeles del preso, no se
encontraba indicio alguno de culpabilidad; pero que, a pesar de esto,
no era prudente que dejaran a Aviraneta libre, por lo cual se ordenaba
al comisario que lo trasladara a las inmediaciones de Madrid, a uno
de los mesones del Puente de Toledo, tratndole en el trnsito con la
debida consideracin y respeto.

--Qu le parece a usted el oficio ste?--pregunt Aviraneta a Luna.

--Que le dejarn a usted en libertad.

--Es posible; pero habr que decir, como decan estos seores frailes,
que lo contrario es tambin probable.

--Nos sale usted ahora con el probabilismo?--exclam don Venancio--.
Ya me pareca que le encontraba a usted algo jesutico. Yo no soy
probabilista; yo creo que le llevarn a alguna plaza fortificada, que
es donde usted debe estar para curarse de su mana de meterse donde no
le llaman.

El comisario se ri, y Aviraneta dijo que siempre la mala intencin
haba sido peculiar de la gente de iglesia. Don Nicols de Luna alquil
una calesa, subieron los tres y marcharon camino de Madrid.

El calesero se llamaba de apodo el Lince, aunque no tena nada en su
fsico ni en su moral que justificara el apodo. El animal que tiraba de
la calesa era una yegua. El Lince a cada paso la deca:

--Bandolera! Bandolera! Maldita sea tu estampa! Que te metes en los
baches! Ay! Si me bajo... si me bajo... Bandolera!

Cuando la yegua marchaba bien, el Lince se pona a cantar una cancin
que entonces estaba muy en boga, y que comenzaba as:

      Iba un triste calesero
    por un camino cantando...

Y aburra hasta la yegua con el estribillo de

    Ay! tirana, tirana, tirana.

Salieron de Aranjuez despus de comer. Pronto notaron los viajeros que
la calesa avanzaba poco y que, a pesar de los latigazos y los gritos y
los Ay! tirana, tirana, tirana, del Lince, la Bandolera marchaba muy
mal. Estaba ya cansada, y haba en el camino mucho barro.




                                  IV.

                     CANDELAS EN EL MESN DEL CUCO


TOM la calesa la direccin de Valdemoro y llegaron los viajeros a
este pueblo con grandes fatigas, porque el camino se hallaba hecho un
lodazal. Entre Pinto y Valdemoro pasaron grandes apuros y tuvieron que
saltar muchas veces al suelo para desatrancar las ruedas. En Pinto
cenaron y se dirigieron a Villaverde. Cruzaron la aldea y siguieron
hacia Madrid.

Ya pareca que terminaban el viaje con bien cuando el carricoche se
par.

--Qu pasa?--dijo Luna.

--_Na_, que se nos han roto las correas--dijo el Lince.

--Hay que componerlas?

--Esto no lo compone ni Dios! Maldita sea mi estampa! Parece que no
ha llovido nunca! Voy a meter la yegua y el birlocho en este cobertizo.

--Y nosotros, qu hacemos?

--Tengo un paraguas grande. Se lo prestar. Pueden ustedes ir a Madrid.

--A cunta distancia estaremos?

--A media legua o a tres cuartos de legua del Puente de Toledo.

Abri el paraguas Luna, que era de esos rojos y grandes, y Aviraneta a
un lado y el ex claustrado al otro, fueron marchando por la carretera.

Al llegar frente a un corral con una casucha blanca, se detuvieron.

Se oa el rasguear de una guitarra. Luna y sus acompaantes escucharon.

Una voz cant:

      No camelo ser erai,
    que es cal mi nasimiento.
    No camelo ser erai,
    con ser cal me contento.

--Qu es esto?--dijo Chamizo.

--Es gitano--contest Luna.

--Qu quiere decir _erai_?

--Yo creo que quiere decir algo as como caballero.

El cantor enton otra copla:

      La filimicha est puesta,
    y en ella un chindobar
    pa mulabar una lendris
    que han enchantado estard.

--La horca est puesta y en ella el verdugo para matar una codorniz que
han hecho prisionera--tradujo Luna.

Aviraneta haba llamado.

Tardaron mucho en abrir.

--Quin es?--pregunt una voz.

--Unos viajeros.

Sali un muchacho con un candil.

--Aqu no hay _pos_--dijo--. Un poco ms lejos est el mesn del Cuco.

--La casa esta debe ser una guarida de ladrones y de gitanos--dijo
Luna--. He de venir a registrarla.

Siguieron marchando, metindose en el barro, a veces sin poder sacar
los pies, hasta que llegaron al mesn del Cuco. Empujaron el postigo,
cruzaron el portal y el patio y entraron en una cocina de planta baja
llena de arrieros, caleseros, aguadores y de otra gente desharrapada y
de malas trazas.

La mesonera acudi solcita al ver al inspector Luna y mand a la moza
que les llevara al primer piso.

Se quitaron los pantalones y las botas, cenaron en un cuarto del piso
principal, y como Chamizo no se hallaba vigilado, baj a la cocina
del mesn, grande y negra, en la que haba quince o veinte arrieros
esperando el yantar. Estuvo don Venancio contemplando la escena
pintoresca: la posadera, que guisaba en el fogn; las maritornes,
que iban y venan con mucho garbo, agitando los refajos de campana;
los arrieros de Andaluca, con sus calaeses; los de Toledo, con sus
sombreros anchos, y alguno que otro truhn desharrapado, con sombrero
de copa. Cogi el ex fraile un rincn a la lumbre y se calent los
pies. Sac una edicin antigua de _La vida del buscn_, que le haba
prestado Gallardo para el viaje, y se puso a leerla. Estaba en aquellas
atroces y brbaras escenas que describe Quevedo en casa del verdugo,
cuando le dieron en la manga.

--Mucho se divierte usted con la lectura, _cabayero_--le dijo un joven,
que estaba a su lado.

--S; es cierto.

Era el joven un muchacho de unos veinte aos, vestido de manolo,
chaquetilla torera, faja roja y pauelo en la cabeza. Chamizo crey
conocerle.

--Chist!--dijo el joven.

--Qu pasa?--pregunt el ex claustrado.

--Viene usted con don Eugenio?

--S.

--Vigilndole?

--No, no.

--Va usted preso?

--No.

--Es usted amigo suyo?

--S.

--Por qu le han _trincao_? Ha _berreao_ alguno?

Comprendi Chamizo que quera decir si alguno le haba denunciado, y
dijo que no saba, y cont rpidamente lo ocurrido. Pensaba que no
deba hacerlo, pero el joven aquel tena un aire de mando que impona.

Despus de escuchar la relacin, el joven dijo:

--Ahora va usted a subir a hablar con don Eugenio, estamos?

--Bueno. No hay inconveniente.

--Y le va usted a decir que aqu est Luis y su amigo con sus chavales.
Se ha _enterao_ usted?

--S.

--Y _na_ ms. El dar la consigna.

Subi Chamizo al cuarto de Aviraneta. No estaba Luna, y le di a don
Eugenio el encargo del joven.

--Dgale usted que no hay nada que hacer--contest Aviraneta.

Baj y se lo dijo al muchacho.

--Ms vale as--contest l--, porque don Nicols de Luna es un buen
hombre.

--Y qu pensaba usted hacer?--pregunt el ex fraile.

--Le hubiramos _atao_ al comisario y hubiramos _dejao_ libre a don
Eugenio. Nosotros las gastamos as.

--Ustedes? Quines son ustedes?

--Yo soy Candelas, y ese que est ah delante es Balseiro. No le quiero
molestar a usted ms, _cabayero_. Me _najo_. Muchachos, en marcha. Y
_sonsoniche_, amigo.

Y el ladrn le hizo una mueca amistosa y un guio expresivo.

Estaba Chamizo todava absorto, cuando Candelas y Balseiro
desaparecieron. Subi al cuarto que le haban destinado, y al ir a dar
las buenas noches a Aviraneta y al comisario, entr un guardia con
un pliego para Luna. Lo abri ste y lo ley. Se le deca que al da
siguiente, al amanecer, se le condujera a Aviraneta por las rondas
a la Puerta de Hierro, que all esperase la salida de la diligencia
para Valladolid, que pasara a las ocho de la maana. En la diligencia
habra un asiento de interior costeado por el Gobierno.

Se le metera a Aviraneta en el coche, entregndole un pasaporte para
Santiago de Compostela, y se encargara al mayoral que no permitiese
la salida del desterrado hasta llegar a Valladolid.

--Est usted como en libertad--dijo Luna--; nadie le impide a usted
volver de Valladolid a Madrid.

Durmi cada cual en su cuarto y por la maana dejaron el mesn del
Cuco. En una calesa fueron por el paseo de los Melanclicos y la
Florida hasta la Puerta de Hierro. Llegaron a las siete, una hora antes
de la diligencia, y tuvieron que esperar el paso del coche.

Entraron en un ventorrillo, el ventorro del Sordo dijo el comisario
Luna que se llamaba. Este ventorrillo tena un tinglado con buolera,
que en aquel momento estaba rebosando gente: hueveros, lecheros,
vendedores de caza y verduleros que tomaban el desayuno con buuelos o
churros y se preparaban a entrar en Madrid.

Se sentaron en el ventorro al lado de una ventana; pidi Luna
chocolate, y trajeron tazas limpias con bizcochos y buuelos, y vasos
de agua con azucarillo.

Desayunaron los tres con apetito. La hija del dueo del ventorro era
una moza muy guapa, pero muy brava, y Aviraneta y Luna la dirigieron
algunos requiebros, a los que ella contest con mucho desgarro.

--No podramos saber cmo se llama usted, nia?--la dijo Aviraneta.

--Para qu?--contest ella.

--Para guardar su nombre en el corazn.

--Bah! No vale la pena.

--Para usted no valdr la pena; para m, s.

--No es usted el que se tiene que marchar en la diligencia?

--S; porque me obligan; pero a la vuelta...

--A la vuelta lo venden tinto--dijo la muchacha volviendo la espalda.

A las ocho lleg la diligencia. Luna la mand parar, habl con el
mayoral e hizo que el desterrado subiese al coche.

--Bueno. Adis, seor Luna! Adis, don Venancio!--dijo alegremente
Aviraneta.

Parti el coche, y el comisario y Chamizo volvieron a Madrid en su
calesa. El comisario pregunt al ex claustrado de qu le conoca a
Aviraneta, y ste se lo dijo. El, a su vez, le interrog al polica
acerca de la Sociedad de los Isabelinos. Crea que era realmente una
Sociedad fuerte? Haba, en realidad, muchos afiliados?

Luna contest con vaguedades y circunloquios. Crea que la Isabelina
era una Sociedad poltica, de la que saldran probablemente ministros y
diputados.

Cuando Chamizo le habl de la Junta del Triple Sello, se ri. Dijo que
la masonera estaba sin fuerzas; que la Sociedad de los comuneros se
hallaba extinguida, y que, sumados todos los carbonarios que haba en
Madrid, no llegaran a tres.

--Encuentro que tienen ustedes bastante suavidad con los
conspiradores--le dijo despus Chamizo.

--Qu quiere usted?--repuso Luna con cierta sorna--. Los conspiradores
son un elemento de xito para los polticos. As, de cuando en cuando,
pueden nuestros ministros salvar a la Humanidad.

Llegaron a Madrid y Chamizo se despidi del comisario Luna.




                                  V.

                              LA LAGARTA


TRES das estuvo Chamizo sin salir, ocupado en sus trabajos. Al cuarto
da fu a casa del capitn Nogueras, a la calle de Toledo. Pregunt por
el capitn, y su patrona le dijo que acababa de salir con un pardillo
llegado del pueblo, y que crea que le encontrara en la tienda de
Concha la Lagarta, la prendera de la calle de los Estudios, enredada
con Nogueras. Fu Chamizo en busca de la prendera; la reconoci porque
tena como muestra una alambrera de brasero cubierta con una faldita,
que pareca un miriaque de pequeo tamao. Entr en la tienda, y la
criada de la Concha, la seora Ramona, le dijo que all no estaba el
capitn. Iba a marcharse, cuando Nogueras sali de la trastienda y
exclam:

--Hola, don Venancio! Pase usted; aqu hay un aldeano que dice que le
conoce.

--A m? Qu cosa ms rara!

Entr en la trastienda y se encontr con la Lagarta y con un campesino.
Vesta ste de chaqueta de pao pardo, calzones cortos de tela azul,
chaleco de florones y un sombrero de catite.

La trastienda estaba en la penumbra.

--No me conoce su paternidad?--dijo Aviraneta.

--Es usted?

--S.

