The Project Gutenberg EBook of La dama errante, by Po Baroja

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Title: La dama errante
       La raza, Tomo I

Author: Po Baroja

Release Date: November 17, 2018 [EBook #58298]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA DAMA ERRANTE ***




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  Nota del Transcriptor:


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  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

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  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




OBRAS DE PIO BAROJA


Vidas sombras.

Idilios vascos.

El tablado de Arlequn.

Nuevo tablado de Arlequn.

Juventud, egolatra.

Idilios y fantasas.

Las horas solitarias.

Momentum Catastrophicum.

La Caverna del Humorismo.

Divagaciones sobre la Cultura.


LAS TRILOGAS


TIERRA VASCA

La casa de Aizgorri.

El Mayorazgo de Labraz.

Zalacan el Aventurero.


LA VIDA FANTSTICA

Camino de perfeccin.

Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox.

Paradox, rey.


LA RAZA

La dama errante.

La ciudad de la niebla.

El rbol de la ciencia.


LA LUCHA POR LA VIDA

La busca.

Mala hierba.

Aurora roja.


EL PASADO

La feria de los discretos.

Los ltimos romnticos.

Las tragedias grotescas.


LAS CIUDADES

Csar o nada.

El mundo es ans.

La sensualidad pervertida.


EL MAR

Las inquietudes de Shanti Anda.


MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

El aprendiz de conspirador.

El escuadrn del Brigante.

Los caminos del mundo.

Con la pluma y con el sable.

Los recursos de la astucia.

La ruta del aventurero.

Los contrastes de la vida.

La veleta de Gastizar.

Los caudillos de 1830.

La Isabelina.




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                          DERECHOS RESERVADOS
                         PARA TODOS LOS PASES

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                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                 1920


  Establecimiento tipogrfico
  de Rafael Caro Raggio.




                             _Po Baroja_

                           _La dama errante_

                             [Ilustracin]

                          _Rafael Caro Raggio
                                editor
                            Mendizbal, 34
                                Madrid_




PRLOGO


No soy muy partidario de hablar de m mismo; me parece esto demasiado
agradable para el que escribe y demasiado desagradable para el que lee;
pero puesto que esta Biblioteca[1] me pide un prlogo, interrumpir
mi costumbre de no dar explicaciones o aclaraciones personalistas y,
por una vez, me entregar a la voluptuosidad de decir _yo_ hasta la
saturacin.

       [1] Se refiere a la Biblioteca Nelson.

Sera una estpida modestia, por mi parte, que yo afirmase que lo que
escribo no vale nada; si lo creyere as, no escribira.

Suponiendo, pues, que en mi obra literaria hay algo de valor--como
en matemticas se supone a veces que un teorema est de antemano
resuelto--, voy a decir, con el mnimo de modestia, cul puede ser, a
mi modo, el valor o mrito de mis libros.

Este valor creo que no es precisamente literario ni filosfico; es ms
bien psicolgico y documental. Aunque hoy se tiende, por la mayora de
los antroplogos, a no dar importancia apenas a la raza y a darle mucha
a la cultura, yo, por sentimiento ms que por otra cosa, me inclino a
pensar que el elemento tnico, aun el ms lejano, es trascendental en
la formacin del carcter individual.

Yo soy, por mis antecedentes, una mezcla de vasco y de lombardo: siete
octavos de vasco, por uno de lombardo.

No s si este elemento lombardo (el lombardo es de origen sajn, al
decir de los historiadores) habr infludo en m; pero, indudablemente,
la base vasca ha infludo, dndome un fondo espiritual, inquieto y
turbulento.

Nietzsche ha insistido mucho en la diferencia del tipo apolneo (claro,
luminoso, armnico) con el tipo dionisaco (obscuro, vehemente,
desordenado). Yo, queriendo o sin querer, soy un dionisaco.

Este fondo dionisaco me impulsa al amor por la accin, al dinamismo,
al drama. La tendencia turbulenta me impide el ser un contemplador
tranquilo, y al no serlo, tengo, inconscientemente, que deformar las
cosas que veo, por el deseo de apoderarme de ellas, por el instinto de
posesin, contrario al de contemplacin.

Al mismo tiempo que esta tendencia por la turbulencia y por la
accin--en arte, lgicamente, tengo que ser un entusiasta de Goya, y en
msica, de Beethoven--, siento, creo que espontneamente, una fuerte
aspiracin tica. Quiz aqu aparece el lombardo.

Esta aspiracin, unida a la turbulencia, me ha hecho ser un enemigo
fantico del pasado, por lo tanto, un tipo antihistrico, antirretrico
y antitradicionalista.

La preocupacin tica me ha ido aislando del ambiente espaol,
convirtindome en uno de tantos solitarios. Robinsones con chaqueta y
sombrero hongo, que pueblan las ciudades.

Como Espaa y casi todos los dems pases tienen su esfera artstica,
ocupada casi por completo por hbiles y farsantes, cuando yo empec
a escribir se quiso ver en m, no un hombre sincero, sino un hbil
imitador que tomaba una postura literaria de alguien.

Muchos me buscaron la filiacin y la receta. Fu, sucesivamente, segn
algunos, un roedor de Voltaire, Fielding, Balzac, Dickens, Zola,
Ibsen, Nietzsche, Poe, Gogol, Dostoievski, Maeterlinck, Mirbeau,
France, Kropotkin, Stendhal, Tolstoi, Turgueneff, Hauptmann, Korolenko,
Mark Twain, Galds, Ganivet y de otra docena ms, y, sobre todo, de
Gorki. Esto ltimo, el considerarme como un seudo-Gorki, se debi,
principalmente, a que yo fu el primero, o uno de los primeros, que
escribi en espaol un artculo acerca de este escritor ruso.

Realmente, era suponer en m demasiada candidez y poca malicia, el
que yo presentara al pblico que haba de leerme a un escritor a
quien estaba desvalijando. Claro que, como yo no le desvalijaba ni
segua por su camino, no me importaba nada que fuera Gorki conocido
en Espaa. Mis admiraciones en literatura no las he ocultado nunca.
Han sido y son: Dickens, Balzac, Poe, Dostoievski y, ahora, Stendhal.
Generalmente, el crtico no se contenta con lo que le dice el autor.
Supone que ste tiene que hablar siempre con malicia y ocultar algo, lo
que demuestra que hay que atravesar muchas atmsferas de incomprensin
para ser solamente escuchado.

Yo no quiero decir que en mis libros no haya influencias e imitaciones:
las hay como en todos los libros; lo que no hay es la imitacin
deliberada, el aprovechamiento, disimulado, del pensamiento ajeno.
Hay, por ejemplo, en una novela ma: _La Casa de Aizgorri_, una
reminiscencia, segn dicen, de _La Intrusa_, de Maeterlinck. Sin
embargo, yo no he ledo, ni antes ni despus, _La Intrusa_; y cmo se
explica entonces la vaga imitacin?

Se explica de una manera sencilla. Yo haba odo hablar, antes
de escribir mi libro, a algunos literatos de _La Intrusa_, de su
argumento, de sus escenas. Sin duda, sin saberlo, me apropi la
impresin reflejada en un espaol por el drama del autor belga, y la
consider ma; pero yo estoy seguro que el que comparase las dos obras
minuciosamente, no encontrara una frase, una frmula, nada parecido
que indicara que yo haya seguido en el pensamiento a Maeterlink; porque
no lo conoca, ni despus me ha interesado. Es el ambiente, muchas
veces, el que da semejanza a dos obras.

Si yo hubiera escrito esta misma novela: _La Casa de Aizgorri_, despus
de la _Electra_, de Prez Galds; si hubiera escrito _La Busca_,
despus de _La Horda_, de Blasco Ibez, y _Paradox, rey_, despus de
_La Isla de las Pingios_, de Anatole France, me hubieran acusado de
imitador, porque hay mucha semejanza entre estas obras y las mas, y,
probablemente, ms que entre _La Casa de Aizgorri_ y _La Intrusa_;
pero las escrib antes. Sin embargo, no se me ocurri decir que esos
autores me haban imitado, sino que haban coincidido conmigo y haban
coincidido con ms xito, pues las tres obras de esos autores fueron
aplaudidas y las mas quedaron en la estacada.

Dejando esta cuestin, puramente literaria, seguir con el
autoanlisis, para m ms interesante. He dicho que soy
antitradicionalista y enemigo del pasado, y, efectivamente, lo soy,
porque todos los pasados, y en particular el espaol, que es el que ms
me preocupa, no me parecen esplndidos, sino negros, sombros, poco
humanos.

Yo no me explico, y probablemente no comprendo, el mrito de los
escritores espaoles del siglo XVII; tampoco comprendo el encanto de
los clsicos franceses, excepcin hecha de Molire.

De esta antipata por el pasado, complicada con mi falta de sentido
idiomtico--por ser vasco y no haber hablado mis ascendientes ni
yo castellano--, precede la repugnancia que me inspiran las galas
retricas, que me parecen adornos de cementerio, cosas rancias, que
huelen a muerto. Este conjunto de particularidades instintivas: la
turbulencia, la aspiracin tica, el dinamismo, el ansia de posesin
de las cosas y de las ideas, el fervor por la accin, el odio por
lo inerte y el entusiasmo por el porvenir, forman la base de mi
temperamento literario, si es que se puede llamar literario a un
temperamento as que, sobre un fondo de energa, sera ms de agitador
que de otra cosa.

Yo no considero estas condiciones sean excelentes, ni que con ellas se
hagan obras maestras, sino que son, al menos a m me parece que son.

Dados estos antecedentes, es muy lgico que un hombre que sienta as
tenga que tomar sus asuntos, no de la Biblia, ni de los romanceros,
ni de las leyendas, sino de los sucesos del da, de lo que ve, de
lo que oye, de lo que dicen los peridicos. El que lea mis libros y
est enterado de la vida espaola actual, notar que casi todos los
acontecimientos importantes de hace quince o veinte aos a esta parte
aparecen en mis novelas.

Esto las da un carcter de cosa poltica y momentnea muy alejado del
aire solemne de las obras serias de la literatura. En el fondo, yo soy
un impresionista.

LA DAMA ERRANTE est inspirada en el atentado de la calle Mayor,
contra los reyes de Espaa. Este atentado produjo una enorme sensacin.
En m la hizo grande, porque conoca a varios de los que intervieron en
l.

Mateo Morral, el autor del atentado, sola ir a un caf de la calle
de Alcal donde nos reunamos varios escritores. Le solan acompaar
un periodista, un empleado del tranva, llamado Ibarra, que luego
estuvo preso despus del crimen, y un polaco, viajante o corredor de un
producto farmacutico.

Este polaco e Ibarra recuerdo que tuvieron una noche un serio altercado
con un pintor que dijo que los anarquistas dejaban de serlo cuando
tenan cinco duros.

Yo no creo que habl nunca con Morral. El hombre era obscuro y
silencioso; formaba parte del corro de oyentes que, todava hace aos,
tenan las mesas de los cafs donde charlaban los literatos.

El tipo de Nilo Brull, que aparece en LA DAMA ERRANTE, no es la
contrafigura de Morral, a quien no trat; este Brull es como la
sntesis de los anarquistas que vinieron desde Barcelona, despus del
proceso de Montjuich, a Madrid, y que tenan un carcter algo parecido
de soberbia, de rebelda y de amargura.

Despus de cometido el atentado y encontrado a Morral muerto cerca
de Torrejn de Ardoz, quise ir al hospital del Buen Suceso a ver su
cadver; pero no me dejaron pasar.

En cambio, mi hermano Ricardo pas e hizo un dibujo y luego un
aguafuerte del anarquista en la cripta del Buen Suceso.

Mi hermano se haba acercado al mdico militar que estaba de guardia
a solicitar el paso, y le vi leyendo una novela ma, tambin de
anarquistas, _Aurora roja_. Hablaron los dos con este motivo, y el
mdico le acompa a ver a Mateo Morral, muerto.

La angustia del doctor Aracil, paseando por las calles de Madrid, est
inspirada en mi novela en la de los conocidos del terrorista, que
anduvieron escondindose aquella noche.

Lo dems del libro, casi todo est hecho a base de realidad. La
mayora de los personajes son tambin reales. El doctor Aracil, aunque
desfigurado por m, vive; el que me sirvi de modelo para pintar a
Iturrioz, muri; Mara Aracil pasea por las maanas por la calle de
Alcal. Algunos supusieron, no s por qu, que en Mara Aracil haba
querido yo pintar a Soledad Villafranca, la amiga de Ferrer, cosa
absurda, que no tiene apariencia de verdad.

Yo, cuando escrib LA DAMA ERRANTE, no conoca a Soledad Villafranca;
la conoc despus, en Pars, en casa de un profesor, donde estuve
convidado a cenar. Como ella es de Pamplona y yo me eduqu tambin
all, hablamos largo rato, y en el curso de la conversacin me dijo
que haba ledo LA DAMA ERRANTE. Como es lgico, no haba encontrado
ninguna alusin a ella en el libro, y, en cambio, s haba credo ver
la contrafigura de Ferrer.

Los dems tipos de la novela fueron tambin tomados del natural, y el
viaje por la Vera de Plasencia lo hicimos mi hermano y yo y un amigo,
llevando en un burro provisiones y una tienda de campaa.

Los ventorros y paradores del camino son, poco ms o menos, como los
descritos por m, con los mismos nombres y la misma clase de gente. El
_Musi_, el _Ninchi_ y el _Grillo_ es posible que anden todava por
esas aldeas, siguiendo su vida de trotar caminos y engaar a los bobos.

Probablemente, un libro como LA DAMA ERRANTE no tiene condiciones para
vivir mucho tiempo; no es un cuadro con pretensiones de museo, sino una
tela impresionista; es quiz, como obra, demasiado spera, dura, poco
serenada...

Este carcter efmero de mi obra no me disgusta. Somos los hombres
del da gentes enamoradas del momento que pasa, de lo fugaz, de lo
transitorio, y la perdurabilidad o no de nuestra obra nos preocupa
poco, tan poco, que casi no nos preocupa nada.

                                                    PO BAROJA

  Madrid, marzo, 1916.




I.

LA ABUELITA


En nuestra poca y en nuestro pas es muy difcil ser nio. La vida se
marchita pronto, cuando no brota ya mustia por herencia. La mayora de
los hombres y de las mujeres no han vivido nunca la niez. Es verdad
tambin que casi nadie llega a vivir la juventud. El padre, la madre,
el criado, el profesor, la institutriz, el municipal, todos conspiran
contra la infancia; como el negocio, el dinero, la posicin social, la
vanidad poltica, el deseo de representar, conspiran contra la juventud.

En Espaa, y en nuestros tiempos de industrialismo, de lujo y de
laxitud, para estar en buena armona con el ambiente se necesita ser
viejo desde la cuna, y, para consolarse un poco, decir de cuando en
cuando: Es preciso ser joven, hay que rer, hay que vivir. Pero nadie
re, ni nadie vive.

Y Espaa es hoy el pas ideal para los decrpitos, para los indianos,
para los fracasados, para todos los que no tienen nada que hacer en la
vida, porque lo han hecho ya, o porque su nico plan es ir vegetando...

Mara Aracil disfrut la suerte de pasar los primeros aos de su
existencia un tanto abandonada, y, gracias a su abandono, pudo tener
ideas de nia y vida de nia hasta los catorce o quince aos. Hurfana
de madre, sinti por su padre, el doctor Aracil, un gran cario; pero
el doctor no poda o no saba atender a su hija, y la abuela fu la
encargada de cuidar de Mara durante la niez.

La abuela Rosa, madre del doctor, era una viejecita muy simptica y muy
rara. Habitaba en el piso alto de un casern grande y viejo de la calle
de Segovia, y viva completamente aislada y sola. En su casa reinaba el
ms absoluto desorden, y en medio de aquel desorden se encontraba ella
a gusto.

Sus dos ocupaciones predilectas eran leer y hacer trabajos de aguja;
continuamente tena a sus pies un cestillo de mimbre lleno de lanas de
colores, con las que sola tejer talmas y toquillas para su nieta.

Le gustaban a la abuelita Rosa los animales, y siempre viva con perros
y gatos. Tena un perrillo de lanas, _Ali_, muy viejo, algo rado,
con las lanas largas, la cola de zorro y el aire ms inteligente que
el de un cardenal italiano, y un gato blanco y gordo, el preferido,
a quien sola dirigir la vieja largas recriminaciones. El gato se le
pona muchas veces encima del hombro, y as le sola ver Mara con
frecuencia. Tena tambin la abuelita Rosa un canario muy chilln y un
loro.

La abuela no se trataba con nadie. Slo una antigua criada, a quien
conoca de la infancia, una vieja gruona y de mal humor, Plcida de
nombre, aunque no de genio, apareca por all, y, generalmente, cuando
iba, solan reir ama y criada.

En su soledad, el invierno, y aun el verano, la abuelita Rosa lea
novelas antiguas, al lado de la estufa. All mismo guisaba sus comidas,
siempre muy sencillas.

Con los anteojos puestos en la punta de la nariz, sentada al lado de la
estufa, pareca la abuela Rosa una viejecita de cuento; muy chiquita,
arrugadita como una pasa, encogida, con la nariz puntiaguda, la cara
sonrosada y el pelo blanco como la nieve.

De noche encenda su quinqu y segua leyendo o trabajando. Muchas
veces pensaba Mara que su abuela deba ser muy valiente, para quedarse
sola en aquella casa.

Cuando iba la nia a verla, entonces comenzaba con la vieja las idas y
venidas, el revolver armarios y el contar cuentos. Siempre la abuela
guardaba alguna golosina para su nietecita: pasteles, caramelos o crema.

La abuela Rosa la hablaba con una gran seriedad a Mara, y entre
historia e historia y ancdota y recuerdo de la realidad, le contaba
escenas de las novelas que haba ledo, y Montecristo, y Artagnn,
el prncipe Rodolfo, todos estos hroes de la mitologa folletinesca
vivan ante la imaginacin de Mara.

Tena la viejecita una fantasa exuberante, y el trato continuo con
la nia le haba dado un infantilismo extrao. Muchas veces la
vieja haca de nia, y la nia de vieja; la abuela imitaba el hablar
balbuciente de los nios, y la nieta la actitud severa de los viejos, y
la vida en germen, y la vida en su declinacin, parecan iguales y se
entendan jugando.

Una de las diversiones de Mara y de la abuelita Rosa era sentarse en
un sof e imitar la marcha en un tren.

--Ya estamos en el vagn, eh?--deca la vieja.

--S. Ya estamos--contestaba la nia--. Ponte el mantn, abuelita.

--No; hasta que no lleguemos a vila, no.

Y las dos imitaban la salida del tren, y luego el ruido de la marcha
y los silbidos de la locomotora, y vean paisajes, y estaciones, y el
mar, y los rboles, y los montes...

La vieja desarrollaba la imaginacin de la nia hasta tal punto que
sta, que no saba leer ni escribir, inventaba tambin cuentos y
novelas, y se los contaba a la criada de su casa.

La abuela era, ciertamente, una mujer poco vulgar. Su padre, un mdico
volteriano, la haba educado fuera de la religin; su marido no haba
sido hombre de energa, y vivi dulcemente, dominado por su mujer. La
abuela Rosa quiso tambin dominar a sus hijos; pero stos, que salieron
a ella, se le insubordinaron pronto y la hicieron desgraciada.

Enrique, el mayor, el padre de Mara, se manifest desde pequeo como
un muchacho listo y aplicado; Juan, el segundo, result un calavera.

Enrique y Juan se odiaban. Enrique era el admirado por todos, el joven
portento; de Juan no se saban mas que barbaridades. En el fondo, el
pequeo era el favorito de la madre, y esto, comprendido por Enrique,
muy orgulloso y soberbio, le hizo perder casi por completo el cario
filial.

De la desunin de la familia, nadie particularmente tena la culpa.
La abuelita Rosa era mujer de gran corazn, pero de una personalidad
absorbente: quera tener a todo el mundo bajo su yugo y era capaz
de cualquier sacrificio por el que se acogiese a ella. Enrique era
puntilloso, y Juan quera a su madre como casi todos los jvenes
calaveras, pero sus instintos le impulsaban a la vida viciosa, y
ninguno de los tres se entenda.

Juan no lleg a tener profesin alguna; reunido con unos cuantos
seoritos, hizo, a discrecin, tonteras y calaveradas, hasta que
en una de ellas, vindose ya dentro de las mallas del Cdigo Penal,
encontr, como pudo, unas pesetas y desapareci de Madrid.

Se dijo que estaba en Amrica, y no se supo ms de l. La abuela
cultivaba la memoria de su predilecto y le recordaba a todas horas.
Muchas veces Mara la vi con una fotografa entre las manos arrugadas,
mirndola absorta.

--Quin es?--le pregunt Mara.

--Es tu to Juan--y le ense el retrato de un joven todo afeitado, de
cara aguilea y expresiva.

Una vez Mara fu a casa de su abuela y se la encontr en el silln,
con la cabeza reclinada en el respaldo y el pauelo sobre los ojos. Al
ver a Mara, la vieja quiso inclinarse para besarla, y no pudo.

--Abuelita!--dijo la nia.

--Qu?

--Ests mala?

--No. Es que tengo sueo.

Al da siguiente, el padre de Mara no estuvo ni un momento en casa;
luego recibi muchas visitas y se puso una corbata negra. A Mara le
dijo que su abuelita haba ido a hacer un largo viaje.

Mara tendra siete aos, y no sospech ninguna otra cosa. Se aburra
en casa y preguntaba todos los das a su padre:

--Pap, cundo viene la abuelita?

--Ya vendr; no tengas cuidado, ya vendr.

Pronto not Mara que a su padre le molestaba la pregunta, y fu
presentndose ante su imaginacin la idea, cada vez ms clara, de la
muerte de su abuelita. Vacil en preguntrselo a su padre, y al fin,
con timidez, le dijo:

--Es verdad que la abuelita se ha muerto?

--S. Quin te lo ha dicho?

--Nadie. Yo lo he comprendido.

--Pues s, ha muerto.

--Y est enterrada?

--S.

--Como mam?

--S.

--Ya me llevars donde estn?

--Bueno.

Repiti la nia la peticin, y un da el doctor fu con su hija al
camposanto. Mara puso unas flores en las tumbas de su madre y de
su abuela y pas el da bien; pero al irse a acostar le acometi un
temblor nervioso, de miedo.

La impresin del cementerio le hiri de una manera tan profunda, que
hasta le hizo enflaquecer. Afortunadamente, nadie, desde entonces,
excit su imaginacin, y, paseando por la Moncloa con la criada y
jugando, se tranquiliz pronto.

A los diez aos, Mara ni saba leer ni haba puesto los pies en la
iglesia. A ella misma le vino el deseo de aprender, y varias veces se
lo expres a su padre. Enrique Aracil ganaba ya bastante para darse el
lujo de una institutriz, y busc una. Tuvo la suerte de encontrar a
miss Douglas, una mujer fea, pero buena y cariosa, que ense a Mara
a leer y a escribir, algunas nociones de Matemticas y el ingls y el
francs perfectamente.

El doctor Aracil la tom con la condicin expresa de que no hablara a
la nia de religin; pero miss Douglas, como protestante fantica y
catequista, llev algunas veces a Mara a una capilla evanglica de
la calle de Leganitos, pobre y triste y nada propicia para producir
entusiasmos msticos.

El doctor no se trataba con la familia de su mujer; experimentaba por
ella antipata y desdn, sentimientos pagados en la misma moneda por
los parientes de Mara.

Estos consideraban al doctor Aracil como un loco, casi como un
monstruo; para Aracil, sus cuadas y primos, por parte de su
mujer, eran miserables, gente ruin, iglesiera, de mal corazn y de
sentimientos viles.

Mara no conoci a sus tas y primas hasta los catorce o quince aos.
Era entonces Mara una muchacha de mediana estatura, ms bien baja
que alta, de ojos negros, pestaas largas, rostro ovalado y cabello
entre rubio y castao. Tena una voz un tanto opaca, y, al hablar, un
movimiento semimelanclico, semi-impaciente, de mucha gracia.

La primera vez que habl con sus tos, aleccionada por su padre,
le parecieron gente mezquina y de intencin aviesa; pero luego fu
comprendiendo que su padre haba exagerado la pintura.

Sus primitas eran algo tontas, de una ignorancia terrible, pero no
esencialmente malas. Lo caracterstico en ellas era la falta de
curiosidad por todo. Sus madres tenan la conviccin de poseer unos
portentos, unas mujercitas perfectamente aptas y educadas, y, sin
embargo, estas muchachas vivan desde los trece a catorce aos una vida
inmoral, subordinando todos sus planes al marido futuro, si llegaba,
estudiando las maneras de excitar el sentimiento sexual del hombre,
dedicndose a la caza legal del macho, sin pensar que podan tener una
vida suya, propia, independiente de la eventualidad del matrimonio.

La perspectiva soada del marido rico les impeda realizar los actos
ms sencillos, de miedo a la opinin ajena.

La vida de la mujer espaola actual es realmente triste. Sin
sensualidad y sin romanticismo, con la religin convertida en
costumbre, perdida tambin la idea de la eternidad del amor, no le
queda a la espaola sostn espiritual alguno. As tiene que ser y es en
la familia un elemento deprimente, instigador de debilidades y anulador
de la energa y de la dignidad del hombre. Vivir a la defensiva y
representar es todo su plan.

Cierto que las dems mujeres europeas no tienen un sentimiento
religioso exaltado ni un gran romanticismo; pero con mayor sensualidad
que las espaolas y en un ambiente no tan crudo como el nuestro, pueden
llegar a vivir con una sombra de ilusin, disfrazando sus instintos y
dndoles apariencia de algo potico y puro.

Mara no participaba de estas ideas acerca de las mujeres; por el
contrario, y con relacin a ella, tena fe en su vida y crea que no
poda ser estril y obscura, sino frtil y luminosa.

En aquel medio familiar, sobre todo entre las personas de alguna edad,
Mara disonaba y experimentaba claramente la impresin de su desacuerdo
con los dems. Todo lo que a los otros les pareca vituperable, ella lo
encontraba digno de elogio, y al revs.

Luego vea siempre el entusiasmo por lo ms vulgar, lo ms pesado y
estpido, y el odio por la idea graciosa o el sentimiento un poco
sincero.

La gracia amable sonaba all como una chocarrera o una impertinencia,
y si por casualidad brotaba alguna vez, todos, con apresuramiento,
tos, tas, primos y dems parientes y amigos, se esforzaban en
enterrarla a fuerza de paletadas de vulgaridad y de sentido comn.

La ms simptica de los parientes era la ta Beln, hermana de la madre
de Mara, casada con un empleado de Hacienda. Era esta seora buenaza
y amable, sin gran talento ni comprensin, pero con un fondo de buena
voluntad para todo. La cuada de Beln, en cambio, la ta Carolina, era
un basilisco. A mala intencin no le ganaba nadie. Solterona, flaca,
seca, de color cetrino, tena la actitud fiera y el gesto desdeoso.

Su alma era tambin seca como un cardo; no haba en ella la ms ligera
benevolencia para nada ni para nadie; con todos se senta implacable;
odiaba a su hermano, a su cuada, a sus sobrinos; inventaba desdenes
u ofensas por el gusto de insultar y de mortificar. En la Zoologa
andaba, seguramente, cerca del ofidio. No le faltaba mas que el
cascabel para pertenecer a la cofrada de las apreciables serpientes de
este nombre.

Se deca que, enamorada de un hombre, su amor no correspondido le haba
agriado el carcter; pero esto era imposible de creer, porque aquella
dama haba sido agria desde el nacimiento.

La suposicin de que la ta Carolina hubiese estado enamorada, slo la
podan hacer esas gentes que confunden el amor con las inflamaciones
del hgado.

Mara, desde el primer momento, comprendi que su ta Carolina
embesta, y la trat como a un toro furioso, y le daba cada capotazo
que la desconcertaba.

Con sus primas, Mara lleg a simpatizar. Al principio crey en
su bondad y en su afecto, pero vi pronto lo superficial de sus
ofrecimientos y protestas de amistad. En el fondo, las hijas de la ta
Beln no la queran. Verdad es que odiaban a todas las mujeres. Decan
de ella: S; Mara es muy lista, muy elegante, no se puede negar; pero
tiene unas ideas tan raras! Y en esto haba ya como un intento de
exclusin para su pequea vida social.

Para aquellas muchachas, todo lo que no fuera esperar en el balcn al
tenientito o al abogadito socio del Ateneo, tomaba el carcter de una
extravagancia.

El sentimiento de la categora social, unido al del pecado, enfermaba
a estas mujeres el alma. Luego, el casusmo de la educacin catlica
les haba infundido una hipocresa sutil: la idea de hallarse
legitimado todo, con tal de llegar en buenas condiciones econmicas a
la prostitucin legal del matrimonio. El hbito del disimulo y de la
mentira, y el ir de cuando en cuando a jabonar en el confesonario sus
pequeas roas espirituales, en compaa de un gan moreno, de mirada
intensa y barba azulada, les iba pudriendo lentamente el alma.

Para completarse y hacerse ms desagradable, el poco ingenio que
tenan estas nias lo empleaban en decir chistes o en defenderse de
los chistes. Para ellas todo el mundo era un guasn, y parecan creer
que los hombres y las mujeres, al hablarse, no tenan ms objeto que
rerse unos de otros.

Mara, en medio de aquel ambiente infeccioso, intentaba luchar con
otras armas, vivir con otras ideas, crearse una vida para ella sola, y
esto lo comprendan sus primas y lo consideraban como una ofensa.

Vean tambin que una personalidad ms fuerte atraa a la gente, y
formaban ellas y sus amigas pequeas conspiraciones para aislar y
excluir a Mara.

A pesar de estos intentos de exclusin, la hija del doctor se
desenvolvi fcilmente en el crculo de sus amistades, aprendi a
bailar y a hablar en tono ligero e insubstancial, y ocult con cuidado
sus aficiones y sus gustos poco vulgares.

No le costaba ningn trabajo el aparentar una frivolidad que no senta;
al revs, la tomaba con una facilidad extremada. Para sentirse un poco
seria, necesitaba estar en su casa, sola; si no, el ambiente la haca
ligera, inconstante y olvidadiza.

Mara Aracil se vi galanteada por jvenes que le parecieron de una
petulancia y de una vanidad ridculas, jvenes irnicos, que no crean
en nada mas que en s mismos. Mara pens que ninguno de ellos era
de naturaleza tan preciosa para que valiese la pena de guardarlo
cuidadosamente, y casarse con el escogido al cabo de algunos aos.

Entonces, las primas y sus amigas dijeron:

--Mara tiene mucha cabeza, pero muy poco corazn.

Y un joven atenesta aadi:

--Es una mueca sin alma.

Para aquellos jvenes irnicos y dannunzianos, no entusiasmarse con
sus gracias era no tener alma.

Mara quera llegar a vivir independiente, para ella, sin hacer alarde
de su independencia; al revs, ocultndola como un defecto. Este
sentimiento, poco comn entre nuestras mujeres, proceda ltimamente
de un factor de gran importancia: la intimidad del hogar. Mara
tena un hogar y no tena familia. El hogar es la quintaesencia del
individualismo; en cambio, la familia es algo que est ms bien fuera
que dentro del individuo, algo que determina la clase social. El hogar
no es aristcrata, ni burgus, ni obrero; la familia es todo esto y ms
an; el hogar aisla, la familia relaciona. En Espaa, la mayora de la
gente tiene familia, pero no tiene hogar.

Mara, viviendo aislada, se senta, necesariamente, un poco puritana.
La hipocresa, la afectacin le indignaban; le molestaba or esas
conversaciones de amigas en donde todas las palabras suenan a una
maldad. El ser sincera consigo misma primero, y despus lo ms sincera
posible con los dems, constitua para ella un deber, una regla de
conducta.

Aspiraba a ver las cosas prximas tales como eran, sin dejar por eso de
ser una muchacha, sin terminar en orgullosa, satrica ni pedante, ni
aspirar tampoco a catalogarse entre el ilustre grupo de esas mujeronas
literatas, intelectuales, con sentimientos de cocinera, que honran las
letras espaolas.

Comprenda que sus primas y sus amigas, por instinto, con el fin de
desembarazarse de ella, la impulsaban a que tomara en la vida una
posicin falsa, a hacerse marisabidilla; pero Mara saba defenderse y
hablar con la gente con una ligereza extraordinaria y demostrar que no
tena ni conocimientos ni gustos superiores a la generalidad.

Vea, al contrastarse con las dems muchachas, que las ideas de su
padre, ideas de hombre, le haban hecho un ser de excepcin.

Se acentuaban sus diferencias con las lecturas. En casa tomaba libros
de la biblioteca del doctor, y los lea, sobre todo los de viajes.
Ley desde Herdoto hasta Nansen, y estas lecturas serenas, unidas a
su falta absoluta de ideas religiosas, le permitieron poder pasear la
mirada por encima de las doctrinas y de los hechos sin turbacin alguna.

No lleg a formarse una concepcin clara y definitiva, no ya del mundo,
ni aun de su vida tampoco; pero consigui no tener ni sombra de ese
sentimiento malsano del pecado, herencia de una humanidad histrica y
enfermiza.

La idea del pecado es una de las ideas ms absurdas y ms petulantes de
las religiones. A primera vista, esta invencin, que supone al hombre
libre en absoluto, parece completamente austera; pero en el fondo no lo
es, sino todo lo contrario.

El pecado es como la cscara del placer: es el antifaz negro que vela
el rostro del vicio y le da ms promesas de voluptuosidad. Es, en
ltimo trmino, un excitante.

Un escritor, creo que Stendhal, cuenta que una princesa italiana del
siglo XVII, al tomar un helado, una tarde sofocante de verano, deca:

Qu lstima que esto no sea pecado!

En el fondo, la frase es infantil, porque, o la princesa no crea gran
cosa en el castigo del pecado, o supona muy fcil el lavarlo con la
confesin, o deca la frase por decirla. Seguramente, no hubiera dicho
la princesa:

Qu lstima que este helado no sea un veneno! Porque entonces el
peligro era real e inmediato. Con el fondo negro de la perversidad y
del pecado, las tonteras humanas toman grandes perspectivas, y el
hombre es, principalmente, un animal aparatoso y petulante.

Sin las sombras de la perversidad, qu queda de don Juan? Con un poco
de deshonor, de lgrimas y de infierno, don Juan se destaca como un
monstruo; pero se suprime todo eso, desaparece el dilettantismo de
la fechora, de la deshonra y del demonio, lo malo se convierte en
anmalo, y don Juan queda reducido a un hombre de buen apetito. En una
sociedad en donde reinara el amor libre, el famoso burlador sera un
benemrito de la patria, y el jefe del Estado le dara una palmadita en
el hombro y le dira:

Treinta aos y cuarenta hijos. Bravo, don Juan!, y le pondra una
corona de laurel, en premio a su civismo.

A Mara, a causa de su educacin, no le preocupaba la idea del pecado;
cuando comprenda que haba obrado mal, lo senta; pero no daba
significacin trascendente a sus equivocaciones o a sus ligerezas.

En ella pesaba mucho un sentimiento de limpieza moral; alguna vez que
comenz a leer novelas de tendencia libre o ertica, al darse cuenta de
ello, las dej sin curiosidad.

Durante mucho tiempo estuvo arrepentida de haber ledo _Crimen y
castigo_, de Dostoievski, porque le turb la conciencia y le produjo
ideas turbias y desagradables. Y ella buscaba, sobre todo, sentir el
alma limpia y ligera.




II.

EL HOMBRE BAJO LA MSCARA


Mara Aracil sinti desde nia un gran amor por su padre, aumentado
luego con los aos. El doctor Aracil se senta orgulloso de su hija,
vindola tan bonita, tan fina, tan inteligente, y a Mara le halagaba
tambin sobremanera ver a su padre joven an, buen mozo, con una fama
de mdico inteligentsimo y de hombre extraordinariamente original.

Mara no poda juzgar a su padre con frialdad: vindole a travs de su
cario, le pareca un tipo de excepcin, un ser superior y magnfico,
sin el menor defecto ni mcula.

En realidad, el doctor presentaba todos los caracteres de un hombre de
lujo, ms superficial que hondo, ms ingenioso que original y ms cuco
que sincero. Aracil no era capaz de experimentar grandes afecciones,
ni de sacrificarse por nada ni por nadie; en cambio, sacrificaba a
cualquiera por presentarse ante los dems en una postura gallarda o por
colocar a tiempo una frase feliz.

Senta el buen doctor una egolatra fundamental, de esas tan generales
entre los cmicos, los profesores, los cantantes, los literatos y
dems gente de perversa ndole. Si su egolatra no se notaba en l en
seguida, consista en que era bastante listo para disimularla.

En su tertulia del caf Suizo, formada en su mayor parte de mdicos,
era donde Aracil peroraba y lanzaba sus paradojas y sus frases
brillantes.

Siempre estaba ideando algo, no con el fin de realizarlo, sino con el
propsito de asombrar a la gente.

Oyndole, y fijndose en sus frases, se notaba que tena un repertorio
de ingeniosidades, de salidas, de comparaciones, con el cual
deslumbraba a sus interlocutores.

Tomaba una idea cerrada en una frase y la cambiaba mudando
caprichosamente una de las palabras. Como lo mismo le daba asegurar
blanco que negro, y no le importaba contradecirse, le era fcil el
retorcimiento de la idea. El cambio le sugera otra frase, y as haca
marchar una tras otra, con travesura e ingenio; pero sus frases no
terminaban en algo que pareciera una conclusin, sino que danzaban
de aqu para all, siguiendo un rumbo caprichoso, que muchas veces
dependa del sonido o de la consonancia de un vocablo. Hay muchas
personas que al decir una palabra recuerdan vagamente el objeto que
representa: al or decir libro, piensan en un libro en rstica o
encuadernado; al or decir casa, se la figuran grande o pequea, con
balcones o con ventanas, con tejado o sin l; pero otros muchos, y en
general los oradores y los poetas, y ms si son espaoles, al decir una
palabra no recuerdan ni la idea, ni el objeto que representa, lo que
les permite el discurso brillante y el juego del vocablo.