--De dnde viene usted? De Valladolid?

--S, seor. Ha comido usted?

--No.

--Bueno; pues vamos a comer. Luego hemos de pensar en buscar una casa
tranquila donde yo pueda esconderme.

Se puso la mesa en la trastienda y se esper a que trajeran la comida,
que encargaron al caf de San Vicente, de la calle de Barrionuevo.

La tienda de la Lagarta era buena y estaba muy repleta de cosas
de valor. Haba muebles antiguos, armas de todas clases, espadas,
trabucos, estampas de colores, grandes manojos de llaves, montones de
bales, jarras de cobre, libros de coro, ropas, bordados, cacharros
de Talavera y chinos de porcelana, de los que mueven la cabeza. Haba
tambin varios relojes Imperio con damas, marineros y perros de latn
dorado, dentro de fanales. Lo mejor de toda la tienda, segn la
Lagarta, y lo que le pareca ms desagradable a Chamizo, fu una cabeza
de Cristo, con pelo de verdad, que estaba guardada en una caja de
cristal y colocada sobre un armario. Pareca una cabeza de muerto.

Concha la Lagarta era una mujer bajita, morena, con el pelo negro y la
cara adornada con rizos, sortijillas y lunares. Hubiera tenido gracia,
a no ser por su aire agresivo y displicente, que a Chamizo le disgust
en extremo, y por su manera de hablar dura y desgarrada.

La Lagarta tena una criada y un empleado que iba a comprar en las
casas y que vesta como un seor, un hombre de unos cincuenta aos,
flaco, seco, de bigote gris, a quien trataba muy speramente.

Mand la Lagarta a su empleado que estuviera en la tienda mientras ella
coma, y el seor se sent en una silla y se emboz en la capa, porque
haca fro.

Trajeron la comida y se sentaron la Lagarta y los tres hombres. La
seora Ramona serva la mesa. Se discuti de poltica. Concha era
liberal exaltada, partidaria de la degollina de los frailes y de los
carlistas. La seora Ramona, su criada, le atajaba diciendo:

--Calla, calla, que no sabes lo que te dices. Cuanto menos jaleos,
mejor; lo que es necesario es que todo el mundo viva en paz.

Despus de comer se habl del sitio donde podra esconderse Aviraneta,
y la seora Ramona dijo que conoca una casa de la calle de Embajadores
donde viva un militar que haba estado en Amrica, al que llamaban el
Aguilucho.

--El Ayacucho--dijo Nogueras.

--Eso es.

--Y va usted a ir as con ese traje de aldeano de teatro, tan
nuevo?--pregunt Chamizo--. Le van a conocer que est usted disfrazado.

--Tiene usted razn--murmur Aviraneta--, y en ningn lado mejor que
aqu para disfrazarse.

--Quiere usted un traje de cura, don Eugenio?--pregunt la Lagarta.

--Venga.

La Lagarta tom una horquilla y descolg de una percha unos hbitos.
Aviraneta, con cierta protesta de Chamizo, se visti de sotana, se ech
encima el manteo, se coloc la teja, y estaba tan en carcter, que el
mismo Chamizo reconoci que no poda estar mejor.

Se mand traer un calesn de la plaza de la Cebada, y Chamizo le
acompa a Aviraneta a su nuevo domicilio.

A los cuatro o cinco das le encontr ste a Nogueras.

--Qu hay de don Eugenio?--le pregunt--. Sigue en su rincn?

--Ca, hombre! Le han pasado grandes peripecias.

--Pues? Qu le ha pasado?

--Al da siguiente de llegar a la calle de Embajadores se encuentra con
la polica en la casa. Iban a prender a un ayacucho que parece que es
un truhn. Se meten de noche en el cuarto de don Eugenio mientras est
en la cama, y le dicen:

--No tenga usted miedo, caballero. Contra usted no va nada. Vamos a
prender al pillastre que vive aqu al lado.

Aviraneta oye la voz del comisario Luna, que grita:

--Que nadie salga de casa.

Aviraneta piensa con rabia que Luna se va a rer de l y se le ocurre
un disparate maysculo. Se viste con sus hbitos, coge su maleta, abre
la ventana, y por una viga a la altura de un cuarto piso cruza un
patio; se encuentra al final un balcn abierto, lo salta y se ve en
una casa desconocida y cerrada. Don Eugenio debi pasar unas horas muy
malas. Por la maana intenta salir y se tropieza con una seora que le
dice: No es aqu, padre. Es arriba. Sin duda, en el piso de arriba
haba un enfermo grave. Aviraneta baja corriendo las escaleras y se
presenta en mi casa.

--Y ahora, dnde est?--pregunt Chamizo.

--Le hemos encontrado una casa magnfica de un paisano mo, Ambrosio de
Hazas, en la calle de Cedaceros, tres y cinco. Hazas est en su pueblo,
y en su habitacin vive ahora doa Lorenza Caveda, que es el ama de
llaves, y la hermana de ste. No diga usted a nadie dnde se esconde.

--No tenga usted cuidado.

Dejando la cuestin Aviraneta, Nogueras habl de poltica con su aire
de insecto sabio:

--La cosa est muy obscura y de mal aspecto--dijo--; debe haber
diferencias entre la infanta Carlota y la Reina Cristina; las dos han
querido disponer de Zea y de Javier de Burgos, y andan a la grea;
estas divisiones se han exagerado con las cartas publicadas por los
generales Quesada y Llauder, y tiene que venir una crisis.




                             LIBRO SPTIMO

                           VIEJAS INTRIGAS Y
                          NUEVOS INTRIGANTES




                                  I.

                          MARTNEZ DE LA ROSA


UNOS das ms tarde del fracasado viaje de Aviraneta y del padre
Chamizo se presentaba Mansilla en casa de Tilly y le deca:

--Vstete al momento, joven nmero Uno.

--Qu pasa?

--Tenemos reunin en casa de los Carrascos.

--Pues qu ocurre de nuevo?

--La Reina Cristina parece que est dispuesta a prescindir de Zea
Bermdez y a retirarle su confianza. Se va a discutir en casa de
los Carrascos quin va a ser el sustituto de Zea, discusin de pura
frmula, porque todos estamos en el secreto de que ser Martnez de la
Rosa.

--T ests en buenas relaciones con l?

--En magnficas. Don Francisco es muy amigo mo. Yo le digo que no debe
dejar de ser poeta, que ante todo l es poeta, y esto le halaga mucho.
En la primera vacante me hace obispo.

--Y de los amigos, no le has hablado?

--S, hombre, le he hablado de ti; te conoce. Es un chico con aire muy
fino; lo haremos diplomtico, dice.

--Muchas gracias!

--Si le he hablado hasta del mismo Aviraneta! Del nmero Uno, Dos y
Tres del primer Tringulo del Centro.

--Y qu ha dicho?

--Que no tiene escrpulo ninguno en verse con l. Que en Espaa es
indispensable echar mano del hombre de talento en donde se le encuentre.

--Muy bien. Vamos a ver si nuestro Tringulo asciende en categora.

Marcharon el cura Mansilla y Tilly a casa de los hermanos Carrascos,
que se hallaba llena de personajes amigos de la Reina Cristina y de
alguno que otro isabelino de los menos intransigentes.

Haba en el saln hasta veinte o treinta personas.

Donoso Corts dijo, en un discurso elocuente, que la reina, convencida
de la impopularidad de Zea Bermdez, haba pensado en sustiturle en
la Presidencia del Consejo de Ministros por algn otro poltico ms
simptico a los elementos liberales.

Aadi que l, los hermanos Carrascos y algunos otros, consultados por
Su Majestad, haban dicho que el ms indicado les pareca don Francisco
Martnez de la Rosa.

Los cristinos, al or este nombre, aplaudieron con entusiasmo, y uno
de los isabelinos que se encontraban all, el conde de las Navas, dijo
que era indispensable que Martnez de la Rosa ofreciese restablecer la
Constitucin de 1812 y convocar las Cortes.

La proposicin produjo cierta perplejidad; entonces pidi la palabra
Mansilla, y de una manera muy diplomtica, y haciendo alarde de
liberalismo, dijo que, como toda obra del tiempo, la Constitucin de
Cdiz tena sus errores de perspectiva, y que no le pareca prudente el
exigir que se proclamase ntegra la Constitucin de 1812, pues poda
modificarse y hacerse con ella un Cdigo ms oportuno, progresivo y
liberal.

La mayora de los cristinos fu de la misma opinin, y se llam
entonces a don Francisco Martnez de la Rosa, que estaba en otro cuarto
y que, al entrar en la sala, fu aclamado. Martnez de la Rosa prometi
que cumplira los deseos de los patriotas.

Al momento, Donoso Corts y uno de los Carrascos marcharon en coche a
Palacio, y trajeron a la reunin la palabra de la reina de que aceptaba
la destitucin de Zea, y el nombramiento de Martnez de la Rosa.

Mansilla y Tilly le felicitaron, y el poeta granadino les di a
entender que no les olvidara.

La entrada de Martnez de la Rosa en el Poder produjo, al principio,
gran satisfaccin entre los liberales, que creyeron que haba llegado
definitivamente su hora.

Pronto se vi que no haba tal cosa; la poltica, naturalmente, no
cambi, y los procedimientos de los ministros fueron los de siempre;
una nube de policas comenz a espiar, no precisamente a los carlistas,
sino a los liberales.

Los de la Isabelina se decidieron a ayudar a que se consolidasen
las antiguas sociedades secretas. El hermano Beraza tom la paleta
simblica y se dispuso a levantar las columnas del templo masnico; se
nombr gran maestre de la Orden a Prez de Tudela, y jefes del Gran
Oriente a Calatrava, San Miguel y otros varios. Calvo de Rozas tom
la direccin de los comuneros, y Aviraneta con Gonzlez Bravo intent
nutrir las ventas carbonarias de los Europeos Reformados.

Martnez de la Rosa deriv sin proponrselo hacia la reaccin como los
anteriores gobernantes, no porque l quisiera ser reaccionario, sino
porque todo Poder lo es.

Se deca que su poltica se discuta y se decretaba en un gran
consistorio de abates afrancesados, como Miano, Lista, Hermosilla y
Reinoso; que despus de resueltas las cuestiones pasaban los Pirineos,
llegaban a Pars y all reciban la suprema sancin de Guizot, el rey
de los doctrinarios.

De este consistorio de abates naci, segn unos, la idea de
confeccionar una especie de carta como la de Luis XVIII en Francia, que
fuera una Constitucin en pequeo.

A los dos o tres meses de entrar en el Poder Martnez de la Rosa, los
liberales eran tan enemigos de l como de Zea Bermdez.




                                  II.

                        EL SECRETO DEL ENVIADO
                             DE BARCELONA


DAS despus de su llegada, el padre Chamizo fu a casa de Celia; le
cont su viaje y la detencin de Aviraneta, aunque no le dijo que don
Eugenio haba vuelto y que estaba escondido en una casa de la calle de
Cedaceros.

Como a Aviraneta no le convena que nadie le visitase, pues por las
visitas podan dar con su escondrijo, Chamizo no fu a verle a su nueva
casa.

Poco tiempo despus tom las tres mil pesetas que haba dejado
Aviraneta en la biblioteca del ex claustrado y se las entreg a su
hermana. Don Eugenio le escribi una carta dndole las gracias,
acusando recibo de la cantidad, y le envi una caja de turrn.

Un da de mucho fro, a fines del mes de enero, Chamizo se encontr a
Nogueras en la Puerta del Sol y le detuvo.

--Tiene usted prisa?--le pregunt el capitn.

--No.

--Quiere usted venir conmigo al Caf Nuevo?

--Vamos.

Fueron all, se metieron en un rincn y le dijo Nogueras:

--Sabe usted que acaban de detener a Salvador, el enviado de Barcelona?

--En dnde?

--En el patio de Correos.

--Y por qu? Se sabe?

--No. Estaba con l en el patio de Correos, y mientras yo miraba las
listas y l recoga una porcin de cartas, un comisario de polica con
dos agentes le ha prendido. Ha llamado a la guardia, que ha venido con
cuatro soldados, y se lo han llevado. He ido yo tras ellos. Han cruzado
la Puerta del Sol y han entrado en una casa de la calle de Preciados,
cerca del callejn de Rompelanzas. En esta casa, que es de huspedes,
vive Salvador. He pasado por delante de la puerta, donde haba un
agente. Este agente era de los nuestros, un tal Nebot, afiliado a la
Isabelina. Capitn, no se detenga usted--me ha dicho--. Vaya usted al
Caf Nuevo y espere usted all. Cuando acabe el servicio ir a contarle
lo que ha ocurrido. Y estoy esperando a que venga.

Aguardaron en el caf un par de horas el ex claustrado y el capitn,
hasta que entr el agente. Nogueras se levant y el polica se acerc a
l.

--Qu ha pasado?

--Pues nada--dijo Nebot, el agente--; llegamos a la calle de Preciados
custodiando a Salvador; la tropa se qued en la calle y subimos al piso
principal el comisario don Nicols de Luna, Salvador, cuatro celadores
y yo. Don Nicols arrest al ama de la casa y a la criada. Di orden
tambin de que si alguien llamaba a la campanilla se le detuviese.
Nuestro jefe pidi a Salvador la llave de un bal grande que tena en
su alcoba, sac de dentro una infinidad de papeles, hizo un inventario
y firm l, Salvador y nosotros dos. Se registr despus el cuarto, los
libros y la ropa, y como no se encontr nada, se puso en libertad al
ama y a la criada, tomando a las dos sus nombres. Luego el comisario
mand bajar a Salvador a la calle, y escoltado por nosotros, los cuatro
celadores y la tropa, lo llevamos a la Crcel de Corte. Don Nicols di
la orden al alcaide para que pusiera al preso incomunicado, y concluda
la faena he venido aqu.

--Qu tal se ha portado Salvador?--pregunt Nogueras--. Estaba sereno?

--No; nada de eso. Estaba muy plido, y en la Crcel de Corte, cuando
le dijeron que le llevaban al calabozo, se puso tan amarillo que
cremos que le daba algo.

Nogueras felicit al agente por su gestin y cuando se march le dijo a
Chamizo, con su aire grave y de suficiencia:

--Voy a visitar a los primates del partido a ver si hacemos algo
por ese pobre Salvador. Le han debido coger algunos documentos
comprometedores. Es un revolucionario terrible.

Nogueras tom su capa y su chambergo y se march del caf.

--Al da siguiente el ex claustrado estuvo en casa de Celia, donde
se habl de Salvador. Se deca all que ste era un republicano, un
carbonario, un bebedor de sangre, que haba venido con una misin
secreta de Barcelona para los clubs de Madrid, y que lo iba a pasar muy
mal.

Chamizo se acord de la Junta del Triple Sello, de que algunos hablaban
con gran misterio.

Por curiosidad y por saber qu ocurra, fu Chamizo a casa de Nogueras
y a la tienda de la Lagarta; pero no lo encontr. Una semana ms tarde
vi al capitn, que estaba en el Caf Nuevo, y se acerc a l.

--Qu hay de Salvador?--le dijo.

--Calle usted, hombre! Calle usted!--exclam Nogueras--. Qu chasco!

--Pues, qu pasa?

--No sabe usted?

--Nada.

--Pues que ha resultado que era un espa, un agente de Zea Bermdez. Ya
est en libertad.

--Es extraordinario! Y cmo se ha averiguado eso?

--Ver usted. Cuando yo di la noticia de que haban preso a Salvador,
se reuni el Directorio de la Isabelina y se habl de la manera
de protegerle, y se decidi que sera conveniente ir a ver al
superintendente de polica don Fermn Gil de Linares. Romero Alpuente,
que le conoce, fu a visitar a Linares y le habl del asunto. Linares
se present en la Crcel de Corte, hizo que llamaran a Salvador y le
tom declaracin. Salvador declar que era un agente de Zea Bermdez,
que estaba en la corte para desbaratar un plan revolucionario que se
fraguaba al mismo tiempo en Madrid y en Barcelona por los isabelinos,
en el que estaban complicados la infanta Luisa Carlota y su marido,
el conde de Parcent, el general Llauder, el general Palafox, Calvo de
Rozas, Aviraneta y todos nosotros. Linares se qued asombrado. Consult
en seguida con el ministro, y Martnez de la Rosa di orden de que
dejaran a Salvador en libertad. Figrese usted el asombro de Romero
Alpuente cuando fu como hombre bueno y se encontr acusado. El buen
seor vino ms amarillo y ms feo que nunca a relatar lo ocurrido.

--Qu enredos!--exclam Chamizo.

--S; est todo tan revuelto que ya no se va uno a poder fiar ni de su
sombra.

--El mejor da va a resultar que todos ustedes son agentes de Don
Carlos.

--No; eso no--dijo Nogueras, que no comprenda las bromas.

--Bien, pero algo parecido.

--Mire usted el papel que han publicado los nuestros.

Y Nogueras le di al ex claustrado una hoja escrita.

En este papel se contaba la historia de Salvador; una historia de
espionaje y traiciones. Se deca que en 1823, siendo oficial del
regimiento de Lusitania, se pas a los facciosos con parte de su
compaa; que poco despus estuvo de emisario del Gobierno realista con
el objeto de espiar a los patriotas en Gibraltar y a los presos en los
pontones de Lisboa, Barcelona y Marsella.

Se aseguraba tambin que haba sido amigo de Regato; agente de
Calomarde para sus juegos de Bolsa e intrigas polticas, y uno de
los espas de Gonzlez Moreno cuando el fusilamiento de Torrijos.
Ultimamente haba entrado al servicio de Zea como confidente para
conocer los proyectos de los liberales y denunciarlos. Se afirmaba
tambin que tena una Sociedad secreta en Barcelona, donde maniobraba
l con sus agentes provocadores.

Tras de esta hoja de servicios se ponan en el papel las seas
personales de Salvador y la casa donde viva en Madrid.

La lectura de la hoja en el Caf Nuevo indujo a algunos exaltados a
castigar al espa dndole una paliza, y a otros chuscos se les ocurri
alquilar una murga e ir a cantar el oficio de difuntos delante de los
balcones de casa de Salvador.

La polica se enter del proyecto y mand a la calle de Preciados un
piquete de caballera que dispers a la multitud, que ya empezaba a
reunirse en la esquina del callejn de Rompelanzas.

Un mes ms tarde, Chamizo vi a Salvador, que sala de la iglesia de
Montserrat de la calle Ancha con una mujer del brazo, los dos con un
aire muy mstico.

Chamizo le conoci e hizo como que no le vea. Por las pesquisas de
Nogueras y sus amigos se averigu que viva en la calle de Silva,
entrando por la plaza de Santo Domingo, a mano derecha, cerca del
callejn del Perro, en el nmero 12, casa que era del Sello Real de
la Corte, donde haba vivido mucho tiempo Regato. De Madrid, Salvador
sali para Cdiz, y de Cdiz se le envi a Filipinas con alguna misin
del Gobierno.




                                 III.

                            MALOS PRESAGIOS


LA primavera de 1834 fu para Chamizo poco agradable. Como la Sociedad
Isabelina, dirigida por Aviraneta y dems compadres, era ya tan
conocida, el ex fraile no se atreva a visitar a Nogueras y a los otros
amigos.

Comenz a dar lecciones de latn y de francs; pero no sacaba bastante
para vivir. Gallardo le proporcion alguno que otro trabajillo ms; con
todo su presupuesto se desnivelaba. Doa Puri, la patrona, le deca que
no se apurara.

A casa de Celia comenz a dejar de ir. Haba en la familia un grave
disgusto, que supona el ex claustrado provena de las relaciones de
Celia y Gamboa.

Pregunt por ste varias veces, y por las contestaciones ambiguas que
recibi comprendi que en l radicaba la causa del malestar.

El ltimo da que Chamizo comi a gusto en Madrid fu el da de
Carnaval. Chamizo se encontr a Gamboa, a Nogueras y a Gamundi en
compaa de un paisano. A ste le presentaron como un ayudante del
general Mina, llamado Francisco Civat.

Civat era cataln, carbonario y antiguo guardia de Corps. Era un
hombretn, con el pecho saliente, un poco tosco, con una franqueza
exagerada para ser sincera. Tena la nariz gruesa, la cara juanetuda,
los ojos claros y el pelo rojizo. Se manifestaba gastador, rumboso,
hombre expeditivo, que no admita dificultades ni dilaciones en sus
proyectos. Civat era jugador y tena fiebre de dinero y de placeres.

Iba todo este grupo a comer a la fonda de Genies y le invitaron a
Chamizo a acompaarle. Los oficiales jvenes marchaban al da siguiente
a Navarra a batirse con los carlistas. Gamboa asegur que no tardara
en reunrseles. El ex claustrado les envidi, porque estaban contentos
de su suerte y se auguraban grandes venturas.

En la comida, Nogueras y Gamboa tuvieron la mala ocurrencia de discutir
de poltica. La entrada de Martnez de la Rosa en el Poder no haba
satisfecho a los isabelinos. Antes de que el Ministerio del poeta
granadino hiciera algo, ya estaban todos diciendo que era un pastelero
y les dara un mico.

Nogueras exager su malevolencia contra el nuevo presidente, llamndole
con su pedantera habitual el coplero, el poetastro, Rosita la
pastelera...

Gamboa, que se hallaba irritado y nervioso, asegur que los isabelinos
no deban echar a nadie en cara su inaccin, porque ellos eran los ms
intiles y los ms incapaces de todo.

--No puedes decir eso--exclam Nogueras--. Estamos todava organizando
la gente, tenemos ya cinco legiones en Madrid y ramificaciones por toda
Espaa.

--A m no me vengas con historias--replic Gamboa--. Tus isabelinos
no son mas que unos ambiciosos como todos los dems que ansan ser
ministros. En el momento en que creamos que vena el absolutismo por
el estilo del de Calomarde, les ofrecemos sublevarnos, echarnos a la
calle, y nos dicen: No, no; es necesario contemporizar, esperar...

--Cundo ha sido eso?--pregunt Nogueras.

--Cundo? Cuando la reunin de los liberales en la calle del Arenal.
Urbina y yo hablamos a Aviraneta en el caf de Levante, y l estaba
dispuesto. Esperamos, porque as dijeron los santones, y ahora resulta
que no debemos esperar ni contemporizar... Todo porque no le quieren
hacer ministro a ese brbaro de Calvo de Rozas, ni a ese momia ridcula
de Romero Alpuente...

--Ests exaltado--dijo Nogueras.

--No, no estoy exaltado; estoy cansado de intrigas y de tonteras. As
que cuando me digan a la guerra, voy a ir ms contento que unas pascuas.

El ex guardia de Corps Civat, con acento cataln, dijo que no se
podan hacer las cosas tan pronto como se queran; que haba que tener
paciencia y perseverar en todo.

Concluyeron de comer; los dos oficiales jvenes se fueron por un lado;
Nogueras y Civat, por otro, y Chamizo le acompa a Gamboa un rato.

--Este Nogueras es un pobre iluso--dijo Gamboa.

--El piojo sabio, como le llama Aviraneta.

--S; ahora ya cree que ese Civat lo va a resolver todo. Para l Civat
es un Robespierre. Lo mismo le pas con Salvador.

--Ya no vive usted con su to?--le pregunt Chamizo.

--No; ya no vivo con l. A ltima hora le ha dado por ser celoso.
Chifladuras de viejo.

--Dnde vive usted?

--En casa de una seora muy simptica, que es algo parienta de mi to.
Esta seora tiene una sobrina joven y tenemos nuestros conciertos;
solemos tocar: ella, la guitarra, y yo, la flauta. Vaya usted algn
da. Vivo en la calle de San Justo, encima de una cerera que hay
frente a la iglesia.

Chamizo fu a la tienda una vez y volvi con frecuencia.

La cerera estaba en una casita pequea de un piso, con un alero
saliente, dos balcones con los cristales pequeos y emplomados, y un
escaparate lleno de cirios, velas de colores, rojas y amarillas; otras,
adornadas con papel rizado, cerillas y pastillas de chocolate.

La duea de la cerera era una mujer flaca, acartonada; su sobrina
Pilar era una muchacha simptica.

Chamizo, el primer da que fu a la cerera, oy a Pilar y a Gamboa, y
comprendi que el militar estaba muy entusiasmado con la muchacha, y
que sta coqueteaba con l.

Chamizo fu invitado a tomar chocolate, y volvi principalmente por
matar el hambre.




                             LIBRO OCTAVO

                       LAS DESILUSIONES DE CELIA




                                  I.

                          UNA MUJER ROMNTICA


EN la primavera de 1834 apareci en Madrid Margarita Tilly con su
marido Sampau a pasar una temporada. Tena tres nios pequeos.

Margarita convid a comer en casa de los padres de su marido a su
hermano Jorge, a Fidalgo, a Blanca, la camarista de Palacio, y a
Aviraneta.

De sobremesa se habl mucho de Celia, que haca das estaba algo
enferma y retrada.