La facundia proviene casi siempre de esta condicin. En la cabeza del
orador fcil, las ideas no brotan arrastrando las palabras, sino son
las palabras las que van sugiriendo las ideas. Esto no es extrao; las
palabras son vehculos del pensamiento, y les queda siempre un residuo
espiritual. Un loro que repitiera palabras ambiguas llegara a dar la
impresin de un animal inteligente. Un orador que tiene un repertorio
mucho ms extenso que un loro, puede parecer inteligentsimo.

A Aracil le pasaba esto ltimo; no iba ms all de las palabras.

Analizando los procedimientos de fabricar cosas originales de este
mdico sofista, se vea que procedan casi siempre de un artificio
retrico. Uno de estos artificios estribaba en una anttesis casi
mecnica, en una oposicin sistemtica de un concepto, por el
contrario. Se deca delante de l, por ejemplo: Hay que dar trabajo
a los obreros, y l replicaba en seguida: No; lo que hay que dar es
obreros al trabajo. Hay que europeizar Espaa; l contestaba: Hay
que espaolizar Europa.

El otro procedimiento, tambin mecnico, de originalidad, usado por
Aracil, era devolver la frase al interlocutor, aplicando palabras de
ideas materiales a conceptos puramente espirituales, o al contrario,
procedimiento que, a pesar de estar a la altura de cualquiera, no
dejaba de producir efecto en los contertulios de Aracil.

Se le deca: Habra que encontrar un medio de ventilar bien el
hospital. Y l replicaba: Lo primero sera ventilar bien las
conciencias. Otro deca: A los campos espaoles les falta, sobre
todo, abono qumico. Ms abono qumico les falta a nuestras almas,
que estn siempre en barbecho.

Este procedimiento lo haba visto empleado Aracil, con xito, por un
catedrtico de Medicina, de San Carlos; un seor a quien los papanatas
de la Facultad tenan por un genio, porque, adems de llevar melenas
y de tocar el violn en el retrete, haba tenido el desparpajo de
construr, en pleno siglo XIX, un sistema mdico sobre la slida base
de unas cuantas frases, de unos cuantos chistes y de unas cuantas
frmulas matemticas, aplicadas sin ton ni son, a los fenmenos de la
vida.

Aracil, a veces, se senta modesto y reconoca que no tena sistema
filosfico alguno; pero entonces aseguraba que no eran los hombres de
ideas los que quedan, sino los hombres de frases.

--La cuestin es tener acierto--deca--; calificar al hombre superior
de superhombre, se le ocurre a cualquiera; llamar a un hombre degradado
ex hombre, como ha hecho Gorki, est a la altura de un atenesta de
capital de provincia; sin embargo, una invencin de sas, blandindola
en el aire como una lanza, hace conocido a un autor y le puede dar
celebridad.

Aracil, adems de creerse original, se jactaba de ser inoportuno;
uno de los procedimientos ms empleados por l, en la discusin, era
el de cortar la frase a su contradictor para explicar la etimologa
griega o snscrita de una palabra, cuyo significado usual y corriente
estaba al alcance de todo el mundo. La mayora de las veces, estas
inoportunidades no le traan consecuencias; pero a veces caa con
personas de malhumor, que no se contentaban con servir de trampoln
para ejercicios acrobticos, y tena que or el ser motejado de
farsante y de botarate.

La profesin mdica daba un poco de mundanidad y mitigaba la
suficiencia de Aracil. Si en vez de mdico hubiera sido profesor,
su nombre hubiera alternado con el de los ms ilustres pedantes de
facultad que brillan fcilmente en nuestra Beocia espaola.

A pesar de alguno que otro ligero tropiezo, la fama de Aracil
aumentaba. Esa clase de talento brillante, que ha encumbrado en Espaa
y dado nombrada de geniales y de profundos a muchos hombres de
talco, la posea Aracil en grado sumo, y, como casi todos los hombres
ingeniosos, crea en la eficacia de sus juegos de palabras, que para l
constituan movimientos hondos de ideas.

Aracil era un anarquista; pero un anarquista retrico, un anarquista
de forma; no tena esa tendencia apostlica, ese entusiasmo por la
vida nueva que han encarnado tan bien algunos escritores rusos y
escandinavos.

Su anarquismo era esencialmente antiformular; le indignaba el absurdo
de las frmulas sancionadas; pero no le hera, en cambio, un gran
absurdo cientfico ni una gran aberracin moral. Si alguien le llamaba
mi distinguido amigo, le molestaba; el poner al final de una carta:
su seguro servidor que besa su mano, le pareca una violencia
intolerable; todas esas frmulas sin valor, aceptadas por comodidad y
por rutina, le ofendan y exacerbaban su humor custico; en cambio,
para que un gran crimen o una enormidad social le sublevase, tena que
pesar el pro y el contra, y, aun as, le costaba decidirse.

Toda la intuicin de Aracil se cebaba en la frmula; todas sus
observaciones terminaban en una frase brillante, con su preparada
sorpresa al final.

Moralmente, el doctor era poco apreciable; tena una semisinceridad
candorosa, que constitua, como todas las semisinceridades, forma
acabada y perfecta de la perfidia.

Algunos amigos entusiastas le reprochaban que perdiese su tiempo en
el caf, y l, en vez de confesar la verdad y decir que se entretena
en la tertulia, contestaba: La mesa del caf es un campo de
experimentacin; lanzo all mis ideas y las veo ir y venir, y las voy
contrastando; y aada, con petulancia: Mis amigos son los conejillos
de Indias, que yo utilizo para la viviseccin espiritual.

Aracil tena dos tertulias: una en la botica de un amigo y
condiscpulo del doctorado, llamado don Jess, y la otra la del caf
Suizo. En las dos, Aracil llevaba la voz cantante, pero los de la
botica eran ms entusiastas an.

Haba all contertulios que crean de buena fe que para salvar a Espaa
haba que aracilearla.

El doctor, en el momento de decir una cosa, la crea, aunque estuviese
en contradiccin con sus costumbres y con su vida. As, lanzaba
anatemas contra los que juegan a cartas, y daba como suya la frase del
espiritual filsofo, que dice que los jugadores, no teniendo ideas
que cambiar, cambian pedazos de cartulina; sin embargo, l jugaba al
tresillo; deca a todo el que le quera or que los libros de Medicina
franceses eran malos, y l no lea otros; hablaba con sarcasmo de los
que se dejan guiar por la ltima moda en ciencia, y l haca lo mismo.
El plan de Aracil era despistar, quitar de su alrededor lo vulgar y lo
chabacano, para dar a su figura mayor relieve. Cierto que todos, en
grande o en pequeo, somos cmplices, con nosotros mismos, de una farsa
parecida, y queremos aparecer ante los dems con un color ms brillante
que aquel que tenemos en realidad; pero este pensamiento en unos es
transitorio, de ocasin, y en otros integra la vida entera, como en
Aracil. Algunas veces nuestro mdico, infludo por la gran idea que los
dems tenan de l, haba sabido estar enrgico y decidido.

El dandismo del doctor no se concretaba a las ideas y a los
sentimientos, sino que se trasluca tambin en la figura y en el traje.
Aracil gastaba un poco de melena, llevaba la barba larga y puntiaguda;
los quevedos, de concha, con la cinta gruesa; el sombrero, de copa,
con el ala ms plana que de ordinario, y levita. No usaba nunca gabn.
Este detalle, al parecer sin importancia, le haba dado ms clientela
que todos sus estudios. No le faltaba al doctor mas que un poco de
estatura. Con dos o tres dedos sobre su talla, hubiera sido uno de los
mdicos de mayor clientela de Madrid.

Los dos amigos ntimos del doctor Aracil eran un antiguo condiscpulo,
llamado Iturrioz, y un aristcrata cliente suyo, el marqus de Sendilla.

El doctor Iturrioz tena, prximamente, la misma edad que el padre
de Mara, pero representaba muchsimos ms aos que l; estaba
completamente calvo y tena la cara surcada por profundas arrugas. Era
un tipo de hombre primitivo: el crneo ancho y prominente, las cejas
speras y cerdosas, los ojos grises, el bigote largo, lacio y cado, la
mirada baja y la barba hundida en el pecho. El doctor Iturrioz haba
sido mdico militar, y vivido durante mucho tiempo, como deca l, en
lnea, hasta que las enfermedades le haban hecho retirarse. Hombre
insociable, de un humor taciturno, viva en casas de huspedes raras,
de barrios bajos, y se aburra pronto de una y se marchaba a otra.
Contaba historias picarescas de curas, de estudiantes, de empleados,
con un tono entre irnico y furibundo, y senta, de cuando en cuando,
alegras estrepitosas de hombre jovial. Al orle, cualquiera hubiese
dicho que era chanchullero y mala persona, y, sin embargo, era un
hombre ntegro, de vida pura, aunque de palabra cnica. El doctor se
haba formado un tipo de hidalgo rudo, claro, sincero, poco sensible, y
a veces crea de buena fe ser l la encarnacin de ese tipo de espaol
legendario; pero su impasibilidad se funda al calor de unas rfagas de
sentimentalismo, que le indignaban. Tena Iturrioz un entusiasmo ideal
por la violencia. Se mostraba con los desconocidos spero y brusco, y
le gustaba contar horrores de la guerra, de las dos campaas en donde
haba tomado parte, miserias de los hospitales, para poder convencer a
todo el mundo que era el hombre antisentimental por excelencia.

Mara le recordaba a Iturrioz desde nia, siempre sentado a la lumbre,
azotando con las tenazas el fuego, con un aspecto de ogro, un poco
extrao y loco. Ella le conoca muy bien y saba a qu atenerse
respecto a sus violencias de expresin.

Iturrioz senta una mezcla de cario y de desprecio por Aracil, y ste
experimentaba, a su vez, un sentimiento tambin mixto de estimacin y
de miedo por su amigo. La huraa probidad de ste le espantaba.

El aristcrata cliente de Aracil, el marqus de Sendilla, era un _snob_
de esos que gastamos en Madrid y Barcelona, que visten siempre sus
ideas y sus gustos a la moda de hace quince aos. El marqus quera
ser europeo, anglosajn; pero siempre era un anglosajn atrasado.
Se enteraba de todo tarde; era su desgracia. Se entusiasmaba con las
novelas de Pal Bourget, cuando ya todo el mundo las consideraba un
poco cursis, y tena el talento de tomar las ideas y las modas cuando
iban a marchitarse y a ser olvidadas.

Era partidario de los muebles modernos, y, llevado por sus gustos,
haba convertido su antigua casa solariega en una barraca llena de
mamarrachos y de objetos de bazar.




III.

EL PRIMO BENEDICTO


En casa de sus tos conoci una tarde Mara Aracil a un pariente suyo,
primo carnal de su madre, que acababa de quedar viudo, con cuatro nias
pequeas.

El primo Venancio vena de una capital de provincia, donde haba pasado
bastantes aos.

Al parecer, era una notabilidad en Geologa, y lo llamaban para
destinarle a los trabajos del mapa geolgico.

El primo Venancio era hombre de unos treinta y cinco a treinta y seis
aos, de mediana estatura, barba rubia y anteojos de oro. Tena la
frente ancha, la mirada cndida, vesta un tanto descuidadamente, y en
sus dedos se notaban ennegrecimientos y quemaduras, producidos por los
cidos.

Las cuatro nias del primo Venancio, Maruja, Lola, Carmencita y
Paulita, eran muy bonitas; las cuatro casi iguales, con los ojos
negros, muy brillantes, los labios gruesos y la nariz redondita.

Al conocerlas, Mara sinti por ellas un gran afecto, y las nias, al
ver a su prima, experimentaron uno de esos entusiasmos vehementes de
los primeros aos.

--Ya nos veremos, verdad?--dijo el primo Venancio a su sobrina, al
despedirse.

--S--le contest Mara.

--Ya les dir dnde voy a vivir.

Venancio estuvo dos veces en casa del doctor Aracil, y Mara comenz a
visitar con frecuencia a su primo.

Alquil ste una casa cuya parte de atrs daba al paseo de Rosales;
habilit y dispuso, para vivir constantemente en ellos, los dos cuartos
ms grandes y soleados; en uno arregl su gabinete de trabajo y en el
otro el de las nias.

Puso su despacho sin pretensiones de lujo; sobre estantes de pino, sin
pintar, coloc piedras, fsiles, calaveras de animales, gradillas con
tubos de ensayo; en las paredes fu clavando fotografas de minas,
planos geolgicos, lmparas de minero de nuevos sistemas, anuncios
de cables, de vagonetas, de sondas para perforar, de mquinas para
triturar piedras. Venancio era entusiasta de su profesin y le gustaba
rodearse de objetos y de estampas que le recordasen de continuo sus
aficiones cientficas.

Pasados los primeros das, en que el ingeniero recibi algunas visitas
de parientes y amigos, no fu nadie por su casa. Cuando Mara encontr
este oasis tranquilo, comenz a acudir a l y a cultivar el trato
de su pariente. El primo Venancio era hombre bondadoso e ingenuo.
Sus estudios y las lecciones que daba a sus hijas le ocupaban el da
entero. Venancio era un excursionista terrible; haba subido a todos
los montes de Espaa, y se haba baado en las lagunas de Sierra
Nevada, de Pealara, de Gredos y del Urbin. Venancio se ocupaba casi
exclusivamente de cuestiones cientficas; lo dems le interesaba poco;
la literatura le pareca una cosa perjudicial, y, en su biblioteca, las
nicas obras literarias que figuraban eran las novelas de Julio Verne.

--No las has ledo?--le dijo una vez a Mara, a quien ya tuteaba, por
razn del parentesco--. No tienen gran valor cientfico, sabes?, pero
estn bien.

Mara se llev las novelas de Julio Verne a su casa; la entretuvieron
bastante, y, adems, le hizo mucha gracia encontrar cierto parecido
entre los tipos de sabios de estas novelas y su primo Venancio. Desde
entonces comenz a llamarle, en broma, el _primo Benedicto_, recordando
un tipo caricaturesco de la novela _Un capitn de quince aos_.

Se acostumbr a llamarle as, y algunas veces se lo deca a l mismo,
sin notarlo.

Mara y el _primo Benedicto_ se entendan muy bien.

Muchas tardes de otoo y de invierno iba ella a casa de su primo, y con
l y con sus nias marchaba al paseo de Rosales. Se sentaban all; las
nias jugaban; Venancio y Mara daban a la comba, y venan otras chicas
y hablaban todas y corran por aquellas cuestas.

El _primo Benedicto_ no dejaba de ser un guasn, a su manera. Un
domingo fueron a Cercedilla, Venancio con sus hijas, la ta Beln
con las suyas y Mara. Iban subiendo el pinar para comer en lo alto;
Venancio marchaba con su traje de franela, su sombrero de alpinista y
la botella de aluminio en el cinto. En uno de los altos de la marcha,
volvindose a Mara, ingenuamente, le dijo:

--Esto es bastante tartarinesco, verdad?

A Mara le di tal risa, que tuvo que pararse para rer.

Venancio sonri; sus observaciones plcidas tenan el privilegio de
regocijar a Mara.

Era el primo un hombre sincero, que llevaba a la prctica lo que
pensaba. Estaba dando a sus hijas una educacin natural, aunque en
Madrid pareciese absurda. Los juguetes de sus nias eran las brjulas,
las lmparas de minero, la cinta, las piritas de cobre cuadradas y
brillantes.

--Todas estas saben ya algo de Mineraloga--le dijo una vez Venancio a
Mara--. Pregntales por cualquier piedra de las que hay aqu.

Cogi Mara un mineral con cristales cbicos, de color gris.

--Qu es esto?--pregunt.

--Galena con lminas de plata--dijeron las tres chicas mayores.

El padre hizo un ademn afirmativo.

--Y esto otro amarillo?

--Blenda.

--Y estos cuadraditos dorados?

--Calcopirita.

--Y esto amarillo, de color de canario?

--Oropimente.

--Es veneno--aadi Maruja, la mayor--, porque tiene arsnico, y echa
olor a ajo si se quema.

Mara se ech a rer.

--Pero son unas sabias estas chicas! Y estas piedrecitas
azules?--sigui preguntando.

--Lapislzuli.

--Y estos cuadrados?

--Espato fluor.

--Ya es saber demasiado.

Mara lleg a tomar aficin a aquellos minerales y aparatos de
ingeniera, y, bajo la direccin de Venancio, comenz a estudiar
Qumica y la marcha general de anlisis.

Como era muy atenta y estudiosa, en poco tiempo lleg a saber manejar
los aparatos, los cidos, el soplete, los tubos de ensayo, y consigui
analizar bien.

Su padre le asegur que si arreglaba un pequeo laboratorio tendra
trabajo.




IV.

AMISTAD


No exista buen acuerdo entre el _primo Benedicto_ y el doctor Aracil.
La familia de Venancio no haba visto con buenos ojos el matrimonio del
doctor con la madre de Mara, porque, al parecer, Enrique Aracil, antes
de casarse, y despus de casarse tambin, tuvo sus veleidades de don
Juan. Mara not que exista un marcado antagonismo entre su padre y
Venancio.

--Es un topo--deca Aracil--. De estos hombres que sirven para las
cosas pequeas y que no pueden llegar nunca a las ideas generales.

Las ideas generales constituan el caballo de batalla de Aracil. En el
fondo, las ideas generales no eran para el doctor mas que las ideas de
moda, aderezadas con unas cuantas ingeniosidades y chistes.

Venancio no iba a la zaga en criticar a los hombres de las ideas
generales, y una vez, refirindose a un mdico orador, dijo:

--Los hombres brillantes son la plaga de Espaa. Mientras aqu haya
hombres brillantes, no se har nada de provecho.

Mara fu evidenciando la hostilidad, al principio latente, entre su
padre y Venancio, y la achac a divergencias de temperamento. Pensaba
que el ingeniero senta tambin algunos vagos celos de los triunfos de
su padre. Sin embargo, le costaba trabajo atribur una mala pasin a
Venancio, porque, a medida que le trataba, vea en l ms claramente
un carcter limpio de intenciones tortuosas y de envidias. Venancio
alababa con entusiasmo a los compaeros que llegaban a conseguir
lo que l pretenda, y los alababa sin resquemor, con una buena fe
extraordinaria. Para l la ciencia era como una gran torre hacia lo
ignorado, que haba que agrandar y completar, y casi le pareca lo
mismo que la completara y agrandara un hombre u otro.

Aracil, con un criterio diametralmente opuesto, consideraba la Ciencia,
el Arte o la Poltica como campos donde poner de manifiesto y destacar
la personalidad, y estimaba el _sum-mum_ de la vida de un escritor, de
un hombre de ciencia o de un artista el que el conjunto de las letras
de su nombre se escribiera cien, dos cientos, quinientos aos despus
de muerto.

En algunas cuestiones, Aracil y Venancio coincidan; pero era ms
una coincidencia superficial que otra cosa. Ambos sentan el mismo
apartamiento por la vieja moral sancionada; pero, en Aracil, su
protesta le serva como motivo de charla, y en Venancio era una
conviccin que llevaba a la vida.

Aracil no se haba preocupado nunca seriamente de las ideas de su hija;
en el fondo, crea, como buen meridional, que las ideas de una mujer no
valen la pena de ser tomadas en serio.

En cambio Venancio, en el caso concreto de sus hijas, quera
desenvolver la personalidad de las nias, buscando la manera de
armonizarla con el medio.

El hombre, segn l, deba poner la vida entera en educar a sus hijos.
Siguiendo su teora, Venancio estaba a todas horas ocupadsimo.

--Siempre se habla a los hijos de los deberes que tienen para con los
padres--deca l--. A quienes hay que hablar es a los padres de los
deberes que tienen para con sus hijos.

Y esto, sin ser una gran novedad, era ciertsimo.

Venancio no quera llevar al colegio a sus chicas.

--Entre el miedo al diablo, el hacer trabajar la inteligencia sobre el
vaco de estpidas abstracciones y la falta de ejercicio, los colegios
espaoles estropean la raza. No dan mas que dos productos, y los dos
malos: la mujercita histrica, mstica o desquiciada, o la mujerona
gorda y bestial.

Mara no aceptaba siempre las ideas de Venancio, y solan discutir.
Fuera de las cuestiones filosficas y literarias, de las cuales el
ingeniero tena un concepto demasiado sumario, en lo dems era un
enciclopedista; una flor, una llave de luz elctrica, un charco,
una nube, un trozo de piedra, le serva de motivo para una larga y
entretenida disertacin cientfica.

Mara muchas veces le contradeca por orle. Al principio de conocerle,
sinti por el primo Venancio un afecto mezclado de efusin y de irona.

El ver que el ingeniero la consideraba, no como una nia ni como una
seorita impertinente, sino como una persona mayor, a quien se podan
consultar los asuntos ms graves y serios, daba a Mara una impresin
de simpata y de risa. Luego se fu acostumbrando a este trato de
seriedad, y experiment una sensacin de paz al hablar y discutir con
su primo.

Venancio posea una gran calma y ecuanimidad; en caso de duda, siempre
se inclinaba en un sentido conciliador. Muchas veces Mara se rebelaba
contra la opinin sensata de su pariente, y replicaba con viveza alguna
frase irnica, por el estilo de las del doctor Aracil; pero cuando le
pasaba el pronto, convena en que, casi siempre, Venancio tena razn.

Muchas veces satirizaba la flema del ingeniero; pero lo cierto era que,
a su lado, senta un agradable bienestar. En general, con las dems
personas, Mara era un poco burlona; la mayora de las gentes conocidas
le excitaban a mostrarse ingeniosa y aguda. A Venancio no le gustaban
las frases chispeantes, que envuelven casi siempre desdn o mala
intencin, y cuando elogiaba a Mara, era cuando se mostraba juiciosa y
humana.

--Me quiere--pensaba Mara--; pero me quiere como a una hija mayor.

Alguna vez senta como un relmpago de coquetera, y, casi sin darse
cuenta, llevada por su instinto de mujer, haca un gesto o diriga una
mirada, que Venancio notaba en seguida, y, entre asombrado y confuso,
contemplaba a Mara, con una gran inquietud en sus ojos castaos, de
una mirada tmida y honrada.

--Por qu no me dice alguna vez que estoy bien, que soy
bonita?--pensaba ella.

Algunos das Mara se present en casa de Venancio con traje nuevo,
elegante, gil y graciosa como un pjaro. En la calle oa elogios a su
gallarda, y ella pensaba:

--Y l no me va a decir nada!

Y, efectivamente, l no slo no le deca nada, sino que, al verla tan
elegantona, desviaba la vista y le hablaba sin mirarla, como si sus
atavos le produjeran cierta cortedad y turbacin.

Siempre que tena tiempo de sobra, Mara iba a casa de Venancio y
tomaba parte en las lecciones, y, cuando concluan stas, se llevaba a
pasear a las nias.

Mara y sus sobrinas conocan todos los grandes y los pequeos encantos
del paseo de Rosales.

Entre los grandes encantos de este paseo, poda considerarse como el
mayor la vista del Guadarrama, azul en las maanas de invierno, con su
perfil hosco y sus crestas de plata; gris las tardes de sol, y violceo
obscuro al anochecer. La Casa de Campo tena tambin perspectivas
admirables, con sus cerros cubiertos de pinos de copa redonda. En
otoo, las arboledas de esta posesin real presentaban una gama de
colores esplndidos, desde el amarillo ardiente y el rojo cobrizo hasta
el verde obscuro de los cipreses. El Manzanares, despus de las lluvias
otoales, tomaba apariencias de un ro serio, y se le vea brillar
desde lo alto de los desmontes y deslizarse por debajo de un puente.

Los pequeos encantos del paseo consistan en ver cmo trabajaban los
obreros en el parque del Oeste, en contemplar los estanques prximos
a la Moncloa, bordeados de cipreses, y en seguir, con la mirada, los
rebaos de cabras diseminados por los barrancos, en busca de la hierba
corta nacida entre los escombros. Y aun con stos no se agotaban los
atractivos del paseo, pues quedaba todava, como recurso, el presenciar
los ejercicios musicales de los cornetas y tambores, instalados en los
desmontes, y el ver cruzar los trenes, que se alejaban echando humo
blanco, que flotaba en el aire como una nubecilla.

Daba la impresin este balcn del paseo de Rosales de esos cuadros
antiguos y explicativos en los cuales el pintor trat de sintetizar
las actividades de la vida entera. Al mismo tiempo que el tren echando
humo, se vea cerca una casuca con un corral en donde los conejos
jugaban y las gallinas picoteaban en el estircol; cerca de los
soldados, los golfos husmeaban en los alrededores de la antigua fbrica
de porcelana.

El paseo, en algunas ocasiones, se llenaba de gente, y en los das
de fiesta, de santos del rey o de la reina, haba para los chicos el
espectculo sensacional de ver disparar las salvas de artillera...

Una noche de verano, muy estrellada, estaban en el despacho Venancio
con sus hijas y Mara. Tenan el balcn abierto, y vieron cruzar el
cielo una estrella errtica, que dej un rastro luminoso. Venancio
quiso dar la explicacin del fenmeno, y tuvo que remontarse hasta el
sistema del mundo. Desde la atmsfera de la Tierra, por la que cruzan,
incandescentes, los asteroides, pas a hablar de los dems planetas:
de Marte, con sus canales y sus fantsticos avisos enviados a nuestro
mundo; de Venus y de Jpiter. Luego habl del Sol, de su tamao, de
la cantidad de fuerza que representa su calor, de las hiptesis que
hay para explicar este incendio; despus indic esa estrella de la
constelacin de Hrcules, hacia donde marcha con el Sol todo el sistema
planetario; seal la Osa mayor y menor, la constelacin del Dragn,
Casiopea, Vega, que dista de la Tierra 42 billones de leguas; Arturo,
cuya luz tarda en llegar a nosotros veinticinco aos, y, por ltimo, se
perdi en conjeturas, hablando de la Va lctea y del espacio...

Mara experimentaba como un vrtigo al sumergir la mirada en aquel ter
desconocido, lleno de mundos ignotos... Las nias se haban dormido;
Venancio segua hablando y Mara escuchaba y miraba al cielo.

--Y eso, para qu?--pregunt, de pronto, Mara.

Venancio sonri.

--Aunque tuviera una razn, un objeto el universo--dijo--, los hombres
no lo podramos comprender.

--Y si lo tuviera?--pregunt Mara, con ansiedad.

--Si lo tuviera, lo tendramos tambin nosotros. Estaramos dentro de
una intencin divina.

--Y si no lo tiene?

Venancio se encogi de hombros.

--Si no lo tiene--agreg Mara, con viveza--estamos desamparados.

Y al decir esto sinti un escalofro, del relente de la noche.

--No hay que tener demasiada ambicin--dijo Venancio, pensativo.

--Me voy, es muy tarde--salt diciendo Mara.

--Te acompaar.

Salieron, y, sin hablarse, fueron hasta casa de Aracil.

Desde aquel da, el ingeniero tom a los ojos de Mara un carcter de
sabio misterioso, que viva trabajando en su laboratorio y observando
las estrellas.

Las visitas tan frecuentes de Mara a casa de su primo no pasaron
inadvertidas para sus tas.

--Chica, eso no se puede hacer--le dijo la ta Beln, hablando de esta
cuestin.

--Por qu no?

--Qu va a decir la gente?

--Que diga lo que quiera. A m qu me importa!

--No te importa! No te ha de importar? Yo conozco a Venancio y s
cmo es; pero otra persona puede pensar cualquier cosa mala.

--Psch! Que piense!

--Es que esa indiferencia no se puede tener en sociedad. No se puede
ser as.

--Pues yo no pienso ser de otra manera. Venancio es mi pariente y mi
amigo; me da lecciones de cosas que a m me sirven.

--S, y dicen que, mientrastanto, te hace el amor, que se ha enamorado
de ti.

--Bah! No diga usted tonteras. Venancio es muy bueno y yo le tengo
mucho cario, y a sus hijas tambin. Y si la gente quiere creer otra
cosa, qu le voy a hacer!, no voy a dejar de ver a las personas que
quiero, pensando en lo que dicen las que me tienen sin cuidado.

Este espritu de independencia fu comentado entre los amigos y
parientes de la casa de doa Beln, y el to Justo, el filsofo de la
familia, hombre muy casero, muy ordenado, muy indiferente y egosta,
pero de una gran probidad en las palabras, dijo:

--Yo creo, la verdad, que con el tiempo, todas las mujeres de algn
corazn y de alguna inteligencia sern por el estilo de Mara.

La declaracin cay como una bomba, y la ta Beln afirm que, aunque
fuera verdad, era una impertinencia decirlo delante de sus hijas.

El to Justo, hombre de gran sentido prctico, saba poner los puntos
sobre las es, y a su audacia de expresin no arredraba nada. Alababa
siempre a Mara por su deseo de trabajar y por su espritu de
independencia, pero sola decirle a quemarropa:

--Tu padre es un farsante--y aada--: El que vale ms de toda la
familia es Venancio.

Mara no senta ningn afecto por este viejo cnico, ni por su
franqueza tampoco; porque, fuera de su juicio claro y exacto de las
cosas, no tena nada digno de estimacin, y aun su veracidad le serva
nicamente para ser lo ms desagradable posible.

A consecuencia de estas visitas de Mara a casa de su primo, se habl
de que el ingeniero deba casarse, y un da en que los dos se reunieron
en casa de la ta Beln, sta provoc la conversacin del matrimonio de
Venancio.

La buena seora crea cumplir una misin providencial preparando
matrimonios, y apur todos sus argumentos para convencer al ingeniero.
l la oa, unas veces afirmando con ella, otras, negando.

--Y a ti, qu te parece?--pregunt Venancio a Mara--, que me debo
casar?

--No--contest ella--; haras una barbaridad. Adems, no vas a
encontrar quien quiera cargar con un viudo con cuatro chicas.

Venancio se turb.

--Pues yo creo que deba casarse--insisti la ta Beln--. Si no, estas
nias, qu van a hacer cuando sean un poco mayores?

--Siempre estarn mejor que una con madrastra--replic Mara.

--En fin, no s--concluy el ingeniero, pensativo--. Es difcil
decidirse. Adems, no me querran. Es indudable.

Mara comprendi que haba ofendido a Venancio, y lo sinti en el alma.
Muchas veces pens despus en la manera de enmendar su salida de tono,
pero tema echarlo a perder. Sin embargo, vea que su frase haba
herido a su pariente, y pensar que devolva con una broma dura y cruel
las atenciones que tuvo siempre con ella, le llenaba de tristeza.




V.

ANARQUISMO Y RETRICA


Un acontecimiento, que tuvo una gran importancia en la vida de Aracil y
de su hija, fu una sencilla conferencia que di el doctor en el Ateneo.

Algunos de sus admiradores de la docta casa le invitaron, con
insistencia, a hablar, y Aracil, despus de resistir un poco, acept y
dijo que su trabajo versara acerca de El anarquismo como sistema de
crtica social.

El doctor recogi sus ideas sobre esta cuestin y escribi algunas
cuartillas, y una noche en que fu a visitarle Iturrioz, le ley su
trabajo.

Aracil, que se conoca bastante bien y saba hasta dnde alcanzaba su
decantada originalidad, consideraba a Iturrioz como un receptculo
de originalidades en bruto y como un comprobador de sus ideas. Por
esta razn nunca haba presentado a su amigo en los sitios que l
frecuentaba, y a Iturrioz, que era ingenuo y, como l deca, uno de
los defensores de la antiliteratura y del antihumanismo, no se le
poda ocurrir que sus frases toscas las luciera su amigo, un poco mejor
aderezadas, como ocurrencias chispeantes.

La tesis que defendi Aracil en su Memoria no era nueva ni mucho
menos: se reduca a sostener que el anarquismo es la forma actual del
anlisis y de la crtica, y que los sistemas anarquistas o cratas
conocidos no son, en el fondo, mas que formas caprichosas y sin ningn
valor del socialismo utpico.

Segn Aracil, en el pensamiento existen siempre ideas y juicios
propios, individuales, e ideas y juicios prestados, impuestos,
aceptados por inercia espiritual. Las ideas adquiridas o heredadas
estaban reconocidas y sancionadas por el temor, por la inutilidad o
por la costumbre; las ideas individuales, propias, contrastadas por la
razn, nacan de una tendencia analtica; pero, en general, pugnaban
contra el ambiente. Estas tendencias analticas, impulsos de nuevos
conocimientos, iban, histricamente, constituyendo la Filosofa, la
Crtica y la Ciencia, en ltimo trmino.

Al descender la tendencia analtica desde la altura de los hombres
ilustres a la masa, haba creado el anarquismo, llamando as a la
crtica pura, no a la arbitraria concepcin de la sociedad sin Estado.

Claro que es natural--ley Aracil--que el hombre cuyas ideas estn
expuestas a una nueva contrastacin, vare sus ideales y hasta
modifique la nocin central de su pensamiento. Esto carece de
importancia en el escritor o en el filsofo, pero la tiene grande
en el poltico, que debe poseer la habilidad de no dejar traslucir
sus desilusiones ni la variacin de sus puntos de vista, pues la masa
no sigue la evolucin de las ideas en un hombre, y atribuye siempre
a motivos interesados lo que puede ser slo producido por motivos
intelectuales.

Aracil sigui leyendo su Memoria, y, cuando concluy, mirando a su
amigo, dijo:

--Qu te parece?

--Bien.

--Lo encuentras razonado?

--S.

--Pero, bueno, qu objeciones se te ocurren?

--Muchas--y el doctor Iturrioz qued pensativo, mirando al fuego--.
Claro que me parece natural y lgico en toda persona joven, sana y
honrada, ser rebelde, inmoral y ateo. No te molesto, Mara?

--No; por m, puede usted hablar--dijo Mara, que bordaba a la luz de
la lmpara.

--S--murmur Iturrioz, y sacudi con las tenazas las leas que ardan
en la chimenea--; todo hombre fuerte, inteligente, que conserve sus
tejidos cerebrales jugosos, tiene que ser un negador en presencia
de la estupidez de las leyes y de las costumbres. Ahora, cuando va
viniendo el cansancio y el temor de no poder luchar contra el medio
social, estado que probablemente proceder de una atona, quiz de la
esclerosis del sistema nervioso, entonces se va acabando la rebelda,
se acepta la moral, se reconoce la legitimidad de la religin. Esto no
quiere decir mas que laxitud y fatiga. Por qu he transigido yo en la
casa de huspedes donde vivo con un cura imbcil que me molesta todos
los das? Por fatiga.

--Y t crees--pregunt Aracil, viendo que el buen ogro de Iturrioz
divagaba--que deba sostener en mi Memoria francamente la anarqua?

--No; la anarqua es una necedad, una utopa ridcula y humanitaria,
indigna de un investigador--contest Iturrioz--. Un hombre no es un
astro en medio de otros astros; cuando un individuo es fuerte, su
energa se extravasa e influye en los dems. Es que yo creo imposible
la anarqua en el porvenir? Psch!, no s. La anarqua, o la acracia, o
algo parecido a una sociedad casi sin Estado, puede venir algn da, y
puede venir de la cultura, de la democracia y de la debilidad. El da
que los hombres elevados sean muchos y sus instintos dbiles, nadie
querr mandar. Pero si la acracia es posible en un porvenir lejano, no
lo es actualmente, y no vale la pena de preocuparse de la vida en lo
futuro, sino de la vida actual.

--Y, para la vida actual, t crees perjudicial el anarquismo?

--Perjudicial, no: al revs. Para m, la vida espaola de hoy es como
una momia envuelta en vendas, o, mejor quiz, como una de esas figuras
de un escaparete de ortopdico, cojas, mancas, llenas de frulas, de
vendajes y de aparatos. Qu se puede idear para que la figura se
mueva y ande? Yo creo que hay dos caminos: uno, el mejor, el de la
violencia, el de la lucha individual, echando a un lado la vieja moral,
la religin, el honor, todas esas preocupaciones que nos han aplastado,
reduciendo el Estado a un artificio mecnico, a una polica y a un
Cdigo; otro, el de la nivelacin de los hombres por el socialismo.
Para m, la moral de Espaa no deba ser otra que la de la excitacin
del amor propio. Nada de patria, ni de religin, ni de Estado, ni de
sacrificio; al espaol no se le deba hablar mas que a su orgullo y a
su envidia. Ese ha hecho ms que t; t debes hacer ms que l.

--S; un individualismo salvaje, una concurrencia sin ley--dijo Aracil.

--Es que el individualismo, la concurrencia libre, no quiere decir la
desaparicin absoluta de la ley y de la disciplina; quiere decir la
muerte de una ley para la implantacin de otra, la derogacin de una
tica contraria a los instintos naturales por el reinado de otra tica
en armona con ellos.

--Y cul es la tica natural, segn t?

--Si yo pudiera darte la frmula de la tica natural, sera un hombre
extraordinario. No, no tengo tanta ambicin. Hoy, adems, la tica est
en un perodo constituyente; por eso no pretende ser una valoracin,
sino que se contenta con ser una explicacin. Antes, el moralizar tena
dos formas: el elogio y el vituperio; hoy no puede tener mas que una:
el anlisis. Pero, transitoriamente, yo creo que, para la moral, se
puede tomar como norma la vida misma. Debemos decir lgicamente: Todo
lo que favorece la vida es bueno; todo lo que la dificulta es malo.

--Es que lo que favorece la vida individual puede perjudicar la vida
colectiva, y al contrario--arguy Aracil.

--Cierto. En esto se separan dos civilizaciones y dos razas: la latina,
entusiasta del derecho; la brbara, entusiasta de la fuerza.

--Y t eres un brbaro, amigo Iturrioz.

--En ltimo trmino, todos somos brbaros. Para m, el hombre siempre
tiene razn en contra de los hombres. La idea del derecho empapa
tambin su raz en la fuerza. La vida se nutre de violencia y de
injusticia, no porque la vida sea mala, sino porque los hombres han
soado con la dulzura y la justicia, sin contrastarlas con la vida; han
soado los lobos que eran corderos, y claro!, todo lo que no sea un
sueo de Arcadia les parece malo. Y eso es lo que yo creo que hay que
hacer: vivir dentro de la vida natural, dentro de la realidad, por dura
que sea; dejar libre la brutalidad nativa del hombre. Si sirve para
vigorizar la sociedad, mejor; si no, habr, por lo menos, mejorado el
individuo. Yo creo que hay que levantar, aunque sea sobre ruinas, una
oligarqua, una aristocracia individual, nueva, brutal, fuerte, spera,
violenta, que perturbe la sociedad, y que inmediatamente que empiece
a decaer sea destrozada. Hay que echar el perro al monte para que se
fortifique, aunque se convierta en chacal.

--Eres un salvaje.

--Por qu no? En Espaa todos tenemos un gran fondo de salvajismo.
Aqu no hay espritu cvico, social, de humanismo. No lo ha habido
nunca.

--Desgraciadamente.

--O afortunadamente. Aqu no hay mas que tres cosas: un patriotismo de
Madrid, burocrtico y falso; un regionalismo, que es una cursilera;
un provincialismo infecto, y luego la barbarie natural de la raza.
Esto es lo espaol. Y no lo comprenden. Estamos aqu empequeecidos,
aminorados, queriendo vivir con las leyes, cuando aqu debemos vivir
contra las leyes. Este espritu legalista ha producido en Espaa una
subversin completa de las energas. As, que en todos los rdenes de
la vida triunfa lo mediocre, y lo mediocre se apoya en lo que es ms
mediocre todava. Toda nuestra civilizacin actual ha servido para
reducir al espaol, que antes era valiente y atrevido, y convertirlo en
un pobre diablo. Y luego no es slo la mezquindad de la vida, sino que
es tambin su irrealidad. La vida espaola no tiene cuerpo, no es nada.
Los instintos vegetativos y una serie de impresiones en la retina, esa
es toda nuestra existencia, nada ms. Somos mejores para figurar en
las vitrinas de un museo arqueolgico que para luchar; vivimos hechos
unos animales domsticos, no fuertes y bien cebados, sino canijos y
tristes, con el aire dbil y lnguido que tienen los animales cuando
se los encierra. Porque hay que ver hasta dnde hemos llegado de
pequeez, de mezquindad, de cursilera. Antes creamos que los cursis
eran los pobres, y no, en Espaa los cursis son los potentados, los
aristcratas, los duques, los escritores, los polticos; lo cursi
es el Congreso, las redacciones de los peridicos, los saloncillos
de los teatros, el Ateneo, los lunes del Espaol...; las casas de
huspedes no son mas que pobres, y los que vivimos en ellas unos
miserables desdichados. Desde los miembros de la familia real, que
por lo virtuosos y econmicos ms parecen formar parte de una honrada
familia de estanqueros, hasta el ltimo empleadillo madrileo, todos
los espaoles tenemos las trazas de unos conejillos mansos.

--S; todo eso est bien. Es posible que sea cierto. Pero consecuencia,
consecuencia. Negar es muy fcil. Que se saca de lo que dices? Que
solucin?

--Qu es lo que quieres, una solucin prctica?

--No; una solucin concreta y posible. Porque a una Humanidad decada,
agotada, que no puede vivir mas que a la defensiva, con estimulantes,
tirarle todas sus medicinas por el balcn y decirle: Hay que vivir
en el monte, entre la nieve, le parecer absurdo. Y el fro?,
preguntar.

--Que lo resista--exclam Iturrioz.

--Y el calor?

--Que lo resista tambin.

--Se necesita mucha fe para vivir, espiritualmente, a la intemperie, y
a esta gente que se constipa con sacar la cabeza por la ventana, no la
convencers de esto.

--Fe, s--dijo Iturrioz--. Eso es lo indispensable. Fe en el hombre, fe
ciega, fe inquebrantable. Pero, se puede desarrollar la fe? Yo creo
que s. Engendrada la fe, la violencia nos librara del mal.

--Tambin yo creo lo mismo, que se necesita fe. Pero no creo, como
t, que se pueda producir en un momento, sino en aos. Pero, es que
tenemos prisa? Nada ms ridculo que esa idea, que han echado a volar
unos cuantos, de que Espaa, como nacin, peligra. Ni Inglaterra, ni
Francia, ni Alemania intentaran destrur Espaa.

--Bah! Claro que no. El peligro de Espaa no es un peligro exterior.

--Es que hay gente que supone que existe un peligro exterior, y no lo
hay, qu ha de haber! Y, por lo mismo--sigui diciendo Aracil--, es
necesario tomar todo el tiempo indispensable para digerir la poca
y absorberla y asimilarla y formar un ideal. Estamos rodeados de
escombros; hay que ver lo que sirve y lo que no sirve, con calma, sin
precipitaciones, que nos podran llevar a un desastre. Y para esta
obra hay que echar a reir en la calle a todas las ideas, a todos los
sistemas, y como base hay que apoyarse en el socialismo, como sistema
crtico para la trasmutacin de los valores econmicos, y en el
anarquismo como sistema crtico para la transformacin de los valores
morales y religiosos. No te parece?

--S; me parece una solucin lgica, lo cual no quiere decir que
sea buena. Yo, en el caso particular de Espaa, tengo alguna fe en
el hombre; pero nuestro ambiente es infeccioso, es meftico. Aunque
hubiera aqu una invasin de raza joven, nueva, no podra resistir
lo morboso del ambiente. All donde llega esta seudo-civilizacin que
se irradia de nuestras ciudades, all se pudre en seguida todo. La
pennsula entera est gangrenada.

--Y, qu diras del anarquismo activo, del anarquismo de la dinamita?

--Dira que ha perturbado el anarquismo. Slo la idea destruye; slo la
idea crea. La bomba, como venganza, me parece absurda, y como medio de
protesta, tambin. Si con una bomba se pudiera suprimir el planeta...,
entonces sera cosa de pensarlo. Pero matar unas cuantas personas es
horrible; porque todo puede ser lcito, menos llevar la muerte en medio
de la vida. La vida es la razn suprema de nuestra existencia.

--Sin embargo--exclam Aracil--, a veces, esos atentados tienen un aire
de ejemplaridad.

--Claro, como todas las catstrofes!

--Yo, hasta creo que tienen su belleza. Un dinamitero me parece un
artista, un escultor, brbaro y cruel, que modela en carne humana.

--Pap bromea--salt diciendo Mara.

--No, no.

--Hay algo de verdad en lo que dice--replic Iturrioz--; tu padre,
Mara, tiene el virus esttico metido en las venas; no en balde procede
del Mediterrneo.

Pasaron a otro asunto; pero Aracil no desaprovech los puntos de vista
sealados por su amigo para comentarlos en su Memoria.

Lleg el da de la conferencia; Aracil se prepar su pblico y
alcanz un gran xito. Su mayor habilidad fu mezclar con lo serio
notas humorsticas y cmicas; tuvo frases pintorescas para definir
grficamente el modernismo, la pedagoga, el gnero chico, el
automvil, la filosofa de Nietzsche, la poltica hidrulica y el
baile flamenco, muy celebradas. De ademanes y de accionado estuvo
inmejorable; supo subrayar unas cosas y atenuar otras con verdadera
maestra.

--Es un cmico este Aracil--exclam Iturrioz.

--Muy brillante, muy ingenioso--dijo el primo Venancio--, pero sin una
afirmacin prctica.

La opinin general consider la conferencia como un xito; los
peridicos le dedicaron ms de una columna, y algunas revistas
ilustradas publicaron el retrato de Aracil.

Mara discuti varias veces con su primo acerca de la Memoria de su
padre. Ella la defenda, como es natural; Venancio consideraba lo dicho
por Aracil como una fantasa literaria, como un juego mental divertido.
Venancio era enemigo de la poltica y de las frmulas tericas. Un
da le dijo a Mara que, para l, el nico propsito serio que poda
haber en Espaa era que, desde San Sebastin hasta Cdiz, y desde
La Corua hasta Barcelona, se pudiese ir entre rboles. Todos esos
otros sistemas metafsicos y ticos, como el anarquismo, le parecan
vueltas a concepciones pedantescas y a paparruchas semejantes al
krausismo. En cambio, un ideal concreto, prctico, de un pas lleno
de rboles, supona una transformacin de la vida, convirtindola, de
spera y ruda, en civilizada y humana. Para llegar a esto, pensaba que
actualmente en Espaa no haba camino; ingresar en cualquier partido
constitua una estupidez. Su plan era individualismo y trabajo, plantar
rboles y mejorar la tierra.

Mara, en el fondo, estaba conforme con l, pero le llevaba la
contraria por defender a su padre y para orle.




VI.

LOS FARSANTES PELIGROSOS


Hay en un libro viejo, cuyo nombre no recuerdo, un captulo acerca
de la vanidad, a la cual llama el autor: La hija sin padre en los
desvanes del mundo.

En estos desvanes del mundo hay, segn el inventor de esta frase,
chimeneas de todas formas por donde sale el humo de las cabezas
vanidosas y huecas. Hay chimeneas grandes y campanudas, otras estrechas
y angostas, y muchas que se comunican con algunos hombres ilustres
espaoles, cuyo fuego no se ve ni su calor se nota, y que slo se
distinguen por sus humaredas.

En uno de estos desvanes tena, con seguridad, su chimenea Aracil, y no
era de las menos humeantes.

Con motivo de la conferencia del doctor, hubo discusiones en los
peridicos avanzados. Un da un joven cataln, llamado Nilo Brull, se
present en casa de Aracil con unos artculos, escritos en un peridico
de Barcelona, en los cuales se defenda y se comentaba la conferencia
del doctor.

Aracil experiment una gran satisfaccin al verse tratado de genio, y
no tuvo inconveniente en presentar en todas partes y proteger a Brull,
que se encontraba en una situacin apurada.

Le di dinero, le llev a su casa y le convid varias veces a comer.

Mara, desde el principio, sinti una gran antipata por Brull. Era
ste un joven de veintitrs a veinticuatro aos, de regular estatura,
moreno, con los pmulos salientes y la mirada extraviada. Hablaba con
un acento enftico, hueco y estrepitoso, y tena una inoportunidad y un
mal gusto extraordinarios. Lo ms desagradable en l era la sonrisa,
una sonrisa amarga, que expresaba esa irona del mediterrneo, sin
bondad y sin gracia.

En el fondo, toda su alma estaba hinchada por una vanidad monstruosa;
quera llamar la atencin de la gente, sorprenderla, pero no con
benevolencia ni con simpata, sino, al revs, mortificndola. Tena
ese sentimiento especial de las mujeres coquetas, de los Tenorios, de
los anarquistas y de algunos catedrticos que quieren ser amados por
aquellos mismos a quienes tratan de ofender y de molestar. En algunos
pases en donde la masa es un poco amorfa, como en Alemania y en Rusia,
se da el caso de que los hombres que ms denigran su pas son los ms
admirados; en Espaa, esto es absolutamente imposible.

Mara sinti desde el principio una profunda aversin por aquel
farsante peligroso, y se manifest con l indiferente y poco amable.

Brull tena, como Aracil, cierta originalidad retrica y un ansia
por el ltimo libro, la ltima teora, el ltimo sistema filosfico,
completamente catalana. Una palabra nueva, terminada en ismo, que no la
conociera nadie, era para l un regalo de los dioses.

Si, por ejemplo, hablaban de ideas filosficas, y el uno aseguraba su
materialismo y el otro su espiritualismo, saltaba Brull, y exclamaba:
Yo soy partidario del filosofismo. Y cuando sus interlocutores
quedaban un poco asombrados, Brull sala con una explicacin
pedantesca, disertando acerca de un pensador llamado Filosofoff, de
la Laponia o de la Groenlandia--sabido es que la civilizacin y la
filosofa huyen del sol--, que haba aparecido haca un mes y tres
das, y demostrado la falsedad de todos los sistemas filosficos
europeos, americanos y hasta de los catalanes.

Brull era anticatalanista furibundo, lo cual no impeda que estuviera
hablando continuamente de la psicologa de los catalanes, de la manera
especial que tienen los catalanes de considerar el mundo, el arte y
la vida. Los italianos del Renacimiento no eran nada al lado de los
catalanes de ahora; al orle a Brull, cualquiera hubiese dicho que la
preocupacin de la Naturaleza, cuando estaba encinta, embarazada con
tanto mundo, embrionario, no era saber en qu acabara su embarazo, si
no pensar qu hara con los catalanes.

Al dar tanta importancia a los catalanes, tena que drsela tambin,
por exclusin y por comparacin, a los dems espaoles, y as resultaba
que, siendo Espaa en conjunto, segn Brull, la ltima palabra del
credo, a pedazos, era el cogollo de Europa.

Brull no convenca, pero haca efecto; tena el don de lo teatral: su
argumentacin y su fraseologa eran siempre exageradas y brillantes.
A un interlocutor sencillo le daba la impresin de un hombre
extraordinario.

Toda idea de superioridad individual, regional o tnica halagaba la
vanidad de Brull. Contaba una vez a Iturrioz, con fruicin maliciosa,
que uno de sus amigos, separatista, llamaba a Espaa la Nubiana; e
Iturrioz, que le escuchaba muy serio, le dijo:

--Eso no tiene mas que el valor de un chiste, y de un chiste malo. Es
lo mismo que lo que me deca un profesor vascongado.

--Qu deca?

--Deca que en Espaa no se puede hacer mas que esta divisin: vascos y
maketos, y aada que maketo es sinnimo de gitano.

Brull sinti casi una molestia al orse llamado por un mote
despreciativo. Era el cataln hombre de una susceptibilidad y de
una violencia grandes, que se irritaba por las cosas ms pequeas;
as, que experiment una ira feroz al ver a Mara Aracil que no slo
no se interesaba por l, sino que le hua. Esto a Brull le ofendi
profundamente, y le maravill hasta tal punto, que un da, vindola
sola, le dijo, con su sonrisa amarga de mediterrneo:

--Qu tengo yo para que me odie usted de ese modo?

--Yo no le odio a usted.

--S, que me odia usted. Tiene usted por m verdadera aversin.

--No es verdad.

Brull, para tranquilidad de su soberbia, necesitaba suponer en Mara
mejor una aversin profunda que una fra indiferencia.

--Es que yo le he hecho a usted algo?--sigui preguntando Brull.

--S, est usted arrastrando a mi padre a que haga alguna tontera.

--Bah! No tenga usted cuidado--y Brull se ech a rer con su risa
antiptica--. El doctor no es de los que se sacrifican por la idea.

La risa de Brull hizo enrojecer a Mara.

--Y usted, s?--dijo con desprecio.

--Yo s--contest l con una violencia brutal.

--Pues peor para usted--contest Mara, asustada.

Unas horas despus, Brull envi una carta a Mara. Era una carta
petulante, con alardes inoportunos de sinceridad. Deca en ella
que l no haba querido a ninguna mujer, porque consideraba a las
espaolas dignas de ser esclavas; pero si ella quera hacer un ensayo
con l, para ver si sus dos inteligencias se comprendan, l no tena
inconveniente alguno. De paso, en la carta citaba una porcin de
nombres alemanes y rusos que Mara supuso seran de filsofos.

Mara, que no hubiese sido cruel con otro cualquiera, pensando en que
Brull se haba redo de su padre, le devolvi la carta, pidindole, de
paso, que no le volviera a escribir, porque no le entenda.

Brull debi de manifestar al doctor la aversin que le demostraba
Mara, y Aracil pregunt a su hija:

--Por qu le tienes ese odio a Brull?

--Porque es un majadero y un farsante, y, adems, malintencionado y
peligroso.

--No, no. Es un hombre desgraciado, que no tiene simpata, pero es un
cerebro fuerte. Su historia es muy triste; parece que su madre es una
seora rica de Barcelona que tuvo un hijo, fuera del matrimonio, con un
militar vicioso y perdido, mientras el esposo de esta seora estaba en
Filipinas, y al hijo lo tuvieron en el campo y luego lo educaron en un
colegio de Francia. Y ahora los hermanos de Brull son riqusimos, y l
vive de una pensin modesta que le dan por debajo de cuerda.

--De manera que se ha hecho anarquista por envidia.

--No, no. Eres injusta con l. Brull es un hombre de ideas. Parece que
de nio era aplicado y quera hacerse cura, hasta que supo su origen
irregular y ley un libro con las atrocidades cometidas en Montjuich,
y se sinti furibundamente anarquista. Lo primero que dice al que le
conoce por primera vez es que l es hijo natural, y asegura que tiene
orgullo en esto. Es irritable porque est enfermo. Yo le digo que se
cuide, pero no quiere... Y lo que pasa en Madrid, que creo que no
ocurrir en ninguna parte.

--Pues, qu ha pasado?

--Que Brull ha conocido en el caf a dos viejecitos que, al orle
contar sus aventuras, le dan algn dinero y le quieren proteger.

--Y l no quiere?

--No. l se re de ellos. Pero la verdad es que slo aqu, en este
pueblo dbil y misericordioso, se encuentran estos protectores en la
calle.

--Vete a saber lo que les pasar a esos viejecitos. Quiz les recuerde
Brull algn hijo que hayan perdido.

--Quin sabe?

Aracil estimaba mucho a Nilo Brull, y Mara lleg a creer que le tena
miedo. Un da, el doctor vino por la noche un poco alarmado.

--Esta tarde ese Brull me ha hecho pasar un mal rato--dijo.

--Pues qu ha ocurrido?

--Estaba yo a la puerta del Suizo, hablando con Brull, cuando se para
delante, en su coche, el marqus de Sendilla. Tiene usted algo que
hacer ahora?, me ha dicho. Nada, hasta las siete. Pues suba usted
y daremos un paseo. Es que estoy con este amigo. Pues que suba su
amigo tambin. Hemos subido y hemos ido a la Casa de Campo. La tarde
estaba magnfica. De repente, se cruzan en el camino el rey y su madre
en coche, y da la coincidencia de que se paran delante de nosotros,
y le veo a Brull, con una mirada extraa, que se lleva la mano al
bolsillo del pantaln como buscando algo. He llevado un rato! El
marqus no lo ha notado. Hemos seguido adelante, y, a la vuelta, el
marqus nos ha dejado en la Puerta del Sol. Al bajar del coche le he
dicho a Brull: Me ha dado usted el gran susto!, y l se ha redo,
con esa risa amarga que tiene, y ha dicho: Yo no soy cazador como l.
Respeto la vida de los hombres y la de los conejos. Pero, qu s yo?
Tena una expresin rara.

--Lo que debas hacer es no andar ms con Brull.

--S, s; es lo que har. En la Casa de Campo he visto a Isidro, el
guarda, el padre de aquella chica que cur en el hospital.

--Ah, s!

--Me ha saludado con gran entusiasmo. Es una buena persona.

--Pues tiene todas las trazas de un bandido.

--S, eso es verdad; sin embargo, yo creo que ese hombre hara por m
cualquier sacrificio.

Un da, Brull present al doctor Aracil dos compaeros que venan de
Barcelona: el seor Suer, cataln, y una seorita rusa.

El seor Suer, hombre de unos cincuenta aos, de figura apostlica,
se crea un lince y era un topo. Quera hacer propaganda libertaria, y
todo el que le oa renegaba para siempre del anarquismo. Completamente
vulgar y completamente hueco, el seor Suer se disfrazaba de santn
del racionalismo, y los papanatas no notaban su disfraz. Como era rico,
el buen seor se daba el gustazo de publicar una pequea biblioteca,
escogiendo, con un criterio de galpago, lo ms rampln y lo ms
chirle de cuanto se ha escrito contra la sociedad.

El seor Suer intentaba demostrar en su conversacin que, como
crtico de los prejuicios sociales, no tena rival, y lo nico que
demostraba era cmo pueden ir juntos, mano a mano, la pedantera con
el anarquismo. Haca este Kant de la Barceloneta los descubrimientos
tpicos de todo orador de mitin libertario. Generalmente, esos
descubrimientos se expresan as: Parece mentira, compaeros, que haya
nadie que vaya a morir por la bandera. Porque, qu es la bandera,
compaeros? La bandera es un trapo de color... El seor Suer era
capaz de estar haciendo descubrimientos de esta clase das enteros, sin
parar.

La bandera es un trapo de color, la Biblia es un libro, las armas
sirven para herir o matar, etc., etc. El seor Suer era un pozo de
ciencia y de profundidad. La seorita rusa era una juda que iba
rodando por el mundo en busca de un nombre que explotar. Esta seorita,
fea, vanidosa, petulante, sin inteligencia, tena aire doctoral, cara
de mulato, color de dulce de membrillo y lentes.

Aracil habl con Suer y con la seorita rusa, y discutieron acerca de
la accin directa. La juda deca que, con el tiempo, los anarquistas
rusos se daran la mano, por encima del Rhin, con los italianos y los
espaoles.

El seor Suer pidi un libro a Aracil para su biblioteca; un libro
pequeo, de consejos mdicos.

--Esto no le hace a usted solidario con nosotros--dijo Suer.

--Lo soy. Donde otro vaya ir yo.

Suer, Brull y la rusa estrecharon con fuerza la mano de Aracil. Era un
pacto, un compromiso solemne y teatral, al que no le faltaba mas que
msica.

--Si esperan que yo haga algo--dijo Aracil, cuando se vi solo y se
sinti fro y prudente--, estn divertidos.

Al cabo de algn tiempo, Mara recibi una carta de Brull, fechada en
Pars, una carta larga, inquieta, exasperada y artstica. Terminaba
diciendo: Alguna vez oir usted hablar de m. Adis!

--Adis!--dijo Mara, y rompi la carta con disgusto. Aquella gana de
tomar la vida siempre en trgico le molestaba. Adems, crea que Nilo
Brull, sobre ser desagradable y antiptico, era un farsante.




VII.

EL FINAL DE UNA SOCIEDAD ROMNTICA


La vspera de la fiesta, por la noche, el doctor Iturrioz fu a casa
de Aracil; se sent en su butaca, pase la mirada por el cuarto, y,
despus de hacer la observacin, que no olvidaba nunca, de que Aracil y
su hija vivan muy bien, pidi a Mara una copa de coac.

--Ah! Pero puede usted tomar alcohol?--pregunt Mara, riendo y
levantndose para servirle la copa.

--Hoy s. Hasta el veintiuno de junio. Desde el veintiuno de junio en
adelante no tomar ya alcohlicos hasta el ao que viene.

Luego, con la copa en la mano, dijo:

--Y qu os parece de este matrimonio? Vamos a ver cosas buenas en
Espaa.

--Yo creo que no pasar nada--asegur Aracil.

--Qu s yo! Hay un dato que a m me intriga.

--Y es?--pregunt Mara.

--Es, con vuestro perdn, que el urinario que hay en la calle de la
Beneficencia, delante de la capilla protestante, lo van a quitar.

--Y eso qu importa?--dijo, riendo, Mara.

--Mucho. Eso indica que los protestantes empiezan a tener fuerza. Ahora
quitan el urinario, maana quitarn la fe catlica. El catolicismo
va a marchar mal. Una reina que ha sido protestante! Es grave. La
verdad es que los reyes son siempre muy religiosos, pero, cuando les
conviene, cambian de religin como de camisa. A nuestra aristocracia,
tan catlica, no le gusta nada la boda, y doa Dientes debe estar que
echa las muelas.

--Eres un fantstico, Iturrioz--murmur Aracil, que hojeaba un
peridico de la noche.

--No; soy un hombre previsor.

--Bah!

--Pero vosotros no notis lo que cambia Madrid. Toda la vieja Espaa se
derrumba.

--Yo no veo que se derrumbe nada--replic Mara.

--S, s; hay muchas cosas que se derrumban y que no se ven. T no
sabes, Mara, cmo era el Madrid que hemos conocido nosotros. Todos
eran prestigios. No es verdad, Aracil? Echegaray, Castelar, Cnovas,
_Lagartijo_, Calvo, Vico, Mesejo, qu s yo! Era un pueblo febril, que
daba la impresin de un tsico que tiene la ilusin de sentirse fuerte.
Y ahora nada, todo est apagado, gris. Se dice que todo es malo..., y
es posible que tengan razn.

--Yo no encuentro tanta diferencia--replic Aracil.

--No digas eso. Madrid, entonces, era un pueblo raro, distinto a los
dems, uno de los pocos pueblos romnticos de Europa, un pueblo en
donde un hombre, slo por ser gracioso, poda vivir. Con una quintilla
bien hecha se consegua un empleo para no ir nunca a la oficina. El
Estado se senta paternal con el pcaro, si era listo y alegre. Todo
el mundo se acostaba tarde; de noche, las calles, las tabernas y
los colmados estaban llenos; se vean chulos y chulas con espritu
chulesco; haba rateros, haba conspiradores, haba bandidos, haba
matuteros, se hacan chascarrillos y epigramas en las tertulias, haba
periodicuchos en donde unos polticos se insultaban y se calumniaba
a otros, se daban palizas y, de cuando en cuando, se levantaba el
patbulo en el Campo de Guardias, en donde se celebraba una feria, a la
que acuda una porcin de gente en calesines. De esto hace veinticinco
o veintisis aos, no creas que ms. Entonces, los alrededores de la
Puerta del Sol estaban llenos de tabernas, de garitos, de rincones, lo
que permita que nuestra plaza central fuera una especie de Corte de
los Milagros. En la misma Puerta del Sol se podan contar ms de diez
casas de juego abiertas toda la noche; en algunas se jugaba a diez
cntimos la apuesta. Los polticos eran, principalmente, chistosos.
Albareda se jactaba de no entender de poltica y de hablar cal. Y
Romero Robledo! Hay algn hombre ahora como aqul? Qu ha de haber!
Don Francisco era un tipo magnfico. Siendo l un hombre honrado,
tena una simpata por el ladrn completamente ibrica. Protega a
los bandidos andaluces y tena en Madrid amistades con los mayores
truhanes. Slo este episodio que os voy a contar retrata la poca.
Sola dar don Francisco reuniones, a las tres de la maana, en su
despacho del ministerio de la Gobernacin, y entre los invitados
haba desde gente riqusima hasta desharrapados, que se llevaban lo
que vean: tinteros, plumas, tijeras, todo. Una vez el ministro vi
que haban arramblado con un candelabro de ms de un metro de alto.
Aquello le pareci excesivo; llam al portero mayor, le pregunt si
saba quin era el autor de la hazaa, y el portero dijo que uno de los
amigos del seor ministro haba salido con un bulto enorme debajo de
la capa. Entonces don Francisco escribi una carta atenta a su querido
amigo, dicindole que, sin duda, inadvertidamente, se haba llevado el
candelabro; pero, como ste era necesario en el despacho, le rogaba que
lo devolviera. Qu crees, t, Mara, que hubiera hecho un ministro de
hoy?

--Llevarle a la crcel al ladrn, probablemente--dijo ella.

--Con seguridad. Y entonces, no; haba gusto por las cosas. Atraa
lo pintoresco y lo inmoral. A la gente le gustaba saber que el
Ayuntamiento de Madrid era un foco de corrupcin; que un seor concejal
se haba tragado las alcantarillas de todo un barrio, y se rea al or
que los pendientes regalados por un matutero ilustre adornaban las
orejas de la hija de un ministro. Yo comprendo que aquella vida era
absurda; pero, indudablemente, era ms divertida.

--S--dijo Aracil--; era ms divertida.

--Luego, el que se crea austero y terrible, se haca republicano.
Claro que era una ridiculez, pero era as. Y el hombre se entretena.
Hoy la Repblica no es nada.

--S; la verdad es que ha bajado mucho la pobre--exclam Aracil--. Hoy
ya tiene las trazas de un ideal de porteros. A m, cuando me hablan de
republicanos entusiastas, recuerdo siempre al conserje del hotel donde
viv en Pars, y le veo con su mandil y su gorro redondo, refirindome
ancdotas de Gambetta. Para m, republicano y portero francs son cosas
sinnimas.

--Ya ves, en cambio, a m--dijo Iturrioz--, cuando pienso en un
republicano, me viene siempre a la imaginacin un fotgrafo de mi
pueblo, hombre muy exaltado. Y luego, cosa extraa, a todos los
fotgrafos que he conocido les he preguntado si eran republicanos, y
todos me han dicho que s. Yo no s qu relacin misteriosa existe
entre la Repblica y la fotografa.

--Y usted no es republicano, Iturrioz?--pregunt Mara.

--Yo, no; ni republicano ni monrquico; lo que soy es antiborbnico.
Para m, eso de Borbn es una cosa arqueolgica y deletrea, como una
momia que hiede; as, cuando me dicen: Ah va el prncipe tal de
Borbn, me dan ganas de taparme las narices con el pauelo.

--Un rey que no sea Borbn ser muy difcil en Espaa--dijo Mara.

--Por eso le parece bien a Iturrioz--salt Aracil--, porque es absurdo.

--Lo que en el fondo le gustara al pas--dijo Iturrioz--es el rey
caudillo, el rey guerrero; no reyes como los modernos, viajantes de
comercio, matadores de pichones, automovilistas... Esto es ridculo.

--Y, para qu un rey guerrero?--dijo Mara.

--Dara un poco de prestigio y un poco de alegra a Espaa. Un pueblo
no se puede regir por un libro de cuentas, y yo creo que si el espaol
se va enfangando en esta corriente de mercantilismo, se deshar, se
har un harapo, perder todas las cualidades de la raza.

--Pero, usted cree que los espaoles han cambiado de veras?--pregunt
Mara.

--S.

--En veinte o treinta aos?

--S; ha cambiado su manera de pensar, que es lo que ms pronto puede
variar en una raza. Un hombre del Norte discurre pronto como un
meridional, si vive en el Medioda, o al contrario; el pensamiento
y la cultura se adquiere rpidamente; para que el instinto cambie,
ya es imprescindible mucho tiempo; para que el color del pelo vare,
se necesita la vida de varias generaciones, y para que un hueso se
transforme, ya son indispensables eternidades. Cuntos miles de
aos har que el hombre no mueve las orejas? Una atrocidad. Y, sin
embargo, los msculos para moverlas los tiene todava, atrofiados,
pero existen. No; no hay que asombrarse de que los espaoles hayan
variado de manera de pensar en pocos aos. El germen del cambio est
ya en nuestro tiempo, y antes--sigui diciendo Iturrioz--mucha gente
encontraba aquella vida falsa y superficial. La sociedad espaola era
como un edificio cuarteado, pero que se iba sosteniendo. Viene la
guerra de Cuba y la de Filipinas, y, por ltimo, la de los yanquis,
y se pierden las colonias, y no pasa nada, al parecer; pero la gente
empieza a discurrir por su cuenta, y el que ms y el que menos dice:
Pues si nuestro ejrcito no es, ni mucho menos, lo que creamos; si la
marina es tan dbil, que ha sido aniquilada sin esfuerzo; si estbamos
engaados en esto, es muy posible que estemos engaados en todo. Y
desde este momento empieza a corroer el anlisis, y suponemos que
los escritores, y los polticos, y los oradores, y los ingenieros, y
los cmicos espaoles deben ser tan malos, tan ineptos como nuestros
generales y nuestros almirantes; y suponemos que nuestros campos son
pobres y hay quien lo comprueba, y cada espaol, que ve y observa
por s mismo, echa abajo toda la leyenda dorada de su patria. Y se
acostumbra la gente a la crtica, y as resulta que hoy los prestigios
nuevos no se pueden consolidar y los viejos han desaparecido. En
Espaa, actualmente, hay estos dos criterios: el del conservador, que
lo mismo puede tener la etiqueta de ntegro como la de anarquista, que
dice: Esta es la ciencia oficial, la poltica oficial, la literatura
oficial? Pues sta, buena o mala, es la respetable. Y el del no
conservador, que es todo hombre que discurre, que ha llegado a tal
desconfianza por lo sancionado, que dice: Esta es la literatura
oficial, la ciencia oficial, el arte oficial? Pues ste es el malo.
Entre uno y otro criterio no hay transaccin posible. As, no se afirma
nada en Espaa. Qu queda de nuestra poca? Nada. Quin se acuerda ya
de Castelar, ni de Cnovas, ni de Ruiz Zorrilla, ni de Campoamor, ni
de Nez de Arce? Nadie. Todo eso parece un peso muerto que la memoria
de la gente lo ha echado ya por la borda, condenndolo al olvido.
Hoy se empieza negando, por lo menos dudando, tratando de buscar la
verdad, el positivismo..., y el poeta listo, el de la quintilla, que
hace veinte o treinta aos hubiera vivido slo con eso, hoy se muere
de hambre o tiene que entrar de escribiente; y el que se sinti chulo,
se pone a llevar bales, porque la chulera no da; y el matn de la
casa de juego, se encuentra con que cierran todos los garitos; y el
que so con hacer su pacotilla de concejal, ve que el Ayuntamiento
se moraliza...; y el hampa se va..., y todo se va...; y as en Espaa
tenemos, no ya fracasados de la virtud, de la gloria y del arte, como
en todas partes, sino fracasados de la inmoralidad, fracasados del
agio, fracasados del chanchullo, como en poltica tenemos lo ltimo de
lo ltimo: los fracasados del anarquismo.

--Y usted cree que eso es malo de veras?--pregunt Mara.

--Malo, no. A la larga es posible que sea la salud. Vamos hundindonos,
hundindonos... Alguno encontrar tierra firme y volveremos a subir.
Entonces renacer Espaa...

--_Incipit Hispania!_--exclam Aracil.

--Y si cree usted esto, por qu se queja?--pregunt Mara.

--No me he de quejar? No ves que yo soy un hombre de otra poca?
Antes decan que hay en todas las sociedades tres perodos: el
teolgico, el metafsico y el positivo. Yo soy un tipo que est entre
el perodo teolgico y el metafsico. Qu voy a hacer en esta sociedad
positiva, como la que se intenta crear? Me lo quieres decir, Mara?
No comprendes que quieren hacernos ingleses y somos espaoles? No,
no; esto es grave. Estamos asistiendo a la ruina de un mundo, al final
de una sociedad romntica. Yo estoy asustado, y voy a hacer como dama
Javiera, una seorita vieja de mi pueblo.

--Y qu haca esa dama Javiera?--dijo Mara, riendo.

--Pues la dama Javiera era una seorita de setenta aos, que vena
de tertulia a mi casa, cuando yo era chico. Dama Javiera, que ya
tena esta maldita tendencia analtica, que nos ha perdido a todos,
jugaba a las cartas con mi abuela y con un cura viejo, que se llamaba
don Martn, y entre jugada y jugada le preguntaba al cura acerca de
cuestiones de religin: Ser posible esto, seor cura? Podr suceder
tal cosa?, le deca. Y don Martn contestaba sentenciosamente: Dama
Javiera, conviene no escudriar, y se apuntaba un tanto con una
habichuela encarnada o blanca. Yo antes me rea; pero empiezo a creer
que el consejo que daba a dama Javiera era muy exacto, y que conviene
no escudriar.

--Lo que no es obstculo para que usted est escudriando
siempre--repuso Mara.

--Es un defecto. Y t, Aracil, crees que este matrimonio cambiar algo
Espaa?

--Segn. Si la reina es inteligente...

--Debe serlo--dijo Mara--. Es inglesa, de una familia donde abunda la
gente lista.

--No; es medio alemana--repuso Iturrioz.

--Y usted no cree en las alemanas?

--No; en general, la mujer alemana es, poco ms o menos, tan espiritual
como una ternera.

--Ests adulador, chico!--dijo Aracil.

--Es mi opinin. Pero, yo, ya te digo: me alegrara que no pasara
nada. Y no slo para el porvenir, sino para maana, se anuncian graves
acontecimientos. Se dice que han venido dinamiteros.

--Fantasas!--murmur Aracil.

--Pues yo he odo decir que hay un canguelo terrible; que el nio
encuentra annimos debajo de la almohada. A m esto me indigna, te
advierto. Estamos molestando tanto a estos pobres reyes, que se van
a unir todos en apretado haz y se van a declarar en huelga. Y a ver
entonces qu hacemos en Espaa con los uniformes de los alabarderos!
Vamos tirando de la cuerda demasiado, y nos va a pasar con los reyes lo
que nos ha pasado con los santos.

--Y qu nos ha pasado con los santos?--dijo Mara.

--Nada, que han cortado la comunicacin con la tierra. En fin, que
esto se pone muy mal, y yo no pienso salir maana, porque, chica, me
estoy haciendo viejo y muy miedoso; si pasa algo me coger en la cama.

Iturrioz sigui fantaseando sobre una porcin de cosas, hasta que, al
dar las once, tom su capa y se larg, despus de dar las buenas noches
y de exhortar, bromeando, a que tuvieran prudencia.




VIII.

EL DA TERRIBLE


Al da siguiente, Mara pensaba ir con su primo Venancio y sus hijas
a Cercedilla, cuando se suspendi el viaje, porque la noche antes,
Paulita, la menor de las nias del ingeniero, cay enferma con el
sarampin.