--Yo creo que est, ms que nada, descontenta--dijo Tilly.

--Y por qu?--pregunt su hermana Margarita--. No vive bien? No
tiene un pequeo crculo de adoradores?

--S; pero tiene ese egocentrismo de todas las mujeres, que les hace
querer que el mundo entero gire alrededor de ellas.

--Ya est mi hermano definiendo--exclam Margarita con irona.

--Es la verdad. Todas vosotras exigs ser el centro del mundo, al
menos de vuestro mundo, y no queris que nadie se distraiga en los
alrededores.

--Bah! Y ustedes?--pregunt Blanca Fidalgo.

--No tanto. Al menos nosotros aceptamos que el punto central de la
vida sea una idea: la Poltica, la Literatura, la Ciencia... Ustedes,
no; ustedes tienen el amor del pequeo crculo, y Celia ms que nadie.
Nuestra amiga deseara que no pudiramos ser felices sus ntimos mas
que por su intermedio, y ella nos distribuira la felicidad. Ella
quisiera ser el nudo de su tertulia, el cerebro o la mdula espinal.

--Yo no comprendo por qu Celia est tan descontenta--dijo Margarita--.
Vive bien, el marido la mima, tiene una sociedad agradable....

--Todo eso no es obstculo para que se aburra--interrumpi Tilly.

--No ha debido tener nunca entusiasmo por su marido--dijo Aviraneta.

--Nunca. Ahora que don Narciso est enfermo es cuando se ocupa con
inters de l--dijo Fidalgo--. Antes era cosa conocida. Le tena usted
a Celia con su marido, y bostezaba, se pona triste; vena Gamboa o uno
de ustedes, y Celia renaca, estaba viva, ingeniosa, perspicaz; pero se
marchaban todos, y entonces Celia decaa y comenzaba a bostezar y se le
pona como un velo en los ojos.

--Es una romntica--dijo Fidalgo.

--Hoy as se llaman estas mujeres--salt Aviraneta--. Maana se
encontrar que los temperamentos de esta clase tienen el cerebro con
ms fsforo o los nervios con ms electricidad que la normal.

--Qu materialista es don Eugenio!--exclam Margarita--. Yo no creo
que Celia es una mujer arrebatada.

--Ca!--dijo Blanca Fidalgo--. Celia es una mujer fra, sin arrebatos,
con una coquetera puramente de cabeza; quiere tener a Gamboa a su lado
sin soltar prenda, y esto es muy difcil.

--Segunda edicin de madame Recamier--dijo Tilly.

--Yo creo que Celia est esperando a que se muera su marido para
casarse con el sobrino--dijo Blanca, con la mala voluntad natural de
una mujer para otra--. Es muy lagarta.

--Y l cmo es?--pregunt Margarita.

--Gamboa? Es un guapo muchacho--dijo Blanca.

--Es un hombre impulsivo... poco inteligente--aadi Tilly.

--Hombre lleno de ideas exageradas sobre la honra--agreg Aviraneta--,
enemigo de todo lo extranjero, enemigo de lo irregular, serio, formal,
en fin, un tipo vulgar como todo el mundo.

--Y le quiere a Celia?

--S, le quiere a su manera, a la manera corriente--dijo Blanca
Fidalgo, riendo.

--El cree que el amor es el amor--afirm Tilly--, y no quiere aceptar
los tiquis miquis sentimentales de madama Celia.

--Es que usted los aceptara?

--Qu s yo! Segn.

--Es que algunos dicen que ya los va usted aceptando--repuso con
malicia la camarista--, y que usted y el secretario de lord Villiers
son rivales.

--Pues se engaan los que eso dicen--contest Tilly--. Entre Celia y
yo no hay mas que una buena amistad; yo le comprendo a ella y ella me
comprende a m. Aqu don Eugenio es tambin amigo suyo.

--Entre nosotros hay siempre cierta reserva--repuso Aviraneta--. Entre
usted y ella, no.

--Pues nos miramos ms como dos hermanos que como un hombre y una mujer
que pueden ser por cualquier contingencia amantes--repuso Tilly.

--Ahora s, porque est usted muy flaco--dijo Aviraneta,
sarcsticamente--; ms adelante ya veremos.

--Ya est con su materialismo terrible don Eugenio--exclam Margarita.

--Yo creo que no hay que hacer mucho caso de Jorge--replic Blanca--.
Es un jesuta, hipocritn, quiere despistarnos.

--Ca! Si mi hermano est ahora enamorado--dijo Margarita--de una chica
modosita, un poco pava...

--Ah! Claro. Es el tipo que les gusta a los calaveras
arrepentidos--salt Blanca.

Tilly se encogi de hombros.

--Y usted conoce a Celia desde hace tiempo?--pregunt Aviraneta a la
hermana de Tilly.

--Desde la infancia. Celia es hija de un diplomtico del tiempo de Jos
Bonaparte y Fernando VII. Su padre era un realista. Celia se educ
conmigo en Pars, en un colegio. Era entonces una chica muy religiosa:
haba tratado vendeanos y chuanes. Cuando yo la conoc tena el culto
de Juana de Arco y Mara Antonieta. El pensar en el nio del Temple
le haca llorar a lgrima viva. Morir por el Papa y por el Rey era
su sueo dorado. Luchar contra los impos hubiera sido su gloria.
De nia, Celia, muy bonita, muy mimada, muy animosa, tom parte en
concilibulos realistas. Las monjas exaltaron en nosotras el misticismo
y el sentimiento monrquico. Cuando la intervencin del duque de
Angulema, Celia bord una bandera para los Dragones de la Fe, con unas
flores de lis. Celia era muy inteligente y ganaba los premios en todas
las clases. A los diez y seis aos, cuando yo tena ocho, su padre la
sac del colegio. Tiempo despus la volv a ver; haba tenido unos
amores desgraciados con un joven e iba a casarse con el que es ahora su
marido. Entonces haba cambiado de ideas: era poetisa, escriba versos
y aprenda a tocar el arpa. Ahora la veo en compaa de usted, metida a
liberal y no s si a carbonaria.

--Es una mujer interesante y de talento. No cabe duda--dijo Aviraneta.

--Este mundo fro y algo montono en que vivimos todos, ella lo
desprecia profundamente--agreg Margarita.

--Por eso me es a m simptica--dijo Tilly--. Ese desprecio por la
vulgaridad corriente est muy bien.

--No comprende mi pobre Celia--sigui diciendo Margarita--que esas
cosas que ella desdea son las ms esenciales, y para la mayora de
las mujeres el hacer todos los das lo mismo tiene grandes encantos.
Ella aspira a las cosas extraordinarias y le gustara vivir en herona;
yo creo que sera capaz de subir al patbulo con valor.

--Y yo que supona que la candidata a herona era usted!--exclam
Aviraneta.

--Y lo dice como quien hace un reproche!--salt Margarita riendo.

--Y tiene razn--dijo Tilly.

--S; yo pareca de soltera un poco loca--aadi Margarita--; pero mi
aficin ha sido la casa. La vida, un poco rara, que haba hecho me
haba dado unos gustos aparatosos; pero mis inclinaciones eran otras.

Se discuti largamente en la comida el carcter y el temperamento de
Celia y el de Gamboa. Los hombres encontraban ms inteligente y ms
espiritual a Celia que a Gamboa; pero les pareca lgica la actitud de
Gamboa; en cambio, Blanca Fidalgo encontraba ms bueno a Gamboa que a
Celia y supona que Celia haca bien al tener siempre a distancia a
Gamboa.




                                  II.

                          LOS AMORES DE CELIA


PAQUITO Gamboa era un buen muchacho, sin malicia, hurfano de
madre y de unas excelentes condiciones. De familia de posicin y
con influencias, hubiera prosperado en seguida; pero la casualidad
le llev, en 1823, cuando era teniente y tena veintin aos, al
cuerpo que mandaba el coronel De Pablo, en Alicante, y despus de la
capitulacin de esta ciudad fu llevado a Francia. De hallarse en
Espaa le hubiera sido fcil conseguir la purificacin por una junta
militar; pero como su padre era realista fantico y hombre autoritario
y dspota, le crey liberal, y en vez de favorecerle le dijo que no
interpondra su influencia mientras no abjurara de sus ideas. Gamboa
se prometi no pedir proteccin a su padre ni a su familia. De Francia
pas a Inglaterra, porque sin motivo alguno senta ms simpata por
los ingleses que por los franceses. Tena algn dinero de su madre,
encontr un destino en Londres y se dedic a vivir y a vestir con
elegancia.

A los cinco o seis aos de vida londinense y de estar hecho un
_sportman_, se encontr con su to don Narciso Ruiz de Heredia,
diplomtico, que iba de secretario a la Embajada de Londres.

Don Narciso haca pocos aos que acababa de casarse con Celia, y era
un hombre de cierta edad, muy amable y servicial. Al llegar a Londres
temi que se le presentara su sobrino, a quien pensaba encontrrselo
derrotado, sucio y exaltado; pero al verle pulcro, atildado,
indiferente en cuestiones polticas y hecho un _dandy_, le recibi con
gran afecto.

Celia acogi al sobrino de su marido con una afabilidad y una
coquetera disimulada, que hicieron de Gamboa un esclavo suyo.

Celia cautiv a la colonia espaola de Londres, donde tuvo grandes
admiradores. Teresa Mancha, amante y despus mujer de Espronceda,
rivalizaba con ella en la colonia espaola; pero la mayora de la gente
reconoca que Celia estaba a mayor altura. Celia era muy inteligente.
Senta entusiasmo por todas las cosas nobles, estaba siempre dispuesta
a hacer algo grande. Con su mirada brillante, su actitud decidida,
cautivaba a todos. De Londres, don Narciso Ruiz de Heredia fu enviado
de embajador al Vaticano, y Celia hizo que Paquito fuera purificado,
ascendiera a capitn y entrara como agregado en el personal de la
Embajada.

En Roma hicieron Celia y Gamboa una vida esplndida de paseos, de
fiestas. Era el caballero _servente_ de la embajadora, honorario,
porque no pasaba de ah.

Celia era una mujer de mediana estatura y de una esbeltez de muchacha
soltera. Tena los ojos claros, de un tono de seda, unos ojos muy
humanos, y el pelo, castao; no haba en ella ninguna solemnidad en sus
actitudes; siempre se manifestaba natural y espontnea.

Celia conquistaba a la gente; tena una voz que no era de timbre claro,
pero que cautivaba por su acento de simpata. Los que la conocan la
reprochaban su versatilidad. Olvidaba a sus cautivos con una rapidez
notable. Se cansaba de sus amistades. Gamboa estaba acostumbrado a
verla amable y afectuosa con una persona y a los dos o tres das orla
decir de la misma:

--Qu tipo ms fastidioso, ms pesado!

No recordaba que muchas veces era ella la que haba rogado al importuno
que fuera a su casa.

Al llegar a Espaa, Paquito Gamboa estaba para ascender a comandante.
En Madrid fu ascendido y destinado al Ministerio de Estado.

Paquito Gamboa, mientras vivi en el extranjero, no sinti con tanta
fuerza como en Espaa la situacin falsa en que se encontraba con
respecto a Celia; aqu, un tanto humillado, quiso aclarar la situacin.
Celia intent tratarle como a un chico, darle largas, enternecerle;
Gamboa se convenci; pero cuando cay en la cuenta de que ella jugaba
con l, su amor propio ofendido se exacerb, le entr una profunda
clera y decidi romper de cualquier manera con Celia.




                                 III.

                       LA SOBRINA DE DON NARCISO


UN da don Narciso Ruiz de Heredia recibi una carta annima. En ella
le decan que su mujer era la amante de su sobrino Paquito Gamboa y
que la correspondencia de ste la guardaba Celia en un vargueo de la
sala. Don Narciso registr el vargueo y no encontr nada, pero este
resultado no le tranquiliz; por el contrario, pensando y pensando en
lo mismo lleg a creer que lo que le denunciaban era verdad.

Don Narciso estaba enfermo y no tena energas para provocar una
explicacin categrica con su mujer; lo que hizo fu vigilarla y
prepararle celadas para ver si la descubra.

Poco despus comenz a tranquilizarse, y comprendi que si haba
simpata entre los dos, no haban llegado al captulo de las
realidades. Entonces emprendi la tarea de alejar a su sobrino de su
lado.

No quera reir con Celia, pues si lo haca no iba a tener quien le
cuidase; constantemente la peda que no se apartase de su lado y que
le leyera algo.

Celia atenda a su marido; pero como no tena una naturaleza fuerte,
pronto comenz ella a languidecer y a ponerse enferma.

Haba das en que estaba desencajada, nerviosa, impertinente; en que
se le pona la cara roja por las malas digestiones y padeca grandes
jaquecas.

En vista del estado lnguido de Celia, don Narciso dijo que se poda
hacer venir una sobrina lejana suya, de Burgos, para que les cuidara a
los dos. Celia acept la entrada en su casa de una mujer joven, no sin
cierta preocupacin.

Pilar Heredia, la sobrina de su marido, se present unos das despus
en casa. Era una muchacha servicial, simptica, sin ninguna pretensin
de superioridad, incansable en su cargo de enfermera.

Los caracteres de Celia y Pilar contrastaban fuertemente.

Celia era distinguida, aristocrtica, amable con todo el mundo, pero
con un fondo de desdn. Pilar, popular, franca, nada aristocrtica. No
poda llamrsele bonita, pero s fresca y sana; tena la cara un poco
basta, vulgar; los ojos, negros.

Esta muchacha contaba con otros parientes en Madrid, dueos de una
cerera de la calle del Sacramento, enfrente de la iglesia de San Justo.

Desde el momento de llegar a Madrid, Pilar se dispuso a luchar
contra Celia y decidi arrebatarle a Gamboa. Celia, confiada en su
superioridad, no not al principio la maniobra. Su marido se iba
agravando y esto le ocasionaba muchos cuidados.

Celia estaba cada vez ms abatida, ms llena de preocupaciones.

Gamboa haba llegado a sentir por ella despego y cansancio.

Un da, al entrar en el comedor, Celia vi a Gamboa que estaba besando
a Pilar. Celia los mir casi sin darse cuenta y no les dijo nada.
Pilar y Gamboa contemplaron a Celia como a una intrusa, sin sentirse
cohibidos ni avergonzados. Ella lleg en su descaro hasta rerse.

Celia tuvo una explicacin con Pilar y le advirti que tena que
volverse a Burgos.

Pilar accedi, al parecer; pero en vez de marcharse a su pueblo se
qued en la cerera de sus tos de la calle del Sacramento.

Una semana despus Gamboa le indic a Celia que la polica le andaba
buscando y que iba a esconderse en casa del capitn Nogueras.

--Bien; vete--exclam Celia--. Me quedar sola.

Don Narciso segua cada vez ms grave. Celia le cuidaba nicamente. Los
amigos iban a verla. Un da que fu Margarita Tilly, le dijo Celia:

--Tengo un miedo!

--Miedo de qu?

--Miedo de todo. No duermo, no tengo ganas de comer.

Don Narciso empeor y muri. El mismo da Celia recibi una carta de
Gamboa dicindole que todava no poda salir de su escondrijo. Una
semana despus Celia supo por Blanca Fidalgo que Gamboa se haba casado
con Pilar en la iglesia de San Justo.

--Es imposible!--exclam ella.

La cosa no era slo posible, sino que era cierta. Celia pareci no
sentirlo tanto como ella misma lo hubiera pensado. Quince das despus
de la muerte de su marido, Celia march a Cdiz, y de Cdiz, a Npoles.
A los dos meses, desde aqu le escribi una carta a Gamboa recordndole
la vida pasada, dicindole que fuera a reunirse con ella. La carta la
recibi Pilar; su marido haba ido a la guerra y acababa de morir en la
accin de Muez. Pilar le escribi a Celia dndole muchos detalles de la
muerte de Gamboa, y al ao se volvi a casar. Celia volvi poco despus
a Madrid y se entreg de lleno a la iglesia.




                             LIBRO NOVENO

                          EL MOMENTO TRGICO




                                  I.

                       EL DESPECHO DE AVIRANETA


ALGUNAS maanas de primavera y de verano, el padre Chamizo sola ir al
Retiro a pasear, y se sentaba en un banco a leer un libro, generalmente
en griego.

Un da, al entrar por el parterre, se encontr a Aviraneta hablando con
una mujer, por su aspecto ya vieja. Aviraneta estaba elegante: vesta
levita obscura, chaleco de terciopelo y corbata negra.

El padre Chamizo hizo como que no le vea, y sigui marchando por una
avenida; pero poco despus se lo encontr de nuevo y se tuvo que parar.

--Amigo don Eugenio--le dijo Chamizo--, parece que nos dedicamos al
amor.

--Hombre, no. Esta seora es una antigua patrona ma; adems, yo estoy
un poco viejo para eso--replic Aviraneta.

--Todava, no. Todava puede usted casarse.

--Bah! Con esta vida que uno hace, qu mujer va a querer cargar con
uno?

--S, eso es verdad; tendra usted que dejar sus costumbres de
conspirador.

--Usted cree que un conspirador tiene costumbres?

--No s; no tengo experiencia en eso. Y qu tal va la
Isabelina?--pregunt Chamizo.

--Ahora estamos entregados a un tal Civat, amigo de Palafox--dijo
Aviraneta con sorna--. Lo que dice este seor parece la Biblia al
general y a sus amigos. Andan todos faroleando por esas calles y
hablando ms de lo que deban.

Aviraneta afirm que la poltica de los liberales llevaba mal camino.

--Tenemos una organizacin grande--dijo--; pero no contamos con hombres
de accin: mucho charlatn y nada ms. No existe el sentido del
herosmo y del sacrificio. Esta gente es incapaz de poner su nombre
y su vida en una empresa. No hay un revolucionario de verdad. Yo me
ofrec a serlo; tarea difcil: exiga primero un voto de confianza y
poderes omnmodos, responsabilidad nica en el xito o en el fracaso.
Pronto vi que con estos seores no se va a ninguna parte. Se trata
de una medida de prudencia? Todo el mundo dice: Para qu estas
precauciones? Se intenta una medida de energa?: Eso es una locura.
Hay la suspicacia de la tontera. No vamos a hacer nada; lo siento,
lo veo. Los militares quieren la guerra civil para ascender y algunos
para enriquecerse; los oradores buscan una tribuna donde lucirse, y el
pueblo, al que hemos estado excitando y pinchando, har el mejor da
una barbaridad, que ser una estupidez, pero que ser algo.

--Vaya una confianza que tiene usted en el pueblo!

--El pueblo necesita cabeza y no tenemos una cabeza, no hay un hombre.
Todos estos seores de la Isabelina no valen nada.

--Excepcin de usted, don Eugenio.

--Es la nica excepcin; por eso me temen, por eso no quieren dejarme
dirigir de verdad los asuntos. Dicen que soy un loco, un Don Quijote.

--Pero adems de los isabelinos hay otros liberales--dijo Chamizo--.
Mendizbal...

--Bah! Mendizbal es un hombre inteligente, segn parece, muy
entendido en cuestiones de hacienda, pero nada ms.

--Y Alcal Galiano?

--Es un pedante y un reaccionario en el fondo.

--Y Argelles?

--Es un figurn respetable.

--Y don Fermn Caballero?

--Muy buen escritor, segn dicen, muy cuco, que se ha hecho propietario
gracias a Calomarde, hombre capaz de hacer un artculo muy castizo y
muy punzante, pero para sacar el pecho fuera no sirve.

--Y Toreno?

--Reaccionario tambin y palabrero.

--Y entre los militares?

--Entre los militares hay jvenes valientes, pero tornadizos; no se
puede contar con ellos. Mina est muy viejo y enfermo; Palarea no
sirve; Valds, tampoco.

--As que les falta a ustedes el hombre?

--Nos falta el hombre.

--Pues me alegro.

--No, pues no se debe usted alegrar, amigo Chamizo. Una revolucin
dirigida podra quiz no ser muy sanguinaria. Una tendencia
revolucionaria sin direccin ni organizacin ser mucho peor. Como le
digo a usted, el mejor da el pueblo har una barbaridad grande.

--Ustedes tendrn la culpa.

--Tanto como ustedes y como todos. No vamos a vivir constantemente como
menores de edad, cosidos a las faldas de la Iglesia.

--Por lo menos sera mas cmodo, don Eugenio.

--S, ms cmodo; pero sera la vileza y el desbarajuste. Porque
ustedes tambin han perdido sus condiciones de mando, convnzanse.
Ustedes ya no sirven... Otra cosa: Usted no podra guardarme unos
papeles, don Venancio?

--Si usted quiere, s; pero no creo que mi casa sea un sitio seguro;
porque la polica, empezando por el comisario Luna, sabe que somos
amigos.

--Es verdad. Tiene usted razn.

Siguieron paseando un rato, hasta que Aviraneta vi a lo lejos que se
acercaba Tilly.

--Ah viene Tilly, a quien he citado.

--Ah!, s; Tilly. Le conozco.

--Tengo que darle un encargo.

Se despidi Chamizo de Aviraneta, y ste se reuni con Tilly.

--Qu pasa, don Eugenio?--pregunt Tilly.

--Pasa que el da veinticuatro de este mes vamos a tener jolgorio,
iniciado por los isabelinos.

--Eso se dice.

--Todo el mundo lo sabe. Hay un ministerio en proyecto. Hum! Yo me
temo que el Gobierno est enterado y que me van a prender.

--Y qu ha pensado usted?

--Como yo no puedo moverme de la casa en donde estoy sin que me acusen
de traidor, he pensado poner a buen recaudo algunos papeles. Yo
quisiera que usted los guardara, y, si me prenden, yo le indicar lo
que tiene usted que hacer con ellos.

--Muy bien.

--No tiene usted inconveniente?

--Ninguno.

--Entonces esta seora, que vive en la calle de Segovia, le entregar
mis papeles cuando vaya usted por ellos. He hecho que vengan ustedes
aqu los dos para que se conozcan respectivamente. Ya recordar usted
la cara de este seor, doa Nacimiento?

--S, s; la cara de este joven no es de las que se olvidan.

Tilly se inclin sonriente.

--Cundo va usted a ir a casa de doa Nacimiento?--pregunt Aviraneta.

--Cuando usted quiera. Si quiere usted, maana mismo.

--Bueno; me parece bien.

Se march la antigua patrona de Aviraneta, y quedaron solos ste y
Tilly.

--Qu hace Mansilla?--pregunt Aviraneta.

--Parece que le dan un alto cargo en el Tribunal de la Rota, y cuando
haya vacante le hacen obispo.

--Diablo! El nmero Dos marcha viento en popa. Y usted?

--A m me quieren enviar de secretario a la Embajada de Viena; pero yo
prefiero quedarme aqu y ver de ser diputado. Usted qu hace?

--Yo, en casa. El Gobierno ha lanzado a la calle una nube de polizontes
que espan por todas partes, y hay que ocultarse.

--Creo que hace usted bien.

--Se dice que sus amigos de usted, los cristinos, se ponen contra
Martnez de la Rosa.

--S--contest riendo Tilly--. Rosita, la pastelera, parece que ha
jugado una mala pasada al partido. Se dice que a Donoso Corts y a los
Carrascos les ha cerrado la puerta de la cmara de la reina.

--Cmo estarn!

--Bufando. Dispuestos a echarse a la calle. Parece que vamos a tener
jaleo.

--S, yo tambin lo sospecho; por eso quiero que me guarde usted esos
documentos. Me temo que estos das me prendan. Si me prendieran, yo le
avisar para que publique usted en Francia, si no es posible en Espaa,
algunos de ellos. No los pierda usted. Pngalos en sitio seguro; en
ello est mi defensa.

--No tenga usted cuidado.

--Dnde los va usted a guardar?

--Lo estudiar. En esa Casa del Jardn no me parece conveniente. Ya
debe haber alguien que sepa nuestra amistad.

--S. Es muy probable.

--En casa de mi hermana, tampoco. Yo estudiar el sitio y se lo
indicar a usted.

--Adis, nmero Uno!

--Adis, nmero Tres!

Al da siguiente, Tilly recoga de la casa de la calle de Segovia los
papeles de don Eugenio.




                                  II.

                            EL 17 DE JULIO


A principios de julio comenz a extenderse el clera en Madrid. Supuso
Chamizo que en un pueblo poco limpio producira la enfermedad un gran
estrago, y, efectivamente, lo produjo.

Se decidi el ex fraile a no salir de casa mas que lo necesario para
no presenciar horribles escenas. Como iban faltndole los medios de
vida escribi a Bayona y a Burdeos para ver si poda volver, y le
contestaron dndole esperanzas.

En Madrid la epidemia haba desarrollado un individualismo terrible; el
que poda se escapaba; el que no, se meta en un rincn.

Los ricos abandonaban la ciudad poco a poco. Unicamente los polticos
parecan no ocuparse de la epidemia y seguan intrigando como si tal
cosa.