Aracil fu a verla. El doctor tena bastante trabajo por la tarde,
y estaba, adems, invitado a comer en casa del marqus de Sendilla.
Haba aceptado la invitacin, creyendo que su hija ira de campo con
Venancio, y como la enfermedad de la nia imposibilitaba la excursin,
quedaron de acuerdo en que Mara, despus de comer con el ingeniero,
ira a casa de doa Beln, en donde la recogera Aracil.

Paulita, la enferma, era la predilecta de Mara, y deseaba que su ta
estuviese constantemente a su lado, acaricindola y besndola.

--Yo no puedo permitir esto--dijo el ingeniero--; se te puede pegar la
enfermedad.

--Qu se va a pegar una enfermedad de nios!

--Ya lo creo que se pega! Nada, nada; no ests ah--y Venancio
oblig a salir a la muchacha y a que se lavara con agua sublimada y
desinfectara las ropas.

Comieron; Mara se encerr en el cuarto con las nias mayores; pero
la enfermita lo notaba y peda que fuera a verla, y si no empezaba a
llorar.

--Mira, lo mejor es que te vayas--dijo Venancio, que estaba algo
preocupado con la enfermedad de la nia y con el temor de que su
sobrina se contagiase--. La criada te acompaar.

--Para qu? Ir yo sola--y Mara se despidi de las nias y tom el
tranva rojo en el paseo de Rosales.

La ta Beln viva en la calle del Prado; el tranva llegaba hasta
cerca de su casa. Al paso not Mara que en las calles se hablaba
animadamente, pero no prest atencin.

Seran las tres y media o cuatro cuando lleg a casa de la ta Beln.
Llam, pas al gabinete y se encontr con que todos reunidos all
charlaban a la vez.

--Qu hay? Qu ocurre?--pregunt.

--No sabes nada?

--No.

--Pues que han tirado una bomba.

--De veras?

--S.

--Y hay desgracias?

--Muchsimas. El to Justo ha dicho que dos muertos; pero ahora dicen
que hay cinco y una infinidad de heridos.

--Qu horror!

Y Mara dijo esto con esa solemnidad superficial con que se comentan
los hechos que no se han visto ni sentido. Luego, de pronto, pens en
su padre y se alarm: Dnde estara en aquel momento? l, que era
tan curioso! Quiz habra ido al lugar del atentado.

El to Justo, la ta Beln, Carolina, unos seores y seoras que se
hallaban de visita se enredaron en una conversacin de anarquistas y de
bombas, que a Mara comenz a sobresaltar. Todos execraban el atentado,
pero consideraban el crimen de distinta manera.

--Para m son locos--aseguraba el to Justo.

--No, son fieras--replicaba otro seor, fuera de s, que era
contratista de paos para el ejrcito, lo que le daba, sin duda, cierta
inclinacin a la violencia--; y haba que cazarlos.

--Yo creo lo mismo--agreg Carolina--, y aun no me contentara con
cazarlos, sino que los hara sufrir antes.

--Yo no--y el to Justo se pase por el cuarto--; lo mejor sera
deportarlos; a todos los que tengan esas ideas, que no estn conformes
con la manera de vivir general, los llevara a una isla y los dejara
all, con aparatos y mquinas, para que trabajasen y viviesen.

--Qu aparatos ni qu mquinas!--exclam el paero, furioso--;
hacerlos pedazos. Es usted anarquista? S. Pues tome usted, y
pegarle un tiro a uno. Porque esos crmenes son cobardes e infames.

Y el seor repiti estas palabras, como si en aquel instante hubiera
hecho un gran hallazgo.

--Sin embargo, ya ver usted--dijo el to Justo--cmo se llega a hacer
tambin la apologa de este crimen.

--Pues yo, al que hiciera esa apologa, le pegara un tiro.

--La verdad es que esa pobre gente--murmur la ta Beln, con voz
plaidera--qu culpa tendran? Y esos pobres soldados! Porque yo
comprendo que vayan contra un hombre, como Cnovas, y que lo maten.

--Claro!--dijo cnicamente el to Justo--. Eso es mucho menos
peligroso para nosotros, que no somos polticos.

Mara estaba cada vez ms inquieta, pensando en su padre; la ta
Carolina sobre todo, y los dems tambin, al hablar de anarquistas se
referan a ella, reprochndole tcitamente que su padre tuviera tan
nefandas ideas.

En esto lleg el marido de doa Beln con nuevas noticias: los muertos
llegaban a diez. Haba hablado con un amigo suyo, empleado en Palacio.
Los reyes haban vuelto impresionadsimos; ella estaba con convulsiones
y l lloraba emocionado.

--Es falso--grit el paero--. Ese seor le ha engaado a usted. El rey
no ha llorado.

--Pero, usted qu sabe?--le pregunt el to Justo.

--Lo comprendo, porque un rey no llora.

--Por qu no? Eso qu tiene de extrao?

El marido de doa Beln aadi que su amigo le haba dicho que slo
uno de los grandes duques rusos, como acostumbrado a escenas de esta
ndole, estaba tranquilo, y que el tal haba aconsejado al rey que
saliera inmediatamente a dar un paseo por las calles, con lo que sera
ovacionado por el pueblo. Al parecer, el rey no se haba decidido. En
cambio, el gran duque ruso haba salido, de paisano, a ver la casa del
crimen, y como en su real familia haban muerto de atentado varios
individuos, y miraba ya, sin duda, con cierta familiaridad amable la
metralla anarquista, haba pedido a un jefe de polica que le regalara
un trozo de bomba, porque haca coleccin.

La tarde fu para Mara un verdadero suplicio. Tena ganas de
marcharse, pero esperaba porque haba quedado de acuerdo en que su
padre se le reunira all. Seran las seis cuando par un coche delante
de la casa; Mara, atenta a todos los ruidos de la calle, escuch con
ansiedad; se abri la puerta del gabinete y una criada entr. A Mara
le di un vuelco el corazn.

--Seorita, haga usted el favor de salir, que la espera su pap.

Mara salud rpidamente a los parientes y amigos y baj de prisa las
escaleras. Al ver a su padre comprendi algo grave. Aracil tena el
rostro desencajado, el cuerpo tembloroso, los labios completamente
blancos. Llevaba un gabn al brazo, lo que en el era rarsimo.

--Qu hay? Qu pasa?--fu a preguntar Mara; pero la voz expir en su
garganta.

Aracil, sin contestar a la interrogacin muda, tom el brazo de su hija
y murmur, casi sin aliento:

--Vamos.

--Pero qu pasa?

--Que el que ha puesto eso es Brull.

--l?

--S..., y me lo he encontrado..., y me ha pedido proteccin..., y le
he llevado a casa... No s a qu vamos por aqu... Dnde podramos ir?
Oh, Dios mo!... Estoy perdido!

Mara oprimi el brazo de su padre.

--Sernate--le dijo--. Vamos a ver qu hacemos... Qu piensas? Qu
quieres?

--No s--exclam Aracil--; no s qu hacer... La cuestin sera que
pudiese meterme en algn lado, disfrazarme y hur.

--Y dnde podramos meternos?

--Dnde? Dnde?... No s.

--En el hospital, quiz...

--S, vamos al hospital... Cmo se te ha ocurrido eso?... Vamos, s,
vamos.

Tomaron por la calle del Len, salieron a la plaza de Antn Martn y
bajaron por la calle de Atocha. El doctor miraba a un lado y a otro,
temblando de ser conocido. De pronto, Aracil apret el brazo de su hija.

--Qu hay?--pregunt Mara, sobresaltada.

--No oyes? Un extraordinario con los detalles del atentado. Cmpralo.
No, no lo leamos aqu.

Llegaron al Hospital General. El portero no les sali al encuentro;
subieron por unas escaleras iluminadas con grandes faroles, muy
tristes. Una monja se acerc al doctor a hacerle una pregunta. Aracil
contest como pudo y entr en el cuarto de guardia, seguido de su
hija; cerr la puerta, y, sentndose luego en una silla, murmur:

--Estoy rendido.

--Pero, al fin, qu ha pasado? Cmo ha pasado?--dijo Mara--.
Cuntalo todo.

--Pues iba por la calle de Fuencarral, despus de comer en casa del
marqus, cuando, al entrar en la botica de don Jess, un hombre me
agarr del brazo con una fuerza extraordinaria. Me volv. Era Brull.
Acabo de echar una bomba al paso de la comitiva. Hay desgracias, me
dijo. Yo, al principio, no comprend lo que deca, y tuvo que explicar
lo que haba pasado. Y, qu piensa usted hacer?, le pregunt. No
s; iba a suicidarme, pero viendo que nadie me segua ni intentaba
prenderme, he venido hasta aqu. Tiene usted algn sitio donde
esconderse?. No, y he pensado en usted. Protjame usted, Aracil. Si
me cogen me van a hacer pedazos. Hemos subido a casa sin hablarnos. Yo
no comprenda entonces por completo la gravedad de las circunstancias.
Abr la puerta, pas l y pas yo. El se abalanz hacia el armario
del comedor y bebi con avidez dos vasos de agua. Creo que lo mejor
es--le dije yo--que se est usted aqu ocho o diez das. Y usted?,
pregunt Brull. Yo le dir al portero que me voy. No, no; yo me
voy con usted. Yo no me quedo. Usted me quiere denunciar y yo le pego
un tiro a quien me denuncie, y, rpidamente, sac una pistola y la
blandi en el aire. En aquel momento yo no senta tanto miedo como
ahora. Estbamos en esta situacin, mirndonos con espanto, cuando
son el timbre. Escndase usted, le dije a Brull. Fu a la puerta.
Era el cartero, que me entreg el peridico de Medicina. Cerr, llam
al anarquista y, con tono decidido y casi burln, que a m mismo
me chocaba, le dije: Aqu, en casa, viviendo conmigo, no se puede
usted quedar; mi hija, las criadas, los vecinos, todo el mundo se
enterara. Si le parece a usted, hay ah un cuarto independiente, con
bales y trastos viejos, que da a un tejado. No entrarn; tengo ah
un esqueleto, y las criadas, que lo saben, no se atreveran a abrir
esa puerta. Adems, usted se puede quedar con la llave. Mtase usted
ah, encirrese usted y estse usted quince das. No me har usted
traicin, Aracil? No. Me lo jura usted?, grit l casi llorando.
Se lo juro. Entonces Brull se ha metido en el cuarto y, al instante,
yo he pensado en hur. Pas una media hora de angustia, porque deca:
Si oye mis pasos y cree que intento escaparme, va a salir y a pegarme
un tiro. Estaba deseando que alguno llamara a la puerta, para
marcharme. En esto he odo unos pasos; alguien suba al piso de arriba.
He recordado que tena all el timbre cerca y he llamado yo mismo. He
ido a la puerta, he hecho una mojiganga como si hablara con alguien, he
entrado en el despacho, he abierto el cajn, he cogido todo el dinero y
he salido volando.

--Y qu te pueden hacer por haber protegido a Brull?--pregunt Mara.

--Qu me pueden hacer? Pueden mandarme a presidio para siempre.

--Ca! Es imposible.

--No digas eso, Mara. T no sabes lo que es la justicia. Me
considerarn como cmplice, como encubridor. Quiz me condenen a
muerte. Cmo demuestro yo que no tengo participacin en ese crimen?

--Pero eres inocente.

--S; los de Montjuich dicen que tambin eran inocentes, y los
fusilaron y los atormentaron.

--Entonces no hay que esperar; hay que hur y disfrazarse... Crtate la
barba y el pelo; yo te lo cortar.

Aracil sac de un estuche unas tijeras y se sent en la silla, sumiso
como un nio. Mara recort el pelo a su padre.

--Ahora, lo mejor sera que te afeitaras.

Aracil se dispuso a afeitarse.

--Mira t, mientrastanto, lo que dice el extraordinario--murmur el
doctor.

Mara comenz a leer la hoja con ansiedad. En el prembulo, todos eran
lugares comunes, frases hechas a propsito para catstrofes de este
gnero; luego vena, de una manera confusa, el relato de lo ocurrido.
Haba diez muertos y muchsimos heridos graves y moribundos. Mara, al
leer algunos detalles, palideca y le temblaban las manos. La sangre
que corra en chafarrinones por la fachada de la casa, los trozos
de masa enceflica en las aceras... Aquellos detalles daban a Mara
la sensacin real, el horror y la magnitud del crimen. Las noticias
estaban mezcladas con inoportunos comentarios, y el inicuo, el
cobarde y el salvaje aparecan de cuando en cuando, esmaltando
simtricamente el texto.

No pareca sino que lo principal era encontrar un adjetivo exacto para
calificar el atentado.

Aracil, mientras se afeitaba, volva de cuando en cuando la cabeza para
mirar a Mara, y preguntaba, plido como el papel:

--Debe haber horrores, eh?

--S, cosas terribles.

En esto, Mara ech una ojeada a las ltimas lneas del extraordinario,
y lanz un grito.

--Qu pasa?--pregunt Aracil, con la navaja en la mano.

Mara ley:

_Ultima hora_: Se sospecha que el autor del atentado es un joven
cataln apellidado Brull, llegado hace tres das a una fonda de la
calle Mayor. El anarquista ha tenido tiempo de hur, valindose de
la confusin general. Al entrar en el cuarto desde donde lanz la
bomba, se ha encontrado sobre un lavabo una jeringuilla y un frasco
a medio llenar de nitrobencina. La maleta del criminal contena
solamente un gabn de verano, dos botellas grandes, vacas, una cajita
con bicarbonato de sosa y dos libros, el uno en francs, titulado
_Pensamiento y Realidad_, de A. Spir, y el otro, la Memoria del
doctor Aracil, _El anarquismo como sistema de crtica social_, dedicada
a Brull por su mismo autor.

--Oh!--murmur Aracil, con desaliento--. Me ha matado--y dej caer la
navaja sobre la silla.

--No--exclam Mara--. Lo que hay que hacer ahora es no perder tiempo.
Sabemos que nos buscan o que nos van a buscar. Hay que darse prisa.
Acaba de afeitarte, y marchemos.

--Vmonos, s--dijo l--. T debas dejar el sombrero aqu, para no
llamar la atencin.

Mara se quit el sombrero, lo deshizo con las tijeras en varios
pedazos, y los envolvi en un peridico.

Tena miedo el doctor de que advirtieran, al salir, su cambio de
aspecto, y su hija le recomend que, al bajar las escaleras, aunque no
haca fro, se levantara el cuello del gabn y se tapara la boca con el
pauelo. La luz era demasiado escasa para que se notara su cambio de
fisonoma.

--Adis, don Enrique--le salud un mozo, al pasar por el corredor.

--Adis; buenas tardes.

--Ha visto usted eso?

--S; es terrible.

--Qu tiene usted?

--Que me he puesto un poco malo. Adis!

--Buenas, don Enrique. Y aliviarse.

Salieron del hospital, y padre e hija fueron por el Prado.

--Qutate los anteojos--dijo Mara.

Aracil se los quit y los guard en el bolsillo.

--Ests completamente desconocido.

--De veras?

--Por completo.

El ilustre doctor, afeitado y rapado, tena todo el tipo de un hortera.
Se sentaron los dos en un banco del Prado y discutieron. Qu iba
a hacer? Meterse en el tren era peligroso. Mara pens en el primo
Venancio; pero desech inmediatamente esta idea. Le comprometeran sin
resultado. Haba que hacer algo, pronto, en seguida. Pero, qu? No
queran moverse de all sin tener algn plan. Pasaron revista a todos
los amigos que podan esconder a Aracil.

Ninguno haba que, de prestarse a ocultarle, no infundiese sospechas.

De pronto, Mara exclam:

--Y el guarda de la Casa de Campo a quien curaste la nia?

--Isidro?

--S.

--Es verdad. Eso sera lo mejor. All estaramos seguros. Es una idea,
una idea magnfica. Nadie puede sospechar de l! Pero, cmo entrar en
la Casa de Campo?

--Podemos ir maana.

--Pero mientrastanto...? Esta noche?

--Podramos ir... Adnde podramos ir, Dios mo?

--No s; no s.

--Adonde van los hombres con las mujeres alegres?

--A Fornos..., a la Bombilla.

--Pues vamos a la Bombilla.

--A la Bombilla?

--S; precisamente est cerca de la Casa de Campo, y por la maana
podemos ir a ver al guarda.

La idea era buena, tan buena que al doctor le pareci inmejorable. Dej
Mara el paquete, con los trozos de su sombrero, debajo del banco.
Salieron del Prado a la calle de Alcal. Resplandecan los focos de luz
elctrica en el aire limpio de la noche; por la ancha calle en cuesta
brillaban, como estrellas fugaces, los discos de color de los tranvas
y los faroles de los coches. Iban marchando entre la multitud, cuando
Aracil reconoci delante de l a uno de sus amigos de la tertulia del
Suizo.

--Aracil debe estar en la crcel--deca.

--Cree usted?--pregunt otro.

--S, hombre.

--Pero, conoca a ese Brull?

--No le haba de conocer! Si era amigo suyo!

Al primer movimiento de asombro, sigui en Aracil un terror espantoso.

--Tranquilzate--dijo Mara--; no te conocen.

Pero Aracil segua temblando. Su hija le contempl con asombro. Le
chocaba que su padre fuera tan cobarde. Le haba dado siempre la
impresin de hombre enrgico y decidido, y lo haba sido, sin duda,
alguna vez, pero en su centro, entre los suyos; solo, separado de sus
amigos y jaleadores, era pusilnime como un nio enfermizo.

Llegaron a la Puerta del Sol; la plaza rebosaba gente; no se poda dar
un paso; reinaba un gran silencio y un pnico sordo. Cualquier ruido
produca una alarma, y la multitud, inmediatamente, se dispona a hur.

Tomaron padre e hija por la calle del Arenal y luego por la de Arrieta.
En el solar de la antigua Biblioteca se bailaba; una banda tocaba
en un tablado, adornado con guirnaldas de papel; los bailarines se
contoneaban a los acordes de un pasodoble, pero no haba animacin
ni alegra. En los portales, en los corros, la gente hablaba del
atentado; por encima del pueblo entero pareca pesar la tragedia del
da, llevando a la masa el estupor y la desolacin. La gente senta la
desarmona de aquel zarpazo brutal del anarquismo con la placidez del
ambiente. En Madrid! En este pueblo tranquilo, correcto, insensible
a la exaltacin colectiva; en este pueblo de los seoritos discretos
e ingeniosos, de las muchachitas inteligentes y escpticas, de los
hambrientos resignados, una bomba! Era absurdo, incomprensible,
inexplicable. Se daban explicaciones fantsticas para aclarar esta
discordancia: quiz los carlistas, quiz los jesutas... A quin poda
convenir aquello? Y no se aceptaba la explicacin ms sencilla, el caso
del hombre solo, enfermo, teatral en su desesperacin, a quien antes
que la bomba, le haba estallado el cerebro dentro del crneo...

Se sentaron Aracil y Mara en un banco de la plaza de Oriente, donde no
daba la luz de los faroles. Al lado, dos viejas vestidas de negro, una
de ellas con un nio, charlaban.

--Ya no hay religin--deca una--; crea usted, seora, que el mundo
est muy perdido; ha visto usted?, ah cerca, en esa calle, estn
bailando.

--Deje usted que se diviertan.

--S, pero en un da como el de hoy, que ha habido tantas vctimas...
Crea usted que cuando lo pienso...! Yo, si supiera quines son, los
hara pedazos.

--Pues mire usted, seora; yo creo que han hecho muy mal, y que los que
han puesto esa bomba son muy infames; pero eso tambin de pasear toda
la corte y la aristocracia llena de alhajas en medio de la gente pobre,
con la miseria que hay en Madrid... Vamos, eso tambin...! Porque
usted no sabe, seora, la pobreza que hay aqu.

--Dgamelo usted a m, que vivo en barrios bajos!

Aracil, impaciente, se levant.

--Quieres que tomemos un coche?--pregunt a Mara.

--No, no.

--Y si vamos solos por el camino de la Bombilla no infundiremos
sospechas?

--Lo mejor ser tomar el tranva.




IX.

EN LA BOMBILLA


Bajaron a la plaza de San Marcial. Voceaban los vendedores los
peridicos de la noche. Compr Mara _La Correspondencia_ y el
_Heraldo_, y montaron Aracil y su hija en un tranva lleno que iba a la
Bombilla.

--As, con tanta gente--pens el doctor--, no se fijarn en nosotros.

En el trayecto, un seor siniestro, de bigote negro y algo bizco, se
dedic a lanzar miradas asesinas a Mara, y, por ltimo, le pregunt,
en voz baja, si poda hablarla. Ella volvi la cabeza y no hizo caso.

Bajaron en la estacin del tranva. El seor bizco, al ver a Mara
cogida estrechamente del brazo de Aracil, desapareci.

Siguieron un poco ms adelante padre e hija, y llegaron a la parte
ancha del camino, que tena a un lado y a otro unos merenderos
iluminados fuertemente por luces de arco voltaico.

Entraron en uno de stos; pasaron a un vestbulo grande, con un
mostrador y varias mesas. Enfrente de la puerta de entrada se abra
un patio con rboles, donde tocaba un organillo; de ambos lados del
vestbulo partan dos escaleras.

--Yo quisiera un cuarto--dijo Aracil a un mozo viejo que les sali al
encuentro.

Subieron por una de las escaleras, y el mozo les llev a un balcn
galera, dividido por persianas, que daba al patio con rboles, en
donde bailaban, al son del organillo, unas cuantas parejas.

En otro cuarto de la galera, separado del departamento donde entraron
el doctor y su hija por una persiana verde, haba un hombre grueso,
rojo, de sombrero cordobs, en compaa de una mujerona brutal.

--Vaya canela!--dijo el hombre gordo a Mara, con voz ronca, echndose
el sombrero hacia la nuca--, y ol las mujeres en el mundo!

Mara se volvi a mirar a este hombre con severidad, y l la dijo:

--No me mire usted as, nia, que me vuelve usted loco! No sabe usted
lo que a m me gustan las mujeres de mal genio!

A Mara le di ganas de rer la ocurrencia. Aracil, iracundo, sali
rpidamente al pasillo y le dijo al mozo:

--Hombre, a ver si hay otro cuarto ms aislado, porque se estn
metiendo con nosotros.

--Usted querr--dijo el mozo, desgranando socarronamente las
palabras--un cuarto de los escondidos, de los recnditos, vamos.

--S, seor.

--Bueno, bueno. Vengan ustedes conmigo--y el mozo gui los ojos con
malicia; les gui luego por un largo pasillo, con puertas pintadas de
gris a los lados, y abri un cuarto y encendi la luz elctrica. Se
senta all un olor de vino y de coac tan fuerte, que Mara crey
marearse.

--Van ustedes a cenar?--pregunt el mozo.

--S.

Mientras haca Aracil la lista de los platos, entr una florista con
una cesta de claveles rojos, y ofreci sus flores a Mara.

--Quiere usted?

--Bueno.

Mara tom dos claveles grandes y rojos, y como haba visto a todas las
pendonas que danzaban por all con flores en la cabeza, se las puso
ella tambin, para parecer una de tantas. Luego se asom a la ventana;
Aracil hizo lo mismo, y pas la mano por la cintura de su hija. Estaban
as, como protegidos el uno con el otro, cuando el mozo llam:

--Eh, seorito, que est la cena!

Mara se volvi, y la expresin del camarero le hizo ruborizarse.

Qu opinin tendra de ella aquel hombre! Pero, en fin, esto era
precisamente lo que se deseaba, que los tomaran por enamorados. Se
sentaron a la mesa; ninguno de los dos senta el menor apetito, y
como Aracil pensaba que cualquier cosa podra servir de indicio para
descubrirles, fu cogiendo la comida y tirndola por la ventana. No
hicieron mas que beber agua y tomar caf con coac. Cuando termin la
cena el camarero se retir, y Mara cerr la puerta. Ya solos, Aracil
comenz a leer un peridico; pero se excitaba de tal manera, que se
pona a temblar, y le castaeteaban los dientes.

--Para qu lees?--le dijo Mara--; hay que tener serenidad. Vamos a
ver el baile.

Se oa algazara de palmas y de gritos, que llegaba del patio. Se
asomaron a la ventana. Enfrente, en un cuarto galera, a la vista del
pblico, una mujer y un hombre bailaron un zapateado al son de la
guitarra. Deban de ser profesionales, a juzgar por la perfeccin con
que se zarandeaban.

--Ol! Venga de ah!--gritaban unos cuantos sietemesinos, golfos y
galafates, que formaban la reunin.

Un brbaro, con una voz montona de borracho, empez a cantar, de un
modo estpido, una cancin de cementerios y de agonas, cuando otro,
imperiosamente, le dijo:

--Calla, imbcil!

Despus, a ruego de la gente, el que tocaba la guitarra, un hombre
pequeo, ya viejo, se dispuso a cantar; los seoritos y chulapones
formaron un corro, y el cantador comenz, con una voz muy baja, de
recitado, y como si tuviera prisa, el tango del _Espartero_:

      La muerte del _Espartero_,
    en Sevilla caus espanto;
    desde Madrid lo trajeron,
    desde Madrid lo trajeron
    hasta el mismo camposanto.

Luego, la voz del cantador subi en el aire, como una flecha, hasta
llegar a un tono agudsimo, y en este tono cant el entierro del
torero, las coronas que llevaba, las dedicatorias de los compaeros, la
tristeza del pueblo, y, al terminar esta parte, la guitarra anim el
final con unos cuantos acordes, como para no dejarse entristecer por la
muerte del hroe.

Despus, el cantador termin el tango en tono de salmodia, con estas
palabras:

      Muri por su valenta
    aquel valiente torero,
    llamado Manuel Garca
    y apodado el _Espartero_.

      En el circo madrileo
    tore con mala suerte;
    la aficin, que no dorma,
    le llorar eternamente.

Y el cantador di fin con un rasguear furioso de la guitarra, y la
gente del cuarto y la del patio aplaudi con entusiasmo. Pidieron que
repitiese la misma cancin, y volvi el hombre a cantarla de nuevo.

Aracil y Mara escuchaban absortos. En medio de la noche, aquel canto
de fiereza, de abatimiento, de brutalidad y de dolor, produca una
impresin honda y angustiosa.

--Qu pas ms terrible el nuestro!--murmur Aracil, pensativo.

--S, es verdad--dijo Mara.

--Esa cancin, ese baile, las voces, la msica, todo chorrea violencia
y sangre... Y eso es Espaa, y eso es nuestra grandeza--aadi el
doctor.

Padre e hija tuvieron que dominarse con un esfuerzo sobre s mismos,
para volver a sus preocupaciones. Discutieron la hora de encaminarse a
la Casa de Campo.

--Cuando esto acabe y ya no haya por aqu gente, creo que ser lo
mejor--dijo Mara.

--Y por dnde iremos?

--Por ah; por ese puente que se llama de los Franceses.

--Pero yo creo que hay una estacada.

--La saltaremos.

--Qu valiente eres, Mara! Yo envidio tu serenidad; yo soy un
cobarde, un harapo.

--Ca! Djate de eso. Cree, por lo menos durante unas horas, que eres
el mismo Cid.

Estuvieron sentados en el divn, mirando el suelo, sin decir nada; de
cuando en cuando Mara preguntaba: Qu hora es? Aracil sacaba el
reloj. No pareca sino que se haban paralizado las agujas; tan lentas
pasaban las horas para ellos.

Al dar las doce, el doctor suspir:

--Todava tenemos dos o tres horas para estar aqu. Qu horror!

--Si quieres, vamos.

--Te parece bien?

--Por qu no? Anda. En marcha.

--Bueno. Vamos.

--El doctor llam al mozo, le pag y le di una buena propina; tom
otra copa de coac, y padre e hija salieron del merendero, y, dando
la vuelta a la casa, entraron en la parte de la Florida, obscura y
desierta. A Mara le resonaban sin cesar en los odos las notas del
tango que acababa de or.




X.

BUSCANDO EL CAMINO


Haca una magnfica noche; el cielo, estrellado, resplandeca entre el
follaje. Avanzaron los dos fugitivos a prisa, recatadamente; cruzaron
un camino hondo y llegaron a la valla que limitaba la va del tren.

--Por aqu debe haber un paso--dijo Aracil.

--Pero en la caseta habr un guarda. No vayamos por ah.

Siguieron a lo largo de la estacada, que era ms alta que un hombre,
buscando el sitio mejor para saltarla. Cerca del Puente de los
Franceses, la va estaba a mayor nivel que el terreno de ambos lados,
de tal modo, que la altura de la estacada era grande por fuera, pero,
en cambio, era pequea por dentro. La cada, al saltar el obstculo, no
poda ser peligrosa.

Encontraron un punto en donde se levantaba un rbol al borde de la va,
embutido entre las estacas de la empalizada.

--Este es el mejor sitio--dijo Mara--. Vamos. Mira a ver si anda
alguno por ah.

--No, no hay nadie.

Aracil cruz las dos manos fuertemente, para que sirvieran de estribo;
Mara puso en ellas el pie izquierdo y se agarr al rbol. Al primer
intento no pudo encaramarse; las faldas le estorbaron; pero luego, con
decisin, apoy el pie derecho sobre las estacas y salt al otro lado,
sin lastimarse ni desollarse las manos.

--Te has hecho dao?

--No. Nada. Anda t ahora.

Aracil intent subir a la valla, pero no pudo; se martirizaba las
manos, y, convulso y jadeante, forcejeaba, hasta que, aniquilado por el
esfuerzo, se sent en el suelo, sollozando.

--Descansa, descansa un rato--dijo Mara--, y luego vuelves a intentar.

--Y si viene alguno?

--No, no vendr nadie.

Estuvieron sentados en el suelo, a los lados de la valla. De pronto se
oy el trepidar lejano de un tren, que se fu acercando con rapidez.

--Ocltate--dijo Aracil.

--En dnde?

--Junto al rbol.

Se ocult Mara; Aracil se tendi en el suelo, y el tren avanz
despacio, con un estrpito de hierro formidable. Aparecieron las luces
de la locomotora, y comenzaron a pasar vagones. De pronto, la mquina
lanz un silbido estridente y ech una bocanada de humo negro, llena de
chispas, que satur el aire de olor a carbn de piedra.

--Vamos a ver ahora--dijo Mara, cuando se perdi de vista el tren.

--Parece mentira que sea uno tan botarate--murmur Aracil.

--Mira. Espera un momento--y Mara, sentndose en el suelo y tirando
con violencia, arranc el volante de su vestido.

--Qu haces?

Mara no respondi; hizo un nudo con las dos puntas del volante y lo
coloc en una estaca, como un estribo. Result demasiado bajo, y Aracil
tuvo que hacer otro nudo. Luego apoy el pie y vi que se sostena; se
agarr al tronco del rbol, y, con alguna dificultad, logr saltar, no
sin desollarse las manos y lastimado un pie. Al asalto, el gabn del
doctor cay fuera de la va.

--Vamos--dijo Aracil.

--No; hay que coger el gabn. Si lo dejamos en el suelo, pueden
averiguar por dnde nos hemos escapado.

Con ayuda del bastn recobraron el abrigo, guardaron el volante roto
y echaron a andar por la va. Comenzaron a cruzar despacio el Puente
de los Franceses, pasando por encima del camino de la Florida y de
la carretera del Pardo. Abajo, en un merendero, se zarandeaban unas
parejas al son de un organillo. Atravesaron el ro, pasaron por delante
de la casilla, iluminada, de un guardagujas y entraron en la Casa de
Campo. Nadie les sali al encuentro. Avanzaron por la posesin real
rpidamente, subieron el talud de la trinchera por donde iba la va,
cruzaron la estacada, en la cual faltaban varias estacas, que dejaban
hueco de fcil paso, y salieron a terreno de rboles y matas.

Marchaban los dos entre la maleza, desgarrndose las ropas, sin querer
tomar el camino. Aracil iba callado; Mara tarareaba, sin querer, el
tango que acababa de or. No poda olvidar esta cancin; la obsesionaba
y persegua de una manera fastidiosa y molesta.

Perdan mucho tiempo marchando por entre los rboles. Adems, era
imposible orientarse. No tuvieron ms remedio que salir al camino, y,
despus de andar mucho, Aracil, manifestando un profundo desaliento,
dijo:

--La casa de Isidro no est por este lado de la va, sino por el otro.
Tendremos que bajar y volver a subir, y yo estoy rendido.

--No, no es necesario; hay un puente all.

Efectivamente, haba uno por encima de la va. Lo atravesaron
rpidamente, y, poco despus, vieron a una pareja de guardias civiles.
Se ocultaron Mara y Aracil entre los rboles; cuando los guardias se
perdieron de vista, siguieron andando, pero sin atreverse a marchar por
el camino.

Ya comenzaba a clarear; las estrellas palidecan, las ramas de los
rboles iban destacndose ms fuertes en el cielo, todava obscuro.
Aracil se pona los anteojos, miraba a un lado y a otro y se orientaba.
Se acercaron a la tapia de la posesin real, y el doctor reconoci
la casa de Isidro el guarda: una casa pequea, que tena un gran
emparrado. La puerta aun no se haba abierto.

--Qu hacemos?--pregunt Aracil--. Llamaremos?

--No; habr que esperar a que abran.

--S; ser lo mejor. Vamos a ocultarnos por aqu.

Se tendieron en la hierba hmeda de roco, entre los rboles y frente
a la casa del guarda, y, una vez uno y otra vez otro, aguardaron a que
se abriera la puerta. Estuvieron as ms de media hora; el cielo se
aclaraba por instantes, los pjaros piaban en la espesura. De pronto,
Mara dijo:

--Han abierto una ventana.

Luego, al cabo de poco tiempo, se abri la puerta.

--Ahora ha aparecido un hombre en mangas de camisa.

Aracil se puso los anteojos y mir: era Isidro. El guarda abri un
corral, de donde sali una nube de gallinas.

--Creo que ya debes ir--dijo Mara.

Aracil, con el corazn palpitante, se levant y se acerc al guarda.
Este, al ver a aquel hombre lvido y destrozado, se detuvo, sin
reconocerlo.

--Soy Aracil. Enrique Aracil, el mdico, que viene huyendo--dijo el
doctor, con voz lastimera como un sollozo--. Vengo a que usted me
proteja.

El guarda agarr del brazo al doctor y, empujndolo violentamente, lo
meti por la puerta del corral, que acababa de abrir.

--Entre usted ah--le dijo al mismo tiempo.

Mara, al presenciar lo ocurrido, se sobresalt.

--Qu pasar?--se dijo.

La brusquedad del guarda qued pronto explicada, porque, un momento
despus, una mujer, con un cesto de ropa en la cabeza, sali de la
casa, y, tras una corta charla con Isidro, se fu. Entonces el guarda
volvi a buscar al doctor.

--Ah est mi hija--le dijo Aracil.

Isidro fu a su encuentro, y les hizo pasar a los dos a un corralillo.

--Cmo han venido hasta aqu? No les ha visto nadie?

--Nadie--y Mara cont lo que haban hecho para llegar.

--Muy bien--exclam el guarda.

Aracil quiso explicar lo ocurrido con el anarquista, pero balbuceaba,
sin encontrar las palabras.

--No me tiene usted que decir nada, don Enrique--interrumpi el seor
Isidro--; usted me necesita a m, y yo tengo la obligacin de servirle
a usted. Y si usted pide la vida, tambin. Que usted no ha querido
denunciar a un amigo? El mismo rey no hubiera podido hacer otra cosa.
Vale ms ir a presidio para toda la vida que no denunciar a un hombre.

El seor Isidro tena sentimientos hidalguescos. Era lgico en un
espaol, y quiz en todo hombre sencillo que considerase la ley de la
hospitalidad como una ley superior a toda otra social o ciudadana.
Luego de exponer sus ideas acerca de este punto, el guarda aadi:

--Ahora, que van a pasar aqu una mala temporada.

--Peor la pasaramos presos--dijo Mara.

--Tambin es verdad. Yo les llevara a mi casa; pero hay mujeres, y
algunas son blandas de boca.

--En cualquier lado estamos bien--replic Aracil.

--Bueno, pues aqu se quedan ustedes--contest el guarda--. Y no hay
que apurarse, que para todo hay arreglo en este mundo. Ahora, s; van
ustedes a tener que dormir en el pajar.

--Muy bien--dijeron padre e hija.

--Hay otra cosa; que no podrn ustedes salir de este corralillo en todo
el da.

--Nos conformaremos con todo--murmur Aracil.

--Respecto a la comida, hay que ver cmo nos arreglamos. La seorita
sabe guisar algo?

--S.

--Pues yo les traer unos cuantos celemines de habichuelas y de
garbanzos, y todos los das matan una gallina o dos.

--No, no hay necesidad--dijo Mara.

--Bueno; pues yo enviar un trozo de cecina para hacer una miaja de
puchero. Aqu tienen ustedes lea.

--Muy bien. Muchas gracias!--exclamaron padre e hija a la vez con
efusin.

--Las gracias a ustedes--contest el seor Isidro--. Bueno; pues ahora
vengo con todo. Yo tengo la llave del corral, y aqu no entra nadie...
Y, paciencia, que las cosas del mundo conforme sean se toman.

El seor Isidro sali del corralillo, y Mara y Aracil se hicieron
lenguas de la nobleza de este hombre. Ciertamente, su cara no indicaba,
ni mucho menos, su bondad; tena un tipo de facineroso para dar miedo
a cualquiera. Estaba curtido por el sol, y gastaba bigote y patillas
de boca de hacha, ya grises. Llevaba sombrero blanco, traje de pana y
polainas.

Volvi el seor Isidro al poco rato, y en varios viajes llev lo que
necesitaban los fugitivos, y encendi fuego.

--Ahora, lo que deben ustedes hacer es dormir. Y tranquilidad, que no
dan con ustedes ni con podencos. Yo echar un vistazo a la comida, y
ustedes a descansar.