Chamizo sola ir con frecuencia a la biblioteca de San Isidro a copiar
documentos. Era amigo del rector del Colegio de Jesutas, el padre
Puyal.

Un da de julio, el 17, en que haca un calor horrible, Chamizo sali
de casa y fu a media tarde en direccin de San Isidro, con la idea de
pasar unas horas en la biblioteca del colegio.

Se cruz varias veces con curas llevando el vitico, que iban a las
casas de los moribundos, y con carromatos cargados de cadveres, pues
no haba bastantes coches fnebres en la ciudad; tantas eran las
defunciones. En la Puerta del Sol vi Chamizo gente de mal aspecto
formando grupos que hablaban y vociferaban. Se acerc a los corrillos
y oy que decan que haba habido muchos muertos por el clera aquella
maana. Otros hablaban de la insurreccin carlista, que se corra
por Espaa como un reguero de plvora. Supuso el ex fraile que estas
noticias seran la causa de la agitacin de la multitud y avanz a la
Plaza Mayor. Desde aqu, calle de Toledo abajo, haba un batalln de
milicianos.

--Qu pasa?--pregunt el ex fraile a un sargento de urbanos.

--Que la gente ha hecho una degollina de frailes en San
Isidro--contest el sargento con petulancia, atusndose el bigote--. Se
lo merecen.

--Y por qu?

--Porque estn impulsando al carlismo. Los carlistas, que estaban
escondidos en los conventos, han salido, disfrazados de frailes, a
reunirse con Merino.

--Si no fuera mas que eso!--dijo otro miliciano.

--Pues? Hay algo ms?

--Que estn echando cosas malas en el agua.

--Bah!

--Se les ha visto envenenando las fuentes con unos polvos.

Chamizo qued horrorizado con la noticia.

--Qu absurdos se pueden creer--pens--cuando se tiene la idea de
la propia inferioridad, como la tiene el pueblo! Para qu va nadie
a envenenar las fuentes? Qu objeto se puede tener para matar a los
dems? Qu locura! Qu absurdo!

Empujado por los curiosos avanz Chamizo por la calle de Toledo
abajo. Subieron en direccin contraria un grupo de hombres, mujeres y
chiquillos desharrapados, manchados de sangre, caras huraas, gente
frentica, gritando, con espuma en la boca. Entre ellos iban busconas
pintarrajeadas y dueas de las mancebas con sacos llenos de botn.
Algunos hombres iban armados con fusiles, con la bayoneta calada;
otros, con navajas, palos y martillos, y a manera de trofeo arrastraban
ornamentos de iglesia. Al frente marchaba un hombre joven, fuerte,
rojo, con la melena encrespada, sudoroso, manchado de sangre, con una
pistola en la mano. Tena algo de lobo.

Uno de los del tropel era Romn, el Terrible, el hijo del seor Martn
el librero, y llevaba con aire de fiera una bayoneta atada a un palo.

En la esquina de la calle de Toledo y la de los Estudios haba un
montn de ropas, muebles, libros, cuadros, tirados desde el Colegio
de San Isidro, todo ennegrecido por el fuego. Los milicianos hacan
la guardia como si su nica misin fuera vigilar estos objetos, y
mientrastanto se segua asesinando y se arrojaban desde las ventanas
una porcin de cosas a la calle y se les pegaba fuego, con gran
algazara y aplausos.

Al poco rato apareci el joven fuerte, rojo, a gritar, a dar rdenes.

--Quin es?--pregunt Chamizo.

No le conoca nadie.

A la puerta de la prendera de la calle de los Estudios estaba Concha
la Lagarta en medio de un grupo de gente.

--Han hecho bien--gritaba con voz aguda--; que los maten a todos.
Canallas! Envenenadores! No se deba dejar uno vivo. Por ellos pasa
lo que est pasando; por ellos est toda Espaa llena de carlistas.
Hasta que no se quemen todos los conventos y no se desuelle a todos los
frailes no habr aqu paz.

Chamizo la oa absorto. La criada de la Lagarta, la seora Ramona, se
acerc al ex fraile.

--Ve usted esa fiera? Est como loca. Jess! Jess! Dios mo! Qu
cosas tenemos que ver!

La seora Ramona le dijo a Chamizo que en los claustros de San Isidro
haba frailes muertos, asesinados, en las ms extraas posturas.

La gente no manifestaba la menor compasin. Das antes se confesaran
con ellos como buenos catlicos; das despus se arrodillaran ante una
procesin. En aquel momento los mataban sin piedad. Setenta y tantos
haban degollado. As es el pueblo, cruel y tornadizo como un nio.

Al anochecer vi Chamizo que entraba un carro en el portal del colegio;
segn dijeron las gentes lo iban a llenar de cadveres de frailes.

Al aparecer la carreta de nuevo y ponerse en marcha, la multitud se
puso a aullar y a bailar alrededor, gritando con furia: Mueran los
frailes!

All tambin andaba el hombre rojo de la melena encrespada, con su
pistola en la mano y su aire de matn fiero.

Chamizo vi o crey ver una mano de un muerto que sala del carro.

El ex claustrado estaba completamente trastornado. Subi la calle de
Toledo y tom por la Concepcin Jernima. Unos chicos haban hecho un
monigote de paja, y, despus de envolverle con un hbito de fraile, lo
arrastraban por el suelo cantando el _Himno de Riego_. Unas busconas,
con antorchas encendidas, les precedan.

Como la marea que entra en la ra fangosa y empuja a la superficie
todos los detritos podridos, los perros y los gatos muertos con el
vientre inflado, as estas aguas, desbordadas del odio popular, haban
sacado a flote lo ms pobre, lo ms msero y lo ms encanallado de la
urbe.

--De dnde proceda tanto furor?--se preguntaba Chamizo--. No era
esta gente en su mayora creyente? Tenan alguna idea? Ninguna. Su
plan era matar, destrur, quemar, por rabia, por desesperacin. En
estos momentos de tumulto, de confusin, de histeria sanguinaria,
quin es de los que van entre la masa que tiene conciencia?

Le hubiera gustado al ex claustrado hablar con alguno. Entr en el
caf de la Fontana de Oro. All los oradores peroraban; a cada paso
llegaban chiquillos andrajosos, seoritos plidos, elegantes, manchados
de sangre, y se les aplauda y se les estrechaba la mano dndoles la
enhorabuena.

La noche fu horrorosa de calor, de inquietud. Se oyeron campanas,
tiros, gritos y quejas en la vecindad... Chamizo no pudo conciliar
el sueo. Aquellos fantasmas hrridos vistos en el da bailaban una
terrible zarabanda ante sus ojos, y el hombre con su melena roja
encrespada, su aire de mastn y su pistola en la mano, se le presentaba
a cada paso y hasta le pareca que le estaba oyendo hablar.




                                 III.

                       LA ACUSACIN DEL JESUTA


AL da siguiente se hallaba don Venancio tan rendido, que decidi
quedarse en la cama.

Una semana despus, estaba por la maana dormitando cuando oy que
entraba alguien en su cuarto.

--Quin es?--pregunt.

--Soy yo.

Era el jesuta, el padre Jacinto, que al principio de su estancia en
Madrid iba a visitarle con frecuencia. Vena vestido de paisano.

Sin ms prembulos comenz a perorar y a decirle que la horrible
matanza de los das anteriores se haba verificado por su culpa.

--Cmo por mi culpa?--dijo Chamizo--. Usted est loco!

--S; por su culpa. Porque usted conoca a los criminales que han
dirigido este complot horroroso y estaba usted obligado a vigilarles.
Sobre su cabeza caern estos crmenes abominables.

El jesuta hablaba descompuesto. La serenidad de Chamizo le
tranquiliz. Le dijo ste que no crea que fuera verdad que sus amigos
antiguos hubieran ordenado la matanza, y expuso sus razones. Aunque as
fuera, l no poda conocer los designios de los liberales, porque haca
mucho tiempo que no se trataba con ellos.

El padre Jacinto afirm que s, que eran los isabelinos y los
carbonarios los inductores de la matanza, y que l tena la prueba, por
la confesin de un nacional. Se saba, adems, que algunas personas se
haban dirigido al Ministerio de la Gobernacin y avisado al capitn
Narvez, que estaba de guardia, lo que pasaba en los conventos, y
Narvez haba dicho:

--Mientras no me manden, no voy.

--Es que los estn matando--le replicaron.

--Pues que los maten; por m pueden no dejar uno.

Otros militares isabelinos haban tenido, segn el jesuta, una
idntica actitud.

--Pero si quiere usted convencerse venga usted conmigo a casa de ese
nacional que yo conozco--concluy diciendo el padre Jacinto.

--Muy bien. Voy con usted.

Se visti Chamizo y marcharon juntos.

En el camino, el jesuta le cont varias cosas. Segn l, la matanza
de frailes la haba decidido la Junta del Triple Sello, asociacin
satnica formada por masones, isabelinos y carbonarios, pero dirigida
principalmente por stos. Para dar la seal de la matanza elevaron un
meteoro, un globo de luz que brill misteriosamente en el aire durante
algn tiempo la noche anterior al da de los saqueos y muertes.

Esta historia del meteoro le pareca a Chamizo una fantasa ridcula y
absurda, pero no dijo nada.




                                  IV.

                       LA TA SINFO Y GASPARITO


CRUZARON el jesuta y el ex claustrado la Puerta del Sol, y de aqu,
por la calle Mayor y la de Toledo, fueron a los Barrios Bajos. El padre
Jacinto quera ir a la calle del Carnero; pero no recordaba bien el
camino. Entraron en la de la Ruda, materialmente llena de una multitud
andrajosa que se detena en los puestos de verdura y de pescado. De
aqu pasaron a la calle de las Velas y se detuvieron en una tienda
donde vendan galpagos. Pregunt el jesuta por la calle del Carnero,
y le indicaron que bajara por otra estrecha, llamada de la Chopa.
Se metieron en sta y se encontraron con unas viejas prostitutas,
gordas y con los pellejos colgando, pintadas, y con la colilla en la
boca, que salieron de los portales y les quisieron arrastrar a sus
madrigueras. Una de las viejas tena una pierna de palo y fumaban un
puro. El jesuta y don Venancio se desasieron de tan horribles furias,
y salieron a la calle del Carnero. Todo aquel barrio era infame,
miserable; tena un aire de aduar africano, sucio, quemado por el
sol. El empedrado, de pedruscos de punta, estaba lleno de agujeros y
de baches, y stos, llenos de basura. Deambulaban por all mendigos,
lisiados, chiquillos hticos y lacrosos y mujeres harapientas con los
ojos inflamados. Haba en la calle dos o tres casas de dormir, y en un
balcn de un piso bajo, una cabeza de mujer, de cartn, con los ojos
brillantes y los pelos alborotados, que era la muestra de una peinadora.

La casa que buscaba el padre Jacinto era una casucha miserable,
leprosa, con las paredes desconchadas y adornada con colgaduras de toda
clase de harapos.

--Hay que preguntar aqu enfrente--dijo el jesuta sealando una
cacharrera.

Era la tienda un rincn con un escaparate de cristales, compuestos
por mil parches de papeles mugrientos. Todo el gnero del comercio se
reduca a unas cazuelas, unos botijos, unas nueces, unas frutas, unos
caramelos de color y unas cometas de papel.

--Estar la seora Sinforosa?--pregunt el padre Jacinto.

--La echadora de cartas? S. Hace un momento que ha entrado.

--Bueno, vamos.

Entraron en un corredor muy largo y muy mal oliente, por el que corra
una alcantarilla abierta; al final del corredor haba un patio lleno de
cosas sucias, y en este patio, una escalera que conduca a una galera
medio derruda, con cinco o seis puertas negras de mugre y llenas de
letreros. La ltima puerta, pintada primitivamente de rojo, era la de
la seora Sinforosa.

Subieron a la galera; el curita llam y apareci la vieja. Era una
mujer horrible, con la tez amarillenta y verrugosa, los ojos claros,
el labio inferior colgante, y la nariz como un pico, roja, como si
la hubieran quitado la piel. Tena la ta Sinfo el cuello muy corto,
la cabeza muy metida entre los hombros, una peluca de dos colores y
una mirada brillante, llena de sagacidad y de malicia, que lanzaba de
abajo arriba. Aquella mirada aguda, cnica, de sus ojos claros, pareca
que iba derecha a descubrir la cantidad de esencia de cerdo que cada
persona guarda en el alma.

La ta Sinfo tena una sonrisa tan falsa y tan obsequiosa, que daba
miedo.