Y el guarda tom una escalera de mano y la apoy en la pared de una
casucha encalada que haba en el fondo del corralillo. Aracil y Mara
subieron por ella y entraron por una ventana en el pajar. Ninguno
de los dos pudo dormir en paz. Aracil se despertaba a cada momento,
hablando; Mara so que estaba en un pueblo ceniciento, en donde todo
el mundo hua sin saber de qu, y, de cuando en cuando, en alguna calle
o plazoleta, haba un hombre cantando una cancin, y la cancin era
siempre la misma: el tango odo por ella en el merendero.




XI.

LO QUE DIJERON LOS PERIDICOS


La vida en aquel rincn fu para los dos fugitivos muy extraa y
distinta de la normal. Se levantaban de madrugada, cuando oan al seor
Isidro llamando a sus gallinas, y desde aquellas horas comenzaba para
ellos una serie de operaciones que les distraa.

Por la maana, Aracil, con una paciencia inaudita, machacaba entre dos
piedras granos de cebada y avena, y con la especie de harina gruesa
que quedaba haca una pasta, que les serva, como un pur, para el
desayuno. Despus, slo con el cuidado de hacer hervir la olla se
pasaban toda la maana.

Mara se entretuvo en quitar las iniciales a la poca ropa blanca que
llevaban encima. Una de las preocupaciones del doctor Aracil fu la de
curtirse al sol para quedar ms desconocido; tenan padre e hija la
cara blanca de los que no andan a la intemperie, y todos los das los
dos se pasaban largos ratos al sol, para ir ennegreciendo.

Entre la comida, el tomar el sol y discutir proyectos de fuga,
tuvieron, al principio, ocupacin bastante.

El segundo da, el seor Isidro les dej por la maana un peridico.
Lo leyeron, y renov en ellos las tristezas y las angustias. No haban
cogido todava a Brull, y se persegua como cmplice al doctor.

Las noticias ms interesantes para Aracil publicadas por los diarios
eran stas:

                     _En casa del doctor Aracil._

Esta maana se ha presentado un inspector de polica en casa del
doctor don Enrique Aracil, pues est plenamente demostrado que el
doctor era amigo del anarquista Brull. Se ha llamado repetidas veces en
casa del seor Aracil, y, viendo que nadie contestaba, ha habido que
buscar un cerrajero para que abriese la puerta. En la casa no haba
nadie. Interrogada la portera, ha dicho que vi salir al doctor Aracil
a eso de las seis de la tarde del da del atentado. Se le pregunt si
no le pareci extrao el ver la casa cerrada, y dijo que no, porque muy
frecuentemente el doctor Aracil y su hija salan de Madrid sin avisar
a nadie. Mientras el inspector hablaba con la portera, una muchacha,
sirviente en un cuarto del mismo piso en donde vive el seor Aracil,
ha dicho que ayer oyeron en la habitacin del doctor el ruido de una
fuente que corra. Pregunt a una de las criadas del seor Aracil:
Estn tus seoritos? Y ella dijo: No. Pues he odo el ruido de
la fuente.

Por el examen de la casa y por la declaracin de esta muchacha, hay
motivos para creer que Nilo Brull estuvo en casa del doctor Aracil, y
que despus los dos, juntos o separados, han hudo.

              _El cochero que condujo al doctor Aracil._

Se ha presentado el cochero del coche nmero 1.329 en el Juzgado de
Palacio. Ha declarado que llev a un hombre de las seas de Aracil,
elegante, de barba negra, con anteojos, gabn al brazo, desde la calle
de Fuencarral a la del Prado.

                       _La familia de Aracil._

Don Venancio Arce, ingeniero de minas, llamado por el juez del
distrito de Palacio, ha dicho que su sobrina Mara Aracil estuvo el da
del atentado en su casa, y que fu a visitar a una hija del ingeniero,
enferma del sarampin. El seor Arce cree que su pariente Aracil
conoca a Brull; pero que se puede tener la seguridad absoluta de que
el doctor no tiene participacin en el atentado. Pensar otra cosa le
parece una locura.

Doa Beln Arrillaga dijo que su sobrina Mara, hija del doctor
Aracil, estuvo en su casa el da del atentado, desde las tres a las
siete de la tarde, hora en que fu a recogerla su padre.

                  _Sor Mara, del Hospital General._

Sor Mara, de la sala de enfermos que est a cargo del doctor Aracil,
ha declarado que la tarde del atentado vi entrar al doctor con una
mujer. Le hizo la hermana una pregunta a Aracil respecto al tratamiento
de un nefrtico, y luego no le vi ms. Un mozo del hospital vi salir
al doctor Aracil, con su hija, a eso de las siete o siete y media de
la noche; habl un momento con ellos, pero el doctor no tena ganas de
conversacin.

Desde este momento nadie ha visto al doctor Aracil y a su hija.

                     _Seas de los anarquistas._

Se han dado rdenes telegrficas a las estaciones de todas las lneas
con las seas de Nilo Brull, del doctor Aracil y de su hija. Se duda
que consigan salir de Espaa.

                         _El doctor Aracil._

El doctor Aracil tiene cuarenta y dos aos, es de mediana estatura,
delgado, de barba negra. El doctor es mdico del Hospital General, y
goza de justa fama. Su clientela, numerosa, no es mayor, segn dicen,
porque l mismo no la cultiva. Es uno de los mdicos ms ilustres e
inteligentes de Madrid. Su hija Mara es una linda muchacha de diez y
ocho aos, muy conocida en la sociedad madrilea.

Los amigos del doctor Aracil afirman que es un absurdo suponer que
el doctor tenga complicidad en el atentado Brull. Sin embargo, parece
confirmarse que Aracil se hallaba relacionado con los anarquistas, a
quienes favoreca con su influencia y su dinero.

                             _Una rusa._

Se dice que una seorita rusa, afiliada al terrorismo, en compaa
de un significado anarquista de Barcelona, que ha desaparecido, y de
Brull, estuvieron en casa del doctor Aracil conferenciando con l. Por
algunas personas se asegura que el doctor Aracil ha sido el inductor de
este atentado, y que Brull ha obrado slo como un instrumento.

       *       *       *       *       *

Cuando Aracil lea estas noticias, en el rincn de la Casa de Campo, se
estremeca de terror.

--La verdad es que esto--pensaba--parece una pesadilla, un sueo de
fiebre.

Al cuarto da, la excitacin que reflejaban los peridicos iba en
aumento. Se detuvo a un italiano, tomndolo como anarquista, y estuvo
a punto de ser linchado, pero demostr claramente su inocencia. Ni
el criminal, ni el encubridor parecan. En los peridicos, Aracil
tomaba una personalidad siniestra; se le quera complicar en la bomba
de Pars y en las de Barcelona, y se supona que era el jefe de una
asociacin terrorista. Desde Londres enviaron a Madrid una informacin
folletinesca de lo ms absurdo posible. Segn esta informacin, en el
Centro Anarquista Internacional de Londres se haba celebrado una gran
reunin, en donde se haba discutido y aprobado la muerte de los reyes
de Espaa. Brull, que asisti a la reunin, dijo que l, en compaa
de un seor don Jos, ira a Espaa a dinamitar a los reyes. El relato
tena el aspecto de una filfa, y el fantstico y anarquista seor don
Jos pareca salido de la pera _Carmen_, ms que de la realidad.

Para fin de fiesta, el doctor Iturrioz comenz a contar una de
historias que acabaron de embarullar por completo el asunto. Iturrioz
habl de un millonario extranjero que protega a su amigo Aracil, y
cuyo automvil rojo haba visto pasar a toda velocidad el mismo da
del atentado, y pint tales misterios, siempre diciendo que no saba
nada, que no tena dato alguno, sino que supona, pensaba, que puso
en movimiento a toda la polica y la lanz sobre una serie de pistas
falsas.

--Para qu har eso Iturrioz?--preguntaba Aracil a Mara.

--Para engaar a la polica, seguramente.

--Eso debe ser. Lo que a m me preocupa es Brull. Qu hace ese hombre?

Al quinto da, un peridico afirm que Aracil estaba ya en Pars, y la
noticia le hizo pensar al doctor.

--Qu te parece--le dijo a Mara--, si escribiera a mi amigo Fournier
para que diga que me han visto all?

--Muy bien.

Escribi una nota Aracil, firmndola.

--Y si alguno del correo la ve?--pregunt Mara.

--No van a abrir las cartas.

--Fate! Por si acaso, convendra no firmar. No podras decir algo a
tu amigo que le indicase que eras t quien le escribas, sin poner tu
nombre?

--S; pondr esto: El antiguo compaero del nmero siete del hotel
Mdicis.

--S, es lo mejor. Tambin estara bien ponerlo en un idioma que no lo
comprendiesen.

--Fournier sabe el ingls.

--Pues escribir yo en ingls.

--S, es buena idea. Adems, le voy a decir que haga unas tarjetas con
mi nombre y las deje en cuatro o cinco sitios.

Tradujo Mara la carta al ingls, la copi Aracil y escribi ella
el sobre. El seor Isidro ech la carta, con grandes precauciones,
comprando primero el sello, y luego pegndolo l mismo.




XII.

LA DESPEDIDA DE BRULL


Tres das despus de enviada la carta, los peridicos trajeron una
noticia sensacional: la muerte de Brull. Una maana, al amanecer, se
oyeron dos tiros en una casa de la calle de San Mateo. El sereno y
los guardias de servicio llamaron en la casa en donde se haban odo
las detonaciones; despertaron a la portera y reconocieron todos los
cuartos. Ya se iban a marchar, cuando uno de ellos vi que por debajo
de la puerta de una guardilla deshabitada sala un reguero de sangre.
Descerrajada la puerta, los guardias encontraron el cuerpo de Nilo
Brull, que acababa de expirar. El anarquista se haba suicidado. Junto
a l, en un cuaderno escrito con lpiz, encontraron los guardias una
carta de despedida del anarquista, que publicaron y comentaron los
peridicos.

Deca as:

                          _A los espaoles._

  Momentos antes de morir, fro, tranquilo, con el convencimiento de
  mi superioridad sobre vosotros, quiero hablaros.

  Durante toda mi vida, la sociedad me ha perseguido, me ha
  acorralado como a una fiera. Siendo el mejor, he sido considerado
  como el peor; siendo el primero, se me ha considerado como el
  ltimo.

  Dara los motivos de mi Gran Obra de Altrusmo, si los espaoles
  pudieran comprenderme; pero tengo la seguridad de que no me
  comprendern, de que no pueden comprenderme. Los esclavos no se
  explican al rebelde, y vosotros sois esclavos, esclavos todos,
  hasta los que se creen emancipados. Unos del rey, otros de la
  moral, otros de Dios, otros del uniforme, otros de la ciencia,
  otros de Kant o de Velzquez.

  Todo es esclavitud y miseria.

  Yo slo soy rebelde, soy el Rebelde por excelencia. Mi rebelda no
  procede de esas concepciones necias y vulgares de los Reclus y de
  los Kropotkine.

  Yo voy ms lejos, ms lejos que las ideas.

  Yo estoy por encima de la justicia. Mi plan no es mas que ste:
  empujar el mundo hacia el caos.

  He realizado mi Gran Obra solo. Quiz no lo crean los imbciles
  que suponen que los atentados anarquistas se realizan por complot.

  S; he estado solo; solo frente al destino.

  Si hubiese tenido necesidad de un cmplice, no hubiera llegado
  al fin. En Espaa no hay un hombre con bastante corazn para
  secundarme a m. No hay dos como yo. Yo soy un len metido en un
  corral de gallinas.

  Hubiese escrito con gusto un estudio acerca de la psicologa del
  anarquista de accin, para dedicrselo a la Sociedad de Psicologa
  de Pars, pasndome en observaciones mas interesantsimas, pero no
  hay tiempo.

  Durante estos ltimos meses tena la idea vaga de llevar a cabo mi
  Gran Obra. Cuando me convenc de la necesidad de ejecutarla, mis
  vacilaciones desaparecieron y viv tranquilo, estudiando el momento
  y la manera de conducirla al fin.

  Viv tranquilo, y la vida que me escamotearon los dems la viv
  enrgicamente en el tiempo en que preparaba mi obra.

  Se puede comparar la intensidad extraordinaria de mi vida con la
  existencia ridcula de los sibaritas de la antigua Roma o con la no
  menos ridcula de los cortesanos de Versalles?

  Slo en cualquier noche antes del atentado, cuando tiraba desde
  el balcn una naranja, para ver dnde caa en la calle, y poder
  precisar el modo de echar la bomba, tena yo ms emociones que
  todos ellos.

  S. Me he resarcido en grande.

  En el ltimo momento, al tomar la bomba entre las manos, y al
  inyectarle la nitrobencina, temblaba: Tiembla, grande hombre, me
  dije a m mismo; tienes derecho a eso y a ms.

  Y cuando la lanc, rodendola con flores! Al estallar, cre que
  se me desgarraban las entraas.

  Algo semejante debe sentir la mujer al parir. Yo acababa tambin
  de dejar en el mundo algo vivo.

  Antes de m, en Espaa no haba nada. Nada! Despus de mi Gran
  Acto viva ya un ideal: la Anarqua. Yo lo acababa de echar al
  mundo en aquel momento terrible.

  Si hubiese posibilidad de comparacin entre el autor de un
  hecho individual obscuro y sin trascendencia y el autor de un
  acontecimiento que habr conmovido el mundo, dira que mi estado
  de automatismo cerebral, desde que pens mi Obra hasta que la
  realic, era idntico al de Raskolnikof, en _Crimen y Castigo_, de
  Dostoievski.

  Creo que pocos hombres hubieran tenido mi serenidad. En el momento
  terrible, cuando estaba en el balcn con la bomba en la mano, vi en
  la calle unas cuantas muchachas que rean. Sin embargo, no vacil.
  Implacable como el Destino, las conden de antemano a la muerte.
  Era necesario.

  He realizado mi Gran Obra y la he realizado solo y con xito.

  Creo que mi atentado es el ms grande de cuantos se han cometido.
  Todos los espaoles, si no fueran cretinos, debieran agradecerme,
  todos, el rey, porque he dignificado su cargo; la burguesa, porque
  ante el peligro parece menos egosta y vil; el pueblo, porque ha
  aprendido de m la forma ms eficaz y ms enrgica de la protesta.

  He tenido un instante de debilidad, es cierto, al acogerme en casa
  del doctor Aracil. No me arrepiento. Este instante pasajero de
  flaqueza me ha permitido tener, en el ltimo momento, la conciencia
  de mi vida y de la magnitud de mi obra.

  Me voy a hundir en la nada incrustndome una bala en el corazn.
  Deshacer mi cerebro, disparar contra l, me parecera un
  sacrilegio. Adems, no lo podran estudiar los mdicos, y como este
  cerebro no encontrarn muchos.

  Adis.

                                                  NILO BRULL.


Aracil, al leer esta carta, qued pensativo.

La parte teatral, enftica, el bello gesto de mediterrneo que haba
dejado Brull, le produca cierta envidia.

--La verdad es que era todo un hombre--murmur.

Luego, volviendo sobre su sentimiento, pens en la fuerza de ilusin
que tiene el hombre para convertir las acideces de su estmago y las
irritaciones del hgado en motivos idealistas y metafsicos...

Se pudo seguir el camino llevado por el anarquista, saltando tejados
desde el cuarto de la casa del doctor Aracil, hasta all.

Ya resuelto el desenlace del actor principal del drama, aunque no a
satisfaccin de la justicia ni del pblico, los peridicos comenzaron
a zaherir y a burlarse de la polica y del Gobierno porque no lograba
coger a Aracil.

Algunos aseguraban que el doctor haba salido de Espaa en automvil,
en el clebre automvil rojo del millonario, visto por Iturrioz; otros,
que en el tren, disfrazado; pero la mayora opinaba que el doctor y su
hija se hallaban escondidos en Madrid.

En esto, a los cinco das de enviar Aracil la carta a su amigo de
Pars, trajeron los peridicos la siguiente noticia con letras grandes:
El doctor Aracil en Pars, y a continuacin una serie de telegramas.

El doctor haba estado en la redaccin de _El Intransigente_ a saludar
a Rochefort, y en su conversacin con uno de los redactores de dicho
peridico haba dicho que Nilo Brull, sin duda se dirigi a su casa a
pedirle proteccin por ser su amigo. El doctor no poda desampararle
ni protegerle, y haba optado por abandonarle la casa. Aracil haba
pasado la frontera en el automvil de un amigo y se dispona a marchar
a Amrica, pero no tena inconveniente en volver a Espaa, cuando
se calmara la efervescencia del momento, para probar su absoluta
inocencia. Aracil haba estado en casa de los corresponsales de los
peridicos madrileos en Pars, dejando su tarjeta.

La campaa estuvo lo bastante bien hecha para que nadie dudara. Se
intent averiguar quin haba salvado al doctor, pero no se puso nada
en claro.

Se discuti la cuestin de la extradicin de Aracil, y a los cuatro o
cinco das los peridicos comenzaron a dar este asunto por terminado.

_La Epoca_ dijo: Los anarquistas pueden estar satisfechos; han dado la
batalla sin prdidas por su parte.




XIII.

LA PARTIDA


A las dos semanas de encierro, Aracil se senta aplanado por la soledad
y el silencio.

--Creo que debamos marcharnos ya--dijo Aracil a su hija, despus de
pensarlo varios das--. Isidro no puede vivir en paz tenindonos a
nosotros aqu.

--Por qu?

--Porque ya es molestar demasiado.

--No; es algo ms que molestar. Pero a Isidro no le importa. Por l
podemos estar aqu un ao si queremos.

Y era verdad. El guarda tena una abnegacin extraordinaria. El
devolver el beneficio al doctor Aracil, que le haba curado su hija, le
produca tal jbilo, que rebosaba de contento.

A pesar de esto, Aracil quera marcharse; se senta abatido, achicado
de encontrarse solo, y necesitaba verse entre gente, en un sitio donde
poder hablar y lucirse.

Mara era partidaria de pasar all todava un par de meses y luego
marcharse en el tren, sin tomar precaucin alguna; pero Aracil confes
que no poda ms, que estar metido en aquel rincn le era insoportable.

--Bueno, pues nos iremos--dijo Mara.

Decidieron la marcha. Lo ms prudente era que Aracil fuese solo,
aprovechando trenes de ferias, y que esperase a Mara en la frontera;
pero el doctor asegur que tema la soledad, pues era capaz de hacer
cualquier tontera. Yendo juntos era una locura tomar el tren, estando
todava tan reciente el atentado y las rdenes dadas a la polica.
Lo mejor era ir a caballo. De acuerdo padre e hija en este punto,
discutieron por dnde intentaran salir de Espaa. Aracil crea lo ms
sencillo encaminarse directamente a Francia. Mara encontraba mejor
marchar a Portugal.

--En primer trmino, el viaje es ms corto--dijo ella--; luego, la que
hay que cruzar es tierra ms despoblada y seguramente camino menos
vigilado.

Mara haba odo hablar de este viaje varias veces a su primo Venancio.
Consultaron con Isidro, y ste fu partidario de la marcha por Portugal.

--Nada; pues vamos por Portugal--dijo el doctor.

Se comenzaron a hacer los preparativos; Isidro compr dos caballejos
baratos y los dej en una cuadra de un amigo suyo de las Ventas de
Alcorcn. Trajo ropas de campesino usadas; para Aracil una especie de
marsells, faja y pantalones de pana, y un refajo y una chaqueta para
Mara.

Mara cosi unos cuantos billetes de Banco, el capital con que
contaban, en el forro de la americana de su padre despus de haberlos
envuelto en un trozo de hule, y se quedaron con unos duros y unas
pesetas sueltas para el camino.

El seor Isidro ense a Aracil, en un borrico que tena, la manera
de echarle las albardillas y ponerle la cincha y el ataharre. Luego
compr el guarda una manta y una alforja, en donde meti unas cuantas
libras de chocolate, un queso, una bota y pan, por si algunos das no
encontraban comida en el camino. Mara le mand comprar una tetera, un
bote de t y una maquinilla de alcohol.

El seor Isidro se agenci un plano de Espaa, y, por ltimo, le di al
doctor su cdula y sus papeles.

--Usted se llama como yo, Isidro Garca; es usted guarda de la Casa de
Campo y va usted con su hija a San Martn de Valdeiglesias. Desde San
Martn dicen ustedes que han ido hasta all en tren, y que van a la
Vera de Plasencia.

Hicieron una lista de los pueblos por los que tenan que cruzar, y ya
decididos, fijo el da de salida y dispuesto todo, a media noche se
present el seor Isidro, les hizo salir de su encierro, y los tres,
cargados con una porcin de cosas, y por entre las matas, cruzaron
gran parte de la Casa de Campo hasta un lugar frontero a la aldea de
Aravaca.

Al llegar a este punto, Isidro cogi una escalera de mano y la apoy en
la tapia. Subi, mir a derecha e izquierda, y dijo:

--Hala! Vengan ustedes.

Subieron Mara y Aracil. La tapia, por el otro lado, apenas levantaba
un metro del suelo; as que de un brinco quedaron fuera.

--Ahora sigan ustedes bordeando esta tapia--dijo el seor Isidro--; yo
voy a adelantarme para traerles a ustedes los caballos.

El guarda desapareci en un instante; Aracil y Mara continuaron solos.
La noche estaba negra; en el suelo, mojado por la lluvia, se hundan
los pies. No se cruzaron con nadie. Clareaba ya el alba cuando llegaron
a las Ventas de Alcorcn.

En la carretera les esperaba el guarda, teniendo de la brida a los dos
caballos.

--Ea, vamos all!--dijo el seor Isidro. La yegua de usted, don
Enrique, se llama _Montesina_, y el jaco de la seorita, _Galn_.
Hbleles usted, porque estos animales obedecen muchas veces mejor a la
palabra que al palo.

Prometi hacerlo as Aracil. El guarda ayud a montar a padre e
hija, di una varita a cada uno de ellos, les estrech la mano
afectuosamente, y les dijo:

--Vaya, filando! Adis, y buena suerte.




XIV.

SE ALEJAN DE MADRID


El doctor y Mara comenzaron a marchar por la carretera hacia el
Campamento de Carabanchel. Iba hacindose de da. Madrid se destacaba
sobre un fondo rojo de llamas; sala el sol por encima de la ciudad, y
a poniente el cielo azul obscuro se velaba con nieblas blancas.

Se cruzaron Aracil y Mara con gran nmero de traperos, en sus carros,
y lecheros que trotaban en pequeos caballejos peludos camino de Madrid.

No haban hecho mas que pasar del campamento, cuando la yegua de
Aracil, comprendiendo, sin duda, la falta de condiciones ecuestres del
jinete, se par, sin querer andar ms.

--Vamos, _Montesina_! Vamos!--le dijo el doctor varias veces:

Todos los razonamientos suaves y persuasivos fueron intiles. Era la
yegua endiablada y terca, y pareca clavada en tierra; el doctor baj
del caballo, para hacerle andar tirndole del ronzal, pero no consigui
nada. As estuvieron cerca de una hora, cuando un chiquillo que vena
caballero en un rocn, encaramado entre cntaros de leche, se par y
dijo:

--Qu, no quiere andar?

--No.

El chico baj de su caballo y le dijo al doctor:

--Suba usted, ya ver usted cmo anda.

Aracil subi; el muchacho cogi la vara con las dos manos y le arrim
un estacazo a la yegua, que le hizo tomar por aquella carretera un
trote cochinero. Aracil se agarr a la albardilla, y estuvo a punto de
caerse, pero consigui guardar el equilibrio.

El pobre animal, con el recuerdo del garrotazo, ya no volvi a pararse.
Llegaron al medioda a Alcorcn, y, como no queran preguntar nada a la
gente, por no infundir sospechas, tomaron, por inspiracin de Aracil,
el camino de Mstoles, en vez del de Villaviciosa.

Ya llegaban al pueblo del clebre alcalde que declar la guerra a
Napolen, cuando encontraron un mendigo desharrapado, de barba negra y
mirada huraa.

--Es este pueblo Villaviciosa, buen hombre?--pregunt Aracil.

--No. ste es Mstoles. Para coger el camino de Villaviciosa tienen
ustedes que volver a Alcorcn y tomar la carretera de la izquierda, que
parte de enfrente de unos alfares.

Volvieron grupas hasta encontrar el camino, y por la tarde pasaron por
delante de Villaviciosa. Comieron pan y chocolate, y, como estaban
molidos y cansados por la falta de sueo de la noche anterior y por
la falta de costumbre de montar, subieron, con los caballos de las
riendas, a un bosquecillo de robles e hicieron all alto. Aracil at
las caballeras a un rbol y despus fu a buscar agua con una botella
a un riachuelo que corra en el fondo de un barranco. Mientrastanto,
Mara encendi una hermosa hoguera con ramas secas; y, cuando vino su
padre, los dos se tendieron cerca del fuego, envueltos en la manta. Por
la maana se despertaron, ateridos de fro; Mara revolvi las cenizas
de la hoguera y encendi un poco de lumbre. Calent agua e hizo t, y
estaban tomndolo cuando vieron, con gran susto, saliendo de entre la
espesura, un hombre embozado en un tapabocas, con una escopeta en la
mano.

--Qu hay?--le pregunt Aracil temblando.

--Qu hacen ustedes aqu?

--Vamos a San Martn, y hemos descansado un rato.

--Son ustedes de Madrid?

--S. Yo soy guarda de la Casa de Campo.

--Ah! Demonio! Tiene usted buen carguito.

--Psch!

--Ya lo creo!

--Y por qu vena usted con tantas precauciones?--pregunt el doctor.

--Es que cuando he visto fuego, he pensado si seran ustedes hngaros.
Y cuando veo esa gente voy preparado. Por si acaso. Porque a m no me
engaa ningn chato.

--Pues de chatos no tenemos nada, compadre--dijo Aracil, ms tranquilo.

--Ya lo veo. Qu, me quiere usted comprar una liebre,
compaero?--pregunt el guarda.

--Segn como sea.

--Ah la tengo, en una casa de aqu cerca.

El guarda de Villaviciosa baj los dos caballos a la carretera,
luego ayud a montar a Mara, y, hablndola de t, le dedic algunas
galanteras montaraces.

Anduvieron un cuarto de hora los tres juntos hasta llegar a una
casucha, en donde el guarda entr, y sali luego con una liebre en la
mano.

--Cunto es?--dijo Aracil.

--Dos pesetas.

--Es cara.

--Como ustedes la tienen de balde! En fin, se la dar a usted por seis
reales.

Pag Aracil.

--Pasarn ustedes pronto por aqu?--pregunt el guarda.

--Dentro de tres o cuatro das.

--Pues, adis. Adis, chica!

--Adis, t!--dijo, con desenfado, Mara. Luego le pregunt a su
padre--: Por qu le has dicho que la liebre es cara, si es baratsima?

--Para que no sospeche que uno no es aldeano--contest Aracil
irnicamente--. Cuanto ms rooso, ms carcter tiene uno de campesino.

--S, es verdad.

Pasaron varios automviles por la carretera, levantando nubes de polvo
y dejando una peste de petrleo.

--Esta es la riqueza espaola--murmur el doctor--; no sirve mas que
para ensuciarnos y dejar mal olor en el camino.

Al medioda, Aracil y su hija se acercaron a Brunete: lo perdieron
pronto de vista y siguieron adelante, hasta detenerse en un ventorro,
llamado de Los dos Caminos, levantado en un alto y en el cruce de dos
carreteras.

Era la venta una casuca baja, de tejado terrero, colocada en un lugar
solitario y triste. Aracil lo diput seguro y tranquilo para ellos.
Con el ensayo de la noche anterior, le pareci muy peligroso quedarse
en el campo. Llam a la ventera, le di la liebre, encargndole que la
guisara, y pidi paja y cebada para las caballeras.

Se calentaron padre e hija al amor de la lumbre, y ya confortados
salieron al raso de la venta y se sentaron en un banco de piedra. El
campo era all desolado y yermo. El anochecer fu muy triste. Algn
carromato pas despacio, dando barquinazos por la carretera. El aire
estaba fro, y silbaba el viento con violencia por aquellos descampados.

Ya de noche, lleg el ventorrillero seguido de su perro, y se sent a
la lumbre; la mujer sac la liebre, guisada con arroz, en una cazuela,
y Aracil y Mara comieron con gran apetito. Los chicos del ventorro les
miraban comer con cara de golosina, y apiadada Mara de ellos, les dej
una buena racin, que devoraron con verdadera ansia.

Estaba Mara calentando agua para el te, cuando se presentaron dos
guardas de uniforme. Eran de la finca de un ricacho de Brunete, y se
daban tono de autoridades; llevaba cada uno su escopeta y su canana
llena de cartuchos. Tomaron los guardas unas copas, charlaron un rato,
y se fueron.

--Todos estos son unos matones--dijo el ventero, sealndolos.

--S, eh?

--El que no es algo peor.

--Son mala gente esos guardas?

--Muy mala.

--El ventero cerr la puerta de la casa y luego estuvo contando a
Aracil escenas de la guerra carlista, en la que haba tomado parte como
soldado. Mara dormitaba, y el ventero, comprendiendo el cansancio de
sus huspedes, tom el farol y les acompa al pajar.

El viento gema en el silencio de la noche.

Se quitaron padre e hija las botas, metieron los pies entre la paja, se
tendieron a lo largo, cubiertos con la manta, y quedaron dormidos.




XV.

SAN JUAN DE LOS PASTORES


A la maana siguiente, cuando salieron del ventorro de Los dos Caminos,
amaneca. El cielo, bajo y gris, se disolva en una lluvia fina y
tenue. A la hora de salir de la venta, la llovizna se convirti en
chaparrn, y Aracil y Mara se guarecieron debajo de un puente echado
sobre un arroyo.

Al acercarse a la orilla a cobijarse bajo el puente se encontraron con
dos hombres de aspecto vagabundo, que descansaban sentados en la arena.

Les salud Aracil, contestaron ellos con indiferencia al saludo, y,
reunidos, esperaron a que escampara la lluvia. En esto aparecieron en
la orilla del ro los dos guardas que haban estado la noche anterior
en el ventorro de Los dos Caminos, y uno de ellos, dirigindose a los
vagabundos, les dijo:

--Hala! Fuera de aqu.

--Las orillas de los ros no tienen dueo--murmur el viejo, con acento
irritado.

--Pues esto es de mi amo--replic el guarda--, y haga usted el favor de
marcharse de aqu.

--As se trata a la gente honrada--exclam el viejo con tono
enftico--. As va Espaa. Pues sepa usted que yo, a pesar de venir a
recogerme debajo del puente, soy un hombre conocido, s, seor, y hasta
ilustre...; soy Musi Roberto del Castillo.

--Y a m qu me cuenta usted?--dijo el guarda, con una grosera
bestial--. Basta de conversacin, y fuera de aqu.

--Bueno; ahuecando--dijo el pequeo.

Los dos vagabundos se levantaron; el uno tom su zurrn y el otro un
fardel de lienzo en la mano, y salieron de debajo del puente y echaron
a andar en medio de la lluvia.

--No se puede estar aqu?--pregunt Aracil con voz agria.

--S, ustedes pueden quedarse.

Aracil no quera deber ningn favor a aquella gente grosera y
desptica, y cuando el chaparrn amengu un poco, sac los caballos de
la orilla del arroyo, ayud a montar a Mara y se pusieron los dos en
camino.

--Qu canallas!--exclam Aracil--. Qu ganas tiene todo el mundo de
ser dspota! Eh?

--S. Es una cosa antiptica.

--Si yo fuera como esa gente pobre, todos los das tirara una tapia y
matara un guarda. Al cabo de diez aos de este sistema la tierra sera
de todos.

--Aracil empezaba a sentirse bravucn. Hablando de estas cosas iban
al paso, cuando notaron que comenzaba a variar y a elevarse el suelo.
Entraban en terreno ms agrio y riscoso. A un lado y a otro se vean
enormes peascos de granito, algunos colocados sobre otros, como
grandes dlmenes. Iba tomando el campo aire de sierra. En la direccin
de Madrid se vea una inmensa planicie; haba salido el sol entre nubes
y refulga su luz en los campos verdes, y se destacaban las hondonadas
en sombra, como pinceladas obscuras.

Estaban contemplando la vasta llanura cuando por una senda llegaron a
la carretera los dos vagabundos del puente. El viejo vesta un levitn
largo, una gorra y una bufanda, lo que le daba un aspecto extravagante
para andar por el campo; el otro, bajito, afeitado, con una barba de
diez o doce das, llevaba una chaqueta rada, un pantaln azul de
mecnico, un gorro redondo, que antes debi de pertenecer a un soldado
de caballera, alpargatas blancas y un fardelillo en la mano.

--Qu brutos han estado esos guardas con ustedes--dijo Aracil--; no
tenan derecho a echar a nadie de all.

--Aqu no importa nada tener derecho o no--dijo vivamente el viejo, con
acento extrao.

--Van ustedes lejos?--pregunt Aracil.

--A la feria de La Adrada--contest el pequeo--. Este seor es
francs, y va luego a Portugal a embarcarse para Amrica.

--|Ah! Es francs.

Mara crey que su padre tena ganas de entrar en conversacin con
aquel hombre, y, por lo bajo, murmur:

--Pap.

--Que?

--No hables en francs con este hombre.

--Aracil mir a su hija, extraado, viendo que haba comprendido su
intencin, y luego, dirigindose al viejo, le pregunt:

--De manera que es usted francs?

--No, seor; soy espaol, vendo especficos; pero, como he estado mucho
tiempo en Argelia, me llaman todos Musi Roberto del Castillo, o el
_Musi_.

--Y qu especficos vende usted?

--Todos de mi invencin. Tengo un elixir para las tenias.

--Hombre, y de qu se compone?--pregunt Aracil, en tono de chunga.

--Aunque se lo dijera no lo comprendera usted, buen hombre.

El doctor bot en la silla; hubiese entablado una discusin con el
inventor del elixir, para rerse de l, pero tuvo prudencia, y dej que
el _Musi_ lo tomar por un palurdo y lo despreciara.

--Tambin tengo unos polvos para el cncer--agreg el inventor.

--Quiz de arsnico--repuso Aracil.

--Ca! Hombre, no diga usted disparates--y el _Musi_ se ech a rer a
carcajadas--. El arsnico es un veneno, hombre.

--Pero un veneno puede ser medicina--argull Aracil.

--Calle usted, hombre! Calle usted!--replic el _Musi_--; vale ms
que no hable usted de lo que no entiende.

Aracil, picado con las contestaciones del viejo, se dirigi al joven, y
le dijo:

--La verdad es que esos guardas son muy brutos y no saben tratar a la
gente.

--Pues stos son canela fina al lado de algunos otros.

--Hay otros ms brutos todava?

--Uf! Ya lo creo! Ya ve usted, yo soy el _Ninchi_; no s si habr
usted odo mi nombre en los peridicos, porque me han llevado algunas
veces de quincena por blasfemo. Pues bien: hace un ao me pescaron unos
guardas subido a una tapia cogiendo fruta, y me dieron una paliza de
rdago. Ya ve usted, me han dejado manco--y el _Ninchi_ mostr el brazo
anquilosado e intil.

--Y, ahora, no podr usted hacer nada?--pregunt Mara.

--Nada. No s cmo no me mataron. Me dieron una de palos! Verdad es
que yo soy ms fuerte de lo que parezco.

--Pero es una salvajada--dijo Aracil.

--As va Espaa; as va esta desgraciada nacin--salt diciendo Musi
Roberto del Castillo.

--El _Musi_ es un sabio--dijo el _Ninchi_, con irona; luego aadi--:
Si nos dieran ustedes unas perras para tomar algo aqu--y seal un
ventorrillo--, nos haran un favor.

Aracil le di unos cuartos al _Ninchi_, y ste y el _Musi_ quedaron en
el ventorro, y el doctor y su hija siguieron su camino.

Arreciaba la lluvia, y los viajeros se desviaron de la carretera, y se
encaminaron, por una senda, a un pueblo que se vea a poca distancia.

--Qu pueblo es ste?--pregunt Aracil a un zagalillo, que volva con
unas cabras.

--Chapinera.

Llegaron a la posada y entraron en la cocina. La ventera, una mujer
gorda, embarazada, de mal genio, hablaba con una comadre, sin mirarle a
la cara. Aracil y su hija se secaron a la lumbre y pidieron de comer.
La posadera, con muy mal gesto, les hizo la comida, consistente en un
guisado de patatas, y comieron al mismo tiempo que un zapatero remendn
y vagabundo, que andaba de pueblo en pueblo echando medias suelas.

En esto entr en la cocina un hombre charlatn y sabihondo, algn
notable del pueblo, y, a las primeras de cambio, dijo con orgullo que
era masn y socialista. El hombre, curioso como un diablo, despus de
interrogar al zapatero, quiso seguir su interrogatorio con Aracil, pero
ste le contest secamente que era guarda de la Casa de Campo, y que
iban de viaje.

Despus, aunque segua lloviendo, advirti a Mara que iban a continuar.

El charlatn masn y socialista dijo, para que le oyeran, que todos los
guardas de las posesiones reales tenan ms orgullo que don Rodrigo en
la horca, y Aracil, hacindose el ofendido, pag la cuenta y sali de
la posada.

Dejaron Chapinera, volvieron a tomar la carretera y cruzaron por un
pueblecillo bastante bonito, llamado Navas del Rey. A la salida del
pueblo, un soldado joven de la Guardia civil les salud amablemente, y
qued contemplando a Mara con gran entusiasmo.

--Has hecho estragos en la benemrita!--dijo Aracil, irnicamente, a
su hija.

--S; me parece que s--contest ella, riendo.

Comenzaron a bajar una gran cuesta, entre dos vertientes cubiertas
de pinares. El cielo, violceo en una zona y plomizo en otra, se
presentaba amenazador; las masas de pinos se ensanchaban sombras y
negruzcas en las laderas del monte. Por la carretera, cubierta de
pinocha, pasaba alguno que otro carro de bueyes, cargado de maderas;
una nube pizarrosa se extendi por el cielo. Comenz a llover; el
camino se puso resbaladizo y peligroso; luego, el tiempo se cerr
definitivamente.

Bajaron despacio la cuesta, que trazaba varias curvas en espiral, hasta
llegar, ya cada la tarde, a un ventorro largo y estrecho, construdo
con piedras gruesas, que se levantaba junto a un arroyo. El ventorro se
llamaba de San Juan de los Pastores.

Dejaron Aracil y su hija los caballos, y se metieron en la cocina, al
lado del fuego, que despeda un humazo que impregnaba las ropas y haca
llorar. Un zagal, con los pies desnudos, renov unas rajuelas de tea
que ardan en una hornacina labrada en la pared, de piedra, y la luz se
extendi ms fuerte por la negra cocina.

Se haban acogido en el ventorro unos cuantos pastores trashumantes,
y Mara y Aracil los estuvieron contemplando. Uno de ellos era un
tipo flaco, aguileo, con aire triste de antiguo siervo. Vena de
Extremadura con su rebao, y marchaba a Castilla.

Llevaba como zagal a su hijo, un chiquillo enfermizo, rubio y
delgado, con un tipo de prncipe. stos dos pastores melanclicos,
los dos montaeses, con sus ojos azules claros y su porte soador,
aristocrtico, se distinguan en medio de los otros, plebe de la
llanura, de nariz chata y pmulos salientes.

Entrada la noche, se present el ventero con cuatro guardianes de los
pinares. El ventero era de Torrelodones, alto, jaquetn, de bigote
negro. Le llamaban el _Mellado_; hablaba en un tono muy chusco, entre
desdeoso y agresivo, y deca a cada paso: Mardita sea la pena! El
_Mellado_ era hablador, y dijo que haba sido amigo de _Frascuelo_, por
lo cual ya crea que entenda ms de toros que nadie. Los guardianes
tambin tenan su opinin en cuestiones de tauromaquia, y hubo entre
ellos y el _Mellado_ una largusima discusin acerca de todos los
maletas y novilleros de Madrid; se hicieron cbalas acerca del porvenir
de estos futuros toreadores, y Mara tuvo el gusto de or por primera
vez el nombre del _Polaca_, del _Mondonguito_, del _Guaja Chico_, del
_Patata_ y de otra porcin de superhombres desconocidos para ella.

Por si uno de estos era mejor que otro se entabl una agria discusin
entre el _Mellado_ y uno de los guardianes, y ste se permiti decir al
ventero que era un blanco.

--A m no me dice eso nadie--grit el _Mellado_, con tono trgico--,
porque por menos que eso mato yo a un hombre.

--Qu has de matar t! Boceras!--salt la mujer--. Anda, que hay que
ver si se encuentra sitio para el rebao de estos pastores.

El _Mellado_ no deba ser tan fiero como quera dar a entender, pues,
dejando la discusin, sali de la cocina con el farol, y volvi al poco
rato.

Despus de comer, el ventero brind con el pajar a Mara y al doctor, y
l, con los guardianes de los pinos, se dedic a jugar a la brisca y a
seguir hablando de toros.

Mara y Aracil se tendieron en el pajar. Haba ratas all y se las
oa correr por el suelo. Mara, asustada, tema que algn animal de
aquellos le mordiera. Desvelada con tal preocupacin, estuvo con
los ojos abiertos, pensando en las mil peripecias que todava les
reservara el viaje, y despus de cavilar mucho se qued dormida.




XVI.

LA VENTA DEL HAMBRE


Por la maana, con un da obscuro y nublado, salieron del ventorro.
Cruzaron una aldea llamada Pelayos, pasaron por San Martn de
Valdeiglesias, y a la salida de este pueblo comenz a llover.

Se les reuni en la carretera un viejo campesino, que iba con un burro
cargado con dos sacos de trigo. Tena este viejo la cara llena de
grietas, que parecan surcadas en madera, y hablaba en un castellano
arcaico, empleando unos giros desusados y unas palabras extraas.
Aracil y Mara se entretuvieron en hacerle preguntas y ver cmo las
contestaba.

A la hora de salir de San Martn, el viejo se desvi para tomar el
atajo de un molino.

--No hay por aqu una venta?--le dijo Aracil.

--S; ah mediata la tienen--contest el viejo--; si toman por el
atajillo, ms ana la encontrarn.

Celebraron padre e hija la indicacin, e iban de prisa, aguantando la
lluvia, cuando vieron una casa medio derrumbada, oculta entre unos
chaparros, cuya chimenea arrojaba al aire un vaho dbil de humo. El
campo que a la casa rodeaba era yermo y adusto; slo un ermitao o un
asceta hubiera podido escoger aquel pramo para vivir en l.

Llamaron en la casa, y Aracil pregunt si les podan dar hospedaje y
comida. Una vieja de negro, esculida y amarillenta, hizo un gesto de
resignacin, indicndoles que pasaran, y un mozo flaco y espiritado,
tom de las riendas las caballeras y las llev a la cuadra.

Pidi Aracil algo con qu matar el hambre, y no haba mas que pan seco;
encarg al mozo que echara un pienso a las caballeras, y el mozo dijo
que les dara hierba, a ver si queran comer, pues no haba paja ni
cebada. Aquella venta era la Venta del Hambre. Aracil y Mara entraron
en la cuadra y vieron que los pesebres estaban limpios. Sacaron los
caballos al campo, y al anochecer se les volvi a llevar a la cuadra.

Estuvieron padre e hija aburridos, paseando arriba y abajo por la
cocina. En un cuarto prximo, que tena los honores de sala, haba un
espejo envuelto en una gasa azul, llena de moscas muertas, y dos viejas
litografas, una de Malek Adel, el hroe de madama Cottin, llevando a
caballo a su dama, y la otra de Poniatowski, en el momento de meterse a
caballo en el ro.

--Es raro--dijo Mara--que hayan llegado estas cosas a rincones tan
apartados.

--S, es raro.

--Y lo moderno, en cambio, no llega--aadi ella.

--Eso no es chocante--repuso Aracil--. Hoy la vida es industrial, y el
mundo civilizado, en vez de enviar a las aldeas litografas de un hroe
verdadero o falso, enva una mquina de coser.

Charlaron padre e hija de una porcin de cosas. Pidieron de comer
varias veces, y despus de rogada mucho, el ama hizo unas sopas de ajo
para los huspedes, y les trajo una cosa negra y fra, que pareca
hgado, y una jarra de vino. Aracil not que no haba gato ni perro en
la casa.

El plato de la cosa negra, que no quisieron comer Aracil y su hija, la
vieja lo retir y lo guard en un armario, con gran afliccin de todos
los individuos de la familia.

Luego, la vieja, con sus tres hijas vestidas de negro, dos ya mayores,
y una muchachita, todas a cual ms hticas y tristes, se sentaron al
fuego; se les reuni despus el mozo flaco y espiritado, y se pusieron
a rezar el rosario. Estaban todos mustios, callados y cabizbajos. De
cuando en cuando bostezaban de hambre y se persignaban sobre la boca
abierta, y la vieja, tras de bostezar, suspiraba y deca:

--Ay, Seor, qu pena de vida! Para cuatro das que ha de vivir una
en este mundo! Ay, qu mundo ms desengaado y ms triste, que todo
son lgrimas, enfermedades y dolor! Ay, qu intil es trabajar y
cunto ms valiera haber ya muerto!

La vieja, despus de una retahla de stas, miraba a sus huspedes,
como pidindoles colaboracin en su idea desacreditadora del mundo.
El doctor estaba entristecido y malhumorado; Mara se asombraba de ver
tanta pobreza.

Despus de rezar, toda la familia de esculidos desapareci, y la
vieja, gimoteando, vino con un jergn, que tendi en la cocina, delante
de la lumbre, y mal que bien se arreglaron para dormir all Aracil y su
hija.

Por la maana, al amanecer, el doctor aparej los caballos, pag al
mozo lo que le pidi, y al apuntar el alba los dos fugitivos salieron
de la venta triste.

--Qu horror! Que casa!--exclam Aracil--. Ahora respiro--murmur, al
encontrarse en la carretera.

--Y estos pobres caballos no han comido nada desde ayer--dijo Mara.

--Veremos si hoy tienen ms suerte.

Siguieron por la carretera, y unas horas despus comenzaron a subir una
escarpa del monte. El cielo estaba nublado; el sol, perezoso, haca
alguna que otra salida lnguida; la tierra blanqueaba, hmeda de roco.

En lo alto de la cuesta vieron las mojoneras de la provincia de vila.
Se cruzaron en el camino con una porcin de carros, algunos llenos de
chicas vestidas de fiesta, que iban a la feria de La Adrada.

Pasaron por Sotillo, dieron de comer y beber a los caballos y siguieron
el camino con los que iban a la feria. En esto, en una revuelta,
se toparon con una tropa de gitanos que regresaba del mercado, con
sus mujeres y sus chicos. Iban las mujeres de dos en dos, en mulos
esculidos y en borricos flacos y extenuados, llenos de alifafes
y esparavanes; algunos chiquillos sacaban la cabeza de entre las
albardas, y los hombres, a pie, marchaban ligeros y jaquetones.

Un viejo de patillas, con una gran vara, se acerc al doctor y le
propuso comprarle la yegua; Aracil le dijo que no. Entonces le pregunt
si quera cambiarla, y un gitano joven y marchoso vino en ayuda del
viejo; hizo nuevas proposiciones, que fueron rechazadas, y decididos
el viejo y el joven, de mal ceo y requiriendo la compaa y ayuda de
otros dos cas con la mirada, tomaron un aire amenazador, y uno de
ellos advirti:

--Vaya, apense y dejen las caballeras, que es lo mejor para ustedes,
que si no va a haber aqu la de Dios es Cristo.

Qued Aracil parado al or la amenaza, y Mara, que crey que el
peligro no era serio, enarbol su vara y al mozo que se le acercaba
a sujetarle por las piernas le solt un varazo en la cara. Varios de
los gitanos echaron mano a las tijeras que llevaban en la faja, y no
hubiera sido fcil saber lo que hubiese pasado a no presentarse en
aquel momento un carro lleno de muchachas que se diriga hacia la feria.

Al verlo, los gitanos cambiaron de actitud; hombres y mujeres pidieron
una limosnita para los churumbeles, y el doctor sac unas cuantas
monedas de cobre y las tir al suelo, con lo cual qued desembarazado
el camino y pudieron, Aracil y su hija, seguir adelante.




XVII.

LA GILA


Se acercaron al lugar donde se celebraba la feria, entre jinetes,
carros y ganado, que llevaban a vender. Al entrar en el pueblo se
oa un murmullo de colmena, y rasgaba el aire, de cuando en cuando,
el sonido de una corneta. En las calles, el barro alcanzaba ms de
un palmo. En la plaza haba puestos de hierro, de alforjas y de
mantas, de sombreros de Pedro Bernardo, de pauelos, telas y bayetas
de abigarrados y vivsimos colores, desconocidos en el mundo de la
civilizacin.

En una barraca de un cinematgrafo tocaba el _Ninchi_ a la puerta. No
le conocieron Mara ni el doctor, pero l se encarg de llamarles, y
les recomend una posada, donde comieron opparamente.

Dijo Aracil al posadero que era guarda de la Casa de Campo, en Madrid,
y que iba a Arenas de San Pedro. Hablaron entonces de la caza y de las
cabras monteses de la sierra de Gredos, y el posadero explic que en la
parte ms alta, en la Pea de Almanzor, exista una laguna misteriosa
y sin fondo, en cuyas aguas moraban unos animales tan terribles, que si
caa un buey lo devoraban inmediatamente y no dejaban de l mas que los
bofes, que sobrenadaban en la superficie del lago.

Mara pens en su primo Venancio, en aquel sonriente destructor de
leyendas, que se haba baado en la laguna de Gredos y buceado en sus
aguas, sin pescar ni el terrible monstruo, ni la ms modesta ondina, ni
aun siquiera un ligero catarro.

Estuvieron Aracil y Mara, por la tarde, en una sesin del
cinematgrafo del _Ninchi_, y poco despus salieron de La Adrada. Al
cruzar por una aldea, llamada Piedralabes, encontraron dos mujeres y un
hombre que iban por el camino. El hombre era un tipo flaco, amojamado,
de gorrilla, gabn viejo, con el cuello subido, y una guitarra a la
espalda. Las mujeres iban vestidas de claro; una era chata, fea, de
colmillo retorcido; la otra era una nia, plida y anmica.

Les extra al doctor y a su hija estos tipos, y se quedaron, al pasar,
mirndolos con curiosidad.

El hombre de la guitarra les salud y comenz a seguirles y a contar
sus cuitas. Dijo que l y las dos mujeres haban ido a La Adrada
contratados para bailar en un cinematgrafo; l era tocador de guitarra
y ellas bailarinas, y por una tontera no quisieron aceptarlos; haban
salido a pie y sin una perra y estaban reventados de andar. Tenan los
pobres un aspecto desdichado. Mientras hablaba el hombre, la chata
grua y la jovencita anmica, a la que le quedaban manchas de colorete
en la cara, plida y azulada, se quejaba al andar. Llevaba, segn
dijo, zapatos de tacn alto, los mismos que les servan para bailar,
y le hacan mucho dao. El de la guitarra pregunt al doctor si no
les podra dar alguna cosilla para comer. Con una peseta les bastaba.
Aracil se la di y, dejando en el camino a los infortunados histriones,
llegaron Mara y su padre, ya de noche, a Casa Vieja, y entraron en una
posada.

Pasaron por un corredor muy largo hasta la cocina, en donde dos mujeres
charlaban sentadas al borde del fogn; salud Aracil, no contest
ninguna de ellas; pregunt si haba posada, respondieron, displicentes,
las mujeres, y el doctor, olvidndose de su situacin, dijo que
hicieran mejor en tener un poco de cortesa con los viajeros.

La huspeda, que oy esto, se irgui del borde del fogn en donde se
hallaba sentada y, con muy malos modos, dijo a Aracil que se fuera, que
ella era reina en su casa y que no necesitaba de nadie para vivir.

Terci Mara con gran suavidad y logr amansar a la ventera y
convencerla de que les dejara all y de que, adems, les preparase qu
cenar.

La huspeda pas pronto del enfado a la simpata; se dispuso a hacerles
una modesta cena, y, mientras cocinaba, habl de sus padres y de su
marido; cont su historia y dijo que se llamaba la _Gila_. Puso luego
una mesa pequea y coja y sirvi a sus huspedes la cena, que consista
en unas sopas, adornadas con una capa de pimentn de un centmetro o
ms de espesor, y un guisado de cerdo con su correspondiente manta roja.

De noche se present una muchacha muy linda, y bes la mano de todos
los que estaban all. Mara pregunt a la _Gila_ qu significaba
aquello, y la ventera explic que su hija haba ido a confesarse, y el
cura, sin duda, le puso como penitencia que besara la mano a todos los
que se encontraran en la casa al llegar a ella.

Luego vino el posadero, un palurdo que viva, sin duda, bajo el dominio
de su mujer, y porque se permiti discutir y porfiar con ella, la
_Gila_ le mand a paseo con malos modos, y despus, mientras fregaba
unos platos, cant con sorna:

      En el cielo manda Dios;
    en el lugar, el alcalde;
    en la iglesia, el seor cura;
    y a m no me manda nadie.

--Qu mujer ms bestial!--dijo Aracil con enfado.

--Pues esto es anarquismo puro--replic Mara en voz baja y riendo.

La _Gila_ se dedic a deslumbrar a sus huspedes con toda clase
de desplantes; aquella reina de fregadero estaba ms para una
representacin de lunes de moda del Espaol que para la cocina de un
humilde ventorro de aldea.

Al retirarse, la _Gila_, como favor especial, permiti al doctor y a
su hija el ir a acostarse en el pajar, que estaba en lo ms alto de la
casa, pues los dems huspedes se tendan en el zagun.

No durmieron bien ni Aracil ni Mara, porque haba en el pueblo un
sereno con una poderosa voz de bartono, que delante de la casa cantaba
la hora, con unos calderones y florituras de vieja zarzuela espaola,
capaces de despertar a una piedra.

Al amanecer, la luz, que se filtraba por las rendijas del pajar,
contribuy a tenerles despiertos, y un hombre se encarg de
molestarles, gritando:

--Arrieritos! Que est amaneciendo.

Pudieron dormir un rato por la madrugada. Al despertar, la claridad del
da entraba por el ventanucho del granero, como una ancha barra de oro,
iluminando al aire, lleno de partculas, y las telaraas del techo.

Bajaron del pajar, se despidieron de la _Gila_, que se preparaba para
la faena, o mejor dicho, para la funcin del da, y salieron del
pueblo.




XVIII.

LA SAGRADA PROPIEDAD


Iban marchando por delante de una aldea, llamada Mijares, cuando se
uni a ellos una pareja de la Guardia civil. Temblaron al principio el
doctor y su hija, pero se tranquilizaron pronto, porque los guardias
civiles no les preguntaron nada.

Cruzaron a la vista de dos pueblos: Gavilanes y Pedro Bernardo; en este
ltimo quedaron los guardias civiles, y Aracil y Mara tomaron por una
carretera recin construda y desierta. Preguntaron a un pen caminero
cmo se hallaba aquel camino tan poco frecuentado, y el hombre,
sonriendo con cierta socarronera, dijo que haban tirado aquel cordel
para favorecer la finca de una rica propietaria, y que por all no se
levantaba ningn poblado que pudiera aprovechar la carretera.

A Mara le choc ver que su padre no protestaba, y cuando estuvieron
solos se lo hizo notar.

--Ya parece que t y yo nos vamos acostumbrando a estas cosas.

--Psch!

--El viajar as yo creo que nos entontece un poco, verdad?--pregunt
Mara.

--Es natural--dijo, reflexionando, el doctor--. De espectadores nos
hemos convertido en actores. El pensamiento paraliza la accin, como
la accin achica el pensamiento. Andamos mucho, vemos muchas cosas,
pensamos poco.

--Sin embargo, el hombre completo deba pensar y hacer al mismo tiempo.

--Ah, claro! Ese es el mximo. Pensar grandes cosas y hacerlas. Eso
era Csar.

Iban entretenidos charlando, cuando vieron a un lado de la carretera a
un hombre esculido y casi desnudo, apoyado en un montn de piedras,
envuelto en una manta llena de agujeros y con un pauelo en la cabeza.
Al lado del hombre, una mujer, vieja y haraposa, le contemplaba
impasible.

--Qu le pasa a este hombre?--dijo Aracil, haciendo parar su caballo.

--Este hombre--contest la vieja--es mi marido y est enfermo, y ahora
le ha dado la calentura.

Baj Aracil del caballo y, sin acordarse de su situacin, reconoci al
enfermo.

--Este hombre est muy mal, pero muy mal--dijo a la vieja, que se
encogi de hombros.

--Pero, cmo se han puesto ustedes en camino encontrndose su marido
as?--pregunt Mara.

--Ya ve usted--exclam la mujer--. Miserias de los pobres. Ya no
podamos estar en el pueblo; debamos la casa y nos han despachado,
y como ste lleva tanto tiempo enfermo y no gana, pues nos salimos al
camino.

--Y qu es su marido de usted?

--Qu quiere usted que sea? Pen. Ha trabajado en la finca de la
duquesa hasta que se ha puesto malo, y ahora, cada da est peor. Ah,
en la Venta de la Cruz, hemos querido parar, pero como no llevbamos
dinero...

--Y dnde est la Venta de la Cruz?--pregunt el doctor.

--A un cuarto de hora de aqu.

--No podr ir su marido hasta all? Ya le pagaremos la posada.

La mujer pregunt al marido:

--Podrs ir a la venta?

--No, no--murmur el enfermo--; dejadme morir aqu.

--Voy a avisarle a ese pen que hemos visto--advirti Aracil a su hija.

Retrocedi unos cien pasos, y encarndose con el pen caminero, le dijo:

--Oiga usted, amigo: hay ah un hombre que se est muriendo en la
carretera; no le podra usted hospedar?

--Hombre, yo no estoy autorizado para eso!--contest el pen--.
Adems, mire usted: mi mujer est de parto y acaba de dar a luz una
nia.

--Pues ese hombre no se puede quedar as. Le advierto a usted que
tiene unos cuartos. Aunque fuera, si tuviese usted un cobertizo donde
meterle...

Reflexion el pen y acept.

Aracil fu a darle la noticia al enfermo, y ste, sostenido por su
mujer, se encamin, despacio, a la casa del pen caminero. Despus, el
doctor le di tres duros a la mujer, e inmediatamente Aracil y su hija
montaron a caballo y siguieron adelante.

En esto vieron una piedra del trmino de una dehesa, en la que pona:

Propiedad de la Excma. Sra. Duquesa de Crdoba.

Aracil se descubri al leer la inscripcin, y exclam, en tono de burla:

--Oh sagrada propiedad! Yo te saludo. Gracias a ti, los espaoles que
no emigran se mueren de hambre y de fiebre en los caminos.

Mara no dijo nada. Al anochecer llegaron a Lanzahita y comieron y
durmieron en la posada.




XIX.

LAS APUESTAS DEL GRILLO


Se detuvieron a comer en un parador, que se llamaba de los Patriarcas
Grandes, cerca de un poblado, de nombre Ramacastaos.

Todos los que vivan en el parador, viejos, jvenes y nios, estaban
esculidos y amarillos por las intermitentes. En un patio de la casa
crecan unos cuantos eucaliptos desgajados y torcidos, con las ramas
rotas.

Al salir del parador les fu forzoso detenerse al doctor y a su hija,
porque en aquel momento cruzaban el camino compactas manadas de
toros, que algunos vaqueros, montados a caballo, obligaban a pasar un
barranquillo, en cuyo fondo corra un arroyo.

Esperaba tambin junto a Mara y su padre un joven elegante y
melanclico, montado en un caballo negro. Este joven dijo que aquellas
toradas iban de Extremadura a las tierras altas, y que habran pasado
el Tajo, probablemente por Almaraz.

No quisieron Aracil ni su hija entrar en conversacin con el
desconocido, y cuando acab el paso de los toros y qued libre el
camino, siguieron de nuevo su marcha.

Al poco rato apareci el joven montado en su caballo negro. Tras l
iba un mastn blanco, con el hocico afilado y las orejas cadas. Aquel
joven melanclico, vestido de obscuro, pareca el Caballero de la
Muerte, grabado por el gran Durero.

Salud el joven al pasar, y se adelant en el caballo; luego volvi a
rezagarse, sin duda para contemplar de nuevo a los viajeros.

--Quin ser este tipo?--dijo Aracil--No ser un espa?

--Ca!--contest su hija--. Algn curioso.

--Entre curioso y enamorado.

--Es posible.

Llegaron a Arenas de San Pedro, y Aracil y Mara, aun a riesgo de
caerse, cruzaron el pueblo al trote, siguieron por cerca del castillo y
pasaron el puente, desde donde se vea un riachuelo formado por muchos
hilos de agua, que corran por un cauce ancho, formado por piedras,
casi todas ocultas por ropas blancas puestas a secar, que deslumbraban
al sol.

Preguntaron a una lavandera por el camino de Guisando, y ya al paso se
dirigieron a este pueblo por entre grandes pinares.

Se encontraron en el camino, cerca de un taller en donde trabajan
varios leadores, con un ciego y un muchacho, que iban con un
carrito pequeo, tirado por un burro. El carrito, pintarrajeado y
cerrado, tena en la parte de atrs ocho o diez agujeros, tapados
con redondeles de cobre, y encima de ellos pona escrito: Panorama
Universal.

El viejo vesta una anguarina amarillenta, sombrero cnico y grandes
antiparras; llevaba un rollo de tela en la mano y una caja a la
espalda; el muchacho blanda una prtiga, larga como una lanza.

Les pregunt Aracil qu oficio tenan, y el ciego dijo que andaban
de pueblo en pueblo con las vistas. Adems, llevaban un carteln que
representaba distintas escenas del crimen de Don Benito, desde el
asesinato de la vctima hasta la ejecucin de los dos criminales en el
patbulo.

El carteln y una caja de msica, con cuyas notas amenizaba sus
discursos, le servan para atraer a la gente.

El ciego quiso mostrar las excelencias de su declamacin, y comenz a
recitar, de una manera enftica y con una voz aguda, un romance, en el
cual se explicaba el crimen de Don Benito con todos sus horrores. El
ciego se llamaba el _Grillo_, mote muy natural, dada su voz chillona y
agria.

Tena el hombre buena memoria; recordaba otros romances de crmenes
clebres, y, por ltimo, haciendo memoria, recit los romances del
guapo Francisco Esteban y Diego Corrientes, y con estas pintorescas
narraciones de bandidos, pualadas, trastazos, endechas de mrtires y
confesiones de verdugos, llegaron a la vista de Guisando.

Desde lejos, el pueblo era bonito, con sus tejados rojos y su aspecto
de aldea suiza; pero por dentro no tena nada que celebrar: las calles
estaban llenas de barro, los carros andaban entre la gente.

Preguntaron por una posada y les indicaron una casucha pobre, y el
ciego, el lazarillo, Aracil y su hija entraron en ella hasta la cocina.
Haba all un viejo flaco, envuelto en una capa y devorado por las
intermitentes, que les dijo, con una voz dbil, que esperaran a que
viniera su hija.

Vino sta, una mujer de hermosos ojos, con una gargantilla de corales
en el cuello descubierto, y prepar de cenar a los viajeros.

Despus de comer estaban charlando a la luz de un candil, cuando
arribaron unos cuantos leadores de los pinares. Sin duda no tenan
mucho que hacer ni con qu entretenerse, y el _Grillo_, que saba
muchas malicias de posada, apost a uno de los leadores a que no coma
cinco bizcochos sin beber nada, mientras l contaba ciento. El leador,
que era un mozo alto y fuerte, dijo que no tena dinero para apostar,
pero que tena la seguridad de comrselos. Otro de los leadores
apost un real por su compaero, y se hizo la prueba; pero el mozo
alto no pudo con los cinco bizcochos, y cuando el _Grillo_ contaba los
cien, no haba podido tragarlos. El que haba apostado dinero pag a
regaadientes, y el que hizo la prueba bebi un vaso de agua y se sent
al fuego, tan satisfecho.

--Esto me recuerda--dijo el _Grillo_--un cuento viejo.

--Cuntelo usted--dijeron los leadores.

--Pues era un estudiantn de los antiguos--comenz diciendo el
_Grillo_--que andaba con la tuna de pueblo en pueblo. Un da se
encontr en Madrid muerto de hambre y con un dolor de muelas de padre y
muy seor mo. El hombre tena una peseta en el bolsillo y no saba qu
hacer, porque deca: Si voy a casa de un barbero y me quito la muela,
voy a tener un hambre de perro; y si como y no me quito la muela, se me
va a hacer el dolor ms rabioso. En esta alternativa, sabis lo que
hizo?

--Yo hubiera comido--dijeron la mayora de los leadores.

--Yo me hubiera puesto un emplasto--aadi otro.

--Pues a l se le ocurri una cosa mejor--repuso el _Grillo_--; verdad
que era de la piel del diablo. Fu a una pastelera en donde haba
mucha gente, y, delante del escaparate, comenz a gritar: Me comera
cien! Me comera doscientos! Unos soldados que le oyeron le dijeron:
A que no? A que s? Cunto apostamos? Si pierdo, que me quiten
esta muela, pero slo sta. Bueno, vamos. Entraron en la pastelera,
y el estudiante a comer y los soldados a pagar; a la docena ya no pudo
ms y se di por vencido. Le llevaron los soldados a la barbera, y
el barbero le arranc la muela. Al salir, todo el mundo, de chunga,
haba formado un corro a su alrededor, y le sealaba y se descalzaba
de risa, y deca: Mirad a este estudiante, que por perder una apuesta
se ha dejado quitar una muela. Y el estudiante contest: S; pero
era una muela que me dola hace un mes. Lo mismo digo yo--aadi el
_Grillo_--del que ha perdido esta apuesta. Ha perdido, pero se ha
comido los bizcochos y no ha pagado nada.

Rieron el cuento los leadores, y el mismo aludido celebr la alusin;
luego el _Grillo_ sac su caja de msica y comenz a darle al manubrio,
y toc dos o tres valses incompletos y una cancin francesa, vieja y
romntica, de _Les dragons de Villars_.

La huspeda pregunt al doctor y a su hija si queran acostarse, y
habiendo dicho que s, una moza les llev a ambos, cruzando la cuadra,
a la ahijadera de una zahurda llena de heno. Algo asombrados quedaron
Aracil y Mara del dormitorio; pero antes de que pudieran protestar, la
moza se llev el candil y quedaron a obscuras. Encendi una cerilla el
doctor y examin el escondrijo, que estaba lleno de telas de araa. El
olor de la hierba fresca era tan fuerte y penetrante, que no se poda
respirar; buscaban padre e hija la manera ms cmoda de tenderse en
aquel agujero, cuando, abriendo la media puerta del chiscn, penetr
un cerdo enorme, al parecer con intenciones amenazadoras. Aracil, que
lo sinti, le peg un puntapi, y el cerdo sali gruendo y chillando.
Volvieron a encender una cerilla, y entre padre e hija atrancaron la
puerta y se tendieron a dormir.

Se despertaron varias veces con los gruidos de los comedores de
bellota, que hocicaban en la puerta y parecan querer entrar.

Antes que se hiciera de da, y mareados por el olor de la hierba,
salieron de aquel infame rincn, pagaron la posada, echaron las
albardillas a los caballos, compraron un pan grande y un pedazo de
jamn para el camino, y dejaron el pueblo.




XX.

EL HOMBRE DEL CABALLO NEGRO Y DEL PERRO BLANCO


Iban entrando en la Vera de Plasencia; a la derecha, segn caminaban,
se ergua la pared gris, de granito, de la sierra de Gredos, cuyas
crestas rotas, formando una lnea austera, se dibujaban como recortadas
en el cielo azul; a la izquierda, hacia el llano, veanse colinas
cubiertas de olivares, de granados, naranjos y limoneros. Junto a
aquellos montes secos, que parecan quemados o hechos con escombros y
ceniza, se destacaban las praderas verdes y los huertos del pie de la
montaa.

El camino iba bordeando los setos de los prados, subiendo y bajando por
las faldas de la sierra.

Pasaban Mara y su padre por delante de Poyales del Hoyo, cuando
aparecieron junto a ellos el joven del caballo negro y del perro
blanco, en compaa de un cura, montado en un burro.

Saludaron unos, contestaron los otros, y aunque Aracil no tena ganas
de entrar en conversacin, no pudo rehurla.

El cura era charlatn, y comenz a hacer preguntas al doctor y a su
hija; el joven del caballo negro no dijo nada.

Era el camino estrecho y tuvieron que marchar de uno en uno, en fila
india, como deca el doctor. En algunos sitios, el camino estaba
convertido en una acequia caudalosa.

--Pero esto, cmo puede estar as?--dijo Aracil.

--Esto lo hacen para regar los prados--contest el joven, que todava
no haba hablado--; aqu los propietarios echan el agua por el camino,
y as se evitan gastar en acequias.

--Qu barbaridad!

--Pues aqu ya se sabe--replic el cura--; todo el mundo anda a la
gabela, y el que puede ms que nadie...

Llegaron a un sitio muy hermoso, al que daban sombra inmensos castaos
y adornaban grandes adelfas, como canastillas de flores. El joven del
caballo negro propuso que se pararan all a comer; Aracil dijo que
ellos tenan alguna prisa; pero, a las instancias del joven y del cura,
no tuvieron ms remedio que acceder y quedarse.

Se di un limpin al terreno; se hizo fuego; el joven sac su merienda,
un vaso y un plato, que ofreci a Mara; el cura, una bota de vino y
algunos fiambres, y Aracil, lo que haba comprado en el pueblo. Despus
de comer, el cura fu partidario de que se tendieran un poco al sol,
y, efectivamente, quitndose la sotana y ponindola de almohada, se
ech a lo largo entre la hierba, y se qued dormido.

Aracil estaba impaciente por marcharse, y advirti a Mara que se
preparase.

--Qu, nos vamos?--pregunt el joven, como considerndose ya de la
partida.

Aracil hizo un gesto involuntario, de contrariedad, y el desconocido,
al notarlo, aadi, con tono melanclico:

--Si molesto, no digo nada.

--No, no--replic Aracil--; de ninguna manera.

El caballero di las gracias, y luego, de pronto, murmur:

--Yo me llamo lvaro Bustamante. A cualquiera que le pregunten ustedes
en estos contornos les podr abonar por m.

--Oh, no lo dudamos!--dijo Aracil--. Es usted de esta tierra?

--S; soy hijo--sigui diciendo el joven--de una familia de Jarandilla,
donde mis padres tienen una casa antigua.

--Y qu, son ustedes agricultores?--pregunt Aracil.

--S; tenemos vias, ganado, molinos, una fbrica de aguardiente...

--Vaya! Entonces son ustedes ricos--salt diciendo Mara.

--S...; pero eso no quita para que seamos unos desdichados y
arrastremos una vida horrible.

--Pues, qu les pasa a ustedes?--pregunt, con inters, la hija del
doctor.

--Qu nos pasa? Lo que le digo a usted: que somos unos desdichados. La
verdad es que los extremeos han cado mucho; desde el antiguo Garca
de Paredes hasta el Garca de Paredes del crimen de Don Benito, hay
todos los grados de la degeneracin.

--Pero, usted no habr matado a nadie?--dijo Mara, con un terror
cmico.

--No, no se alarme usted--contest, sonriendo, el joven don lvaro--;
mi desdicha no es ser un bruto, sino no tener energa para nada. Yo,
y lo mismo mis hermanos, somos vctimas de mi padrastro. Mi padrastro
es un hombre de energa extraordinaria. Era en el pueblo secretario
del Ayuntamiento, y se cas con mi madre, una viuda con tres hijos, la
persona ms rica de Jarandilla. Mi madre es una mujer dulce, amable;
entonces viva una temporada en el pueblo y otra en Madrid. Se cas, y
comenz la dominacin paternal. Lo mismo ella que mis hermanos quedamos
reducidos a nada. Mi padrastro es terrible; l lo dirige todo. Se
levanta temprano, se acuesta tarde; est siempre trabajando con un afn
de poseer, de extender sus propiedades, de apoderarse de todo. Segn
l, nosotros no debemos trabajar. Mi hermano y yo hemos tenido intentos
de libertarnos, pero no hemos podido; fuimos a Madrid con intencin
de hacernos independientes, y nada. Ahora quiere mi padrastro que mi
hermano sea diputado, y lo conseguir.

--Pero, entonces, a ustedes les quiere bien--dijo Mara.

--S; pero nos ha matado; ha acabado con la poca energa que tenamos,
y nos estamos pudriendo en la vida pantanosa de un pueblo de stos.

--Y, por qu no se va usted?--pregunt Aracil.

--Eso estoy pensando siempre, en marcharme; pero no a Madrid, ni a
Pars, sino a Australia, a Nueva Zelanda, a tierras jvenes, donde haya
una vida intensa.

--Y est usted decidido?

--S; pero cuando maduro mi plan y voy a realizarlo, veo que no tengo
voluntad, que mi voluntad est muerta... Y luego me retiene ver a mi
madre, que es toda ternura para nosotros, y que con una mirada adivina
mis ms ntimos pensamientos. Crea usted que me odio a m mismo.

El joven hablaba con fuego, a la vez que con desaliento.

El doctor y su hija le contemplaban con curiosidad, mezclada de
simpata.

--Yo, como usted--dijo Aracil--, no tomara ninguna determinacin
heroica, sino inventara una chifladura: hacer versos, coleccionar
sellos o piedras... Las cosas pequeas son como las cuas: pueden
servir para afirmar el deseo de vivir.

En esto, el cura, que dorma de cara al sol, hizo un movimiento brusco
y se despert:

--Qu hacemos?--dijo.

--Vamos?

--Vamos all.

Montaron a caballo y se dirigieron los cuatro hacia Candeleda.

La sierra de Gredos se ergua a la derecha, alta, inaccesible, como una
inmensa muralla gris, sin un casero, sin una mata, sin un rbol en sus
laderas pedregosas ni en sus aristas pulidas, que brillaban al sol. Se
hubiera dicho que era una ola enorme de ceniza, calcinada, quemada,
rota; una ola que, en la obscuridad de lejanas edades geolgicas,
form, al petrificarse la sierra. Alguna nieve blanqueaba la cresta
dentellada del monte, y pareca la espuma de la inmensa ola de granito.
El aire era difano, limpio, luminoso, como el de un mundo nuevo
acabado de crear; sobre las crestas de la sierra era de un azul intenso
y radiante. Algn guila, volando suavemente a inmensa altura, trazaba,
en la limpidez del aire, grandes y majestuosas curvas; a la izquierda,
hacia abajo, brillaban al sol los campos verdes, surcados por las
lneas obscuras de las lindes, los bosquecillos de rboles frutales y
los cerros cubiertos de jara y de carrascas.

Otra vez el camino estaba convertido en acequia, y los caballos se
hundan en la corriente. Las liblulas volaban rasando el agua.

--Esto es un escndalo--dijo Aracil.

--S; ciertamente que lo es--contest don lvaro--. Aqu los
propietarios acotan campos y montes, quitan los caminos, pero no hacen
nada por los pueblos. Regiones extenssimas, dehesas en las que podan
vivir miles de personas, estn sin roturar. Los propietarios las
guardan para la caza y la ganadera. Y si ya que se llevan el fruto
del trabajo de los dems hicieran algo! Nada. Aqu tiene usted esta
parte de la vera, naturalmente frtil, sana; pues la gente se muere,
como chinches, de las fiebres.