El jesuta explic a la vieja que quera ver a su hijo Gasparito, el
Nacional.

--Gasparito!--dijo la ta Sinfo--. Est malo.

--No ser obstculo para hablar un momento con l.

--Ya ver--dijo la ta Sinfo--. Entrar a verle, a preguntarle si
quiere hablar con ustedes. Esprenme ustedes aqu.

Entr ella y volvi al poco rato con un aire hipcrita y resignado.

--Qu dice?--pregunt el jesuta.

--Dice que est muy dbil. Ahora, claro, no trabaja, porque el taller
donde trabajaba est cerrado por el clera, y estamos muertos de
hambre. Si ustedes pudieran darnos para comprar medicinas y un poco de
carne!

El jesuta, a regaadientes, sac un duro, y Chamizo, una peseta.

--Y no le podremos ver?

--S; si le da un _acidente_ y se pone a hablar, entran ustedes
conmigo; pero no le digan ustedes nada. Ha dicho el mdico que no se le
hable.

Esperaron un momento el padre Jacinto y el ex fraile, y en uno de stos
la ta Sinfo les dijo:

--Vengan ustedes. Est hablando.

Pasaron a un tabuco, en donde haba un hombre joven tendido en una
cama. Tena los ojos en blanco y deliraba por lo bajo. Chamizo le oy
decir:

--Una!... dos!... tres!... Adelante, nacionales!... Adelante!...
A la taberna de Balseiro... Aqu estn Candelas... Paco el Sastre...
la ta Matafrailes... Hay que matar a todos los frailes... Yo, no...
Yo, no... Quin lo manda?... La Junta del Triple Sello... Ah est
el escrito... Yo, no... Yo, no... Vamos! Vamos!... Ha aparecido el
meteoro... El meteoro... Cmo brilla!... Los estn matando... Qu
horror! Qu horror!... Les estn cortando la cabeza... Ja..., ja...,
ja...

Despus de esta carcajada violenta, Gasparito dej de agitarse en la
cama y qued, al parecer, en reposo. Luego comenz de nuevo a delirar.

Al principio, Chamizo no se fij mas que en el hombre enfermo; pero
cuando dej ste de delirar ech una mirada al tabuco donde se
encontraba. Era, en grotesco, un rincn de brujera medieval. En
aquel momento el escenario no estaba preparado. Los clientes de la
ta Sinfo llegaban, sin duda, ms tarde. De una ventana pequea,
con los cristales emplomados y compuestos con trozos de peridico,
entraba una claridad turbia. El cuarto tena colgaduras negras. En un
rincn se vea una mesita con un tapete, tambin negro, y encima, una
calavera, un libro y unas cartas; en la ventana, una jaula de caa con
una gallina negra, y al lado, en una cazuela, un sapo grande con los
ojos brillantes. Del techo colgaba un pequeo caimn disecado, sin
duda comprado en el Rastro, y en un aparador apareca una botella de
aguardiente. Chamizo se di cuenta de todo.

Dentro del abandono se notaba bienestar. Las mantas de la cama eran
buenas.

--Estas brujeras deben dar dinero--se dijo.

--Quieren ustedes que les eche las cartas?--pregunt la ta Sinfo.

El jesuta di un respingo.

--No, no; muchas gracias.

Se despidieron de la ta Sinfo y salieron a la galera.

--No dudar usted?--dijo el jesuta a Chamizo--. Este muchacho, en el
estado que se encuentra, no habla con malicia.

--S, es cierto.

Bajaron las escaleras y salieron a la calle del Carnero. Chamizo iba
muy mal impresionado.

--Qu va usted a hacer?--dijo el padre Jacinto.

--Ya ver.

En esto, una suela de zapato empapada en barro pas como una exhalacin
por encima de la cabeza de los dos eclesisticos y di en una pared,
llenndoles de barro. Se volvieron y oyeron risas, y vieron varios
chicos y mujeres cogiendo piedras.

--Son frailes disfrazados. Fuera! Fuera!--les gritaron.

Chamizo y el jesuta echaron a correr, cada uno por su lado...

Chamizo pas varios das pensando en qu habra de verdad en la
confesin de Gasparito, y como le preocupaba el asunto y le impeda
tener la imaginacin libre para pensar en otras cosas, decidi aclarar
el misterio.

Fu a ver al polica don Nicols de Luna y le explic la duda en que se
encontraba.

--Es falso, completamente falso--dijo el comisario--. No ha habido tal
Junta del Triple Sello. Leyendas que han echado a volar los realistas.
Lo que ha sucedido, sencillamente, es que la mayora de los que han
ido a saquear los conventos y a matar frailes han sido cristinos e
isabelinos que estaban armados.

--Pero usted no cree que haya habido rdenes expresas de los
isabelinos o de algunos otros?

--Ca, hombre! No ve usted que este movimiento no les conviene; por el
contrario, les perjudica? Si hay instigadores ocultos, que no creo, ms
bien sern realistas que liberales.

--Realistas?

--S, que estn agazapados y que quieran desacreditar el liberalismo
madrileo.

--Y de eso del meteoro? Qu habr de cierto?

--Qu meteoro?

--Eso que dicen que ha habido; un globo o una cometa con una luz que ha
dado la seal para la matanza de frailes.

--Todo eso no es mas que fantasa...; es tan verdad como que el alma
de Fernando VII aparece en El Escorial; como que los jesutas estn
envenenando las fuentes, y como que ha aparecido una virgen en un
tejado de Lavapis, fantasa popular.

--As que usted no cree que los carbonarios hayan intervenido?

--Si son cuatro gatos que no los conoce nadie! Usted vera el da de
la matanza que el pueblo entero era el que estaba en la calle.

--S, es verdad.

Le di Chamizo las gracias al comisario, y al despedirse de l, Luna le
dijo:

--Me parece que le vamos a echar el guante a don Eugenio un da de
estos.

--Pues, por qu?

--Tienen un movimiento preparado para el da veinticuatro. Corre
por ah su proyecto de Constitucin, que lo han hecho entre Flrez
Estrada y Olavarra, y la lista de los que sern ministros, todo el
mundo lo sabe. Por eso le digo a usted que no creo que sean ellos los
instigadores de la matanza de frailes. Esto les ha debido venir muy
mal.




                                  V.

                            EL SANTO NEGRO


LAS palabras del comisario Luna hicieron vacilar a Chamizo. Sali del
despacho del polica y se volvi a casa. Se encontraba en un mar de
dudas. Iba examinando la cuestin en todos sus aspectos y no lograba
salir de sus confusiones.

--Me voy a lanzar a ver si averiguo algo--se dijo.

Por la noche, envuelto en una capa vieja, se march decididamente a la
taberna del hermano de Balseiro, el ladrn, de la calle Imperial, punto
de cita, en donde, segn la voz pblica, se haban reunido muchos de
los autores de las matanzas antes del asalto a los conventos.

Chamizo se acerc con miedo.

A la luz de un quinqu mortecino se vea, por entre cortinas rojas, la
taberna, con un papel desgarrado, los anaqueles llenos de botellas, y
un escaparate con fuentes con patatas y judas en salsa de pimentn.

Chamizo entr, pidi que le dieran de cenar, y entabl conversacin con
unos granujas, a quienes convid a unas copas. Estos le confesaron sin
rebozo que haban tomado parte en la matanza de frailes. Eran el Rapaz
y el Anublado. Chamizo les pregunt por Aviraneta. No le conocan, no
haban odo hablar nunca de l.

--Pues es un isabelino.

--Quiz le conozca el Santo Negro--dijo el Anublado--. Si quiere usted
venir conmigo...

--Adnde?

--A la calle de la Ruda. All suele estar en una taberna.

--Y este Santo Negro tom parte en lo de los frailes?

--Fu uno de los jefes.

Se decidi Chamizo y fu con el Anublado a la calle de la Ruda.
Estaba la calle a obscuras, el suelo, cubierto de restos de fruta y
de verdura, como un zoco marroqu. Se detuvieron delante de una casa
alta, negra y sucia, entraron en un portal y avanzaron por un pasillo
lleno de cestas, de montones de frutas podridas y cajas. Se respiraba
dentro un aire pestilente, agrio, de materia orgnica fermentada. De
aqu pasaron a la taberna; haba all una mezcla de olor de aceite,
de humo, de sebo y de tabaco, horrible. El pblico de la taberna
estaba formado por traperos, con un saco al hombro; viejas encorvadas,
barbudas, con cara de hombre; viejas flacas, torcidas, con aire de
sabandijas y melenas blancas amarillentas, cubiertas de harapos; otras,
con la cara cuadrada, ancha, roja, congestionada por el alcohol;
chiquillas plidas y marchitas, con el pelo muy negro, y algunas con
una cabellera rubia, y hombres de aire brutal.

Toda aquella gente, Chamizo la haba visto el da de la matanza de
frailes desparramndose por la ciudad.

En medio de aquel ambiente viciado, esta multitud de miserables estaba
casi silenciosa; algunos hablaban en voz baja, otros jugaban, y otros
dorman con la cabeza entre las manos, echados sobre la mesa.

El Anublado se acerc a un rincn en donde jugaban a la brisca cuatro
hombres. Uno de ellos era el Santo Negro, un hombre bajito y rechoncho,
cetrino, con unos ojillos brillantes y hundidos como los de un jabal,
unas barbas largas, negras y espesas, y una gran cadena de plata en el
chaleco. Sus compaeros eran un tipo embrutecido de borracho: Matas
el Sanguijuelero; un viejo plido y flaco, el Raspa, y un jovencito
afeminado, el Mandita.

El seor Matas tena un ojo abultado y lnguido, con el prpado cado,
el labio colgante, un aire de borracho socarrn y malicioso, y una
manera de hablar ronca y achulapada.

El Anublado llam al Santo Negro y le pregunt si conoca a Aviraneta.

--Biranete!--dijo el Santo Negro--. Yo no s quin es.

--El otro da--murmur Chamizo--, cuando la matanza de frailes, no
recibieron ustedes algunas rdenes de Aviraneta?

--De Biranete! Ninguna. Lo hicimos todo por nuestra propia cuenta.

Al Santo Negro le interesaba ms la brisca que la conversacin con
el ex claustrado, y no le hizo caso. Sali Chamizo de aquel tugurio
sin haber resuelto el problema. Pensando en la cuestin, que tanto le
obsesionaba, se le ocurri la idea de si el tal Gasparito sera un
iluso, y que deba ir a verle.

No se atreva a presentarse solo, y un domingo, con el chico de la
librera del seor Martn, fu al Rastro a revolver libros viejos,
y de all marcharon a la calle del Carnero y se metieron en casa de
Gasparito. Subieron a la galera, y vi Chamizo el cuarto de la ta
Sinfo cerrado.

--Y Gasparito, el que estaba enfermo?--pregunt a un vecino.

--No s dnde anda. Estar en la taberna.

--Ya se ha curado?

--Curado? No ha estado nunca malo. Slo alguna que otra cogorza, que
pesca de cuando en cuando.

--Pues yo vine aqu un da que estaba con un accidente.

--_Acidente!_ Ca! Los finge. Es un _guaja_. Como ha sido corista y va
mucho al teatro, sabe hacer todas esas comedias.

--As que era una comedia su delirio?

--Natural! Es un to sabiendo, el Gasparito.

Aquello tranquiliz a Chamizo, y qued inclinado a creer que la orden
de la Junta del Triple Sello era una invencin del hijo de la ta
Sinfo, la echadora de cartas.

Contento volvi a casa con Bartolillo, el chico de la librera,
echndoselas de protector suyo, aunque en aquel da l haba sido el
protegido.




                                  VI.

                            LOS ISABELINOS


EL 24 de julio se abran los Estamentos. La gente poltica se hallaba
muy preocupada.

Este mismo da supo Chamizo que horas antes de la apertura de las
Cmaras prendieron a Aviraneta en su casa de la calle de Cedaceros.
Le haba denunciado Civat, el ex guardia de Corps, el revolucionario
terrible, que, como Salvador, result un agente de los realistas venido
de Barcelona.

La prisin, por lo que dijo Gamundi, unos das despus, la efectu el
comisario don Nicols de Luna. Civat llev su cinismo hasta acompaar
al comisario con ocho soldados hasta la puerta de la casa de la calle
de Cedaceros y quedarse en la esquina de la calle de Alcal a ver pasar
a Aviraneta camino de la crcel, en medio de soldados, armados con
bayonetas.