--Y de qu procede eso?--pregunt el cura.

--Procede de que en todos estos pueblos--contest don lvaro--hacen
balsas para que se baen los cerdos, y esas balsas se llenan de
mosquitos, que son los que propagan las fiebres. Esa agua limpia que
viene de la sierra se estanca y se convierte en un pudridero. Y en
Espaa con todo pasa lo mismo!

--Es verdad--afirm Aracil--. Cunta corriente limpia en su origen se
estanca y se convierte en una balsa infecciosa!

Don lvaro prosigui diciendo:

--Es que todo lo que pasa en nuestro pas en el campo es de una infamia
y de una injusticia tal, que se comprende que no quede un espaol
pobre, que todos emigren y se vayan cuanto antes de este indecente
pas. Porque aqu lo que pasa es que el Estado ha abdicado, ha dejado
todas sus funciones en manos de unos cuantos ricos. Aqu se permite que
el propietario tenga guardas matones que lleven su escopeta y su canana
llena de balas; es decir, que, para guardar sus vias, pueden abrir el
crneo a cualquier infeliz que vaya a robar uvas; aqu se ponen cepos
y veneno en las propiedades; aqu se entrega a la Guardia civil, y se
les lleva a presidio, a pobre gente que coge un haz de ramas secas o un
puado de bellotas. Y luego, esos ricos, que, adems de miserables, son
imbciles, no son para poner unos cuantos eucaliptos ni para sanear un
pueblo. Nada. La avaricia y la bestialidad ms absoluta. Es que no
hay ms derechos que el derecho de propiedad en el mundo?

--S; este estado de cosas no puede subsistir--dijo el cura--; yo
tambin estoy con usted y con la gente del campo. Soy hijo de labrador,
y, la verdad, ya no se puede vivir en Espaa.

--Y en Andaluca--sigui diciendo don lvaro--es an peor. Hay ricos
que tienen dehesas y cotos enormes. All viven los venados y los
jabales donde podran vivir los hombres.

--Ya entrarn los hombres algn da en esos grandes cotos--dijo Aracil.

--A qu van a entrar?--pregunt el cura--. A cazar jabales?

--No. A cazar a los propietarios--replic el doctor.

--Se echaron a rer todos, tomndolo a broma.

--Y usted cree que antes la gente de los pueblos vivira mejor o
peor?--pregunt Mara.

--Mejor, mucho mejor--dijo don lvaro--. Antes, estas dehesas y grandes
propiedades eran de los conventos. Los frailes vivan en el campo y,
poco o mucho, ayudaban a los campesinos. Pero ahora no pasa eso; todas
esas propiedades, procedentes de la venta de bienes nacionales, son de
particulares. La desamortizacin hubiera sido una gran cosa entregando
las propiedades a los Ayuntamientos. Eso era lo justo y lo liberal. Lo
que se hizo, adems de injusto, ha terminado en medida reaccionaria. El
papa excomulg a quien comprara bienes de la Iglesia; pero la gente se
re de las excomuniones cuando hay dinero detrs, y unos cara a cara y
otros por debajo de cuerda, compraron esas propiedades por unos cuantos
ochavos, y hoy estn en manos de unos cristiansimos propietarios, que
son ms despticos que los frailes, ms fanticos que los frailes y ms
enemigos del pueblo que los frailes.

--Eso es verdad--dijo el cura.

--Aada usted--prosigui don lvaro--a la desamortizacin religiosa la
civil, y que el Estado vende a los pueblos sus montes y sus tierras,
y que en algunas aldeas, estando enfrente de pinares que fueron antes
del pueblo, hoy no se puede coger ni un pedazo de tea para la lumbre. Y
cada da la vida ms difcil; porque esta propiedad particular aumenta,
y el registrador sobornado y el alcalde cmplice permiten que el
propietario extienda sus dominios y tome hoy un trozo y maana otro del
baldo del pueblo, y el pueblo agoniza y la gente se va, y hace bien.

--Qu desdicha!--exclam Mara, a quien esta conversacin entristeca.

--Eso traer, a la larga, una revolucin en Espaa--dijo el cura.

--Y ser lgica--exclam Aracil--. En un pas en donde la propiedad es
tan brutal, tan agresiva y tan ignorante como aqu, la revolucin deba
estar ya triunfante.

--Ahora germina--repuso don lvaro--. Usted no sabe el ambiente de ira
y de protesta que hay en los pueblos espaoles. Eso, en Madrid, no lo
saben; porque en Madrid no se enteran de nada; all creen que no se
discurre mas que en el Congreso y en los peridicos. Y en los pueblos
se discurre, se comenta, se odia al ejrcito, se odia la ley inicua, y
se quiere vivir y trabajar.

--Y esa protesta, cmo no sale a la superficie?--pregunt Aracil.

--Es tan difcil hoy! Luego la protesta se amortigua con la
emigracin. La gente ms inteligente se embarca y se marcha a Amrica.
Nuestros hombres han servido durante cuatro siglos para trabajar
tierras extraas; en cambio, han dejado abandonada la nuestra. La gente
fuerte se va, los dbiles se quedan, y los cucos se marchan a Madrid, y
desde all corrompen ms el pueblo.

--Es usted enemigo de Madrid?--pregunt Mara.

--Soy enemigo de las ciudades grandes, del lujo y de la propiedad.
Creo que el dinero est pudriendo nuestra vida. Los espaoles debamos
vivir como lugareos, porque nuestro pas es pobre. Yo muchas veces he
pensado que un rico que fuera infectando con microbios de la peste y
del tifus todo el papel del Estado y todos los billetes que pasaran por
sus manos, sera un hombre benemrito.

--Y sin dinero, cmo bamos a vivir?--dijo Mara.

--Viviramos en el campo. Esparciramos la vida que se amontona en
las ciudades por los valles y los montes, haramos la propiedad de la
tierra comn a todos, y as podramos vivir una vida limpia, serena y
hermosa.

--Y los teatros?--pregunt Mara.

--Al aire libre.

--Es usted muy radical--dijo el doctor, sonriendo--. Ms que radical,
anarquista.

--No me asusta la palabra, la verdad...; pero no creo en el anarquismo,
al menos en el anarquismo actual.

Charlando as y andando al paso, cruzaron por Candeleda. A media tarde,
el calor se hizo sofocante; el cielo tomaba un tinte blanquecino y la
sierra de Gredos pareca negruzca. Era an temprano y quisieron llegar
a Madrigal, y entretenidos en la conversacin, siguieron adelante,
hasta que de pronto don lvaro dijo:

--Pero ste no es el camino de Madrigal.

--No?--pregunt el cura.

--No. Quin ha dicho que viniramos por aqu?

--Nadie--contest Aracil--; yo les he visto que tomaban por este camino
y me he figurado que lo conocan.

--Bueno. Es lo mismo--repuso el cura--; por todas partes se va a Roma.

--S; pero no por todas partes se va a Madrigal--replic don lvaro.

Pas un carro; preguntaron al carretero adnde llevaba aquel camino, y
el carretero dijo que no terminaba en ningn pueblo, sino en la ermita
de Nuestra Seora de Chilla.

--Y se puede pasar la noche all?--pregunt el cura.

--S, hay una casa. La casa del santero.

--Pues vamos all--dijeron los cuatro.




XXI.

NUESTRA SEORA DE CHILLA


Iban haciendo el camino de Candeleda a Nuestra Seora de Chilla por una
tierra hermosa y llena de grandes rboles.

Caa la tarde; el cielo se despejaba y se haca ms puro. A veces,
Gredos pareca un monte difano, translcido; un cristal azul,
incrustado en el azul ms negro del horizonte.

Haban dejado su conversacin de asuntos trascendentales, y don lvaro,
muy divertido y alegre, charlaba con Aracil y su hija y bromeaba con el
cura, que tena la respuesta pronta y era socarrn y amigo de burlas.

El haberse perdido en el camino lo tomaban a broma todos, menos los
caballos, ya cansados con la caminata; y el burro que montaba el cura,
apabullado con el peso de la paternidad que llevaba encima, marchaba
jadeante. Don lvaro, que le vi as, dijo en tono de chunga:

      El burro de fray Pedro,
    Dios le bendiga;
    corre ms cuesta abajo
    que cuesta arriba.

Y el pter, contonendose, contest:

      Para cuestas arriba
    quiero mi burro,
    que las cuestas abajo
    yo me las subo.

Se echaron a rer todos del desenfado del pter, y don lvaro le dijo:

--Para m que usted es un hombre terne, padre.

--Y bien--replic el cura--. Por qu no? A lo que vamos, vamos, amigo.

--Quiere que le preste mi caballo?

--No, seor; va usted bien en l. Ahora me bajar un ratito, para que
el burro pueda descansar.

Siguieron andando. Iba anocheciendo. El crepsculo era de una
diafanidad ideal, el cielo pareca de palo; luego se hizo anaranjado,
con nubes de color de rosa, y ms tarde qued rojo, como un mar de
sangre sembrado de islas de oro.

No se vea an la ermita. Mara, algo impaciente, meti su caballo por
un camino de cabras que pasaba entre chaparros y lentiscos y se divida
y subdivida hasta llegar a lo alto de un cerro, y desde all columbr,
a la ya muy escasa luz del crepsculo, una casa blanca, que deba ser
la ermita, rodeada por tupidas masas de rboles.

Aracil, el cura y don lvaro vieron a lo lejos destacarse la silueta
gallarda de Mara. El horizonte rojizo iba ensombrecindose, y en el
fondo se presentaba el paisaje heroico, formado por montes ya obscuros,
bajo un cielo fosco y amenazador.

Volva la muchacha de nuevo al camino.

--Qu se ve?--le pregunt su padre.

--Estamos a poca distancia.

--Bueno--dijo el cura--; entonces metamos un repeln a los jacos, y
hala, hala! por esos caminos, que estamos cerca y se va haciendo
tarde...

Comenzaron a brillar las estrellas en el cielo azul pursimo. El aire
iba viniendo en soplos fros, impregnados de olor a monte; el follaje
de los rboles temblaba y la hierba se inclinaba en oleadas con las
rfagas de viento. Se acercaron a la ermita por entre dos filas de
lamos. Un mochuelo descarado, inmvil en la rama de un pino, con
la cabeza como dislocada, les contempl con curiosidad, y al ver
aproximarse a aquellos intrusos, ech a volar rpidamente. La noche
dominaba e iba dejando ms aromas en el aire y ms frescura en el
viento. El campo se hunda en un sueo de tristeza. Poco despus, una
campana, con un son agudo, derram sus notas de cristal en el ambiente
silencioso...

Entraron en casa del guarda de la ermita y se metieron en la cocina.
Don lvaro y el cura traan algunas provisiones y comieron al lado de
la lumbre, en compaa del doctor y de su hija, a la luz de la llama
del hogar y de las rajuelas de tea que ardan sobre una pala de hierro.

El santero, un viejo idiotizado por la soledad en que viva, hablaba
muy de tarde en tarde, y dijo que, entrada la noche, iban a tener
fiesta unas leadoras que andaban recogiendo lea en el monte.

A eso de las nueve se fueron presentando en la cocina una porcin
de muchachas desgarbadas, feas, negras, la mayora sin dientes, en
compaa de unos mozos que, a quien ms y a quien menos, se les hubiese
podido tomar por un gorila. Parecan, al entrar en la cocina estos
mozos y mozas, un rebao de animales salvajes; en su compaa iban
dos viejas horribles, una alta, seca como un sarmiento, arrugada y
sin dientes, llamada la ta _Calesparra_, y otra pequea, encorvada y
negruzca, a la que decan la _Cuerva_.

La presencia del cura les impuso un poco de respeto a estos tipos
selvticos, que miraron a don lvaro, y sobre todo a Mara, como si
fuesen criaturas cadas de la luna.

Entre los mozos haba uno con las trazas de un verdadero chimpanc.
Era grueso, membrudo, los brazos largos, la nariz chata y los ojos
brillantes; iba con una barba espesa, de seis o siete das, que pareca
formada de pinchos; tena las cejas negras y el labio colgante. Se
llamaba Canuto, y era porquero. Las leadoras jugaban con l, y l las
intentaba agarrar y deca:

--Indina! Si te cojo en el monte, ya vers, ya.

--Este es algn medio tonto--le dijo Aracil al cura.

--S, tonto--replic el cura--. Mtale usted el dedo en la boca. Este
lo que tiene es ms picardas que una mula falsa.

Algunos mozos haban quedado fuera de la casuca del santero, y dos o
tres de ellos entraron en la cocina a preparar los instrumentos de
msica para el baile, consistentes en una caldera, que golpeaban con un
palo, y una zambomba formada por una piel de carnero clavada muy tensa
en una corteza cilndrica de alcornoque.

Cuando ya estuvieron arreglados los toscos instrumentos, salieron todos
al raso de la ermita, sujetaron entre piedras unas teas, que echaban
ms humo que luz, y comenz el baile, que tena el aspecto de una danza
de hombres primitivos en el fondo de un bosque virgen.

La luz de las teas manchaba de claridades rojizas el rostro de los
bailarines y daba a la escena un aspecto fantstico.

Un mozo que se sinti burln, cogi de la cocina una sartn, y haciendo
como que se acompaaba con la guitarra, cant unas tonadillas extraas,
y luego hizo cantar a Canuto y a la ta _Calesparra_.

--No parece que estemos en un pas civilizado--dijo don lvaro.

--Es posible que no lo estemos--replic, humorsticamente, Aracil.

--La verdad es que choca--aadi Mara--que cerca de aqu haya trenes,
y telgrafo, y luz elctrica...

--Nos encontramos en este momento en plena edad de bronce--agreg don
lvaro.

--Ca, hombre!--dijo el doctor--. Canuto no ha llegado al perodo
cuaternario. Yo estoy seguro de que todava siente la nostalgia de
andar a gatas.

Estuvieron contemplando el baile durante algn tiempo.

La fiesta no tena grandes atractivos, y Mara y Aracil, seguidos de
don lvaro, se apartaron un poco del raso de la ermita. La luna llena
brillaba, redonda y blanca, sobre la montaa. Ni un soplo de aire
turbaba la serenidad del ter; la calma reinaba en el cielo y en la
tierra; todo pareca reposar en un silencio solemne; los rboles y las
rocas se dibujaban con claridad a la luz lunar, y la sierra de Gredos
se ergua entre blancas brumas azuladas.

--Qu hermoso!--dijo Mara.

--Es extrao--aadi don lvaro.

--La ermita, desde aqu, con sus paredes blancas, tiene un aire
mgico--aadi el doctor.




XXII.

LA LEYENDA DE CHILLA, SEGN ARACIL


Y usted sabe por qu se llama esta ermita Nuestra Seora de
Chilla?--pregunt Mara a don lvaro.

--No.

--Pues seguramente tendr una explicacin este nombre, su historia o su
leyenda.

--Si no la tiene, es fcil inventarla--dijo Aracil.

--Yo no tendra imaginacin para tanto--repuso don lvaro.

--Yo, s; ahora mismo se la voy a contar a ustedes; pero no le diga
usted nada al cura.

--No, descuide usted.

--Hay por aqu algn convento?--pregunt el doctor.

--S, hombre, el de Yuste.

--Pues ya est la leyenda. Oigan ustedes--dijo Aracil.

Y tomando un tono insinuante y persuasivo de orador sagrado, comenz
as:

--En el monasterio de Yuste, que est enclavado en la sierra de
Gredos, haba, hace muchos aos, un fraile llamado Melitn, que era un
gran pecador y un saco de picardas. Fray Melitn no se contentaba con
comer bien, con dormir bien y beber mejor, que sta es la obligacin
de todo fraile, sino que le gustaba salir del convento y cortejar a
las mozas. Adems de esto, Melitn era malintencionado, se burlaba de
la gente, engaaba al prior, y en vez de ocupar sus ocios en leer,
como sus compaeros, esos libros sublimes que se llaman _El Catalejo
Espiritual_, _El Sinapismo de las Virtudes Teologales_, _La Carabina
de la Penitencia_ o _La Tabaquera mstica, para hacer estornudar las
almas devotas hacia el Seor_, se dedicaba a socarroneras y burlas.
Una noche, en la infraoctava del Corpus, fray Melitn tena una cita
con una rica viuda, a la que haba catequizado. Pensaba llevarle _El
Fusil del Devoto_, que es la obra que ms efecto causa en las viudas
recalcitrantes. Melitn, despus de rezar las oraciones, sali de su
celda sin el permiso del prior, tom una linterna y un paraguas, el
condenado tena miedo a constiparse!, abri la puerta del convento
y sali al campo. Haba mucho lodo en el camino, y Melitn pensaba
que iba a llegar a casa de la viuda lleno de barro, lo cual no le
gustaba. Se hallaba con esto preocupado, cuando vi cerca de l una
burra parda, sin duda, escapada de algn casero, que paca por all.
Fray Melitn, pensando que el encuentro le vena de perillas, se
acerc a la burra, salt sobre ella y, arrendola, ech a andar hacia
el pueblo, hala que hala! El fraile iba distrado, pensando en la
viudita, en los pasteles con que le obsequiaba y en un rico vino de
moscatel, del que tena grandes provisiones en la bodega, cuando, de
repente, mira para abajo y empieza a ver que marchaba por el aire
entre las nubes, y que ya casi no se vean los rboles. Fray Melitn
se asust, crey que estaba ya mareado con el recuerdo del vino, pero
vi que, en realidad, suba y suba cada vez ms. El hombre, o mejor
dicho, el fraile, horrorizado, convulso, comenz a tirar del ronzal a
la burra, pero sta, como si no. Para! Para! Para!, grit varias
veces, y la burra segua adelante. Para! Para!, volvi a gritar el
fraile, y la burra, sin hacerle caso, deca entre dientes: S, s;
chilla, chilla. Para lo que te ha de valer! Melitn apretaba las
nalgas contra la burra, a ver si con el esfuerzo empezaba a bajar el
fantstico animal, y llamaba a todos sus amigos, y chillaba y gritaba
agitando su linterna, y la burra, que bramaba e iba echando fuego por
todo el cuerpo, deca: S, s; chilla, chilla. Para lo que te ha
de valer! Entonces fray Melitn comprendi que estaba perdido y que
era un gran pecador; sinti un profundo dolor de contriccin, tir
la linterna y comenz a llorar y a encomendarse a la Virgen. En esto
sinti que la burra parda se deshinchaba por momentos y que iba echando
un olor de azufre insufrible. Melitn, entonces, por inspiracin
divina, temiendo estrellarse en el suelo, abri su paraguas, que le
sirvi de paracadas, y fu bajando lentamente hasta este cerrillo.
Al encontrarse en el suelo se arrodill, di gracias al cielo, y
acordndose de lo que deca la burra cuando le llevaba en el aire,
levant aqu el santuario de Nuestra Seora de Chilla.

--Muy bien--dijo don lvaro riendo--. Es una explicacin muy chusca,
aunque un poco irreverente.

--Cree usted?...

--S, hombre.

--Pero la religin de nuestros mayores abunda en cosas chuscas.

--No digo que no.

--Eso demuestra la fuerza de la religin. Cuando vive todava, a pesar
de todas sus mojigangas, es, sin duda, por algo.

Se haban alejado de la ermita y volvieron a ella. Pareca de lejos
un gran castillo feudal, lleno de almenas y de torrecillas, en medio
de una garganta rodeada de bosques; la claridad de la luna brillaba
en el fondo de las enramadas, y el cielo profundo tena un inusitado
esplendor...

Durmieron en el zagun de la casa del santero. El silencio llegaba del
campo, dando esa impresin misteriosa de la Naturaleza, en donde se
funden el completo reposo y la vida intensa de los rboles y de las
plantas, de los insectos y de los pjaros. En plena noche se oy el
grito siniestro y confidencial de la lechuza, y por la maana cantaron
los ruiseores...




XXIII.

EN SU BUSCA


Mientras Aracil y su hija dorman en el zagun de la casa del
santero de Nuestra Seora de Chilla, dos personas andaban por Madrid
pensando en ellos y preparndose para buscarlos: eran stas Tom Gray,
corresponsal de la Agencia Reuter, y el doctor Iturrioz.

Tom Gray haba sido enviado por su Agencia a Madrid para dar cuenta
de las fiestas; presenci el estallido de la bomba desde una tribuna
prxima al balcn ocupado por el anarquista, auxili a los heridos, vi
a Nilo Brull muerto y estuvo presente en la autopsia. Adems, conoca
al doctor Aracil y a su hija.

Estaba en posesin de todos los datos necesarios para hacer una
informacin detalladsima, y, efectivamente, la hizo; pero la
desaparicin de Aracil y de Mara di al asunto nuevo inters y produjo
una exasperacin de su curiosidad periodstica.

Conoci Gray al doctor Iturrioz, y en vez de creer, como los dems, que
era un chiflado, se convenci de que era un hombre de talento.

--Usted y yo tenemos que buscar a Aracil--dijo el ingls.

--Y si lo encontrramos...?--pregunt Iturrioz.

--Si lo encontrramos... le ayudaramos a escapar.

--Conformes.

Se pusieron los dos en movimiento y recorrieron todos los rincones de
Madrid. Iturrioz crea que su amigo no haba salido de la capital.

Cuando llegaron los telegramas de Pars afirmando haber visto al doctor
all, Gray dud; sigui con sus informaciones, y, por ltimo, despus
de ver lo infructuoso de sus pesquisas, crey que haba que abandonar
las pistas seguidas y tomar otras nuevas.

Se vean Iturrioz y Gray en el caf Suizo y se comunicaban sus
impresiones. Una noche, Iturrioz dijo:

--He visto a Venancio Arce, un ingeniero pariente de Aracil. Sabe algo;
tiene indicios de lo que ha podido hacer el doctor. Vamos a verle esta
noche.

Fueron a visitar al ingeniero y hablaron con l.

--Yo estoy dispuesto a emplear el dinero que se necesite para
salvarles--dijo Gray--; de manera que puede usted no tener escrpulos
en decirnos lo que sepa; si han escapado, mejor para ellos; si no, les
ayudaremos a escapar.

--Yo, como saber, no s gran cosa--replic Venancio--. No tengo mas que
indicios, suposiciones...

--Hable usted--le dijo Iturrioz.

--Yo creo que Aracil y Mara han estado en Madrid hasta hace diez o
doce das, escondidos no s en dnde.

--Creo lo mismo--dijo Iturrioz.

--El quedarse en Madrid despus del atentado--asegur Venancio--,
aunque Aracil no haya tenido parte alguna en eso, era lo ms prudente.
Ellos supieron por la noche que se haban dado rdenes para prenderlos;
lo natural es que hayan evitado tomar el tren.

--De manera que usted no cree que estuvieran en Pars cuando se di
esta noticia?--pregunt Gray.

--Yo no.

--Ni yo tampoco--aadi Iturrioz.

--Hay muchas razones para suponerlo as--sigui diciendo Venancio--. Se
sabe que Aracil se afeit en el hospital; est probado.

--S; es verdad--afirm Gray.

--A pesar de esto, los dos periodistas de Pars que dijeron haberle
visto, lo describieron como un hombre de barba negra. En la intervi
que celebraron con Aracil en Pars, el doctor no saba an que Brull
hubiera sido encontrado muerto. Sin embargo, la noticia se conoca all
veinticuatro horas antes, y Aracil no se haba enterado. Adems, le
hacen decir un da despus del encuentro del anarquista que ignoraba el
paradero de Brull.

--Es absurdo todo esto--dijo Gray.

--No. Eso demuestra--exclam Iturrioz--que Aracil no estaba en Pars,
y que sus amigos llevaron a cabo esta maniobra para despistar a la
polica.

--Esa es tambin mi opinin--aadi Venancio.

--Entonces, usted qu cree?--dijo Gray--. Dnde estarn? En Madrid
an?

--Yo me figuro--contest el ingeniero--que Aracil envi a algn amigo
suyo de Pars una nota para que fingiese una entrevista con l, y que
cuando la noticia surti efecto y todo el mundo qued convencido de que
se haban escapado, entonces ellos se prepararon a la fuga.

--Y cree usted que habrn tomado el tren?--pregunt Gray.

--Creo que no. Si hubieran tomado el tren estaran en salvo; si
estuvieran en salvo, nos hubieran escrito. Adems, es lgico que no
se atreva uno a lanzarse a la suerte despus de haberse salvado los
primeros das.

--Y, cmo cree usted que se hayan marchado?

--No s; si ha habido por medio algn amigo o persona influyente, es
posible que hayan ido en automvil; pero lo dudo, por lo que deca
antes. En automvil, hace tiempo que estaran fuera de Espaa, y nos
hubieran escrito para tranquilizarnos.

--Usted supone, pues, que no han salido de Espaa?

--Eso es.

--Y que han intentado marchar a pie hasta Francia? Me parece absurdo.

--Si han ido a pie o a caballo, yo creo que habrn elegido la marcha
hacia Portugal. Por qu lo supongo as? Primero, porque el viaje es
ms corto; segundo, porque el pas es ms despoblado; tercero, porque
yo he hablado a Mara de este viaje.

--Entonces, es indudable--dijo Iturrioz--; han ido por ah.

--De manera que si fueran ciertas las suposiciones de usted, hacia
dnde estaran?--pregunt Gray.

--Si han salido un da o dos despus de publicada la noticia de su paso
por Pars, deben estar cerca de la frontera portuguesa.

--Quiere usted venir con el doctor Iturrioz y conmigo en su busca?
Tomaremos un automvil, y, si los encontramos, los pondremos en salvo.

--Es que, probablemente, el camino que hayan seguido ellos no ser la
carretera.

--No importa; nos enteraremos. Conque, usted viene? Saldremos dentro
de unas horas. Iturrioz y yo vendremos a buscarle a las cinco. Est
usted preparado.

Se despidieron, y, por la maana, Tom Gray y el doctor Iturrioz se
presentaron en un magnfico automvil a la puerta de casa de Venancio.
Montaron los tres; Gray haca de _chauffeur_; salieron de Madrid y,
en un instante, llegaron a Maqueda; preguntaron aqu, siguieron hasta
Oropesa y, no encontrando ningn dato, volvieron a Navalcarnero. Luego
dejaron la carretera principal y llegaron a Brunete.

Venancio crea que el doctor y su hija habran tomado esta ruta. Como
era poco frecuentada, en las ventas podan recordar el paso de los
fugitivos, y, efectivamente, en el primer sitio donde preguntaron, en
el ventorro de Los Dos Caminos, la mujer di las seas de Aracil y de
su hija, y dijo que haca ya una semana o ms que se haban albergado
en su casa. Durante todo el camino, desde Brunete hasta San Martn de
Valdeiglesias, encontraron el rastro de Aracil y de su hija, y en el
ventorro de San Juan de los Pastores, las seas dadas por la ventera
fueron tan claras, que no dudaron Venancio, Iturrioz, ni el ingls, de
que se trataba del doctor y de Mara. Por qu aseguraba la mujer de la
venta que los fugitivos eran un guarda y su hija, no se lo pudieron
explicar satisfactoriamente.

En San Martn se perda la pista; haban pasado bastantes aldeanos a
la feria de la Adrada, y no se recordaba haber visto a los viajeros.
Adems, acababa la carretera y no era posible seguir en automvil.

Se discuti la manera de continuar el viaje, y Venancio, despus de
consultar el plano, dijo:

--Lo mejor es que uno compre un buen caballo y vaya recorriendo por el
monte el camino, en lnea recta, hacia Portugal; el automvil, por su
parte, puede explorar la carretera entre Navalmoral, Plasencia y Coria.

Se dispuso hacerlo as. Iturrioz, que era un buen jinete, compr
un caballo en San Martn de Valdeiglesias, apunt los pueblos que
tena que recorrer, y por la tarde se puso en marcha. Se acord que
escribiera todas sus investigaciones y las enviara diariamente a Tom
Gray, a Navalmoral.

Mientrastanto, Venancio y el ingls bajaron en el automvil a Escalona,
y de Escalona se corrieron a Maqueda, desde donde continuaron por la
carretera hasta detenerse en Navalmoral de la Mata.

Al da siguiente, Venancio y Gray recorrieron la carretera, sin
encontrar pista alguna. La primera carta de Iturrioz no deca nada
interesante; en la segunda contaba que haba encontrado en La Adrada un
hombre apodado el _Ninchi_, que conoca a los fugitivos. El _Ninchi_
se haba brindado a acompaarle, y marchaban los dos a lo largo de la
sierra de Gredos, en busca de Aracil y de su hija.




XXIV.

LA SERRANA DE LA VERA


Se despert Aracil y, viendo que Mara estaba tambin despierta, se
levantaron ambos y salieron al raso de la ermita. La luz difusa del
amanecer iluminaba el campo. Corra un vientecillo fro y sutil. Se
dispusieron a aparejar los caballos, y estaban dispuestos a partir,
cuando el cura, que se haba levantado tambin, dijo:

--Qu, no quieren ustedes ver la ermita?

Aracil iba a pretextar el tener que preparar los caballos; pero su hija
le hizo callar con una mirada, y el cura, que not la intencin, dijo:

--Ande usted, que por or misa y dar cebada, no se pierde la jornada.

Era domingo; el negarse a entrar podra parecer demasiado
significativo, y entraron. El cura y el santero les ensearon la
iglesia y el coro.

--Alguno de ustedes sabe tocar el piano?--pregunt el cura a Mara.

--No... Nosotros, cmo quiere usted que sepamos eso?

--Bah! No se haga usted la tonta!... Usted sabe tocar el piano.

--No, no.

--Djese usted de historias!

Mara se turb y mir a su padre, confusa. Aracil hizo un gesto y se
mordi los labios.

--Aunque sea un poco brusco--dijo el cura--, no soy de los que hacen
dao a nadie. Y si algo he adivinado, me lo callo. Conque, ande usted,
toque usted el rgano mientras yo digo misa.

--Vamos a llamar la atencin de un modo horrible--dijo Aracil--, y no
nos conviene.

--Por qu llamar la atencin?

--Una mujer que toca el rgano!

--Pues se hace una cosa. En el coro no entran mas que el santero, su
hija y usted; la gente, que crea que usted es el que ha tocado. El
santero no dir nada si yo se lo mando.

No hubo manera de negarse, y Mara se puso de acuerdo con el cura para
saber lo que haba de tocar. El santero le ira indicando cundo y cmo
deba hacerlo, y Aracil dara al fuelle.

Comenz a sonar la campana, y poco despus fueron entrando en la ermita
toda la gente de los contornos que haban estado en la fiesta de la
noche anterior. Comenz la misa. Aracil se agarr al fuelle del rgano.
Mara se sent delante del teclado y sigui las instrucciones del
santero, que le deca: Ahora, bajo; ahora, alto; ahora, fuerte.

De esta manera toc lo que recordaba: trozos de pera y sonatas de
Beethoven y de Mozart.

Cuando concluy la misa, el cura les invit a comer. Haban preparado
un yantar excelente; pero Mara y Aracil dijeron que tenan prisa,
montaron a caballo, y tras ellos fu don lvaro.

--Qu bien ha tocado usted!--le dijo a Mara, con verdadera efusin.

--Si no he sido yo! Ha sido mi padre!

--S, eso ha pensado la gente; pero como yo soy curioso, he subido las
escaleras del coro y he visto a su pap que se dedicaba a inflar el
fuelle mientras usted tocaba.

Mara se ech a rer.

--Debe usted tener una idea rara de nosotros--dijo.

--Tanto, que no me chocara nada que al llegar al pueblo inmediato
salieran a recibirle a usted llamndole duquesa, princesa o reina.

--Pues no tenga usted cuidado, no saldrn.

--Qu s yo!

Bajaron por entre matorrales espesos de espinos y de retamas, de
grandes y perfumadas jaras, hmedas de roco. Se respiraba entre estas
breas un aroma de incienso; anduvieron desorientados durante largo
rato; pero siguiendo siempre la garganta de Chilla, en cuyo fondo
corra un arroyo, y preguntando despus en varios molinos de pimentn,
llegaron a Madrigal de la Vera.

Comieron all los tres, en una cocina grande y negra, de enorme
chimenea, en la que colgaban ristras de chorizos y de jamones. Por
la tarde tomaron el camino y, arreando las caballeras, pasaron por
Valverde de la Vera, luego por otro pueblo, en el cual dijo don lvaro
no convena pararse, por ser muy miserable, y al anochecer se fueron
acercando a Losar.

Don lvaro cont a Mara la historia, o leyenda, de una mujer
salteadora, que en pocas pasadas haba andado por aquellos montes
robando a los viajeros, llamada la _Serrana de la Vera_, y comenz a
recitar un antiguo romance, que deca as:

      All en Garganta la Olla,
    en la Vera de Plasencia,
    salteme una serrana
    blanca, rubia, ojimorena.

      Rebozada caperuza
    lleva, porque as, cubierta,
    su rostro nadie la viese
    ni della tuviera seas.

Mara le dijo que siguiese el romance de la mujer bandolera, y don
lvaro lo recit completo.

Llegaron, ya entrada la noche, a Losar de Vera. Don lvaro les condujo
a una posada grande, iluminada con luz elctrica, y en ella se
hospedaron los tres.




XXV.

LA MUERTE DEL CABALLO


Al da siguiente, al salir, muy de maana, del pueblo, notaron que el
caballo de Mara no poda andar. Marchaba con grandes esfuerzos, como
haciendo reverencias, y jadeaba, y al querer avanzar, aligerando el
paso, produca un ruido como una caldera que hierve.

Mara suplic a su padre y a don lvaro que no marchasen de prisa,
porque su caballo no poda seguirles. Desmont Mara, y Aracil y don
lvaro reconocieron el jaco.

--Dnde han comprado ustedes este vejestorio?--dijo don lvaro--.
Demonio, qu penco!

El caballo se par, y Aracil, Mara y don lvaro le contemplaron en
silencio. Era verdaderamente lamentable el aspecto del pobre _Galn_:
tena una figura triste y lastimosa; le temblaban las piernas; sus
grandes ojos, redondos y apagados, miraban con vaguedad angustiosa.
Abra la boca para respirar, anhelante; resoplaba y tosa y enseaba
unos dientes grandes y amarillos.

Aracil, despus de contemplarle, dijo:

--Este caballo se muere en seguida.

Le quitaron la montura, para dejarle ms libre, y no quisieron
abandonarlo; les pareca una crueldad. Aquellos ojos empaados y dulces
parecan guardar como un deseo afectuoso e incierto.

Las piernas del caballo fueron quedndose rgidas; luego comenz a
temblar, se le dobl un brazuelo, despus el otro, se inclin para
adelante, vacil y se tendi de lado, con un suspiro. Las patas se
movieron convulsivamente, el animal comenz a resoplar y se le nublaron
los ojos. Estuvo un momento inmvil, como descansando, esperando el
ltimo golpe; irgui el cuello, largo y estrecho, se agit de nuevo...,
y un hilillo de sangre sali de la nariz a correr por el suelo.

--Pobre _Galn_!--murmur Mara, secndose, disimuladamente, una
lgrima.

--Le ha impresionado a usted?--pregunt don lvaro.

--S; los caballos me dan mucha pena. Los tratan tan mal!

En esto, un buitre comenz a dar vueltas en el aire, muy arriba, tanto,
que pareca volar a la altura de los picachos de la sierra.

--Ya ha visto se la presa--dijo don lvaro.

--Ese es independiente de veras--aadi Aracil.

Mara mont a la grupa en la yegua de su padre, y se alejaron de all.

Se acercaron a Jarandilla; don lvaro tena por precisin que quedarse,
y trat de convencer al doctor y a Mara de que se detuviesen, y
especific las curiosidades del pueblo.

--No, no puede ser; tenemos mucha prisa--dijo Aracil.

--Es que podan ustedes descansar en mi casa--aadi don lvaro--. All
nadie ira a buscarles.

--Gracias! Muchas gracias!--dijeron padre e hija. Pero no es posible.

--Quisiera, entonces, que me prometiera usted una cosa--dijo don lvaro
a Mara.

--Qu?

--Que cuando llegue usted, adonde sea, me escriba usted una carta,
diciendo: hemos llegado.

--Muy bien; lo har.

--Pero firmada con su nombre y su apellido.

--S; no hay inconveniente.

--Entonces, ya que esto lo concede usted con facilidad, como recuerdo
del viaje que hemos hecho juntos, enveme usted su retrato.

--Bueno.

--De veras?

--S. Yo tambin quiero que no hable usted de nosotros a nadie, ni a su
familia, hasta que no reciba mi carta.

--Descuide usted, no hablar mas que conmigo mismo.

--Entonces, despidmonos antes de entrar en el pueblo. Que no nos vean
juntos, porque le haran preguntas a usted.

Se despidieron afectuosamente, y padre e hija, atravesando el pueblo,
tomaron el camino de Cuacos.




XXVI.

EL MUSIڻ


Poco despus se encontraron con una partida de ms de veinte arrieros,
que llevaban en mulos sacos cargados de pimentn. Iban todos los
arrieros muy majos, y llevaban sus cabalgaduras colleras cuajadas de
cascabeles.

Los mulos eran fuertes y giles, y pronto dejaron atrs a la yegua
montada por el doctor y su hija. Al llegar a una parte del camino en
cuesta y revestido de piedras, la yegua de Aracil aminor su marcha;
en cambio, los mulos de los arrieros subieron la pendiente con un gran
mpetu.