Pocas horas ms tarde prendieron, como isabelinos, a los generales
Palafox y Van-Halen, y a Calvo de Rozas, Olavarra, Romero Alpuente,
Villalta, Espronceda, Orense, Nogueras, Beraza, etctera.

Todas estas prisiones se hicieron por denuncias del ex guardia de Corps
Civat. Se dijo entre los liberales que este Civat era un espa de los
jesutas metido en una sociedad carbonaria de Barcelona, y que desde
haca tiempo estaba trabajando por los realistas. Alguien apunt si
sera uno de los instigadores de la matanza de frailes. Otros dijeron
que era un agente del que se vala Martnez de la Rosa, como Zea
Bermdez se haba valido de Salvador.

Difcil era saber lo que habra de cierto en todo aquello. Como los
calamares, los polticos y los conspiradores enturbiaron el agua
para salvarse. El caso fu que a Civat, en premio a su delacin, le
nombraron vista de aduanas de Barcelona, y que luego se refugi entre
los carlistas.

Prendidos los principales miembros de la Isabelina en Madrid y en
provincias, se hicieron mil cbalas acerca de ellos. Espronceda y
Villalta cantaron la palinodia en seguida de una manera un tanto
vergonzosa.

Los ministros y sus agentes aseguraron que el objeto de la Sociedad
Isabelina era destronar a la reina y establecer la Repblica. En
tan terrible complot estaban, segn el Gobierno, mezclados los
revolucionarios de Pars y se trataba de hacer una matanza de realistas.

Segn otros, ms amigos de la Isabelina, la Sociedad pretenda, el
da de la apertura del Estamento de procuradores, hacer que ste se
erigiera en Cortes Constituyentes. Varios procuradores, afiliados
a la asociacin, estaban comprometidos a exigir que el Estamento se
declarase en Asamblea Nacional. Las tribunas se hallaran ocupadas por
los conspiradores, que pediran a voz en grito la restauracin de la
Constitucin de Cdiz.

En tanto, los jefes de las centurias se apoderaran de los campanarios,
tocaran a rebato, ocuparan el Principal, la Aduana, la Plaza Mayor y
los conventos saqueados en los das anteriores, y haran barricadas en
las calles.

No se dej de hablar por algunos de que los isabelinos intentaban
elevar un meteoro que sirviera de seal. La fbula del meteoro iba
popularizndose.

Desde el momento que se prendi a los conspiradores, todo el mundo
empez a hablar de ellos. Unos aseguraban que eran republicanos; otros,
masones; otros, carbonarios. Se comenz a tener un miedo por los
isabelinos mayor que por el clera.

Con aadir que en la casa tiene pacto con isabelinos... hace usted
prender a un enemigo, deca Larra en uno de sus artculos polticos.

En un _Palo de Ciego_, publicado una semana despus de la prisin de
Aviraneta, en una conversacin entre un lechuguino y un capitn se
deca esto:

      --Supongo que usted ser
    isabelino y cristino,
    guardador de la inocencia
    y enemigo del calismo?
      --Si al que es adicto a Isabel
    se le llama isabelino,
    yo lo soy como el primero,
    y mi honor en ello cifro;
    pero se engaa quien piense
    que caiga yo en el garlito
    de pretores, decuriones,
    centuriones, ni triunviros.

En casa de Chamizo estuvo la polica a preguntar por l, y doa Puri
tuvo la buena ocurrencia de decir que el ex claustrado haca tiempo
estaba en un convento.

Tuvo que comer Chamizo un puchero msero en aquel obscuro comedor de
doa Puri para los caballeros estables; tuvo que visitar tabernuchas y
el bodegn del Infierno, y otros puntos de cita de aguadores y mozos de
cuerda. Perseguido y sin recursos como se encontraba, pas muy malos
das. No tena ni ropa para presentarse, pues la que llevaba estaba
llena de rozaduras.

Un da se decidi a pedir proteccin a Celia. Cogi un gabn viejo,
negro, y pint con tinta todas sus grietas; hizo lo mismo con las
botas, y fu a ver a la viuda de don Narciso. Ella le atendi, le di
dinero, le consigui un pasaporte, y Chamizo entr en Bayona despus de
su accidentado perodo de vida en Madrid.

De aquella poca le quedaron dos preocupaciones: una, la de no haber
podido recoger sus libros de casa de doa Puri; la otra, la de no haber
podido aclarar la realidad de la Junta del Triple Sello.




                                 VII.

                         AVIRANETA EN LA TRENA


UNA semana despus de ser prendido, Aviraneta se paseaba en su cuarto
de la Crcel de Corte, de un lado a otro, como un lobo enjaulado. No
tena noticias de Tilly, no saba lo que haba hecho ste con sus
papeles. A veces tema que su amigo le hubiera hecho traicin; pero
luego pensaba: para qu? Con qu objeto? Aviraneta no quera llamar a
nadie, ni comprometer a nadie. Se consideraba bastante fuerte para ir
remediando su desgracia en la soledad basta digerirla.

Aviraneta era un preso obediente, disciplinado.

La causa suya la haba empezado a incoar el teniente corregidor don
Pedro Balsera, con gran actividad.

El juez era un tal Regio, y el fiscal, don Laureano Jado, un antiguo
afrancesado y absolutista, que le puso la proa a Aviraneta desde el
principio. El escribano de la causa, don Juan Jos Garca, se le haba
mostrado a don Eugenio como enemigo acrrimo.

Por ltimo, el alcaide de la Crcel de Corte era, adems de un perfecto
bribn, un fantico de Don Carlos, y haba sido puesto por Martnez de
la Rosa con la consigna de vigilar a todas horas a Aviraneta para que
no hiciera una de las suyas.

El ministro haba pensado que nadie mejor para guardar a un conspirador
liberal que un acrrimo realista.

Don Eugenio, en sus declaraciones, iba armando tal maraa, que el juez
y el fiscal sentan que, a medida que avanzaba el proceso, pisaban un
terreno ms falso.

Don Eugenio haba declarado que era cierto que l haba conspirado
contra el Estatuto; pero que no tena cmplices; que el infante
don Francisco y la infanta Luisa Carlota le haban instigado a que
trabajase por la Regencia Trina; pero que esta solucin no estaba en
sus convicciones.

Respecto a Palafox, dijo que no le conoca, y afirm que tampoco
conoca al conde de Parcent, aunque alguien pudiera suponer que s,
porque haba estado viviendo escondido en la casa de la calle de
Cedaceros, que era propiedad del conde.

Cada nueva declaracin era una maraa ms. Don Eugenio iba dando
detalles y detalles, mezclando un sinfn de personajes en la intriga,
dejndolo todo en la penumbra. La aparicin de un figurn respetable,
mezclado en el relato del preso, le haca dar al juez un respingo.

Aviraneta viva en la crcel en un cuarto obscuro y desagradable, y
para pasear iba a la sala de polticos, en donde todos o casi todos en
esta poca eran carlistas, trabucaires catalanes y valencianos, curas,
frailes y abogados y guerrilleros de la Mancha.

Haba tambin ladrones complicados en la matanza y en el robo de los
conventos.

A estas miserias se aada el azote del clera, que se cebaba en la
Crcel de Corte. El nico entretenimiento que tena don Eugenio era
or a Romero Alpuente, que, a fuerza de miedo al clera y al Gobierno,
llegaba a ser pintoresco y divertido.

Un da le dijeron a Aviraneta que el padre Mansilla quera hablar con
l. Lleno de emocin fu al locutorio.

Estaba el alcaide delante, y a pesar del respeto que poda inspirarle
un cura, y un cura que haba venido en coche particular como Mansilla,
le dijo a ste que no le permitira tener una conversacin a solas con
Aviraneta.

--Aunque tuviera que confesarle?--pregunt el cura con orgullo.

--Tengo la orden del seor presidente del Consejo de Ministros de no
dejar hablar al preso con nadie sin estar yo delante.

--Est bien--dijo Mansilla--; hablar con l en presencia de usted.

Lleg el conspirador a la reja del locutorio.

--Qu tal, padre Mansilla? Qu tal?--pregunt.

--Bien, y usted, seor Aviraneta?

--Muy bien.

--Le doy a usted las ms expresivas gracias por haber venido a visitar
a un pobre preso en estos tiempos calamitosos.

--Para la desgracia son los amigos. Y ya sabe usted, Aviraneta, lo que
yo le estimo.

Aviraneta, cambiando de voz, pregunt:

--Y el cnclave, qu tal va?

--Bien, muy bien--contest Mansilla--. Vamos trampeando.

--Y el nmero Uno, por dnde anda?

--El nmero Uno ha muerto del clera--dijo el cura con voz triste.

--Eh! Es posible?

--S; de una manera casi fulminante.

--Y usted habl con l?

--No; perdi en seguida el conocimiento.

Mansilla le di detalles acerca de la muerte de Tilly. El alcaide oa
distrado este relato, porque constitua la conversacin de todos los
das. Aviraneta estaba torturado, en prensa, intentando recordar cmo
se deca en la clave inventada por Tilly y la palabra documento. Como
no la encontraba, se decidi y le dijo al cura en francs:

--No se ha encontrado en su casa una maleta con papeles?

--No se ha encontrado nada. Tena algunos papeles?

--S; unos que yo le di para que guardara.

El alcaide se acerc:

--Qu hablan ustedes?

--Nada; me preguntaba por un francs conocido de los dos.

Siguieron una conversacin vulgar de frases hechas, y, pasado un rato,
el padre Mansilla se despidi de Aviraneta y se march a la calle.

El preso volvi cabizbajo a su calabozo.

--Estoy perdido, sin defensa--murmur--, me van a aplastar.

  Itzea, febrero, 1919.


                                  FIN




                                NDICE


                             LIBRO PRIMERO

                        DOS HISTORIAS PARALELAS


                                                      Pginas

    I.--Un ex claustrado                                    9

   II.--En que el padre Chamizo comienza su historia
        y no la puede terminar                             13

  III.--La Casa del Jardn                                 23

   IV.--La proteccin del cura Mansilla                    27

    V.--Tres ambiciosos                                    31


                             LIBRO SEGUNDO

                               EL TRUENO

    I.--El padre Chamizo en Madrid                         33

   II.--Una librera de viejo                              39

  III.--Un jesuta                                         45

   IV.--Siluetas de conspiradores                          49

    V.--La cancin del Trueno                              55


                             LIBRO TERCERO

                        EL TRINGULO DEL CENTRO

    I.--Explicaciones                                      61

   II.--Trabajos del primer Tringulo del Centro           71

  III.--La agitacin popular                               81


                             LIBRO CUARTO

                           LA MUERTE DEL REY

    I.--Las primeras noticias                              85

   II.--La taberna de la Bibiana                           89

  III.--La reunin liberal                                 95

   IV.--Los militares                                     103

    V.--En la buolera                                   107

   VI.--Vacilaciones                                      113

  VII.--La cena en casa de Celia                          123


                             LIBRO QUINTO

                        INTRIGAS Y OBSCURIDADES

    I.--El comadrn tesofo                               133

   II.--Las pasiones hierven                              141

  III.--Una proposicin de Paquito Gamboa                 147

   IV.--El conde de Toreno en el callejn del Gato        151

    V.--Las razones de la Triple Regencia                 157

   VI.--Los infantes                                      163

  VII.--Los hilos de la intriga                           167


                              LIBRO SEXTO

                          UN VIAJE FRACASADO

    I.--Preparativos                                      175

   II.--Las intenciones                                   183

  III.--Aviraneta, detenido                               187

   IV.--Candelas en el mesn del Cuco                     195

    V.--La Lagarta                                        203


                             LIBRO SPTIMO

                 VIEJAS INTRIGAS Y NUEVOS INTRIGANTES

    I.--Martnez de la Rosa                               209

   II.--El secreto del enviado de Barcelona               213

  III.--Malos presagios                                   219


                             LIBRO OCTAVO

                       LAS DESILUSIONES DE CELIA

    I.--Una mujer romntica                               223

   II.--Los amores de Celia                               229

  III.--La sobrina de don Narciso                         233


                             LIBRO NOVENO

                          EL MOMENTO TRGICO

    I.--El despecho de Aviraneta                          237

   II.--El 17 de julio                                    245

  III.--La acusacin del jesuta                          251

   IV.--La ta Sinfo y Gasparito                          255

    V.--El Santo Negro                                    263

   VI.--Los isabelinos                                    267

  VII.--Aviraneta en la Trena                             271




      *      *      *      *      *      *




Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Pginas en blanco han sido eliminadas.



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START: FULL LICENSE

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
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the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org 

Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary 
Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
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While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
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ways including checks, online payments and credit card donations. To
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Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
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