Era un espectculo animado y bonito el ver aquella cabalgata tan lucida
y tan brillante cmo suba la vieja calzada. Los mulos, briosos,
limpios, enjaezados, parecan excitarse con el ruido de los cascabeles,
y pisaban rpidamente y con fuerza. La piedra sonaba, herida por el
hierro de las herraduras, con un ruido de campana, y las chispas
saltaban por debajo de las pezuas de las caballeras.

Aracil y su hija marchaban despacio; comieron algo que llevaban en la
alforja; por la tarde, en el camino, vieron a un hombre que corra
escapado, y una hora antes de llegar a Cuacos se toparon al viejo Musi
Roberto del Castillo, jinete en un caballo peludo. Las largas piernas
del _Musi_ llegaban con los pies hasta el suelo, y los pantalones
recogidos dejaban ver sus esculidas canillas. Musi Roberto del
Castillo salud con finura al doctor y a su hija.

--No me conocen ustedes?--pregunt.

--No--contest Aracil.

--Este seor--dijo Mara--es el que iba con un hombre bajito, y lo
encontramos por primera vez cerca de un puente, al salir de Brunete.

--El mismo, seorita--afirm el _Musi_.

--El inventor de los elixires. S, lo recuerdo--exclam el doctor--;
pero antes iba usted a pie.

--S--murmur el _Musi_--; he encontrado este caballo en el campo, y
me lo he apropiado.

--Demonio, qu procedimiento!

--No todo el mundo puede ser rico como ustedes.

--Y de dnde sabe usted que somos ricos?--pregunt el doctor.

--Yo me lo s; s, adems, que es usted mdico y que va usted huyendo.

--Bah!

--Ya lo creo! Y como yo necesito algn dinero, si no aflojan ustedes
la mosca, les denuncio.

--Y nosotros le denunciamos a usted como ladrn de caballos--salt
Mara.

--Bah! Entre un vagabundo como yo y unos seores como ustedes hay
mucha diferencia. A m me encerrarn unos meses; a ustedes, qu s yo
lo que habrn hecho!; probablemente algo muy gordo cuando huyen as.

--Y qu ir usted ganando con denunciarnos?--pregunt Aracil.

El _Musi_ se encogi de hombros. Siguieron marchando los tres por la
carretera.

--Bueno--dijo el _Musi_--; qu dan ustedes por callar?

--Usted dir--contest Mara.

--Cincuenta duros.

--De dnde los vamos a sacar?

--Cunto llevan ustedes ah?

--Unos veinte.

--Vengan.

--Y si luego nos denuncia usted?

--Ca! Si yo tambin tengo mucho que ocultar; no tengan ustedes
cuidado--dijo el _Musi_, riendo con risa cnica, que mostraba sus
dientes negros.

--Vaya; le daremos a usted cinco duros--dijo Aracil.

--Bueno, bueno. Vengan. Y, al llegar al pueblo, cada uno por su lado.

--Una pregunta--dijo Aracil--; por qu dice usted que soy mdico y
rico?

--Porque ha reconocido usted a un enfermo en el camino, digo que es
usted mdico; porque le ha dado usted dinero, digo que es usted rico;
porque no se ha querido usted parar un momento all, creo que va usted
fugado.

Aracil no replic. Las consecuencias no podan ser ms lgicas.
Llegaron a Cuacos y sali a recibirles una pareja de la Guardia civil,
que les mand detenerse. Se haba escapado un preso que llevaban
conducido, y los guardias pensaban que Aracil y su hija deban de
haberlo encontrado en el camino. Dijeron stos las personas con
quienes se cruzaron en la marcha, y uno de los guardias les pidi los
documentos. Los ensearon.

--Ustedes se van a quedar aqu?--pregunt el guardia, sin leer los
papeles.

--Es probable--dijo Aracil.

--Bueno; pues maana vendrn ustedes con nosotros a Jaraz a prestar
declaracin.

Al mismo tiempo que al doctor, haban detenido al _Musi_, y ste
temblaba y miraba su caballo y su morral con espanto.

Uno de los guardias llam a un joven con tipo de chulo, y le dijo,
sealando al doctor y a su hija:

--Oye, Lesmes, acompaa a estos seores a la posada.

Luego los dos guardias, poniendo en medio al _Musi_, se fueron con l.

--Adnde llevan a se?--pregunt Aracil a Lesmes.

--Adnde lo van a llevar?... A la crcel.

El joven les condujo hasta la posada. Metieron la yegua en la cuadra y
entraron en una gran cocina negra.

El dueo de la posada era un viejo de cara juanetuda, con el pelo
blanco. Lesmes, que result ser el alguacil, le dijo que hospedase al
doctor y a Mara.

--Pero, es gente sospechosa?--pregunt el posadero.

--No, hombre, no; tienen sus papeles, y los han enseado a la Guardia
civil.

--Entonces, por qu vienen contigo?

--Porque maana tienen que ir a Jaraz a declarar.

--Bueno, bueno.

--Y si usted no quiere tenerlos, los llevar a la otra posada.

--No, no; que se queden.

--Pero, qu anda usted con tanto melindre, seor Benito?--dijo un
pimentonero joven y rechoncho--. Si aqu, empezando por usted, el que
ms y el que menos es licenciado de presidio.

--Cllate t, animal!--exclam el viejo--. A mi casa no vienen mas que
personas decentes.

Se ri el arriero, y una moza prepar un cuarto para Aracil y su hija.




XXVII.

FUGA DE NOCHE


A la luz pabilosa de una vela de sebo se vea un cuarto sucio y negro,
en donde andaban perdidos, sin poder encontrarse, un arcn, una mesa
travesera de aspa y dos camas con colchas rojas. En el techo se vean
las vigas alabeadas, pintadas de azul. En la pared, encalada y llena de
desconchaduras, colgaba un espejo pequeo, deslustrado y negruzco, y
varias estampas religiosas.

Mara y Aracil discutieron lo que deban hacer. Tenan encima dos
peligros: uno la declaracin en Jaraz, en donde podan trabucarse
e incurrir en contradicciones y hundirse y hundir tambin a Isidro
el guarda; el otro peligro era la delacin del _Musi_, que vindose
cogido poda denunciarles.

Decidieron, en vista de las posibilidades que haba de echarlo todo
a perder, hur de noche en busca de la estacin ms prxima, que era
Casatejada. All tomara Aracil el tren de Portugal, y para no ir
juntos y no infundir sospechas, Mara esperara en el pueblo y saldra
al da siguiente.

--La cuestin es que no nos vigilen--dijo Mara--. Convdale a Lesmes,
el alguacil, que debe estar abajo.

Fu el doctor a la cocina, habl con los arrieros y con el hombrecillo
que les haba trado a la posada, dijo que se iba a quedar unos das en
Jaraz, cont unos cuantos chascarrillos y se hizo amigo de todos.

Mara, mientrastanto, se enter bien de cmo se abra la puerta de
la casa; haba una cadena de un lado a otro, y el postigo tena un
cerrojo pequeo, que chirriaba. Despus subi al cuarto que les haban
destinado y explor los alrededores. Cerca corra un pasillo con una
ventana, que caa sobre un callejn formado por dos tapias de piedras
toscas.

A un lado del corredor, en un desvn, se guardaban azadones,
rastrillos, bieldos y espuertas hechas de tomiza.

Este desvn estaba cerrado por una puerta carcomida, que se sujetaba
con un gancho.

Cenaron en la cocina; hablaron con animacin y alegra, para no
infundir sospechas.

Despus de la cena, Aracil y Mara subieron a su cuarto, que estaba
prximo a la escalera, y dejaron la puerta abierta. Observaron, desde
arriba, hacia dnde ponan los arrieros las enjalmas de las mulas, que
les servan de camas, y vieron que todos las colocaban hacia la parte
de adentro, lo ms lejos de la puerta. El camino estaba, pues, libre.

Las dos grandes dificultades consistan en bajar la escalera y en
abrir la puerta sin ruido, sin que se despertara nadie. Sacar la yegua
de la cuadra era tarea imposible, y se decidieron a dejarla.

Estuvieron en el cuarto una hora o ms a obscuras, hasta que no se oy
en la casa el menor ruido. Mara se quit los zapatos y Aracil las
botas.

--Vamos.

Salieron a la escalera. Esta era tan vieja, que cruja al ms leve
paso. Padre e hija fueron bajando las escaleras de puntillas,
detenindose a veces, alarmados. El estallido de las tablas les haca
quedar inmviles, con el corazn palpitante. Llegaron al portal. Mara
escuch un momento la respiracin de los arrieros, y avanz con sigilo
hacia la puerta. Luego tir del cerrojo, que chirri fuertemente.

--Quin anda ah?--dijo uno de los arrieros.

Mara cogi de la mano a su padre y le hizo echarse atrs.

--Pasa algo?--volvi a preguntar el arriero.

Mara y Aracil quedaron un momento inmviles; luego fueron
retrocediendo poco a poco y volvieron a subir las escaleras. Era
difcil salir por la puerta sin que lo notara nadie. Mara le habl a
su padre de la ventana del pasillo.

--Vamos a verla.

Fueron sin hacer ruido; la ventana tendra una altura de cinco a seis
metros sobre el callejn. Aracil se quit la faja. Llegaba hasta cerca
del suelo, pero no haba dnde sujetarla; las maderas eran dbiles y
carcomidas.

--Cmo podramos sujetar esto?--murmur Aracil.

Mara entr en el desvn donde se guardaban tiles de labranza, y vino
con el palo de un azadn.

--Si lo pusiramos as, atravesado en la ventana? Eh?

--S; podra servir.

El palo era bastante ms largo que la anchura de la ventana; la
cuestin era que no se escurriese. Ataron la faja al centro del astil y
vieron que se sujetaba muy bien.

--Vamos all. Baja t primero--dijo Aracil--; yo tendr cuidado con que
no se escurra el palo.

Mara sac el cuerpo fuera de la ventana y se agarr a la faja; Aracil
fu sostenindola desde arriba, y la muchacha lleg al suelo sin
hacerse dao.

El doctor iba a descolgarse, pero pens que, al soltar la faja, el
palo del azadn, bastante pesado, caera en el interior del pasillo y
producira un gran ruido.

--Qu pasa?--dijo Mara.

--Espera un momento.

Aracil sac su pauelo, lo rompi en dos tiras y at con ellas el palo
del azadn en los pernios de las ventanas.

--Pero, qu hay? Por qu no bajas?

--Espera. Hazme el favor.

Cuando concluy de sujetar el palo se ech fuera de la ventana y se
descolg sin dificultad.

Siguiendo el callejn, entre dos tapias de piedra, salieron a la calle.

La luna brillaba en el cielo y asomaba su faz blanca por encima de un
tejado; su luz divida la calle en una zona obscura y otra muy clara;
en sta se vean las fachadas torcidas, ruinosas, con balcones viejos y
derrengados, y se pintaban en ellas sombras negras y dentelladas de los
aleros grandes y de los saledizos. Las piedras del suelo se dibujaban
con fuerza. Arrimndose a las paredes, Aracil y Mara avanzaron por
la zona de sombra, cortada a trechos por la luz que entraba por los
callejones.

Una mujer abri un balcn y ech una palangana de agua. Despus vieron
a un sereno envuelto en la capa, con el chuzo, cuyo acero brillaba a la
luz de la luna, que cant la hora melanclicamente.

Salieron de la aldea; a ratos rompan el silencio de la noche los
aullidos tristes de los perros. Al pasar por delante de una casa
aislada, les sali al encuentro un perrazo, que lanzaba un ladrido
estruendoso. Aracil sac el revlver y lo amartill. El perro sigui
ladrando y amagando morder, hasta que abandon la partida, gruendo.

El camino para Jaraz estaba bien indicado; el encontrar despus el
de Casatejada sera, indudablemente, ms difcil. A la hora u hora y
media de salir de Cuacos, llegaron a Jaraz. No entraron en el pueblo;
pasaron por delante de una fragua iluminada.

--Esprame un momento--dijo Aracil--, preguntar aqu.

Qued sola Mara en el camino, y al poco rato volvi el doctor.

--Vamos bien--dijo.

Siguieron el camino. La claridad tenue de la luna iluminaba el campo
yermo, desnudo y seco; un mastn, a lo lejos, atronaba el aire con sus
ladridos. Padre e hija comenzaban a rendirse; se sentaban a veces en
los riberos a descansar.

Era ms de media noche cuando llegaron delante de un arenal, surcado
por un ro caudaloso. Brillaba sobre la arena, como si fuera de azogue;
la claridad indecisa de la luna rielaba en sus aguas, y sala de l un
murmullo misterioso y confuso.

Anduvieron los fugitivos por la orilla a ver si encontraban algn
puente o alguna barca, pero no hallaron ni una cosa ni otra. Qu
hacer? El ro, siniestro, ancho, silencioso, pareca una gran serpiente
dormida en la arena. El verlo tan brillante les espantaba; el detenerse
all les poda perder.

--Este ro es el Titar, y debe ser poco profundo--dijo Aracil--; el
que por aqu venga el camino y no haya puente demuestra que esto es un
vado.

--Vamos a verlo.

Se descalzaron los dos y fueron entrando en el ro. Al principio no
haba apenas fondo, pero a los ocho o diez metros comenzaba a subir el
agua muchsimo.

--Hay que volver--dijo Aracil.

--Y qu haremos?

Era muy difcil contestar a esta pregunta. El ro llevaba bastante
corriente; perdiendo el pie y no sabiendo nadar, poda suceder una
desgracia.

--Esperemos a ver si aclara un poco--murmur Aracil, desalentado.

Se tendieron a la orilla del ro. Estaban los dos rendidos, febriles,
mudos. En esto se oy a lo lejos el galopar de un caballo.

--Viene alguien--exclam el doctor, sobresaltado--. Ser la Guardia
civil? Entonces, estamos perdidos.

Al entrar el jinete en el arenal del ancho cauce del ro, dej de
orse el ruido de las herraduras del caballo; pero, en cambio, se fu
haciendo cada vez ms prximo el choque de los arneses y de las correas
en el silencio de la noche.

No era la Guardia civil, sino un hombre solo, que vena en un
caballo blanco. El hombre no deba conocer el camino, porque qued
desconcertado al encontrarse delante del ro, sin puente para pasar;
mir ms arriba y ms abajo de la orilla, y se decidi a meterse en el
agua.

--Eh, buen hombre!--le dijo Aracil.

--Qu hay? Quin me llama?

--Podra usted pasarnos en el caballo?

--No puede ser; tengo prisa.

--Se le pagara lo que fuera.

--No quiero perder tiempo.

El hombre se dispuso a atravesar el ro a caballo, y como para darse
nimos, cant:

      Arriba, caballo moro!
    Scame de este arenal,
    que me vienen persiguiendo
    los de la Guardia imperial.

--Vaya, salga lo que saliere!--dijo Aracil--. Agrrate a m, Mara.
Fuerte!

El doctor se cogi con las dos manos a la cola del caballo, y Mara,
a la cintura de su padre. Avanzaron en el ro. El agua fu subiendo,
subiendo; les lleg al cuello; el doctor y su hija sintieron el espanto
de la muerte prxima; luego el agua comenz a bajar, el caballo di
una sacudida y se desasi de las manos del doctor, y ste y Mara se
encontraron dentro del ro, con agua hasta media pierna. Fcilmente
ganaron la orilla opuesta. El hombre del caballo pic espuelas y se
alej de all al trote.

Aracil y Mara salieron con las ropas chorreando agua y temblando por
la humedad y el fro. Mara tiritaba estremecida, y su padre, asustado,
sin pensar ya en la huda, intent encender fuego; casi todas las
cerillas que llevaba estaban mojadas; algunas, sin embargo, servan, y
pudieron hacer una hoguera y secarse un poco las ropas.

El alba comenzaba a apuntar en el horizonte, y el velo azafranado de
la aurora se esparca por la tierra cuando Aracil y Mara volvieron a
comenzar la marcha. Al amanecer cruzaron la va del tren. A la claridad
gris de la maana, en medio de campos de trigo, se vea un pueblo. Una
estrella brillaba en el Oriente; comenzaban a cacarear los gallos.

Iban por el camino, muertos de cansancio, cuando de pronto oyeron
gritar:

--Aracil! Mara!

Se volvieron, sobrecogidos. Delante de ellos, a caballo, estaban
Venancio y Gray.

--Vamos--dijo el ingls--; a montar.

Subi Aracil a la grupa del caballo de Gray, y a Mara la levant
Venancio hasta sentarla en el arzn delantero, y al trote llegaron a
la carretera. All esperaba un automvil rojo y un hombre. Encarg el
ingls a ste que llevara los caballos al pueblo; en el coche montaron
Venancio, Aracil y Mara. El ingls di al manubrio para poner en
movimiento el motor, luego subi a su asiento, solt el freno, y el
automvil comenz a marchar de una manera vertiginosa.

Explic Venancio al doctor y a su hija que por la maana haban sabido
por un propio, enviado por Iturrioz, que estaban en Cuacos, y este
propio, que era el _Ninchi_, les vi al pasar el Titar, aunque no les
reconoci. Al decirles que se haba encontrado en el camino y cerca
del ro con un hombre y una mujer, el ingls y l supusieron si seran
ellos.

Aracil cont lo ocurrido en Cuacos, y pensando que quiz en aquella
hora se habran dado cuenta ya de su fuga, experiment una gran
angustia.

Comenz a hacerse de da; la luna se ocultaba; algunas estrellas
parpadeaban an en el cielo; la sierra de Gredos comenz a aparecer
azul, entre nieblas blancas, como una muralla almenada; luego se
derram el sol por el campo, quedaron jirones de nubes sobre los
picachos angulosos de la sierra, y poco despus la montaa desapareci
como por encanto...

El ingls conoca muy bien el camino que haban de seguir; bajaron
hasta Trujillo, y seis horas ms tarde entraban en Portugal.




XXVIII.

EN PORTUGAL


En el primer pueblo de la frontera portuguesa se detuvieron y pararon
en una posada. Mara experimentaba un gran malestar y senta los pies
como si le estuvieran ardiendo.

--Qu tienes?--le dijo su padre.

--No s.

Cuando intent descalzarse, no pudo: tena hinchado los pies; Aracil le
cort los zapatos; luego, para arrancarle las medias, hubo que hacerle
mucho dao, y Mara aguant el dolor sin quejarse.

--Qu valiente!--dijo Venancio, enternecido.

--Oh! Mucho, mucho--exclam el ingls, lleno de asombro.

Tena Mara los piececitos tumefactos, hinchados y llenos de sangre. El
ingls llevaba unas pastillas de sublimado, que se disolvieron en agua,
y Aracil lav y vend los pies de su hija. Al conclur de vendarle, el
doctor, que estaba arrodillado, bes a Mara en la pierna, con gran
efusin, llorando.

Ella tendi los brazos a su padre, y estuvieron los dos un momento
abrazados.

No haba tiempo que perder. Entre Aracil y Gray llevaron a Mara al
coche, y Venancio se despidi de ellos.

--Yo tengo que volver a Madrid.

Aracil le di los papeles de Isidro el guarda, encargndole que se
los entregara lo ms pronto posible, y Mara le dijo que le diera las
gracias y le contara cmo haban pasado la frontera. Venancio abraz
a su sobrina y di la mano al doctor y al ingls, que siguieron su
camino, internndose en Portugal.

El ingls tena un amigo y paisano, dueo de unas minas, en cuya casa
se acogeran.

--Ahora tomaremos hacia Coimbra, adonde llegaremos al caer de la tarde,
y por la noche estaremos ya donde vive mi amigo.

Al principio, la carretera marchaba entre grandes alcornoques, con la
parte baja del tronco descortezada y rojiza; luego el paisaje se iba
haciendo ms suave y ms verde. Cruzaron extensos pinares. En la base
de los pinos, y debajo de sus heridas elpticas, se vean vasos de
arcilla, que iban recogiendo la resina de color de cera. Pasaba todo
a los lados del automvil de una manera vertiginosa: casas, bosques,
rboles, caminos.

Aracil iba como en un sueo; el cansancio y el aire le dejaban
amodorrado; Mara senta una gran pesadez en la cabeza, y temblaba, con
escalofros.

Pasaron al anochecer por Coimbra, y ya entrada la noche, llegaron a un
pueblo muy pequeo, con una plaza grande con rboles. El automvil se
detuvo frente a una casa, con las ventanas iluminadas. Sali un mozo a
la puerta, y el ingls le pregunt por su amigo.

--Est?

--S. Pero ahora tiene una comida.

--Bueno, que salga.

--Es que me ha dicho el seor...

--Nada, dile que salga.

El mozo volvi al poco rato con el dueo de la casa, un ingls de unos
cuarenta aos, joven, calvo y rojo, a quien Gray explic lo que pasaba.

--Est bien. Est bien--dijo el minero. Abri el automvil y di la
mano al doctor para que bajara; luego, sin ms ceremonia, tom a
Mara en brazos y se la entreg a Gray, que fu subiendo con ella las
escaleras hasta una habitacin del primer piso.

--Estos seores son unos parientes mos que se van a quedar aqu unos
das--dijo el minero a la criada, chapurrando el portugus; luego,
dirigindose al mozo, advirti--: Acompaa a este seor a colocar el
automvil--. Ahora--aadi, inclinndose ante Mara--perdonen ustedes,
porque tengo una comida con unos portugueses que quieren venderme unas
minas.

Y el ingls se fu; Mara, Aracil y la criada se quedaron en un cuarto
grande y destartalado. Mara, ayudada por la muchacha, se acost en una
cama dura y pequea, y Aracil se tendi en un silln.




XXIX.

DESCANSAN


Al da siguiente, Aracil not que su hija tena mucha fiebre. Las
heridas de los pies no eran bastante causa para una elevacin tan
grande de temperatura. Al anochecer decreci la fiebre. Aracil
supuso si sera sta consecuencia del desgaste nervioso de los das
anteriores; pero, a media noche, volvi de nuevo la calentura, y Aracil
comprendi que haba algo paldico, y supuso que en la noche de la
huda, al quedarse a descansar en la orilla del Titar, habra cogido
la enfermedad.

Durante casi toda la noche Mara estuvo delirando. La obsesin, en su
delirio, era el ro.

--El ro..., el ro...--exclamaba--; ten cuidado..., nos vamos a
ahogar...--y se ergua en la cama, temblorosa, con los ojos muy
abiertos--. Ah!, ya hemos pasado...

Y volva siempre a la misma idea.

Aracil estaba muy inquieto con la enfermedad de su hija, y pregunt al
minero si el mdico del pueblo era hombre inteligente.

--S, s; mucho.

--Se le podra llamar?

--Sin inconveniente alguno. Es persona de confianza.

Se llam al mdico, un hombre joven y de mirada abierta, que examin a
la enferma y dijo que se trataba de una fiebre intermitente. Le marc
el tratamiento, que a Aracil le pareci bien, y Mara, a los cuatro
das, comenz a mejorar y a tener menos fiebre.

Gray anunci que se marchaba a Madrid.

--Qu piensa usted hacer?--pregunt, al despedirse, al doctor.

--No s todava. Nos iremos cuando Mara est mejor.

--Adnde?

--El caso es que todava no lo hemos pensado. Toda nuestra preocupacin
era salir de Espaa, y nos pareca tan difcil, que no hemos formado
ningn proyecto para despus.

--Pero ahora tendrn ustedes que decidirse.

--Yo no s si en Francia...

--En Francia les expulsan a ustedes.

--Usted cree que ser mejor ir directamente a Inglaterra?

--Mucho mejor; en Inglaterra vive todo el mundo.

--Pues nos iremos a Inglaterra.

--Yo le dir a mi amigo el minero que se entere cundo sale un barco de
Lisboa, sin tocar en Espaa, y les dejar una carta para un hotel de
Londres.

--Muchsimas gracias.

Tom Gray salud a Mara y se fu.

A la semana de estar en el pueblo, Mara comenz a entrar en la
convalecencia, y a medida que la muchacha mejoraba, su padre iba
ponindose inquieto, nervioso y triste. El menor ruido que oa en la
calle le sobresaltaba, y senta miedo y ganas de llorar por cualquier
cosa.

Cuando Mara comenz a levantarse, Aracil tuvo que guardar cama unos
das. El doctor Duarte, el mdico del pueblo, le recomend que se
pasara el da en el campo, porque se encontraba dbil y neurastnico.

Mara, en la convalecencia, estaba encantadora, perezosa, sonriente,
lnguida como una nia. Nadie hubiera supuesto en ella una mujer
enrgica y atrevida. Viva sin salir de casa; la ventana de su cuarto
daba a una llanura verde de viedos y maizales, cerrada en el fondo
por unas colinas, sobre las cuales pareca marchar, como una procesin
fantstica, una larga fila de cipreses, que terminaba en el cementerio.

Sola sentarse Mara al lado del cristal, y conversaba con la criada,
una muchachita del pas, de un tipo oriental o judo.

Se entendan bien, hablando una portugus y la otra castellano, y
simpatizaban hasta cierto punto, aunque Mara notaba que la portuguesa
tena un sentimiento de hostilidad por los espaoles. Contaba la
muchacha que, en Lisboa, la mayora de los ladrones, chulos y perdidos
eran espaoles. Mara le replicaba que en todas partes haba mala
gente, pero la otra no se daba por convencida.

La nota contraria a la de la muchacha la daba Aracil, a quien el
minero haba presentado a sus relaciones como un ingeniero francs que
vena a visitar las minas. El doctor se dedicaba, cuando hablaba con
Mara, a satirizar a la gente del pueblo.

--Esta es la tierra ideal para los vanidosos--le deca.

--Por qu?

--Porque aqu todos somos vuecencias y excelencias y excelentsimos
seores. Qu gente ms petulante!

--En Espaa tambin hay algo de eso--replicaba Mara.

--S, en el papel. T has visto alguna vez que los espaoles nos
tratemos de excelencia? Y esos tratamientos son tan cmicos algunas
veces! El otro da le faltaban al director los partes de la mina, y
anduvo buscndolos como loco; por fin, entr en la cocina, donde el
muchacho que los trae estaba comiendo, y vi los partes en el suelo,
entre basura y cscaras de patata: Mira dnde estn los partes!,
grit el director con voz de trueno; y el chico se levant, se sac el
sombrero, y dijo, cachazudamente: S; los tena ah para drselos a Su
Excelencia. Yo, que presenci la escena, no pude contener la risa.

--S. Es cmico.

--Y luego, qu sentimentalismo! Esta gente est degenerada! El otro
da, el ingls despacha al mozo de cuadra, y el mozo empieza a llorar;
por la noche, rie a la cocinera, porque ha quemado la comida, y a la
mujer se le saltan las lgrimas... Es grotesco.

--S; debe ser una gente sentimental.

--Este es un pueblo elegaco, como el pueblo judo. No hay mas que or
esos fados tan tristes, tan lnguidos!

--Pero, a pesar de todo, se parecen mucho a los espaoles.

--Ca! Dselo a ellos, que aseguran ser de distinta raza! Ellos
encuentran una serie de diferencias fsicas y psicolgicas entre los
portugueses y los espaoles. Dicen que son ms europeos, ms cultos, y
es posible; que saben francs, que nosotros somos ms brutos, lo que
tambin es muy posible; que son ms sociables, tambin debe ser cierto.
Lo que es indudable es que no hay simpata entre nosotros y ellos.

--S; eso es verdad.

--Y no puede haberla. Estos son ceremoniosos, hinchados, siempre
petulantes; nosotros, malos o buenos, somos ms sencillos.

--Pues el doctor Duarte, que ha venido a visitarme a m, me ha parecido
una persona sencilla.

--S; ese es de los pocos sencillos de aqu... Y es curioso, es
anarquista.

--S?

--S. La otra noche, paseando por la plaza, me deca, con cierta pena:
En Portugal no habr nunca anarquistas. Este es un pueblo blando
e indolente. En Espaa hay ms viveza, ms fibra, aada l. Y es
verdad. Son tipos lnguidos que parecen criollos, sin la exasperacin
de los americanos. Es una gente de sangre gorda, que no tiene nada
dentro.




XXX.

SE VAN


A las tres semanas de estar en el pueblo, el minero ingls les dijo que
haba recibido la noticia de que un barco, el _Clyde_, saldra al da
siguiente de Lisboa para Londres, sin parar en ningn puerto de Espaa.
Adems, convena que se fueran, porque en el pueblo se comenzaba a
hablar mucho de ellos, lo cual poda ser peligroso.

Se decidieron; el minero les entreg una carta de Gray para un
hotel-pensin de Londres, y orden a su secretario que les acompaara a
Lisboa y les dejara instalados en el vapor.

Despus de almorzar, salieron los tres en coche, y cruzaron durante una
hora por entre pinares. El cielo estaba nublado, amenazando lluvia.

Llegaron a la estacin, esperaron una media hora, y tomaron el
sudexprs. El mozo del tren les hizo pasar a un departamento, en el
cual iba solo un joven de quevedos y sobretodo gris, Mara se acurruc
en un rincn y cerr los ojos.

Pensaba en los incidentes del viaje a pie, que en pocos das tomaban
en su imaginacin la vaguedad de recuerdos lejanos, interrumpidos por
impresiones de una extraordinaria viveza.

La rotura brusca de la vida normal le haba modificado del tal manera
las perspectivas de las cosas y de las personas, que la vida suya, la
de su padre y la de su familia, las encontraba distintas a como las
haba visto siempre.

El joven del sobretodo gris se puso a hablar con el doctor y con el
secretario del ingls. Este joven, elegante, era un portuguesillo un
tanto finchado, que hablaba espaol muy bien; dijo que era diputado
conservador y partidario de la dictadura. Tena a gloria el ser amigo
de todas las bailarinas y _cantaoras_ de Madrid y de Sevilla.

Mara, a quien no interesaba gran cosa la conversacin del diputado,
sali al corredor del tren. Haba obscurecido ya; por delante de la
ventanilla pasaban rpidamente los rboles y casas. Estaba lloviendo.
El tren rodaba, con un ritmo montono, por el campo.

De tarde en tarde se detena en una estacin solitaria; se oa un
nombre, pronunciado de una manera lnguida; se vea a la luz de unos
faroles un paseo con unas acacias, que lloraban lgrimas sobre el
asfalto del andn, y segua la marcha.

Mara estaba impaciente, ansiando llegar. Se puso a leer los anuncios
colocados en el pasillo del vagn; eran casi todos de hoteles y
casinos de esos pueblos cuyo nombre slo da una impresin de fiesta y
placer: Niza, Ostende, Montecarlo, Constantinopla, El Cairo...

Pase Mara de un lado a otro del largo vagn, y se detuvo al or
hablar castellano a dos seoras. Le pareca que haca ya un tiempo
largo que no haba odo su lengua.

Entr de nuevo en el coche; el diputado, el secretario del ingls y
Aracil, seguan charlando de poltica.

Seran las once de la noche cuando se comenzaron a ver las luces de
Lisboa; brillaban los focos elctricos en el aire hmedo; se pas por
delante de una avenida iluminada. Llegaron a la estacin, bajaron en un
ascensor hasta una calle, tomaron un coche, y el secretario indic al
cochero dnde deba pararse.

Llova a chaparrn. Cruzaron entre el diluvio, que converta las calles
en torrentes, y fueron por la orilla del ro hasta un muelle, en donde
pararon. Los fanales elctricos de un barco brillaban y se balanceaban
en los palos como estrellas. Un farol rojo iba y vena por la cubierta.

Se detuvo el coche, y entraron los tres, de prisa, en el barco. Era el
_Clyde_. Se les present un marinero, envuelto en un impermeable. El
secretario llam a un empleado del barco, que indic sus camarotes a
Mara y a su padre. Luego el secretario se despidi afectuosamente de
ellos y los dej solos.




XXXI.

EN EL MAR


Mara ha salido sobre cubierta a respirar el aire de la noche.

El _Clyde_ marcha a toda mquina, en medio de una obscuridad densa.

El cielo est cerrado y sin estrellas; las olas sombras se agitan como
una manada confusa de caballos negros, y van y vienen en el misterio
del mar.

En medio de las tinieblas de este abismo catico de agua y de sombra,
Mara respira con fuerza y se siente segura y tranquila. El aire
salobre le azota el rostro con rfagas impetuosas; silba el viento, y
las olas, cargadas de espuma, parecen cantar y quejarse en los costados
del buque.

La hlice se hunde en el agua; las mquinas retiemblan, y estos rumores
roncos son como burras de triunfo, voces atronadoras de un dios padre
y protector de la civilizacin, bastante fuerte para vencer las cleras
del viento unidas a las cleras del mar.

De cuando en cuando, la sirena del _Clyde_ lanza un aullido formidable
en medio de la negrura de la noche, y se oyen a lo lejos, muy
amortiguadas por la distancia, las seales de otros barcos que pasan.

A veces, una rfaga de aire viene empapada en lluvia; despus cambia el
viento y gime y suspira con una hipcrita mansedumbre.

En algunos instantes la nave parece cansada; se cree sentir que la
hlice se hinca con menos fuerza en el agua; pero luego, como con una
decisin sbita, se agita el barco, tiembla, con un estremecimiento de
todas sus paredes, y se lanza a hendir las olas obscuras, mientras la
mquina zumba sordamente, y un silbido agudo, seguido de una nube de
humo, sale de la chimenea.

Como esos pjaros de presa audaces y soberbios que revolotean entre las
aguas irritadas y amenazadoras, y levantando el vuelo y lanzando un
grito estridente, se pierden en la niebla, as marcha el _Clyde_ sobre
el mar de los ruidos tempestuosos.

Mara respira como un hlito de vigor, de energa, al sentirse volar
como una flecha en medio de la obscuridad y de las olas.

Vuelve a la cmara, en donde se ha refugiado su padre; las luces
elctricas, colgadas del techo, oscilan suavemente. Aracil, plido,
demacrado, envuelto en una manta, con la cabeza ms baja que los pies,
permanece inmvil.

--Maana--dice Mara--estaremos en Londres.

Y Aracil, postrado por el mareo, hace un gesto de indiferencia.


                                  FIN




NDICE


                                                              Pgs.

  PRLOGO.                                                        7

       I.--La abuelita.                                          19

      II.--El hombre bajo la mscara.                            35

     III.--El primo Benedicto.                                   45

      IV.--Amistad.                                              51

       V.--Anarquismo y retrica.                                63

      VI.--Los farsantes peligrosos.                             75

     VII.--El final de una sociedad romntica.                   85

    VIII.--El da terrible.                                      97

      IX.--En la Bombilla.                                      113

       X.--Buscando el camino.                                  121

      XI.--Lo que dijeron los peridicos.                       129

     XII.--La despedida de Brull.                               137

    XIII.--La partida.                                          143

     XIV.--Se alejan de Madrid.                                 147

      XV.--San Juan de los Pastores.                            153

     XVI.--La Venta del Hambre.                                 163

    XVII.--La Gila.                                           169

   XVIII.--La sagrada propiedad.                                175

     XIX.--Las apuestas del Grillo.                           179

      XX.--El hombre del caballo negro y del perro blanco.      187

     XXI.--Nuestra Seora de Chilla.                            199

    XXII.--La leyenda de Chilla, segn Aracil.                  205

   XXIII.--En su busca.                                         209

    XXIV.--La serrana de la vera.                               217

     XXV.--La muerte del caballo.                               221

    XXVI.--El Musi.                                          225

   XXVII.--Fuga de noche.                                       231

  XXVIII.--En Portugal.                                         241

    XXIX.--Descansan.                                           245

     XXX.--Se van.                                              251

    XXXI.--En el mar.                                           255




OBRAS DE PIO BAROJA

PUBLICADAS POR ESTA CASA


=Paradox, Rey.=

=La feria de los discretos.=

=Nuevo tablado de Arlequn.=

=La busca.=

=Mala hierba.=

=Aurora roja.=

=Juventud, egolatra.=

=Las horas solitarias.=

=El rbol de la ciencia.=

=La veleta de Gastizar.=

=Los caudillos de 1830.=

=La Isabelina.=

=Idilios y fantasas.=

=Momentum catastrophicum.=

=El cura Santa Cruz= (folleto).

=Las tragedias grotescas.=

=Los ltimos romnticos.=

=El Mayorazgo de Labraz.=

=La casa de Aizgorri.=

=Zalacan el Aventurero.=


BIBLIOTECA ERASMO

CUENTOS DE PIO BAROJA

COLECCIN ILUSTRADA

TOMO I.

TOMO II.

TOMO III.

TOMO IV.




OBRAS COMPLETAS DE AZORN


      I.--EL ALMA CASTELLANA.

     II.--LA VOLUNTAD.

    III.--ANTONIO AZORN.

     IV.--LAS CONFESIONES DE UN PEQUEO FILSOFO. (Aumentada.)

      V.--ESPAA.

     VI.--LOS PUEBLOS.

    VII.--FANTASAS Y DEVANEOS.

   VIII.--EL POLTICO.

     IX.--LA RUTA DE DON QUIJOTE.

      X.--LECTURAS ESPAOLAS.

     XI.--LOS VALORES LITERARIOS.

    XII.--CLSICOS Y MODERNOS.

   XIII.--CASTILLA.

    XIV.--UN DISCURSO DE LA CIERVA.

    XVI.--AL MARGEN DE LOS CLSICOS.

    XVI.--EL LICENCIADO VIDRIERA.

   XVII.--UN PUEBLECITO.

  XVIII.--RIVAS Y LARRA.

    XIX.--EL PAISAJE DE ESPAA VISTO POR LOS ESPAOLES.

     XX.--ENTRE ESPAA Y FRANCIA.

    XXI.--PARLAMENTARISMO ESPAOL.

   XXII.--PARS, BOMBARDEADO Y MADRID SENTIMENTAL.

  XXIII.--LABERINTO.





End of the Project Gutenberg EBook of La dama errante, by Po Baroja

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA DAMA ERRANTE ***

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and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


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501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
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Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
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page at http://pglaf.org

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     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


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